El Maestro
En la época en que empecé mi carrera académica había cuatro categorías de instructores de escuela primaria: aquellos que daban las clases más elementales, los que instruían a los grados superiores, los que estaban a cargo de cursos superiores y los que servían como asistentes. En ese tiempo eran obligatorios cuatro años de escuela primaria. Los maestros de la primer categoría daban clase en primer y segundo grado, mientras que los maestros en categorías más avanzadas daban los dos últimos grados obligatorios, el tercero y el cuarto, así como los grados superiores (quinto hasta octavo), que no eran obligatorios.
Aunque al principio fui un asistente, no mucho después aprobé el examen que me calificó como instructor de grado inferior. Luego fui transferido a Naha, lugar del gobierno de la prefectura de Okinawa. Esta transferencia, que fue de hecho un promoción, la consideré la cosa más afortunada, ya que me permitió tener más tiempo y mayor oportunidad para practicar karate.
Más tarde me gradué también como instructor de grados superiores.
Como yo no me había recibido de maestro en un colegio y el número de graduados de esta forma aumentaba en el sistema escolar de Okinawa, la concreción de esta última promoción fue un proceso muy difícil para mí.
Finalmente, el principal de mi escuela recomendó que yo debía avanzar al puesto más alto. Yo no acepté esta promoción porque hacerlo significaba que tenía que irme a lejanos distritos o a islas remotas en el archipiélago y consecuentemente separarme de mi maestro de karate. Esto no lo podía aceptar.
Había, además, otra razón por la que mis superiores me permitieron quedarme en Naha, que nos lleva otra vez a la controversia del rodete. Las familias de muchos de mis alumnos eran firmes partidarios del Partido Obstinado y aunque estábamos en el 24 ó 25 año Meiji (1891-1892), el edicto del gobierno prohibiendo el rodete estaba muy lejos de ser cumplido en Okinawa.
Puesto que mi propia familia también apoyaba al Partido Obstinado, yo entendía bien el sentimiento que despertaba este desafío a las órdenes gubernamentales. Al mismo tiempo, considerando las importantes reformas que estaban cambiando virtualmente cada aspecto de la vida japonesa, no podía considerarlo como de poca importancia.
Sin embargo, el Ministro de Educación no veía las cosas con la misma óptica. Asustado por la resistencia de los okinawenses decretó que todos los alumnos debían cortarse su rodete inmediatamente. Esto no fue tan sencillo y muchos chicos retrasaron su entrada a la escuela tanto como fue posible. El resultado fue que hubo chicos enojados por mucho tiempo y que hubo más de una pelea con sus maestros que usaban tijeras. Además, muchos de ellos se habían entrenado en karate, el cual fue luego practicado más abiertamente en Okinawa. Los maestros de escuela primaria, intentando imponerse a estos “chicos” encontraban a veces sus tijeras totalmente inutilizadas.
Fue por esta razón que a los instructores que sabían karate les encomendaron la tarea de dar el ejemplo a los obstinados alumnos que también eran adeptos al karate. Todavía no puedo olvidarme de los alumnos que, después de una lucha, eran sometidos a la odiosa tijera con rabia en sus ojos y sus puños cerrados, como queriendo aniquilar a los que los despojaron de ese símbolo de virilidad. Sin embargo no pasó mucho tiempo en que los chicos tuvieron sus cabellos cortos. El furor del rodete terminó para siempre.
Mientras tanto yo continuaba asiduamente con el karate, entrenándome con una cantidad de maestros: el Maestro Kiyuna, que con sus manos desnudas podía descortezar un árbol rápidamente; el Maestro Tōonno de Naha, uno de los discípulos confucianos más conocido de la isla; el Maestro Niigaki, cuyo gran sentido común me impresionó más profundamente; y el Maestro Matsumura, uno de los más grandes karatecas, acerca de quien diré algo más tarde.
Esto no quiere decir que rechace a alguno de mis dos primeros maestros. Por el contrario, estuve con ellos tanto tiempo como me fue posible y de ellos aprendí no solo karate sino mucho más.
El Maestro Azato, por ejemplo, era un agudo observador político. Recuerdo que una vez me dijo: “Funakoshi, antes de que se termine el ferrocarril trans-siberiano, la guerra entre Japón y Rusia será inevitable”. Esto fue muchos años antes del comienzo de hostilidades entre los dos países en 1904. lo que me pareció improbable se hizo realidad y me encontré, cuando empezó la guerra, profundamente impresionado por su agudeza y previsión política. Fue él quien, en el tiempo de la Restauración Meiji, aconsejó al gobernador de Okinawa cooperar al máximo con la nueva forma de gobierno, y cuando se promulgó el edicto contra el rodete, fue uno de los primeros en obedecerlo.
Azato era también un diestro maestro de esgrima de la escuela Jigen de Kendo. Aunque no se jactaba de sí mismo, se tenía una gran confianza en su habilidad de esgrimista, y una vez lo escuché decir: “Dudo mucho que alguien en el país quiera tener un duelo a muerte conmigo”. Esta pequeña confidencia fue posteriormente verificada cuando Azato se encontró con Yōrin Kanna, uno de los más famosos esgrimistas de Okinawa.
