Capítulo 22
Horas después, a las nueve menos cuarto de la tarde quien estaba llamando a su puerta era Eduardo, para su horror.
Cuando miró por la mirilla y vio que quien llamaba con una insistencia irritante era él, vestido de manera informal, con lo primero que debía haber pillado de su armario: unos pantalones vaqueros rotos y una rebeca de lana blanca y gruesa, se temió lo peor.
¿Qué estaría barruntando el profesor Estratego?, se preguntó justo antes de abrir la puerta con la mejor de sus sonrisas, pero ansiosa porque ese tío siempre la descolocaba.
—¡Hola! ¿Qué tal? —saludó Soraya tomándole por los hombros y dándole dos besos en las mejillas.
Eduardo que no se esperaba tanta amabilidad, sonrió encantado con el cálido recibimiento, mientras pensaba que su disfraz de David Gandy en el anuncio de las nieves había funcionado a las mil maravillas. Ahora solo tenía que seguir con el guión…
—Perdona que venga sin avisar, es que he salido a comprar unas cosas cerca de tu casa y al pasar, como he visto el portal abierto, me he tomado la licencia de entrar y subir a ver cómo estaba Blas y tú… claro. Espero que no te importe.
Importar, claro que le importaba porque de haber sabido que subía se habría puesto, en vez del soso vestidito azul que llevaba, otra cosa más cañera, pero mintió como una bellaca y sin dejar de sonreír, dijo:
—¡Qué me va a importar! Puedes subir siempre que quieras… Pasa, por favor…
Eduardo entró en la casa mientras seguía justificándose…
—No te he llamado en todo el día porque no quería molestarte, demasiado te estoy incordiando ya con lo de Blas.
Era mentira porque había estado tentado de llamarla en infinitas ocasiones, por no hablar de los tropecientos wasaps que había comenzado a escribir y que finalmente había borrado.
—Estoy encantada con Blas, no es molestia ninguna…
Eduardo entró en el salón-comedor-cocina, se quedó con los ojos como platos al ver que estaba preparada la mesa para dos y con velitas que aún no estaban encendidas.
Lo primero que se le vino a la cabeza era que seguro que estaba esperando a alguien como los que le gustaban a ella, un rockero de medio pelo, un dj de barrio o un aventurero low cost.
—¿Estás esperando a alguien? —preguntó fingiendo que no le importaba para nada cuál fuera la respuesta.
—A mi amiga Vera.
Eduardo respiró aliviado aunque lo de las velitas no lo entendía muy bien. ¿Y si estaba liada con Vera y mantenían una relación abierta? Y lo que era peor: ¿Y si esa era la verdadera razón por la que no quería nada con él? Porque le había dicho que después de lo del tío aquel no quería nada con tíos, pero no con tías…
—¿Tu novia? —preguntó porque consideró que lo mejor era salir cuanto antes de dudas.
—¿Novia? —replicó Soraya, divertida—. Ojalá nos gustáramos y pudiéramos ser pareja, porque nos llevamos genial; pero desgraciadamente somos heteros…
—¡No sabes cuánto me alegro de la desgracia! —confesó Eduardo, feliz, mientras buscaba a Blas con la mirada.
Soraya se percató de que lo estaba buscando, pero esta vez no podía correr el riesgo de otro accidente de los suyos, porque apenas faltaban diez minutos para que llegara Vera. Así que le dijo:
—Blas se ha debido meter en mi dormitorio, ahora mismo lo saco para que le saludes…
—Ya no quieres que pase… —musitó Eduardo acercándose a ella.
Soraya le miró y tenía tantas ganas de volver a estar con él que, cogiéndole de la mano y empujándole hasta su cuarto, le avisó:
—Vera llega a las nueve…
—Necesito tanto besarte… —susurró Eduardo, ya junto a la cama, cogiéndola por la cintura y estrechándola contra su cuerpo.
—Y yo… —musitó Soraya, antes de fundirse en un beso apasionado que duró el minuto que tardó Blas en subirse a la cama y pasarse siseando moviendo la cola despacio de un lado a otro, con los ojos fruncidos, las orejas tiesas y giradas hacia los lados y los bigotes hacia atrás.
Eduardo de reojo, se percató de su presencia y con los labios pegados a los de Soraya murmuró:
—Cuando mueve la cola así y pone esa cara de estreñido, es que está cabreado. ¡Joder, cuándo se le irá a pasar!
