Capítulo XI
LA COPE RESISTE, EL PAPA SALVA
AL PP Y LUIS HERRERO DICE
ADIÓS
La guerra de Irak, que en términos puramente militares se decidió entre febrero y marzo de 2003, pero que políticamente se decantó en las Navidades de 2002, resultó dramática y decisiva para la COPE en todos los sentidos. En ella se perfilaron las cuatro tendencias esenciales que marcan su trayectoria posterior: 1) el pacto tácito pero férreo de la propiedad (la Conferencia Episcopal con Rouco al frente) y los directores de los grandes programas ante la ofensiva izquierdista contra el Gobierno legítimo de Aznar; 2) la conversión de la COPE en referente ideológico esencial y casi único de la derecha; 3) la animadversión paralela e incondicional de la izquierda, y 4) la consolidación de una línea ideológica e informativa que acabaría llevándome a suceder a Luis Herrero en La mañana cuando entrado junio anunció que dejaba la radio y entraba en política.
Estas cuatro tendencias pueden percibirse hoy con absoluta nitidez, pero en el fragor de los acontecimientos no estaban tan claras, ni muchísimo menos. Al empezar ese semestre que decidió el futuro de la cadena por varios años, seguíamos sin saber qué querían realmente los obispos de la COPE y, en consecuencia, no teníamos una línea ideológica e informativa que identificara socialmente a la cadena y la diferenciara de otros medios de comunicación. En cuanto a mí, la duda que flotaba en los despachos de alzacuello expreso o camuflado era si me iba yo o me echaban ellos. Pero esto último no sentaba nada bien en las áreas, digamos, empresariales de la casa, especialmente la comercial, que lo consideraba un suicidio y apostaba porque yo hiciera La mañana, con Luis o sin Luis. Por supuesto, nosotros no pensábamos en ello, aunque nos llegaran ecos de todas las intrigas, por la sencilla razón de que no sabíamos qué pensaba de todo lo que estaba pasando el cardenal Rouco, líder indiscutible de la Iglesia española y que, en función de lo que pensara que pasaba, decidiría lo que en la COPE tenía que pasar.
O no. Porque la condición galaica de Rouco parecía encajar perfectamente con la decidida política de indecisión que don Bernardo marcaba en la cadena desde tiempo inmemorial. Pero no sólo por voluntad propia, que también, sino porque entre los obispos había pareceres distintos y aún opuestos sobre el sentido y la existencia misma de la COPE. La mayoría la apreciaba mucho, cada vez más, pero los curas nacionalistas querían su liquidación. Una parte del episcopado hubiera preferido que dejara de ser una radio comercial y de masas, limitándose a los aspectos doctrinales y eludiendo cualquier identificación política. Esta facción seráfica, que básicamente quería quitarse de encima un problema, tropezaba con dos inconvenientes insolubles: las «radio-marías», como suele llamárseles, se oyen poco, tan poco que ni las monjas las oyen, de modo que ese tipo de programación suponía inevitablemente el cierre de la COPE. Acudían entonces en su ayuda los nacionalistas, diciendo que mejor que cerrarla sería venderla cara, a ser posible a algún grupo mediático de Bilbao o Barcelona. Naturalmente, ante ese apoyo tan interesado como indeseado retrocedía la facción seráfica y se acogía al sector mayoritario, cada vez más opuesto a contemporizar con el separatismo, y no sólo el criminal de la ETA.
Sentimientos nacionales aparte, la gélida contundencia de los números obligaba a los obispos a afrontar el hecho de que tanto las vocaciones como la asistencia a misa desaparecían a ojos vista ante lo que Juan Pablo II llamó el «paganismo nacionalista». Y no podían dejar de ver que el nacionalismo suele presentarse de la mano de un laicismo y un anticlericalismo radicales que niegan los valores y hasta el derecho a existir de la Iglesia católica, a la que se achacan todas las taras de la Historia de España, empezando por su existencia misma, inseparable del catolicismo desde hace casi, casi dos mil años. Esto ha tenido un efecto indirecto y en cierto modo paralelo al producido en amplísimos sectores de la sociedad española, que han descubierto con retraso y consternación que la tradicional división derecha-izquierda ha sido sustituida por la que separa a los que defienden la unidad de España y a los que tratan de destruirla.
