De interés público
Con el pasar del tiempo mi situación comenzó a mejorar. Estoy ahora enseñando a un creciente número de estudiantes. Muchos son trabajadores de cuello blanco (N.deT.: usado como sinónimo de trabajadores no manuales), que después de su día de trabajo vienen a mi Dojo para practicar un par de horas.
Ansiosos de aumentar sus conocimientos de Karate-dō y para perfeccionar sus técnicas, son muy entusiastas, y estoy muy agradecido con ellos porque hicieron que el arte se conociese más y más entre la gente de todas las formas de vida.
También los universitarios comenzaron a interesarse por el karate, con Keio a la cabeza. Un día, el Profesor Shin'yō Kasuya, del departamento de idioma alemán y literatura, vino a mi Dojo con un par de miembros de la Facultad de Keio y varios estudiantes que querían aprender karate. No mucho después de esto la universidad formó un grupo de estudio del karate integrado por miembros de la facultad y estudiantes: este fue el primer grupo de esta clase que se estableció en la Universidad de Tokio. Ahora, además de enseñar en mi propio Dojo, hago visitas regulares a Keio para dar instrucciones sobre el arte. Seguidamente, estudiantes de otra universidad, Takushoku, que no estaba lejos del albergue, también vinieron a aprender.
En uno de esos días de actividad creciente, un caballero espléndidamente vestido apareció en el albergue acompañado de un joven con uniforme de estudiante. Me pidió que le diese una breve demostración de karate, después de la cual el joven dijo entusiasmado que tenía intención de estudiar el arte. Resultó ser Kichinosuke Saigō, miembro de una familia aristocrática que después de la Segunda Guerra Mundial fue nombrado en el Parlamento.
Según recuerdo, el joven caballero era en ese entonces un estudiante del Colegio Peers. Sin embargo eligió como residencia el alojamiento de Tōgōkan, que estaba cerca de mi Dojo, debido a que había decidido pasar todo el tiempo posible practicando karate. Cuando le dije al propietario del Tōgō-kan que él era un huésped aristocrático se sorprendió mucho y rápidamente convenció al joven caballero para que se mudase a otro alojamiento en Myogadani, diciéndole que lo consideraba más limpio y adecuado para el hijo de un noble. Desde este segundo alojamiento el joven viajaba diariamente al Colegio Peers y a mi Dojo.
Después del interés demostrado en Keio y luego en Takushoku, el número de estudiantes de varias escuelas de Tokio pareció crecer sin límites.
Recuerdo, entre otros, jóvenes de Waseda, Hosei, Colegio Médico Japonés, Universidad de Comercio de Tokio y Universidad de Agricultura de Tokio. Se establecieron al mismo tiempo grupos de estudio de karate en varios institutos de alta enseñanza. Uno se formó en el Colegio Nikaido de Educación Física y fui invitado a dar clases de karate en las academias militar y naval, y debo agregar que estuve muy gratificado al recibir las visitas de padres de chicos que estudiaron conmigo. Ellos me agradecieron que por la instrucción de karate que recibieron sus hijos se volvieron fuertes y saludables.
Ahora tengo poco tiempo para limpiar habitaciones y jardines y tampoco tengo una necesidad imperiosa de hacerlo. En efecto, un día vino a verme el dueño de la casa de empeño, que había sido tan generoso, y me dijo “Hacía tanto que no lo veía que pensé que estaba enfermo. Me alegro de verlo tan sano y saludable”.
Durante todo este tiempo mi mujer estuvo en Okinawa, sin embargo mi hijo mayor vino a Tokio antes que yo y mis dos hijos menores vinieron después de mi llegada. Yo decidí no volver a Okinawa hasta cumplir mi misión y a pesar de las dificultades podría haber mantenido a mi familia en Tokio. Pero esto no pudo ser. Cuando le escribí a mi mujer para que viniera, ella se negó rotundamente.
En la religión okinawense la veneración de los antepasados es un elemento muy importante, y mi mujer, una devota budista, no podía concebir la idea de cambiar la tumba de nuestros antecesores a un lugar desconocido. En respuesta a mi requerimiento me dijo que era su deber permanecer en Okinawa pata atender sus obligaciones religiosas. Ella me decía que yo debía concentrar mis esfuerzos en mi trabajo. Viendo que no había forma de que cambie de idea, estuve de acuerdo, aunque fueron muchos años de separación.