Capítulo 12

El coche de policía pasó, pero los dos siguieron detrás del seto: quietos, agazapados, mirándose expectantes y con la respiración contenida.

Eduardo miró a Soraya cuyo rostro estaba bañado por la luz anaranjada de una farola contigua, y le pareció más pelirroja, más sexy y más especial que ninguna de las chicas que hubiera conocido hasta entonces.

De hecho, ninguna de las chicas que había conocido hasta entonces se habría colado en el Retiro, una noche tremenda de frío, para acompañarle a buscar a su Blas.

Solo una chica como Soraya podía hacer algo semejante y, aunque fuera un paquete para la estrategia, no se podía negar que además de corazón tenía agallas…

Muchas, pensó mientras se aproximaba lentamente atraído por el imán de sus labios…

Entretanto, Soraya sin moverse se preguntaba qué estaba haciendo ese obseso de la estrategia y la excelencia, acercándose a ella de esa manera, mirándola con esa intención… ¿Se atrevería a besarla de nuevo?

—¿Qué vas hacer? —susurró Soraya, con la mirada puesta en los labios de Eduardo que se moría por besar otra vez.

—No sé… —confesó Eduardo, perdiéndose en los ojos demasiado verdes de esa chica que le tenía completamente desconcertado.

—¿No? —replicó Soraya, que seguía con la vista clavada en los labios bien definidos y finos de Eduardo, y tan propios de los perseverantes, de los estrategas, y de los que saben perfectamente lo que quieren.

—Esto es diferente. Tú eres diferente… —musitó cogiéndola por el cuello para atraerla hacia él y darle un beso desesperado.

Soraya se dejó llevar, respondió al beso, entreabrió sus labios y rodeó con las manos el cuello de ese chico que tal vez solo la besaba porque estaba angustiado. Pero qué importaba…

El beso era tan bueno…

Y para profundizarlo, para que fuera más largo y más intenso, Soraya metió los dedos por debajo del gorro peruano que acabó saltando por los aires, mientras la capucha de su parka caía definitivamente.

Eduardo aprovechó la caída para acercar los labios al oído de Soraya y susurrar:

—Me vuelve loco tu boca…

Soraya suspiró y giró la cabeza para besarle otra vez, de forma precipitada, ansiosa, como si en cualquier momento aquello fuera a terminarse.

Se mordían los labios suavemente, los lamían voraces, sus lenguas se encontraban ávidas, sentían el calor de las respiraciones agitadas en sus rostros helados, mientras la noche seguía cayendo ajena a todo.

Ese todo que no era nada, pensó Soraya cuando Eduardo después de una sucesión de besos infinitos le preguntó con los labios rozando apenas los suyos:

—¿Esto cómo se llama?

Eduardo lo preguntó porque él estaba sintiendo entre el pecho y el ombligo otra vez el remusguillo, o sea una inquietud, un ansía, un no sé qué, mezcla de agujero en el estómago y garra que te tira hacia fuera, que definía como remusguillo, por llamarlo de alguna manera, porque no tenía ni idea de lo que era. ¿De verdad que podía ser por lo de Blas?

Sin embargo, Soraya lo tenía clarísimo:

—Nada.

¿Cómo no iba a ser nada eso que estaba sintiendo con la misma fuerza que el aire frío que entraba en sus pulmones? Eso era algo y estaba ahí, como un pequeño dolor torturante, como una lluvia fina que casi no se ve pero que te cala entero, pensó Eduardo.

Es más ¿era imposible que él que era frío y cerebral sintiera de esa forma y que ella, la señorita Corazón, estuviera como si nada?

Así que, como solo podía estar mintiendo, Eduardo decidió volver a la carga:

La naturaleza aborrece el vacío… —susurró Eduardo deslizando los labios hasta la comisura derecha de los labios de Soraya.

—¿Qué? —replicó Soraya, temblando más de nervios que de frío, y eso que el frío era insoportable.

—Es de Aristóteles —respondió Eduardo, trazando un pequeño zigzag con la punta de su nariz desde la mejilla derecha de la chica hasta su oreja.

—Tienes la nariz helada… —protestó Soraya, risueña, porque no le importaba nada que la tuviera.

—Respóndeme…

—Ya te he respondido y tú has salido con lo del vacío. Por cierto, tengo unas bolsas de almacenamiento al vacío que son ideales cuando dispones de poco espacio —desvarió sintiendo en el rostro el dulce cosquilleo de la nariz y la calidez del aliento de Eduardo.

