Capítulo 29
Eduardo pensó que no le quedaba otra cosa que hacer que ponerse a hablar de su remusguillo con la diva…
—Pues una amiga…
—¿Una amiga que se lleva a Blas? ¡Aquí hay gato encerrado! ¡Y nunca mejor dicho! —exclamó muerta de risa.
Eduardo alucinaba con la capacidad que tenía su madre de pasar de la risa al llanto, de la comedia a la tragedia, del ridículo al absurdo. ¿Cómo podía ser tan extrema y desmedida? ¡Era una peonza emocional que le sacaba por completo de sus casillas!, pensó.
—No sé qué te parece tan extraño —dijo con toda su flema.
—¿Desde hace cuánto que conoces a tu amiga? ¿O es Belén, la secretaria del Departamento? Porque aparte de ella y tus colegas de la Facultad… ¿tienes amigas? ¿Tienes alguna vida social aparte de tomar cañas con tu amigo Hugo?
A Hugo le había conocido en la Facultad y desde entonces eran amigos.
—Hugo está de vacaciones con su mujer y sus gemelos en Panticosa...
Hugo conoció a su mujer Beatriz con 23 años y a los seis meses se casaron para sorpresa de todos, nadie apostó por ellos porque no tenían nada que ver el uno con el otro, Hugo era serio, formal y más bien aburrido y Beatriz era la loca de las fiestas, pero cada año parecían más felices…
Y volviendo a Eduardo, como su madre no iba a parar hasta enterarse de todo, lo mejor era ir al grano y acabar cuanto antes con el tercer grado:
—El otro día cuando estaba poniendo el árbol… —relató Eduardo, señalando al árbol que estaba junto a la ventana.
—Ah, que ese espantapájaros es un árbol de Navidad… —comentó Alejandra escrutando el árbol con verdadero asombro.
—Todavía no está terminado, porque como pasó lo que pasó. Pero es natural, comprado en Montes para complacerte. En qué hora…
La diva sacó unas gafas pequeñas de su bolso en forma de corazón para observar con detalle el árbol:
—Es tan gordo y redondo… —dijo con desagrado—. Y luego está como vencido para un lado…
—Es que Blas lo tiró al suelo.
—No me extraña, es que Blas es un gato con criterio. Seguro que le gustan como a mí: de estilo victoriano, o sea, altos y estilizados, más tipo abeto, y no este mamotreto que has traído que parece el Sancho Panza de los árboles navideños.
Eduardo lanzó a su madre una mirada furibunda y luego le advirtió:
—Como sigas tocándome las narices, cojo el árbol y lo devuelvo.
—Las narices no te las voy a tocar, pero las bolas sí, están tan mal puestas… ¡Pero qué horror! —exclamó apoyándose en la muleta para levantarse.
—¡Estate quieta por Dios! A ver si la vamos a liar y además del dedo gordo te vas a romper una cadera. ¡Ya lo hago yo!
—¡Pero hazlo ya, que me estoy poniendo mala de verlo!
—Lo que sucede es que le faltan bolas, por eso da esa sensación de…
—Una bola verde de sebo con granos dorados —le interrumpió Alejandra, al tiempo que Eduardo cogía la caja de los adornos que estaba detrás del sofá—. Pero sigue con la historia de tu amiga, mientras las pones…
—Mientras me las tocas más bien… —matizó Eduardo, que dejó la caja de bolas en una silla junto al árbol, y se dispuso a colgarlas.
—Si no lo hace tu madre, quién lo va a hacer… Eso sí, solo te deseo que lo de tu amiga nueva salga bien. Con Claudia no te lo deseaba, porque no te convenía para nada. ¡Qué suerte tuviste de pillarla morreándose con otro en aquel concierto navideño!
A Eduardo estuvo a punto de caérsele una bola al suelo de la impresión. ¿Pero cómo podía ser tan insensible de recordarle ese momento tan traumático en su vida?
—No quiero hablar de ese asunto…
—¿De cuál? ¿De qué menos mal que me empeñé en que fuéramos al Auditorio a escuchar esas cantatas y así pudiste ver cómo estaba liada con su jefe, ese vejestorio rechoncho como tu árbol y con el pelo más blanco que las nieves del Kilimanjaro? Tenía tanto pelo… Desnudo tiene que ser como Copito de Nieve, ¿cómo una chica tan mona como Claudia podía meterse en la cama con eso? De verdad que tenía que estar tipificado como zoofilia…
Eduardo se giró con una bola en la mano y le gritó a su madre iracundo:
—¡Basta ya!
Alejandra negó con la cabeza y luego le reprochó a su hijo:
—Todavía estoy esperando a que me des las gracias por haberte descubierto el pastel.
—Lo descubrimos de casualidad y ya no quiero hablar más de Claudia.
—Y luego mira que querer quitarte a Blas. ¿No tenía bastante con su viejo monito albino?
Eduardo pensó que tenía bastante, pero tal vez quería vengarse por todas las cosas feas que le dijo tras romper. La verdad fue que no estuvo nada elegante con ella, que tenía que haber aceptado con deportividad que prefiriera al viejo Copito de Nieve y haberle deseado lo mejor. Pero qué importaba todo eso ya…
—Ya pasó. Blas está conmigo y a ellos les deseo lo mejor.
—¿Está Blas contigo? Porque no me entero de nada. Me estabas contando que estabas poniendo el árbol y ¿qué pasó?
