Capítulo 8

Soraya miró a los ojos azules de ese tío y aunque eran azules y se suponía que gélidos, brillaban con la fuerza del fuego y, sin entender nada y convencida de que no iba darle la mano ni muerta, habló:

—No creo que sea necesario.

—Le he dicho al poli Rodríguez que salía a correr un poco y que mi novia me estaba esperando…

—¿Pero quién se va a creer eso?

—Estoy desesperado. Necesito entrar al parque como sea. Dame la mano y demos consistencia y credibilidad a mi plan, por favor…

—¿Qué consistencia? No hay ninguna pareja que quede para correr, pasadas las doce de la noche, con un frío que pela… Y yo no voy vestida de runner, precisamente.

—¡Rodríguez no tiene ni idea de moda! —replicó dando un manotazo al aire—. Y lo de las horas que son tampoco es importante, porque ¿qué pasa con la gente que sale de trabajar tarde? ¿Tiene que resignarse a no hacer deporte? Venga, dame la mano, solo será una pequeña carrerita hasta que enfilemos hacía la Puerta de Alcalá y perdamos de vista al cotilla del poli Rodríguez.

Soraya volvió a mirar la mano de ese tío y pensó que después de todo solo era una mano, fuerte, ancha, masculina, bonita…

—Está bien… —Y justo cuando iba a agarrarle mano, Eduardo la retiró para ponerse otra vez el gorro—. ¿Me has hecho una cobra con la mano? —preguntó Soraya perpleja por lo que acababa de suceder.

—No, es que pensé que ibas a tardar más en dármela y he dicho: me voy a poner el gorro por la cosa de dar credibilidad y verismo a la trama. —Y tras ajustarse bien el gorro añadió—: ¡Ya está! ¡Venga esa mano!

—¿Lo del gorro boliviano es por algo? —preguntó Soraya a punto de partirse de risa.

—Es peruano, me lo regaló un alumno. ¿Te hace gracia verme con las borlas colgando? —replicó moviendo la cabeza a ambos lados para que se movieran más.

—Perdóneme, el gorro es bonito, pero con la mezcla de estilos pareces un ManuChaolímpicoalpinista… —dijo y después soltó una carcajada tremenda.

Y, a todo esto, que Eduardo seguía con la mano tendida…

 —¿Me vas a dar la mano o no?

Soraya continuaba muerta de risa y se lo estaba pasando tan bien que, sin pensárselo más, le dio la mano…

—¡Aquí la tienes!

Eduardo tomó la mano con fuerza y luego tiró de ella, mientras gritaba:

—¡Y ahora a correr!

Los dos comenzaron a correr de la mano en dirección a la Puerta de Alcalá, sin que Soraya no dejara de reír y su risa era tan contagiosa que Eduardo, a pesar de tener el corazón atenazado por la angustia, no pudo evitar también sonreír…

—No, si al final me vas a tener que agradecer que te haya sacado de la cama, ¡anda que no te lo estás pasando bien! —comentó Eduardo.

Soraya no pudo replicarle porque justo cuando iba a hacerlo, sonó un claxon repetidas veces y después una voz que decía a lo lejos:

—¡No vayáis tan deprisa, a ver si os vas resbalar con las hojas secas!

Soraya miró hacia la derecha, el lugar desde donde procedía la voz al tiempo que le preguntaba a Eduardo:

—¿Nos han pitado a nosotros? ¿Lo de las hojas va por nosotros?

—Sí, es el poli Rodríguez, qué pesadilla de señor… —murmuró parándose, de repente, justo frente a donde estaba estacionado el coche patrulla.

—¿Qué haces? ¿Por qué nos detenemos?

—Tranquila, será solo un momento… Necesito que nos demos un beso por exigencias del guión…

Eduardo colocó una mano en la nuca de Soraya y con un movimiento rápido soltó su mano para agarrarla por cintura, atraerla hacía sí, y darle un beso en los labios que la dejó casi sin aliento.

Y él se quedó igual, sorprendido, alucinado y perplejo porque lo que no dejaba ser un teatrillo le había despertado algo no sabía muy bien dónde, aparte de en su entrepierna que, a pesar del frío, estaba viva.

La reacción de la cintura para abajo era comprensible, Soraya era una chica guapa, con el fallito de su tinte de pelo, pero guapa y él era un hombre joven que respondía bien a los bellos estímulos, hasta ahí todo normal.

Le tranquilizaba pensar que no era más que una mera reacción fisiológica, porque era un tío y tenía sus necesidades. Además, que llevaba desde lo de Claudia sin estar con ninguna mujer, y ya su cuerpo acusaba tanta soledad.