—No hay aire, pero permanece tu aroma, tus colores, tus texturas… La nada no existe  —susurró pegado al cuello de Soraya, luego lo besó y lo mordió un poco, sutilmente…

Soraya  suspiró hondo, cerró los ojos y después dijo:

—La nada es amor, hay algo que lo contiene todo, que está siempre ahí. Pero con esto no quiero decir que te esté besando por amor…  —aclaró Soraya de inmediato para que Eduardo no se confundiera.

—Te equivocas —replicó Eduardo levantando la cabeza del cuello dulce y suave de Soraya.

—¿Ah sí? —replicó Soraya pensando qué cómo ese tío podía ser tan engreído.

—Sí. La física dice que se llama “campo de Higgs”, la nada está llena de esa cosa llamada “campo de Higgs”.

—Lo que tú quieras, pero vamos que yo no te beso porque sienta amor.

¿Y no sentía siquiera un remusguillo? ¿Un algo en la boca del estómago? Ja. ¡Menuda tramposa! ¡Esa chica solo podía estar mintiendo como una bellaca!, pensó.

Si bien decidió dejar a un lado su franqueza habitual y seguir mareando un poco la perdiz de la forma más amable que pudo:

—Pero tú eres una chica corazón…

—¿Y? —replicó parpadeando muy deprisa.

—Que todo lo haces con el corazón.

—Sí, la cabeza me dice que no debería besarte, pero…

—El corazón te exige que me beses…

—El corazón precisamente no. No puede haber corazón donde no hay nada.

Tras decir estas palabras, Soraya se mordió los labios y bajó la vista al suelo, para que Eduardo no leyera en su mirada que estaba mintiendo.

Porque lo estaba haciendo.

Era mentira que en esos besos accidentales y preciosos no hubiera nada, porque lo había… Le recordaban lo bonito que era tener a alguien con el que compartir momentos locos y especiales como ese, sentir la magia de un beso inesperado, ese cosquilleo en la tripa, esas ganas de más, de muchísimo más, como las que en ese instante estaba sintiendo.

¿Pero cómo iba a decirle eso a Eduardo? Un tío con el que no tenía nada en común, porque era obvio que eran dos auténticos polos opuestos y no tenían más futuro que esa noche extraña en el Retiro.

Y a Eduardo, por supuesto, que su respuesta le sacó de sus casillas:

Grrrrrrr. ¡Qué pesada con la nada! —replicó sin poder evitar perder un poco los nervios—. La teoría cuántica dice que el vacío contiene partículas y antipartículas que aparecen y desaparecen. Así que “nada” no me sirve como respuesta. Vamos, esfuérzate un poco y dime qué es esto…

Eduardo volvió a besarla en los labios y sintió más que nunca el latigazo del remusguillo. Sin embargo, Soraya concluyó:

—Me cargas... Tus alumnos tienen que detestarte…

¿Para qué se tenía que acordar de sus alumnos en ese momento? ¿Por qué no le respondía de una vez? ¿Acaso se estaba haciendo la interesante? En cualquier caso, él no pensaba rendirse:

—Me gusta llegar hasta el final de las cosas, profundizar en una idea, descubrir la verdad… Dime…

A Soraya solo le vino una palabra a la cabeza, porque ¿cómo podía profundizar en algo que era más evidente? Lo suyo se llamaba beso y tal vez deseo… Pero no podía ser más, por eso la palabra que tenía para él solo podía ser:

—Ridículo —dijo con convencimiento.

—¿Qué es lo que te parece ridículo? —replicó Eduardo que esperaba de todo menos esa respuesta.

¿Quería verdad? Pues iba a tener dos tazas, pensó Soraya.

—¡Todo! Estar en el parque a estas horas, que agites la caja de bocaditos como si fueran unas maracas,  que estemos parloteando detrás de un seto mientras la poli están rondando por aquí, tu pedantería de profesor insufrible, y sobre todo tu estúpida obsesión en saber cómo se llama algo que no es más que un simple morreo…

—¿Para ti ha sido eso? —preguntó Eduardo a la vez que cogía el chullo de un manotazo y se lo volvió a poner otra vez.

—Sí —mintió Soraya poniéndose de pie para poner distancia entre ambos y evitar así que pudiera volver a repetirse lo del beso—, y vayamos de una vez a buscar a Blas que a este paso se nos va a hacer de día…