—Deja, haz como si nada… —replicó Soraya, volviéndole a besar.
Eduardo siguió el consejo de Soraya, cerró los ojos y se perdió por unos instantes en el beso que era tan perfecto que no le habría importado pasarse la eternidad haciendo como si nada.
Pero aquello duró un suspiro, porque Blas cambió el siseo por un gruñido de lo más desagradable que hizo que Eduardo perdiera los nervios:
—¿Quieres dejar de tocarme los huevos, cabrón? —le chilló al gato, que muy ofendido salió huyendo de la habitación.
Luego Eduardo cayó abatido en la cama y Soraya se sentó a su lado para consolarle:
—Tienes que tener más paciencia con él…
—Esto es inaudito… —dijo llevándose las manos a la cara para que Soraya no viera que estaba a punto de llorar de frustración.
—Los gatos son muy independientes y muy suyos, seguro que esto es más normal de lo que pensamos… —apuntó Soraya, colocando la mano sobre el hombro de Eduardo para reconfortarle de alguna manera.
Eduardo se apartó las manos de la cara y bastante quemado por la situación, exclamó:
—¡Esto es una mierda! —Y no solo se refería a lo de Blas.
—No te desesperes…
—No. Qué va. Mi gato pasa de mi cara y tú jamás me darás bola porque no soy como esos tiparracos que te gustan…
—Blas volverá a tu casa muy pronto y en cuanto a mí… No sé de qué tiparracos hablas.
—Esos tíos canallas que te gustan, que se piran en mitad de la noche para irse de fiesta, como el Víctor ese…
Soraya soltó una carcajada, porque dudaba que alguna vez Héctor hubiese pisado una fiesta canalla ni por equivocación.
—Héctor desaparecía porque sentía que estar conmigo le descentraba de su oposición…
—¿Oposición a qué? ¿Bombero? ¿Policía? ¿Te ponen los uniformes? ¿Los tipos duros? ¿Te gusta que te castiguen? ¿Te mola que te lo hagan mientras te encañonan y te dicen palabras sucias? —preguntó dispuesto a disfrazarse y hacer todo eso con tal de que esa mujer no se fuera de su lado.
—¿Qué hablas? —replicó Soraya muerta de risa— . Héctor Ruiz no tenía nada de duro: opositaba a notarías y además tenía una disfunción eréctil.
A Eduardo le cambió el semblante, dejó atrás su angustia y soltó una carcajada que por poco no se cae para atrás:
—Jajajajajajajajajajajajajaja. Y yo que pensaba que Víctor era un chungo con tatuajes, puesto hasta arriba de droga, que le daba al sexo duro y te montaba orgías en casa y resulta que era un panoli que se piraba para meterse en la biblioteca o para pedir cita para el Viagra… Jajajajajajajajajajajajajajaja —se carcajeó doblado de la risa.
Soraya se partió de risa también y luego añadió:
—Me dejó hecha polvo…
—No sería de follar… Jajajajajajajajajajaja.
—Oye, no te pases, cuando se tomaba la pastilla funcionaba.
—Ya, pero entonces era cuando le entraban ganas de ir a la biblioteca. ¡Joder, para no dejarte traumatizada! Jajajajajajajaja —dijo Eduardo, llorando de risa.
—Ahora me río, pero no veas lo mal que lo pasé. Cuando no me estaba castigando con sus silencios, me montaba unas broncas tremendas por cosas insignificantes. Yo ya no sabía qué hacer para agradarle, para que estuviera bien, para que nuestra relación fuera normal y bonita…
—¿Cómo ibas a tener una relación normal y bonita con un opositor impotente? ¡Joder, y yo que me tengo por raro, pero comparado con este…! ¡Tía, aprovecha que soy un chollo! —exclamó tronchado de risa.
Y justo en ese instante Blas volvió a entrar en la habitación, le miró con los ojos bien abiertos y se volvió a ir.
—Blas lo tiene que estar flipando conmigo. Creo que es la primera vez que me ve reír tanto…
—Eso está bien… —dijo Soraya, que reconocía que ese tío cuando se reía estaba todavía más guapo.
—Es por ti, es gracias a ti… —susurró Eduardo cogiéndola por cuello para besarla otra vez.
Sin embargo, el beso quedó suspendido en el aire porque, junto cuando sus labios estaban a punto de tocarse, sonó el timbre…