 Sin embargo, lo de la cintura para arriba era totalmente incomprensible. ¿Pues no estaba sintiendo como un cierto remusguillo interior que estaba instándole inexorablemente a abrazar fuerte, a proteger y a besar hasta que amaneciera a esa chica que estaba temblando entre sus brazos?

Por un momento, Eduardo sintió un latigazo de temor pero enseguida se dio cuenta de que había una explicación lógica a lo que le estaba sucediendo.

Eso solo podía ser por lo de Blas, no podía ser por otra cosa. Lo de Blas le estaba destrozando por dentro. Por eso, se estaba poniendo moñas y le estaban entrando esas ganas de darse a esa chica que le miraba con una mezcla de extrañamiento y curiosidad.

—¿De qué guión hablas? —preguntó la chica con los labios pegados a los de Eduardo y alucinada por lo que estaba pasando.

—Aguanta un poco, por favor. Es para que el poli Rodríguez se trague lo de que somos novios. Ahora abre un poquito la boca y se acaba el suplicio…

—¿Qué? —preguntó Soraya con los ojos como platos.

—Un poquito de lengua y ya está. Venga… —susurró Eduardo rozando los labios de Soraya.

Y lo peor era que a Soraya le estaba gustando sentir los labios de Eduardo sobre los suyos, que le estaba apeteciendo muchísimo cerrar los ojos y dejarse llevar hasta donde les hiciera soñar el beso, pero obviamente era una auténtica locura, un despropósito y una soberana estupidez.

—Esto es absurdo… —musitó Soraya, sintiendo el aliento de Eduardo en su rostro, como una caricia.

—Solo te pido un beso absurdo, con uno bastará… Hazlo por Blas…

Eduardo posó otra vez los labios sobre los de Soraya y ella, para acabar cuanto antes, rodeó con las manos el cuello del chico y lo besó en los labios que quemaban, largo, fuerte y un poco húmedo, con los ojos cerrados, con el corazón latiendo fuerte y con el convencimiento de que ese beso no iba llevarles a ninguna parte.

Sin embargo, sucedió que el beso se fue haciendo cada vez más grande, tal vez por el frío, tal vez por la sorpresa, o tal vez porque hacía demasiado que no besaban y se estaban dando cuenta en ese preciso instante de lo mucho que lo habían echado de menos, el caso fue que abrieron las bocas y que sus lenguas se encontraron con una avidez que estuvo a punto de abrasarles…

Y así habrían continuado con el beso infinito, intenso y profundo sino llegar a ser porque Rodríguez tocó un par de veces el claxon y luego bajó la ventanilla del coche para gritarles:

—¡Dejad algo para casa, parejita!

La “parejita” se apartó con pesar, Eduardo cogió la mano de Soraya y luego susurró a su oído, simulando que eras palabritas de enamorado:

—Rodríguez ha picado, lo hemos hecho muy bien…

—Demasiado… —musitó Soraya suspirando, porque para tener los ojos azules y estar como un cencerro, ese tío besaba demasiado bien.

—Me ha vuelto del revés…

Tanto que Eduardo estaba dispuesto a repetirlo cuando Soraya quisiera, claro que no se atrevió a decírselo no fuera a ser que lo próximo que le volviera del revés fuera el pedazo de bofetón que ella iba a darle. Las pelirrojas eran tremendas siempre, de bote o sin él. Así que prefirió ser prudente y decir:

—Ahora vayámonos antes de que le dé a Rodríguez por seguirnos, que este tío está obsesionado conmigo…

—Está bien… —repuso Soraya pensado que desde luego que lo mejor era irse, antes de que a ella se le fuera la pinza y acabara pidiéndole más besos a ese completo desconocido.

Y eso sí que no podía consentirlo. Era tan solo un beso que había estado demasiado bien, pero ahí quedaba todo, como una anécdota efímera y fugaz, que recordaría cada vez que pasara por ese lugar, hasta que un recuerdo mejor viniera a borrarlo todo… O eso pensó que sucedería.

Entretanto, Eduardo se despedía del policía Rodríguez mientras le gritaba:

—¡Buen servicio! Que tenga buena noche, Rodríguez.

—Lo mismo digo, pareja. ¡Y a recogerse pronto que no está la noche para estar de carreritas!

—Que sí, hombre, que sí…

Y Eduardo tiró de la mano de la Soraya y de nuevo se echaron a correr en dirección a la Puerta de Alcalá…