Prefacio
Hace cerca de cuatro décadas que me embarqué en lo que actualmente hago, en lo que fue un ambicioso programa: la introducción al público japonés de un grande y complejo arte de Okinawa, o deporte, que llamado Karate-dō, “el Camino del Karate”. Estos 40 años han sido turbulentos y el sendero que elegí estuvo muy lejos de ser fácil; ahora, mirando hacia atrás, estoy asombrado de haber logrado en este esfuerzo aún el más modesto éxito en lo que ha sido mi camino.
Que el Karate-dō ocupe ahora su lugar en el mundo como un deporte reconocido internacionalmente es debido principalmente al esfuerzo de mis maestros, mis compañeros practicantes, mis amigos y mis estudiantes, todos los cuales con devoción, tiempo y esfuerzo han llevado a cabo la tarea de refinar este arte de defensa propia hasta su estado actual de perfección. Sobre mi propio rol, siento que no he sido más que un introductor –un maestro de ceremonias, por así decirlo, dotado tanto por el tiempo como por la oportunidad de aparecer en el momento justo.
No es exageración decir que la mayor parte de mis 90 años han sido dedicados al Karate-dō. Yo fui mas bien un bebé enfermizo y un chico débil; en consecuencia, me fue sugerido cuando era aún bastante joven que para superar estos inconvenientes debía comenzar a estudiar karate. Esto fue lo que hice, pero con muy poco interés al comienzo. Sin embargo, en la mitad de mi escuela primaria, después de que mi salud comenzó a mejorar notablemente, mi interés en el karate comenzó a crecer. Pronto encontré que me había hechizado. En esa tarea de superarme puse mi mente y cuerpo, corazón y alma. Yo había sido un chico frágil, sin resolución, introvertido, pero al llegar a joven me sentí fuerte, vigoroso y extrovertido.
Si miro hacia atrás en las nueve décadas de mi vida –desde que era joven hasta mi madurez y (usando una expresión que no me gusta) hasta viejo– me doy cuenta que estoy agradecido por mi devoción al Karate-dō, ya que nunca tuve que consultar a un médico. Nunca tomé en mi vida alguna medicina, ni píldoras, ni elixires, ni siquiera una simple inyección. En años recientes mis amigos me acusaron de ser inmortal, esta es una broma a la cual solo puedo contestar, seriamente pero simplemente, que mi cuerpo ha sido tan bien entrenado que repele todas las enfermedades.
En mi opinión hay tres clases de enfermedades que afectan al ser humano: enfermedades que causan fiebre, mal funcionamiento del sistema gastrointestinal y daños físicos. Casi invariablemente la causa de inhabilidad tiene sus raíces en una forma de vida insalubre, en hábitos irregulares y en escasa circulación. Si un hombre que tiene alta temperatura practica karate hasta que comienza a sudar, encontrará que rápidamente su temperatura se normaliza y que se ha curado su enfermedad. Si un hombre con problemas gástricos hace lo mismo, hace que su sangre circule más libremente y así alivia su aflicción. Los daños físicos son otro problema, pero muchos de ellos pueden evitarse con un buen entrenamiento, cuidado y precaución. El Karate-dō no es solo un deporte que enseña a golpear y patear, es también una defensa contra la enfermedad.
Solo recientemente adquirió popularidad internacional, pero esta es una popularidad que los maestros de karate deben fomentar y usar con mucho cuidado. Ha sido muy gratificante para mí ver el entusiasmo con que hombres y mujeres y aún niños han tomado el deporte, no solo en mi propio país sino en todo el mundo.
Esta es una de las razones, sin duda, por la que el Sangyō Keizai Shimbun“Journal of Commerce and Industry” me ofreció que escribiera acerca del Karate-dō. Inicialmente contesté que yo era un hombre viejo y un humilde y común ciudadano, con muy poco que decir. Sin embargo es verdad que dediqué virtualmente toda mi vida al Karate-dō, así que acepté la oferta con la condición de que me permitiesen escribir una especie de autobiografía.
Al mismo tiempo, ya habiendo comenzado la tarea, me vi en una situación embarazosa, así que debo decirles a mis lectores que me perdonen por hablar de estos asuntos de poca importancia. Les pido a ellos que consideren mi libro como los delirios de un anciano. Yo, por mi parte, trataré de poner en movimiento este viejo cuerpo y, con la ayuda de mis lectores, centralizar mis energías en descubrir la gran ley del cielo y de la tierra por el bien de la nación y de las generaciones futuras. En pos de este esfuerzo pido el sincero apoyo y cooperación de mis lectores.
Quiero expresar aquí mi gratitud a Hiroshi Irikata del Weekly Sankei Magazine, por su asistencia editorial y a Toyohiko Nishimura de la misma revista, por el diseño del libro (de la edición japonesa).
Gichin Funakoshi
Tokio
Septiembre, 1956.