Capítulo 10
Soraya tenía voluntad de dejar las risas para otro momento, pero le resultó bien difícil porque Eduardo no tuvo mejor ocurrencia, para convencer al vigilante de que les dejara pasar, que inventarse que:
—Ya sé que está prohibida la entrada, pero es que mi caso es muy especial y tremendamente grave… Mi gato…
—¿Se le ha perdido el gato? —replicó sorprendido el vigilante, un hombre de mediana edad, que parecía más fornido de lo que era por las ocho capas de ropa que llevaba debajo del uniforme y que se calentaba las manos acercándolas a un pequeño radiador eléctrico que tenía a sus pies—. Lo lamento mucho, pero no puedo dejarle pasar. Daré parte a las chicas de la Asociación para que estén al tanto y a la policía para que…
—No hace falta —improvisó Eduardo, al ver que con la verdad poco podía hacer—, mi gato está bien en casa… Triste pero bien, más que triste destrozado… Pero como todos, la verdad es que todos queríamos tanto a papá que nos ha dejado un vacío que no puede imaginarse… —musitó agachando la cabeza y mordiéndose los labios en un gesto como simulando que apenas podía reprimir el dolor.
—Vaya, lo lamento —replicó el vigilante de seguridad apenado.
Soraya, por su parte, estaba apretando los dientes para evitar soltar una carcajada.
—Venía cada día al Retiro, a ver atardecer, y hoy que le hemos incinerado —contó Eduardo con una tristeza tan bien fingida que Soraya pensó que ese tío en sus ratos libres debía ser actor—, para seguir cumpliendo con su ritual, nos hemos venido mi prima y yo con sus cenizas al parque y nos hemos sentado en su banco favorito.
Soraya alucinada, preguntándose hasta dónde iba a ser capaz de llegar ese tío para salirse con la suya, se tapó el rostro con las manos porque además de alucinada estaba a punto de partirse de risa.
—Lo siento mucho, señorita —se excusó el vigilante, convencido de que Soraya se había echado las manos al rostro para ocultar sus lágrimas.
—Es que ya le digo que le queríamos mucho —insistió Eduardo—, y estamos tan rotos por la pérdida que, cuando ha caído la noche, nos hemos marchado con el corazón encogido por la pena y las manos vacías…
—¿Cómo qué vacías? ¿Se han dejado a las cenizas de su padre olvidadas en su banco favorito? —preguntó el vigilante sin dar crédito.
Eduardo asintió llevándose las manos al pecho, luego pensó en Blas y en la noche tan horrible y larga que estaba a punto de caerle encima y, con los ojos llenos de lágrimas, respondió:
—Así es…
—Joder, vaya marrón… —farfulló el vigilante consultando un cuaderno lleno de dibujos, textos y poemas, de tamaño cuartilla y tapas blandas, desgastadas y medio rotas.
—No quiero ni pensar en la de cosas terribles que le pueden pasar a las cenizas de papá, no lo quiero ni pensar… —Y dos lágrimas corrieron por el rostro de Eduardo, porque en quien estaba pensando era en Blas, obviamente.
El vigilante pasó frenético unas cuantas hojas del cuaderno y luego le confesó a Eduardo:
—Estoy haciendo una suplencia a un compañero, llevo aquí un par de días y esta situación que usted me expone no está en el protocolo que me han pasado. Pero vamos, que por lo que yo deduzco no le debería dejar pasar…
—Ya… —susurró Eduardo retirándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Y si llamo al jefe y le comento me va decir lo mismo…
—Entiendo —musitó Eduardo con el corazón hecho añicos de imaginarse a Blas aterido de frío, a merced de los peligros del parque.
—Usted entiende, pero yo no sería persona si no le dejara pasar…
—¿Ah no? —preguntó Eduardo sorprendido.
—Yo no soy una máquina, aquí donde me ve… Yo tengo un corazón, y le digo que si mi hijo dejara mis cenizas olvidadas en alguna parte, y pudiera dormir esa noche a pierna suelta en su cama, le juro que regresaría a este mundo para escupirle a la cara lo sin entrañas, lo malnacido y lo desalmado que es y luego le inflaría a leches para remachar conceptos. No sé si me sigue…
—Le sigo —asintió Eduardo con la cabeza.
—Corran para adentro, pero cuidado que hay policía. Que no los vean y si los ven, yo no les conozco.
