Shōtō-kan

Es difícil de imaginar la catástrofe que azotó Tokio el primer día de septiembre de 1923. Ese fue el día del Gran Terremoto Kanto. Casi todas las edificaciones eran de madera y cuando comenzó el fuego después del terremoto, la gran capital quedó reducida a ruinas. Mi Dojo afortunadamente se salvó de la destrucción pero muchos de mis estudiantes simplemente desaparecieron en el holocausto, al caerse e incendiarse los edificios.

Los que sobrevivimos hicimos todo lo posible para socorrer a los heridos y a los que quedaron sin hogar en los días siguientes al terrible desastre.

Con el resto de mis estudiantes y otros voluntarios que junté ayudamos a dar comida a los refugiados, a limpiar las ruinas y a asistir en el trabajo de disponer de los muertos.

Por supuesto tuve que posponer el trabajo de enseñar karate, pero el salario para subsistir no podía ser diferido. Después de un corto tiempo unos treinta de nosotros encontramos trabajo en el Banco Daiichi Sogo haciendo esténciles. No recuerdo cuánto nos pagaban ni cuanto conservamos el trabajo, pero recuerdo que el viaje diario desde el Dojo en Suidobata hasta el banco en Kyobashi fue por poco tiempo.

Recuerdo un aspecto de estos viajes diarios. En esos días muy poca gente usaba zapatos en las ciudades japonesas; se usaban sandalias o las galochas de madera llamadas “geta”. Hay un tipo de estas últimas llamadas “hōba no geta” que tienen dos dientes largos en los extremos y a veces solo uno, y eran estas últimas las que yo siempre usaba para fortalecer los músculos de mis piernas.

Las usaba desde que era joven, en Okinawa, y no veía razón para cambiar ahora que viajaba hacia mi trabajo en el banco. La “geta” de un solo diente que yo usaba estaba hecha de una madera muy pesada y hacía mucho ruido al caminar, tan fuerte como las “geta” de metal usadas por algunos para actualmente entrenarse en karate. No dudaba que los que pasaban me miraban ocultando la risa, divirtiéndoles que una persona de mi edad fuese tan vanidoso como para querer ser más alto. Después de todo yo me sentía bien con mis cincuenta años en esa época. Sin embargo les aseguro a mis lectores que mi motivo no era por vanidad: yo consideraba a mi “geta” de un solo diente como una necesidad para mi entrenamiento diario.

Con el pasar de las semanas y los meses Tokio comenzó a reconstruirse y llegó el tiempo donde vimos que nuestro Dojo estaba en un estado irreparable. El Meisei Juku se había construido alrededor de 1912 o 1913 y no se había hecho nada por él en largo tiempo. Afortunadamente habíamos conseguido algún dinero de la prefectura de Okinawa y de la Sociedad Becaria de Okinawa para hacer las reparaciones tan necesarias.

Por supuesto tuvimos que buscar otro lugar donde el Mesei Juku se volviese a hacer. Sabiendo que necesitaba un lugar para entrenamiento, Hiromichi Nakayama, un gran instructor de esgrima y un buen amigo, me ofreció el uso de su Dojo cuando no lo usase para las prácticas de esgrima. Inicialmente alquilé una pequeña casa cerca del Dojo de Nakayama, pero tan pronto como pudiese quería alquilar una más grande con un gran patio donde mis estudiantes y yo pudiésemos practicar.

Llegó el momento, sin embargo, en que este arreglo fue inadecuado. El número de mis estudiantes crecía así como el de estudiantes de esgrima. La consecuencia de esto era que yo estaba estorbando a mi benefactor. Desafortunadamente mi situación financiera era aún mala y no podía hacer aquello que quería: construir un Dojo específico para karate.

Fue alrededor de 1935 en que un comité nacional de apoyo al karate solicitó los fondos necesarios para construir el primer Dojo de karate en Japón.

No fue sin algo de orgullo que en la primavera de 1936 entré por primera vez en el nuevo Dojo (en Zoshigaya, Toshima Ward) y vi sobre la puerta una placa que tenía el nuevo nombre del Dojo: Shōtō-kan. Ese fue el nombre que decidió ponerle el comité; yo no tenía idea de que ellos habían elegido el nombre que usaba en mi juventud para firmar los poemas chinos que escribía.

También estaba triste porque hubiese querido que principalmente los maestros Azato e Itosu estuviesen y enseñasen en mi Dojo. Ay, nadie puede durar tanto en esta tierra, así que el día en que el nuevo Dojo se inauguró formalmente quemé incienso en mi pieza y oré por sus almas. En mi imaginación estos dos grandes maestros parecían sonreírme, diciéndome “¡Buen trabajo, Funakoshi, buen trabajo! Pero no cometa el error de sentirse satisfecho porque todavía tiene mucho que hacer. Hoy, Funakoshi, es solo el comienzo!”