Kanna era un hombre enorme, musculoso, con grandes protuberancias en sus brazos y hombros; la gente acostumbraba decir que sus hombros eran grandes como dos pisos!. Era un hombre intrépido y valiente y tenía bien merecida su reputación por su habilidad en el arte marcial. También era un erudito en clásicos japoneses y chinos. Claramente se podía pensar que él podía tener más de una pelea con Azato.
Sin embargo, cuando se produjo el famoso duelo, él atacó a Azato con una espada de acero sin filo y se sorprendió mucho cuando su desarmado adversario con un diestro agarre con sus manos no solo evadió la estocada sino tiró a Kanna de rodillas. Cuando le pregunté a Azato que había ocurrido realmente, él describió a Kanna como un esgrimista muy diestro, quien debido a su reputación de invencible y audaz, atemoriza a su oponente al empezar el encuentro y luego lo vence fácilmente. Sin embargo, dijo Azato, si el oponente no se deja atemorizar, si permanece con la cabeza fría y si busca la inevitable falla en la defensa de Kanna, la victoria no puede se tan difícil. Este consejo, como el resto de la guía de Azato, fue de gran valor para mí.
Otra de sus máximas era: “Cuando usted practica karate, piense que sus brazos y piernas son como sables”. Ciertamente, las exhibiciones de karate de Azato eran vivos ejemplos de esta filosofía. Una vez un hombre le preguntó el significado y la aplicación del “ippon-ken” (puño de punto único). “Trate de pegarme”, le contestó Azato tranquilamente. El hombre dijo solo quería preguntar, pero en un abrir y cerrar de ojos el golpe había sido lanzado y se dirigió al estómago de su oponente, donde fue detenido a la distancia del espesor de una hoja de papel. La velocidad de todo el movimiento fue increíble.
El hombre que había hecho la pregunta no tuvo tiempo ni de pestañear y si realmente hubiese golpeado su plexo solar podría perfectamente haberlo matado.
Azato tenía una información muy detallada acerca de todos los expertos de karate que vivían en Okinawa, la que incluía no solo los datos comunes como sus nombres y apellidos sino también lo relacionado con sus capacidades, destrezas y técnicas especiales, en que ellos eran fuertes y en que eran débiles. El solía decirme que el conocimiento de la habilidad del oponente y su capacidad técnica era la mitad de la batalla, citando el viejo refrán chino: “El secreto de la victoria es conocerse a uno mismo y a su enemigo”.
Azato y su buen amigo Itosu compartían por lo menos una cualidad de grandeza: no tenían la más mínima envidia de otros maestros. Ellos querían presentarme a otros maestros que conocían, diciéndome que aprenda de ellos la técnica en la cual sobresalían. Los instructores comunes de karate, de acuerdo a mi experiencia se oponen a que sus alumnos estudien con instructores de otras escuelas, pero esto está lejos de lo que pensaban Azato e Itosu.
Aunque ellos no me hubiesen dado ninguna de estas cosas, igualmente hubiese ganado con el ejemplo de humildad y modestia que daban en todos los aspectos de proceder con sus semejantes. Y ciertamente, ellos nunca se detuvieron sobre las hazañas “heroicas” de karate que les atribuían, dejándolas de lado como “actos impetuosos” de la juventud.
Los dos hombres compartían otras cualidades, incluyendo el bastante interesante primer nombre, Yasutsune. Pero filosóficamente tenían puntos de vista bastante distintos respecto al karate y físicamente eran también muy diferentes.
Mientras que el Maestro Azato era alto, con anchos hombros y ojos rasgados, recordando sus facciones a los antiguos samurai, el Maestro Itosu era de estatura mediana, con un gran pecho redondo, parecido a un barril de cerveza. A pesar de su largo bigote, tenía la mirada de un chico bueno.
Esta era una visión engañosa, porque sus brazos y manos poseían un extraordinario poder. Sin embargo él fue desafiado muchas veces por Azato en una diversión okinawense de lucha con las manos y siempre salía victorioso.
En esta forma particular de deporte los dos combatientes cerraban sus puños y cruzaban sus muñecas una contra la otra. No agarraban sus manos como en la versión de Tokyo de la lucha de manos. Después de ser inevitablemente vencido, Azato solía murmurar irónicamente que nunca sería mejor que Itosu, aún usando ambas manos. Ciertamente Itosu estaba tan bien entrenado que su cuerpo parecía invulnerable.
Una vez, al entrar a un restaurante en el centro de recreación de Naha, un robusto joven lo atacó por la espalda dirigiéndole un fuerte golpe al costado. En ese momento, sin darse vuelta, endureció los músculos del estómago desviando el golpe y al mismo tiempo su mano derecha agarró la muñeca derecha de su atacante. Aún sin dar vuelta la cabeza arrastró tranquilamente al hombre adentro del restaurante. Luego ordenó a la asustada criada que trajese comida y vino. Teniendo agarrada aún la muñeca del joven con su mano derecha, tomó un sorbo de vino con su mano izquierda colocando luego a su agresor frente a él, mirándolo. Después de un momento sonrió y dijo “yo no se cual puede ser su motivo de enemistad conmigo, pero bebamos juntos”. El asombro del joven ante este gesto puede fácilmente imaginarse.