Quizá el más afectado por el cambio haya sido el sector izquierdista de los obispos, que de forma genérica aunque inexacta suele llamarse «taranconista». Su poder en España ha ido menguando inexorablemente durante el papado de Juan Pablo II por diversas razones, de las cuales la más importante era el anticomunismo natural del Papa polaco que combatió y acabó destruyendo la llamada Teología de la Liberación, doctrinalmente débil y políticamente siniestra, pero acogida a lo que podría llamarse el prestigio ambiental del socialismo tras el Concilio Vaticano II. También la caída del Muro fortaleció la línea, digamos, oficial de Karol Wojtyla, porque ni la más mediocre inteligencia ni la más acorchada sensibilidad podían dejar de constatar la pavorosa ruina y el inmenso cementerio que constituyen la auténtica herencia del socialismo real.
A eso se ha añadido —y es lo que posiblemente ha acabado de hundir al sector «progre» de los obispos— la deriva de los partidos de izquierda, que, ideológicamente despojados de su doctrina marxista, han vuelto a una suerte de radicalismo presocialista que busca en la ruptura de la familia, de las instituciones tradicionales y de todo lo que moral e históricamente define a Occidente la legitimidad que durante un siglo basaban en dos principios: la lucha de clases como motor de la Historia y la estatalización de los medios de producción, que en todas las variantes del socialismo es la forma de acabar con la propiedad privada y, con ella, de erradicar la pobreza, incluida la del espíritu. Pero ese brusco volantazo ha roto todos los puentes del cristianismo con el socialismo y de los socialistas con los católicos. Si a eso se añade la insolidaridad nacionalista y la negación de la Historia de España, se entiende que los obispos setenteros a los que no les gustaba nada el sesgo liberal de la COPE concluyeran que era un mal menor. Incluso un bien mayor si cimentaba un edificio que convenía proteger en tiempos de tribulación.
La medida claridad de Rouco
El excurso anterior era necesario para explicar por qué Rouco, en vísperas de la guerra de Irak, podía decidir la línea inmediata y el futuro mediato de la COPE sin la menor oposición entre los obispos. No sólo por su cargo y su respaldo en Roma, que ya hubiera sido bastante, sino por esa época de transición, de reorganización y de honda preocupación que atravesaba la Iglesia española, y que en un momento tan súbitamente convulso en la vida pública la hacía especialmente dependiente de su líder moral y real.
Yo tenía la intuición de que Rouco acabaría enfrentándose a la marea progre o, al menos, dejando que si en la COPE unos podían defender la paz a cualquier precio, otros pudiéramos atacar el supuesto pacifismo izquierdista, que no es más que el viejo antiamericanismo soviético adobado de antisemitismo posmoderno y manipulado de la forma más demagógica para desgastar y, si fuera posible, derribar al Gobierno del PP. Reconozco que con el discurso que llegaba del Vaticano y que a veces parecía de Chirac o de Arafat no había razones lógicas para pensar en Rouco como una especie de objetor de conciencia al pacifismo obligatorio, más bien al revés. Pero yo le había visto en una entrevista larga que le hizo Popular TV a propósito de la crisis del Prestige y me llamó la atención que describiera el chapapote como una especie de símbolo del mal vertido sobre la naturaleza, manchando de negro turbio y viscoso las hermosas rías por las que tanto había paseado cuando tenía a su cargo la sede de Santiago de Compostela. La imagen me pareció tan brillantemente teológica o teolírica que tuve por imposible que alguien tan sutil pudiera unirse a una campaña tan grosera como la de la izquierda contra la guerra, alfombrada además por la misma demagogia violentamente anti-PP de los tíos de Nunca Mais, que a un gallego de Villalba tenía que producirle náuseas.