Eduardo ya más tranquilo siguió poniendo bolas, mientras relataba:
—Primero le recordé a su madre y luego como no me hace ninguna gracia que vengáis a pasar las Navidades conmigo, me puse a despotricar y a gritar que quería estar solo.
—Madre mía, Eduardito, tú siempre tan huraño. ¡Menudo susto en el cuerpo que le meterías a la pobre criatura!
—Tiró el árbol y saltó por la ventana… Bajé corriendo a buscarle con ayuda de Miguel, el hijo de Anselmo, que ha cogido la portería por las tardes, y no dimos con él. Desesperado, al chico se le ocurrió hacer unos carteles y horas después recibí una llamada de Soraya para contarme que había visto a Blas en el Retiro: así que quedé con ella y esa misma noche nos colamos en el parque.
—¡Para! ¿Tú colándote en parque? ¡Esa chica te conviene! —exclamó la madre sin dar crédito.
—Tenía una angustia tremenda. No te imaginas lo que estaba sufriendo de no saber dónde estaba mi gato.
—Me puedo hacer una idea…
Eduardo dio unos pasos atrás para ver cómo estaba quedando el árbol y luego continuó con su obra:
—El caso es que al día siguiente ella volvió al parque, porque es fotógrafa y tenía una sesión de fotos, y para mi fortuna se encontró con Blas y se lo llevó a su casa. El problema ahora es que Blas se niega a abandonar la casa de Soraya, y que cada vez que me ve gruñe o incluso me araña…
—Vaya si es rencoroso, me recuerda tanto a ti…
—Una amiga de Soraya me ha dicho que conoce a un etólogo, tal vez pueda ayudarme.
La diva aunque estaba convencida de que ese árbol horrible no tenía remedio, le sugirió a su hijo:
—¡Pon más bolas por la parte inferior que te está quedando muy pelada! —Eduardo tomó unas cuantas bolas y se agachó para colocarlas en la parte inferior, mientras su madre siguió conversando—: Y en cuanto a Blas, no sé qué decirte, mira si nos gastamos nosotros dinero en terapia contigo y todavía no me has perdonado lo del violinista ruso.
—No soy Dios para perdonar a nadie. Lo que sé es que los dos vivíais centrados en vuestras profesiones y que si no llega a ser por la abuela, habría crecido como un niño huérfano, sin calor de hogar ninguno.
—Lamento muchísimo no haber estado contigo tanto como hubiera querido, pero mi carrera es muy exigente. Ya lo sabes, como sabes que es absurdo que sigamos dando vueltas a algo que ya no tiene remedio. Yo te adoro y siempre que tengo unos días libres, cojo aviones para estar contigo.
—Sí, unos diez días al año, donde quedamos a comer o a cenar en restaurantes donde todo el mundo te conoce y donde dedicas más tiempo a tus admiradores que a mí —le reprochó Eduardo, satisfecho de ponerle los puntos sobre las íes.
—Entonces, deberías estar más contento de que vaya a pasar las Navidades contigo en tu casa. Yo solita para ti…
—Tú lo has dicho: “debería”, pero no lo estoy. Estoy acostumbrado a hacer lo que me plazca en mi casa, y sé que voy a llevar fatal la convivencia con una madre diva, un papá dominante y unos hermanitos salvajes que no los aceptan ni en el zoo. Y luego lo de Blas me tiene roto…
—Ten paciencia con nosotros y prueba lo del etólogo, tal vez a Blas sí que le funcione.
—Quién sabe, le he pedido a Soraya que me pida cita. —Y al decir su nombre se le iluminó la mirada.
—¿A ti gusta esa chica, verdad?
—Sí, pero pasa de mí. Soraya solo me quiere para chingar.
La diva se removió en el sofá y asintió con una sonrisita curiosa:
—Soraya… Bonito nombre.
Eduardo suspiró y le contó a su madre con los ojos chispeantes:
—Todo en ella es bonito.
—Me alegro mucho, Eduardito.
—No te alegres tanto que te repito solo me quiere para el sexo.
—¿Y qué tiene de malo? —replicó la diva—. Las pasiones de la carne a veces abren puertas al amor verdadero… ¡Anda que no sé yo de eso!
Eduardo puso una cara de asco tremenda y le pidió a su madre:
—No me cuentes, que no me interesa lo que haces con tu carne.
—Te lo cuento para que no te desanimes con Soraya…
—Me detesta. Me aseguró que jamás podría llegar a sentir amor por mí.
—No voy a negar que eres un chico rarito, pero tienes mucho encanto.
—Ella no me encuentra ninguno.
—Pero ¿no dices que ha habido tomate entre vosotros? ¡Algo te encontrará!
—Pues eso, mi cuerpo…
—A ver si lo entiendo, ¿ella encontró a Blas y al veros os dio un calentón?
—¡Qué burra eres madre! Fue todo accidental, primero un beso en el parque y luego por otro accidente nos liamos en su casa. ¿Pero qué hago hablando de estas intimidades contigo?
—Pues porque te gusta Soraya y estás loco por hablar de ella. Anda, llámala con la excusa del etólogo y queda con ella que lo estás deseando…
—No quiero resultar un pelmazo, esperaré a que me llame…
—Me temo que no tiene remedio…
—Lo del árbol sí, pero lo de Soraya…
—Es justo al revés, Eduardito. Justo al revés… —Y la diva soltó una carcajada que a Eduardo le molestó profundamente.