Itosu tuvo otro encuentro famoso con un temerario joven, instructor de karate de una escuela de Okinawa. Beligerante por naturaleza y lleno de vanidad por su fuerza, el joven tenía el desagradable hábito de esconderse en oscuras callejuelas y cuando un caminante solitario pasaba él lo castigaba. Era tanta su confianza que decidió agarrar al mismo Itosu, no importándole cuan poderoso fuese el maestro, y golpearlo de improviso. Una noche siguió a Itosu y después de acercarse furtivamente lanzó su más poderoso golpe en la espalda del maestro. Desconcertado por el evidente hecho de que no provocó ningún daño, el joven fanfarrón perdió su equilibrio y al mismo tiempo tuvo su muñeca derecha agarrada en un agarre tipo tornillo. El joven trató de liberarse con su otra mano pero por supuesto no tuvo éxito. El poder de agarre de Itosu era famoso en Okinawa; el podía, como ya dije, cortar un grueso tronco de bambú con una mano.
Itosu caminaba arrastrando al otro con él sin molestarse en mirar hacia atrás. Comprendiendo que había sido derrotado completamente, el joven suplicó el perdón del maestro. “¿Pero quién es usted?”, preguntó Itosu suavemente. “Yo soy Gorō” contestó el joven. En ese momento Itosu lo miró por primera vez. “Ah”, murmuró, “Usted no debe tratar de engañar a un anciano como yo”.
Después de esto, lo dejó ir.
Imágenes vivas se abalanzan una detrás de otra en mi mente cuando recuerdo acerca de mis dos maestros y de sus distintas filosofías del Karate-dō. Azato solía decirme “Considera a tus brazos y piernas como espadas”, mientras que Itosu me aconsejaba que entrenase mi cuerpo de forma tal que pudiese resistir cualquier golpe, no importando cuán potente fuera. Lo que él quería significar, por supuesto, era que no solo debía entrenar mi cuerpo hasta que fuese duro y resistente sino también que debía practicar diariamente las distintas técnicas de karate.
Recuerdo un conocido incidente que ocurrió cuando Itosu fue asaltado por un grupo de fuertes jóvenes, que en poco tiempo los delincuentes quedaron inconscientes en la calle. Un testigo, viendo que Itosu corría peligro, corrió precipitadamente a contarle a Azato acerca del incidente. Interrumpiendo su relato, Azato dijo: “Y los rufianes, por supuesto, quedaron todos inconscientes, con sus caras sobre el piso, no es así?”. Muy sorprendido, el testigo admitió que era cierto, pero quiso saber como Azato lo sabía. “Muy simple”, replicó el maestro, “los no adeptos al karate pueden ser tan cobardes como para atacar por la espalda y si alguno ataca de frente terminará cayendo. Pero conozco a Itosu; sus puños pueden noquear a sus agresores. Estaría bastante sorprendido si alguno sobrevive”.
En otra ocasión Itosu se despertó durante la noche por un ruido sospechoso en la puerta de su casa. Al dirigirse silenciosamente hacia el lugar donde escuchó el ruido, sintió que alguien intentaba forzar la cerradura de la puerta. Inmediatamente rompió el panel de la puerta de un solo golpe de puño. Simultáneamente pasó su mano a través del agujero y agarró por la muñeca al ladrón. Normalmente si un karateca común golpea haciendo un agujero en un panel de madera gruesa, el agujero puede ser desigual y la madera puede astillarse en alguna dirección. En este caso solo había un redondo agujero, y sé que es cierto porque lo escuché del mismo Azato.
Siempre he tenido conciencia del legado de estos dos maestros. Como retribución yo ejecutaba un rito no solo en honor de ambos sino también en honor de todos los maestros que me han enseñado –y lo recomiendo a todos los practicantes de karate: quemaba incienso en el altar budista de cada instructor y me prometía nunca hacer uso de mi cuerpo entrenado para un propósito ilícito. Pienso que esta fue la promesa que más he honrado y resultó en que fui tratado como miembro de la familia, hasta mucho después que me casé y tuve hijos –realmente, hasta la muerte de los dos ancianos.
Frecuentemente llevaba a mis hijos a sus hogares donde les mostraban algún kata y luego les decían a los chicos que lo repitiesen. Como un obsequio los dos maestros les daban a mis chicos dulces de una clase que yo no podía comprarles (lo mejor que podía comprar en ese entonces era ocasionalmente dulce de batata!). Los maestros querían a los chicos y se comportaban como sus propios abuelos. Pronto los muchachos comenzaron a visitar ellos solos a los maestros, como yo lo había hecho cuando era un chico. Y pronto comenzaron a querer al karate como yo.
Ahora que miro hacia atrás, veo a mis hijos y a mí, las dos generaciones, beneficiados enormemente con la enseñanza de estos dos maestros. No encuentro palabras para expresar mi gratitud.