Entonces, mientras se acercaba la guerra y por esas casualidades que la Iglesia suele tener minuciosamente previstas, don Bernardo nos avisó de que Rouco —a quien él siempre llamaba El Cardenal— quería comer con nosotros. «Nosotros» era también un término impreciso, clericalmente modulable, que podía referirse sólo a Luis y a mí, a nosotros dos con Cristina y Abellán, a nosotros cuatro con el jefe de Informativos, José Apezarena, y el del área de Religión, José Luis Restan, o a nosotros seis con el consejero delegado y el director general, que, con Rouco presidiendo y don Bernardo como anfitrión, elevaba a diez lo que podríamos llamar el pleno del Nosotros. Rouco quería el pleno del comensalato, señal de que venía a oír todos los pareceres sobre la situación y a darnos, es decir, a sugerir o dejarnos adivinar, el suyo.
El peligro letal del «achique de espacios»
Luis estaba siempre en guardia contra dos peligros internos en la COPE: los «católicos profesionales», que son aquellos periodistas o intelectuales poco brillantes que por ir a misa pretenden ser contratados para tertulias o lo que sea, y «el achique de espacios», es decir, la reducción de la libertad de los directores de cada programa según una técnica muy conocida en el fútbol: si la defensa adelanta sus líneas, los delanteros del otro equipo quedan en fuera de juego y son sancionados por el árbitro. En la COPE, eso supondría que los comunicado res más identificados con la línea dominante del episcopado, normalmente responsables del área sociorreligiosa que elabora la línea editorial de la cadena (breves editoriales de opinión que se vierten a menudo en los boletines horarios y que se firman como «Línea COPE») marcaran no sólo esa línea oficial sino los límites de opinión y tal vez de información de los grandes programas.
Los que desconocen la frágil y sutil estructura real de la libertad periodística no entienden la importancia esencial del comunicador o el programa que se sitúa en la zona de más riesgo, el que, por usar de nuevo fórmulas de Luis, «pone más alto el listón». Bajo ese listón de lo aceptado, aunque sea a regañadientes, por la empresa pueden trabajar con holgura y comodidad los demás comunicadores y programas. En vida de Antonio Herrero, el listón siempre lo ponía él. Y si algunos con tendencia a irnos arriba lo sobrepasábamos, cosa difícil dadas sus costumbres, se alineaba en nuestra posición al día siguiente, para proteger al posible infractor y seguir marcando los límites del juego. Claro que, por seguir con el símil futbolero, si el árbitro te pita en poco tiempo varios fuera de juego (off-side, en versión castiza «orsay») tiendes a frenarte en las subidas, y si además la defensa se adelanta astutamente, te quedas mucho más lejos del área y del gol.
La guerra de Irak era el escenario perfecto no ya para achicar espacios sino para reducirlos casi a la nada, porque los que pudieran esgrimir la doctrina oficial vaticana e interpretarla pro domo sua, tendrían la posibilidad de dejar fuera de juego a los que no la compartían, enfrentándolos no sólo con otros programas sino con el punto de vista de la Iglesia y creando una situación insostenible para ellos. O sea, para nosotros.
Luis veía ese peligro encarnado en el grupo de Apezarena (Opus, informativos muy permeados por el PSOE), Cristina (Comunión y Liberación) y Restan (que era o había sido también de Comunión y Liberación y que se situaba en esa línea pero siempre según la modulación de Rouco, como era obligado en la sección religiosa). Los tres igualaban a los dos que éramos Luis y yo, así como a lo que representábamos. Yo he defendido siempre que según la doctrina de la guerra justa desarrollada en su versión moderna por el Padre Mariana y la Escuela de Salamanca, la Justicia, inseparable de la Libertad, es un criterio superior al de la Paz, si es cualquier Paz, para evitar la Guerra, si es cualquier Guerra. Luis parte siempre de la condena verbal de la guerra por principio (yo prefiero la paz, pero doy por hecho, viendo El Mundo y el hombre que lo habita, que habrá guerras, así que no pierdo el tiempo proclamando el valor de esa paz más teórica que real) pero encauza su análisis y valoración del hecho concreto, aquí la guerra, por la vía de Santo Tomás de Aquino, el tío-abuelo de Mariana y la Escuela de Salamanca. Lo normal, con más o menos estridencia, era que coincidiéramos. Sobre todo porque, tras el aperitivo del Prestige, sabíamos que vendría el menú completo del PSOE y toda la extrema izquierda, utilizando la guerra para triturar a un gobierno Aznar ya casi K.O.