El comienzo? Yo tenía cerca de setenta años. ¿Dónde iba a encontrar el tiempo y la fuerza para hacer todo lo que faltaba? Afortunadamente nunca me preocupé ni sentí mis años y determiné, como mis maestros me lo demandaban, no renunciar. Había aún, me dijeron ellos, mucho que hacer. De una u otra forma yo lo iba a hacer.

Con la inauguración del nuevo Dojo uno de mis primeros trabajos era hacer una serie de reglas para ser seguidas como un programa de enseñanza.

También formalicé los requerimientos para los grados y clases (“dan” y “kyu”).

El número de mis estudiantes crecía día a día así que nuestro nuevo Dojo, que al comienzo parecía más que adecuado para nuestras necesidades progresivamente quedaba más pequeño.

Aunque, como dije, no sentía mis años, hice hasta lo imposible para cumplir con todos los compromisos que se habían acumulado. No solo debía conducir el Dojo sino también las universidades de Tokio que estaban formando grupos de karate en sus departamentos de educación física, y esos grupos necesitaban instructores. Esto era demasiado para una sola persona, dirigir el Dojo y viajar de universidad a universidad, así que puse en mi lugar a estudiantes avanzados para enseñar en sus propias universidades. Al mismo tiempo puse a mi tercer hijo como asistente, delegándole el trabajo diario en el Dojo, mientras que yo supervisaba la enseñanza en el Dojo y en las universidades.

Debo señalar que nuestras actividades no estaban reducidas solamente a Tokio. Muchos graduados de mi Dojo y de las universidades consiguieron trabajo en ciudades de provincias y pueblos, con el resultado de que el karate comenzó a conocerse por todo el país, abriéndose un gran número de Dojos.

Esto me dio otra misión, como el karate se extendía yo estaba constantemente asediado por los grupos locales, viajando de un lado a otro dando clases y demostraciones. Cuando estaba afuera por algún tiempo, dejaba el trabajo en el Dojo en las buenas manos de mis estudiantes más avanzados.

A menudo me pregunto como elegí el seudónimo Shōtō del cual se originó el nuevo nombre del Dojo. La palabra Shōtō significa literalmente en japonés “ondular de los pinos” y aunque no tiene un significado misterioso, de todas maneras me gustaría contarles porqué lo elegí.

Mi ciudad natal de Shuri está rodeada de montes con árboles de pinos Ryukyu y vegetación subtropical, entre ellos el Monte Torao, que pertenecía al barón Chosuke Ie (quién en realidad fue uno de mis primeros patrones en Tokio). La palabra “torao” significa “cola de tigre” y es particularmente apropiada por que la montaña es muy estrecha y el denso bosque parece una cola de tigre cuando se ve desde lejos. Cuando tenía tiempo, acostumbraba caminar en el Monte Torao, a veces a la noche, cuando había luna llena o cuando el cielo estaba tan claro que parecía una bóveda de estrellas. En esos momentos, si había algo de viento, se podía escuchar el crujido de los pinos y sentir el profundo e impenetrable misterio que yace en el origen de toda la vida. Para mí ese murmullo era como una música celestial.

Poetas de todo el mundo cantaron acerca del profundo misterio que yace en los bosques y yo fui atraído por el encanto de la soledad en donde ellos eran un símbolo. Quizás mi amor por la naturaleza se intensificó porque era hijo único y un chico débil. Pero creo que es una exageración llamarme un “solitario”. No obstante, después de una fuerte práctica de karate yo no encontraba nada mejor que ir al bosque y pasear en soledad.

Luego, cuando tenía mis veinte años y trabajaba como maestro de escuela en Naha, iba frecuentemente a una larga y angosta isla en la bahía, donde se admiraba un espléndido parque natural llamado Okunoyama, con gloriosos pinos y un gran estanque de lotos. El único edificio en la isla era un templo Zen. Aquí también acostumbraba a ir frecuentemente para caminar solo entre los árboles.

En ese tiempo yo ya practicaba karate desde hacía algunos años, y a medida que me familiarizaba más con el arte me hacía más consciente de su naturaleza espiritual. Gozar de la soledad mientras escuchaba el viento silbando entre los pinos era, según me parecía a mí, una excelente forma de alcanzar la paz mental que requiere el karate. Y como esto ha sido parte de mi forma de vida desde mi niñez, decidí que no había mejor nombre que Shōtō para firmar los poemas que escribía. A medida que pasaban los años, este nombre se hizo más conocido que el que mis padres me dieron al nacer, y a menudo encuentro que si no escribo Shōtō junto con Funakoshi la gente puede no reconocerme.