Amigos y conocidos

Uno de los primeros oficiales de nuestras fuerzas armadas que reconoció el valor del karate fue el Almirante Rokurō Yashiro, quien había ganado considerable fama en la guerra contra Rusia. Como el lector recordará, fue él quién me llamó a Okinawa y al quedar tan impresionado por la demostración de karate ordenó a los oficiales y hombres bajo su mando que lo practicasen.

No tengo idea de cómo el Almirante Yashiro supo que estaba en Tokio, pero lo sabía y un día me invitó a su casa en Koishikawa Haramachi. El recordó todo lo que había visto en Okinawa y me dijo que él mismo así como sus hijos y nietos querían aprender karate, de esta forma acordé visitar su casa una vez a la semana para enseñarles el arte.

Cuando llegó el día de práctica me atendió personalmente en la puerta de su casa usando un formal kimono y después que terminamos nuestra práctica me fue a despedir. Teníamos frecuentes conversaciones antes y después de la práctica y aproveché mucho su amplia experiencia. Encontré en él un hombre digno de admiración. Otro hombre de la marina de quien aprendí muchas cosas valiosas fue Isamu Takeshita, quién también llegó a tener más tarde el grado de Almirante.

Esto puede parecer extraño, pero varios luchadores de sumō eran conocidos y estudiantes míos. Uichirō Onishiki, por ejemplo, era un famoso campeón en ese entonces, aunque quizás la joven generación actual no recuerde su nombre. A veces él traía a otros luchadores durante las prácticas en mi Dojo Meisei Juku, pero como mi Dojo era bastante chico y los luchadores de sumō no, prefería mostrarles mis katas en el establo de Onishiki en Ryogoku. Otro luchador de sumō al que le dí frecuentemente clases fue el campeón llamado Fukuyanagi, quien sufrió una muerte prematura al comer pez globo mal preparado. Los luchadores siempre estaban muy atentos durante las prácticas y así como lo hacen actualmente, ellos hacían frecuentes giras a través de todo el país. Tan pronto como retornaban a la capital volvían a mi Dojo para contarme.

Recuerdo que un día, el Gran Campeón Onishiki y yo estábamos paseando por el puente Ishikiri en Koishikawa, cuando comenzó a llover. Como solía suceder yo no llevaba paraguas, pero Onishiki inmediatamente abrió el suyo sobre nuestras cabezas. Pero como Onishiki era más que seis pies de alto mientras que yo era sólo de cinco pies, su paraguas no me cubría mucho.

Viendo esto, él insistió en cubrirme con sus paraguas diciéndome “Si usted me permite”. El se colocó una toalla de manos sobre su cabeza y continuamos caminando.

Después de su retiro, Onishiki abrió un restaurante en Tsukiji y una noche me invitó a cenar. Me ofreció un almohadón para sentarme mientras que él se sentó directamente sobre la estera de paja, siguiendo estrictamente la ceremonia apropiada entre maestro y alumno. Yo no quería, pero estaba profundamente impresionado por el gran sentido de corrección del primer gran campeón.

Además de Onishiki y Fukuyanagi había media docena de otros famosos luchadores que estudiaban karate conmigo y aunque yo les enseñaba aprendí mucho de ellos. Mi conclusión fue que el fin último tanto del karate como del sumō era el mismo: el entrenamiento del cuerpo y de la mente.