También los otros tres más identificados (que Luis me perdone) con el Vaticano hubieran apoyado en cualquier otro asunto al Gobierno del PP contra las movilizaciones de la izquierda, pero la guerra era algo mucho más delicado de abordar, porque en ella la emotividad se desborda, la diferencia de criterio se traduce en deslegitimación y la propaganda («el otro nervio de la guerra», decía Napoleón y repetía Azaña) es parte tan importante de las acciones bélicas que, en las democracias modernas, pueden perderse en los medios de comunicación las guerras que se han ganado en el campo de batalla. Desde Vietnam, la sociedad occidental ha demostrado su pavorosa fragilidad moral ante la imagen de las víctimas civiles e incluso militares en el telediario a la hora de cenar. No importa que sean incapaces de distinguir a qué batalla o a qué país o a qué conflicto pertenecen las imágenes: los ciudadanos euroamericanos, tras saciar su morbo visual, deciden que ya han visto bastante y que su gobierno tiene que salir de allí, esté donde esté, defendiendo no importa qué causa. Esa engañosa piedad para con los muertos supone a menudo una pavorosa falta de empatía o piedad para las víctimas presentes y futuras, una forma moralmente presentable de desentenderse del problema, tal y como los franceses, ingleses y demás «pacifistas», delicados partidarios del «apaciguamiento» ante Hitler se desentendieron con razones morales grandiosas de la pequeña y triste suerte de los judíos, de los pueblos y países condenados a muerte por el régimen nazi.
En cuanto empezara la guerra y la más que previsible manipulación izquierdista de la postura vaticana, se pondría en marcha en la COPE, desde dentro o inducida desde fuera, esa diferenciación de posturas y, de forma tan sutil como inevitable, se plantearía esa lucha de poder que supone también todo conflicto de legitimidad. Luis creía que se podía interpretar perfectamente la guerra como legítima desde el punto de vista católico y yo creo que toda lucha contra la tiranía, más violenta cuanto más violento el tirano, es deseable o está justificada. Pero, naturalmente, también tenían argumentos los sectores católicos más de izquierdas o antioccidentales. Por eso era importante la interpretación que hiciera Rouco, si la hacía, de la guerra en ciernes y la posición del Papa.
Curiosamente, esa interpretación se redujo a una sola frase en el momento en que realmente empezó el comentario a fondo sobre la clásica oposición a la guerra del Vaticano. Y la planteó, tal y como Luis Herrero había previsto, José Luis Restan. Al citar la guerra de Afganistán, de la que la de Irak era evidente continuación, dijo Rouco:
—Bueno, José Luis, la condena de la guerra de Afganistán, como de toda guerra en principio, fue muchísimo más matizada que la que se hizo de la guerra del Golfo por la liberación de Kuwait, donde creo que nosotros participamos bajo gobierno del PSOE. Léete lo que se dijo entonces y hace un año y verás que es muy distinto. La diferencia es que en Afganistán se trata de la lucha contra el terrorismo, y eso supone matices de autodefensa y de uso legítimo de la fuerza que no se pueden dejar de contemplar.
Luis y yo nos habíamos sentado cerca, como hacíamos habitualmente, bien junto a don Bernardo y enfrente de Rouco, bien junto a Rouco y enfrente de don Bernardo, según el número de comensales y las características del evento culinario-institucional. Al oír al cardenal, Luis no tardó ni tres segundos en hacerme una mueca de agradable sorpresa, tranquilidad sobrevenida, placidez en la zozobra y confortamiento en el desasosiego. Todo ello y algo más en un gesto de una décima de segundo. Al salir, después de seguir el convite y la charla durante un buen rato, me dijo en el pasillo, mientras bajábamos a su despacho en la redacción:
—¡Ufff! No hay fuera de juego. El árbitro se ha mostrado más bien casero.
—Querrás decir justísimo.
