Capítulo 14
Pocas horas después, sonó el despertador de Soraya quien como una zombi se metió en la ducha, luego desayunó a toda prisa un café cargado, se puso unos vaqueros, un jersey negro bien grueso y dos pares de calcetines gordos, porque el día había amanecido igual de frio y gris que el anterior, y voló hasta el Retiro donde le esperaban, junto al estanque, la pareja de novios para la sesión de fotos de la preboda.
Y de camino a su cita, llamó a Vera, que madrugaba cada día para dar de comer a los gatos del Retiro y le contó lo de Blas…
—¡Buenos días, Vera! ¿Has visto la foto del gatito que te he enviado? —preguntó porque antes de llamar le había enviado la foto del “Se ha perdido gato” que había confeccionado Miguel.
—¡Hola! Sí, pobrecito. Yo ya voy para allá, en cuanto sepa algo te aviso. Oye ¿y quién es el Eduardo este que solo es generoso para las cosas de su gato borde? ¡Cuenta, cuenta! ¿Tu nuevo friki-fichaje? ¡Tía tienes un ojo! Este es que se ve de lejos solo por cómo redacta el cartel que muy bien no está…
—No me hables… —murmuró Soraya que prefería hablar lo menos posible de Eduardo.
—¿Por qué? ¿Ya te has pillado por él?
—En otra época tal vez, pero después de lo de Héctor estoy ya vacunada contra estos especímenes.
—Ah, o sea que no hay nada con él.
—Exacto. Eso fue lo que le respondí cuando me preguntó qué era eso que nos estaba pasando…
—¿Pero es que pasó algo?
—Nada, te digo. Unos besos y ya está —dijo Soraya dando un manotazo al aire.
—¿Besos, cómo?
—Besos con todo, pero vamos que fue una cosa rarísima. El primero fue para hacer un teatrillo delante de un policía y los otros porque estábamos escondidos detrás de un seto para que no nos viera un coche patrulla.
—Jo tía, pues por lo que cuentas o es un camello o un tío de esos que va disfrazado de Mickey Mouse… —dedujo Vera, muy preocupada.
—No, no. Qué va, es un profesor de Universidad, serio, pedante y engreído al que he besado primero por accidente y luego qué sé yo…
—¿Y dónde le has conocido? ¡Nunca me habías hablado de él! —se quejó temiéndose que los besos de su amiga fueran más importantes de lo que ella estaba considerando.
—¿Cómo te voy a hablar si le conocí ayer mismo? Estuve por la noche haciendo fotos a la luna en el parque, y se me acercó Blas… Más mono, Vera. No se parece nada a la descripción del cartel, es todo amor de verdad. Pero en ningún momento pensé que fuera un gato perdido, se le veía a gusto y un poco hambriento eso sí. Total, que le di de mi hamburguesa y luego se marchó… Pero mira tú por dónde que, de regreso a casa, le vi en un cartel pegado en una farola, le reconocí y llamé al dueño, o sea a Eduardo.
—Entonces el de la descripción del cartel es él, no el gato.
—Está clavado. Y si ves qué pelmazo de tío porque como yo le dije que los besos no habían significado nada, él empezó a rebatirme a la luz de la teoría cuántica, que la nada no existe. ¡Un chapas de tío que te lo encargo!
—No, deja, a mí no me encargues nada que con Eloy ya tengo bastante…
Vera tenía veintiocho años, era morena, espigada, de ojazos marrones y sonrisa enorme y trabajaba en una tienda de vestidos de novia, de hecho se habían conocido en ese lugar, hacía siete años, cuando Soraya entró un día en la tienda y le pidió que si podía dejar unas tarjetas para que las novias conocieran su trabajo.
A Vera le gustó tanto el trabajo de esa fotógrafa que no solo empezó a recomendarlo a sus clientas, sino que comenzó a escribirse con ella porque le parecía que esa chica retrataba con una magia, un corazón y un sentimiento que traspasaba.
Y a partir de ahí surgió la amistad entre las dos chicas a las que, entre otras muchas cosas, les unía un grave desorden amoroso.
No en vano, Vera llevaba dos enamoradísima de Eloy, del hijo del dueño de la tienda donde trabajaba, un chico que la tenía totalmente desconcertada y con el que no sabía a qué atenerse. Porque de pronto la invitaba a tomar algo y se quedaban charlando hasta el amanecer, como que se pasaba después tres semanas sin hablar más que de cosas del trabajo… En fin, la clásica relación que te tiene en un sinvivir, que te engancha, no te suelta por mucho que te resistas y en la que nunca pasa nada, pero en la que en cualquier instante puede llegar a pasar de todo… Vamos, droga dura amorosa…
—En fin, que no sé que quería que le dijera —siguió Soraya hablando—, pero que no hay nada que rascar. Es un tío insoportable, bocachancla, creído, soberbio, terco…
—Pero está bueno… —dedujo Vera.
—Sí, objetivamente, está bueno. Pero tiene los ojos azules que sabes que yo lo aborrezco y la boca es de tío maquiavélico.