Eduardo vio el cielo abierto y Soraya metió entonces la mano en el bolsillo de su parka y sacó una libreta azul con un corazón rojo enorme debajo del cual ponía: “Aquí hay corazón”, que se había comprado esa misma mañana y se la entregó:
—Tenga. Para que siga con sus anotaciones…
El vigilante se quedó miró la libreta y, sin atreverse a cogerla, dijo:
—Es usted muy amable, pero no tiene que darme nada. Hago lo que siento que debo hacer.
—Yo también, por eso le ruego que la acepte… Está sin estrenar, la compré esta mañana… —pidió Soraya, sonriendo agradecida, con la libreta tendida.
—Pero es que las naderías que se me ocurren mientras trabajo: un dibujete de un pájaro, un poemilla, una reflexión sobre la vida no merecen una libreta tan buena, de tapa dura y hojas gruesas… Se lo agradezco mucho, pero yo me apaño con cualquier cuadernillo.
—Venga, hombre, que tampoco le está ofreciendo una Moleskine de tapa de piel, esa libreta no debe valer más de 5 euros: es perfecta para llenarla con las tonterías que se le ocurren mientras no está a lo que está y le hace perder dinero, imagen y prestigio a su empresa… —intervino Eduardo con su franqueza habitual, ansioso por zanjar el asunto cuanto antes y volar al encuentro de Blas.
Soraya le fulminó con la mirada y el vigilante con una paciencia infinita, añadió:
—Este trabajo es muy duro, muchas horas, mucho frío, mucha soledad, mucho…
—Ya, ya —se excusó Eduardo al percatarse de que había metido la pata.
—Y la libreta de la señorita para mí tiene un valor incalculable.
—Pues no se preocupe y mañana le traigo unas Moleskine de mi padre, sin estrenar, de las muchas que tiene tiradas por casa, porque él es así, se compra cosas que luego ni recuerda que las tiene… —Pero bueno, qué se iba a esperar de alguien que ni se acordaba la mayor parte del tiempo de que tenía un hijo, pensó Eduardo.
—No, por favor, de su padre no, que imagino que le traerán muchos recuerdos —rogó el vigilante compungido, bajando la vista al suelo.
—¿Recuerdos de qué? ¿De su pasmosa indiferencia? ¿De su falta de apego? ¿De su absoluto egoísmo de cerdo cabrón? ¡De verdad que me hace un favor si me quita esas libretas de la vista! —soltó Eduardo con el ceño fruncido y lleno de una rabia dolorosa contra su progenitor.
Soraya que no sabía dónde meterse y antes de que la cólera de Eduardo fuera a más y acabara por estropearlo todo, agarró del brazo a su “primo” y le explicó al vigilante, improvisando como pudo para dar verosimilitud a la trama delirante de Eduardo:
—Mi primo lleva fatal la pérdida de su padre, se ha tomado su muerte como un abandono…
—¿Qué pasa que dejó de luchar? ¿Se suicidó? Los suicidios son lo peor porque te dejan aplastado bajo miles de preguntas que ya nunca tendrán respuesta. Pero su padre seguro que le quería, eso no lo dude nunca… —habló el vigilante, convencido.
Eduardo pensó que tristemente dudaba de que su padre quisiera a alguien más que a sí mismo, pero siguió con el teatro y dijo:
—Tiene razón, no dudaré.
Soraya luego soltó el brazo de Eduardo y se acercó a la ventana de la garita, hasta casi colocar la libreta en las manos del vigilante:
—Por favor, cójala…
El vigilante obedeció, tomó la libreta, se la llevó al pecho y luego susurró agradecido:
—Se lo agradezco muchísimo, voy a cuidarla como lo que es, un preciado tesoro.
—Disfrútela mucho y gracias a usted por lo que ha hecho por nosotros.
El vigilante salió de la garita, se dirigió al portón de entrada que abrió tras sacar un juego enorme de llaves y luego les susurró:
—No hay nada que agradecer, vayan con cuidado, mucha suerte y les acompaño en el sentimiento…
—Gracias otra vez, estaremos en deuda perpetua con usted y descuide que seremos precavidos —replicó Soraya cogiendo del brazo a Eduardo otra vez y luego diciéndole—: Vamos, primo, vamos…
Los “primos” atravesaron la puerta del Retiro, agarrados, y se adentraron en la oscuridad misteriosa y helada del parque…