El karate de mi mujer
He mencionado antes que mi familia provenía de la clase “shizoku”. Mi abuelo paterno, Gifuku, fue un excelente estudioso confuciano y como la mayoría de los estudiosos, tenía pocos problemas con el dinero –o sea, tenía muy poco dinero como para preocuparse. El tenía, sin embargo, un alto favoritismo por parte del “hanshu” (jefe del clan) y le fue dado el deber y el honor de instruir a las hijas del viudo “hanshu” en la ética confuciana. Estas lecciones privadas se daban en el Kuntoku Daikun Goten, un palacio donde vivían las señoritas y donde había también un altar dedicado a los antepasados del “hanshu”. Estaba prohibida, por supuesto, la entrada de hombres al palacio de las señoritas, pero fue hecha una excepción con Gifuku.
Al hacerse demasiado viejo como para continuar enseñando, renunció a su puesto y fue recompensado por el “hanshu” con una casa en Teiramachi, cerca del palacio; en el tiempo de la Restauración Meiji también se le dio una considerable suma de dinero. Lamentablemente, después de la muerte de mi abuelo, la propiedad y el dinero que legó mi padre fue lentamente pero totalmente disipado.
Para mi desgracia, mi padre era grande y generoso. Era experto en pelear con palos (“bōjitsu”) y un consumado cantor y bailarín, pero tenía un desafortunado defecto. Era un gran bebedor, y ésta, sospecho, fue la causa de que el legado de Gifuku gradualmente se alejó de las manos de mi familia. La casa donde vivíamos, aún cuando yo era chico, fue siempre alquilada.
Debido a nuestra relativa pobreza, yo no me casé hasta que fui mayor de veinte años, una edad un poco avanzada para casarse en esa época en Okinawa. Mi salario como maestro de escuela primaria era la fastuosa suma de tres yen por mes, y con esa cantidad yo tenía que mantener no sólo a mi mujer y a mí mismo sino también a mis padres y abuelos; no estaba permitido a los maestros de escuela tener otro tipo de trabajo extra. Además yo estaba trabajando muy duramente en karate, que aunque yo lo quería mucho, no me aportaba ni un solo sen.
Así estábamos, una familia de diez, subsistiendo con un ingreso de 3 yen al mes. El hecho de que fuésemos capaces de hacerlo se debió totalmente a la diligencia de mi mujer. Avanzada la noche, por ejemplo, ella se consiguió un trabajo tejiendo una vestimenta típica llamada “kasuri” por la que le pagaban seis sen cada una. Luego se levantaba al alba y caminaba cerca de una milla hasta un pequeño terreno donde cultivaba los vegetales para la familia. A veces quería acompañarla, pero en esa época era considerado impropio para un maestro ser visto trabajando en el campo al lado de su mujer. Así, no iba muy seguido con ella y cuando lo hacía me ponía un sombrero ancho y grande para evitar ser reconocido.
Yo estaba asombrado de cuándo ella encontraba tiempo para dormir, pero nunca escuché una palabra de queja. Nunca sugirió que aprovechase más mi tiempo en lugar de practicar karate en cada minuto que tenía. Por el contrario, me estimulaba para que continuase y ella misma tenía interés en él, viendo frecuentemente mis prácticas. Y cuando se sentía particularmente cansada, ella no hacía como supongo la mayoría de las mujeres deben hacer, descansar y decirle a uno de los hijos que le masajeara sus hombros y brazos.
¡Oh no, no mi mujer! Lo que ella hacía para aliviar su exhausto cuerpo era salir y practicar katas de karate, y debido a esta conducta ella se hizo tan diestra que sus movimientos eran como los de un experto.
En los días en que yo no practicaba ante los agudos ojos de Azato o Itosu, lo hacía sólo en nuestro patio. Varios jóvenes del vecindario, que me habían estado observando, se acercaron a mí un día y me preguntaron si les podía enseñar karate, lo que por supuesto me complació mucho. A veces me retrasaba en la escuela y en aquellas ocasiones cuando retornaba a mi casa encontraba a los jóvenes practicando por su cuenta, con mi esposa entusiasmándolos y corrigiéndolos cuando hacían algo equivocado. Simplemente por mirarme practicar y por practicar ella misma ocasionalmente, logró alcanzar un total entendimiento del arte.
Por nuestra casa pagábamos una renta mensual de 25 sen, que era una suma bastante grande en aquellos días. Nuestros vecinos eran en su mayoría pequeños comerciantes y hombres “jinriksha” (N.deT.: carro de pasajeros tirado por un hombre), algunos vendían chinelas para la casa, artículos como peines y otros habas preparadas que las llamábamos “tofu”. En algunos casos nuestros vecinos se volvían pendencieros después de que habían bebido.
En esos casos generalmente mi mujer intercedía y hacía las paces. Ella frecuentemente tenía éxito aún cuando en el vecindario se hubiese llegado a una pelea, que no era fácil ni para un hombre. Por supuesto ella no usaba la violencia en su rol de mediadora, utilizaba su poder de persuasión. Así, mi mujer, admirada en su hogar por la diligencia y economía, era conocida en el vecindario como adepta al karate y hábil mediadora.