—¿Eso qué significa? ¿Qué es de lengua retorcida? Vamos ¿de los que cuando besan te la meten hasta el fondo y luego hacen círculos tipo batidora? —preguntó Vera con curiosidad.
—No, me refiero a que tiene los labios finos, rectos y duros, pero luego el cabrón besa como le da la gana…
—Vamos que te has pillado —zanjó Vera, que conocía demasiado bien a su amiga.
—Que no te enteras, tía…
—Uy qué no…Te conoceré, está bueno, es rarito y además chungo… ¡El pleno al quince!
—¿Chungo?
—¿No dices que le persigue la poli?
—Eso fue porque nos colamos en el parque anoche para buscar a Blas…
—Buenooooo, ¡le va la vida peligrosa! ¡Vas a caer con todo el equipo!
—Tú lo flipas, Vera. Y ahora te dejo que ya veo desde aquí a la pareja con la que he quedado para la sesión de fotos… Si sabes algo de Blas, me llamas.
Soraya colgó y respiró aliviada porque no le apetecía seguir hablando de Eduardo. Luego, se dirigió al banco donde estaban esperándole sus clientes, Palmira y Juan, y al momento se puso a trabajar…
Sin embargo, volver al lugar del crimen, o sea al escenario donde había perpetrado su última equivocación, no le sentó nada bien porque en mitad de la sesión ¿no se estaba acordando del impresentable de Eduardo?
Tal vez la culpa la tenían la parejita cariñosa a la que estaba haciendo las fotos, que no paraba de besarse todo el tiempo y que le hacían recordar los besos con ese tío que no le convenía para nada, pensó.
Porque aparte de tener los ojos azules, Eduardo tenía todo lo que detestaba en un hombre: engreído, arrogante, pretencioso, manipulador, egoísta, sincero hasta rayar la crueldad…
¿Cómo podía haber estado besándose con eso?
Menos mal que había logrado escapar a tiempo de que hubiese podido repetirse y menos mal que no iba a pasar nunca más.
Así que prefirió no darle más vueltas y concentrarse en lo importante: echar un ojo por si veía a Blas y hacer el mejor álbum de preboda para esa pareja que estaba tan enamorada.
Porque desde luego daba gusto verlos y es que no solo eran los besos, porque ahí estaba Eduardo y ella que cualquiera que les hubiera visto morreándose habría dicho que estaban pillados hasta las trancas y solo eran dos desconocidos besándose por…
¡Eso quería saber! ¿Por qué se habría puesto a besar a ese tío en esas circunstancias además?
Pero sobre todo ¿qué hacía otra vez pensando en lo más surrealista y extraño que le había pasado en su vida?
Pues eso, que tenía que centrarse en sacar lo mejor de esa parejita que eran puro amor, que se evidenciaba no solo en los besos, sino en cómo se buscaban con la mirada, cómo se tocaban, cómo se preocupaban el uno del otro…
Claro que su historia era muy especial pues se conocieron cuando Palmira leyó una noticia de un chico que necesitaba un donante de riñón por una nefropatía, y se conmovió tanto que sintió que tenía que dárselo, como así fue, ya que la vida quiso que fueran compatibles. Un mes después, un 6 de enero, Palmira se convirtió en Reina Maga de Juan y un año después iban a casarse más que felices…
Ay, Soraya suspiró, mientras no paraba de tirar fotos a la luz pura del amanecer que tanto le gustaba, porque además era una iluminación ideal para las fotos de esa preboda, para marcar un comienzo bonito: anticipo de una felicidad sin fin. O al menos eso era lo que siempre quería creer…
Y ese día invernal, con esa pareja amorosa y ese Retiro que había amanecido tan precioso a pesar del frío y de la grisura, era casi que obligatorio de creer.
¿Algún día ella conocería un amor que mereciera la pena? ¿Un amor pleno y de verdad?
De momento, tenía que conformarse con vivir el amor a través de los retratos que hacía a enamorados llenos de ilusiones y lo llevaba muy bien…
Y así siguió haciendo fotos, mientras pensaba que era muy feliz y que estaba muy a gusto con su trabajo, con sus amigos y con su familia, que aunque estuvieran a trescientos kilómetros los iba a visitar con frecuencia; y no necesitaba nada más. Sobre todo, no necesitaba para nada a tíos como Eduardo, que le amargaran su bonita existencia…
Y a todo esto, se preguntó, ¿qué hacía otra vez pensando en Eduardo?
Soraya le pidió a la parejita que se adentraran por la Rosaleda que acababa de abrir y mientras les disparaba fotos se respondió a sí misma que pensaba en él porque estaba todo muy reciente, que solo era cuestión de tiempo y no mucho, tal vez un par de días, y todo esa aventura horrible la habría olvidado para siempre…
Pero entonces, sucedió que de detrás un seto apareció Blas, con su chapita en forma de corazón y sus andares elegantes y ella ni tuvo que ir a su encuentro, porque fue Blas el que caminó hasta colocarse debajo de sus pies y ahí decidió quedarse…