—Exactamente. Aplicando el reglamento en función de la jugada, como debe ser. ¿Y has visto cómo se desplegaban las fuerzas previsibles contra los objetivos previstos?
—He visto, Luisewitz, he visto y he admirado tu clarividencia estratégica. Pero de no oírlo de Rouco, no creerlo. Ahora bien, ¿qué ha dicho? Interprétame al oráculo.
—Rouco está preocupado. No sabe qué va a pasar cuando empiece la guerra y la campaña política en contra, pero no piensa condenar a priori a Bush ni a Aznar. Salvo…
—Salvo que el Vaticano la condene de forma expresa. No sólo genéricamente.
—O sea, que, pasando al tenis, hemos salvado una pelota de set y de partido.
—Sí, pero el partido continúa. Cuidado con las voleas en la red.
—Nunca he jugado al tenis.
—Ya me lo parecía.
La verdad es que estábamos felices y lo único que podía alegrarnos era una sola frase de Rouco, interpretada de la manera que creíamos correcta. Nada más. Es curioso que, incluso ahora, esa frase pueda interpretarse de una u otra forma, incluso de ninguna forma. Sin embargo, en su contexto significó lo que creímos que significaba porque todos actuamos en consecuencia, tanto los que pretendían imponer una cierta disciplina vaticana como los que queríamos mantener la tradicional libertad de los programas de la COPE. Unos y otros interpretamos que Rouco avalaba la continuidad, la autonomía de los comunicadores. Y como los hechos no nos desmintieron, creemos que era así. Sin embargo, se trataba sólo de un equilibrio temporal que podía venirse abajo en cuanto empezara la guerra. Evidentemente, la guerra había empezado mucho antes de empezar.
La izquierda, a la guerra contra las urnas
Después del 11-M y, sobre todo, después de las investigaciones periodísticas que han desmontado toda la versión socialista sobre la masacre que, repugnantemente manipulada, les llevó al Poder, muchos ven el comienzo de un auténtico golpe de Estado en las movilizaciones del Prestige y de la guerra de Irak. Yo no quiero actualizar con datos de hoy las sensaciones de ayer ni contar lo que ayer vivimos por lo que hoy sabemos. Para ello, lo mejor será recuperar algunos párrafos del prólogo de El adiós de Aznar, que salió en Planeta a comienzos de 2004, cuando todo indicaba que el presidente del Gobierno, tras superar la terrible prueba de la izquierda en la calle, se iba por la puerta grande y dejaba a su designado heredero, Mariano Rajoy, en La Moncloa.
Tras recordar la tradición golpista y las campañas de destrucción personal y política de los líderes de la derecha que cerraban su acceso al Poder, singularmente Antonio Maura durante la Restauración y Lerroux durante la II República, yo escribí que la gigantesca movilización callejera contra Aznar,
a mi juicio, fue un verdadero intento de golpe de Estado civil de toda la izquierda (parlamentaria y antiparlamentaria) y todo el nacionalismo (pro terrorista o menos) contra el primer partido de España, el PP, que tras su mayoría absoluta en las elecciones del 2000 ostentaba legítimamente el gobierno de la nación y tenía la hegemonía parlamentaria. Tras el ensayo general del Prestige en Galicia, la guerra de Irak supuso la extensión a toda España de una violencia sin precedentes en la historia de la democracia española contra ningún partido político, ni siquiera Herri Batasuna tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Tras una sumaria y violenta identificación del PP con la guerra, el crimen o el asesinato de inocentes, sin contemplaciones ni matices, sin distinguir Gobierno, Parlamento y Partido, política y personas, representantes y representados, más de doscientas sedes del PP fueron atacadas en toda España, el Parlamento fue cercado varias veces por miles de manifestantes encabezados por actores y artistas, que tanto en la gala de los Premios Goya como en la calle hicieron gala de un insultante sectarismo izquierdista y disfrutaron con su papel de mascarón de proa de las manifestaciones convocadas por la izquierda en el mejor estilo de la Komintern, gigantescas al principio, luego cada vez menos masivas pero más radicalizadas y violentas, que se extendieron durante casi dos meses.
En el Congreso, el PP debía afrontar no sólo a los bancos de la izquierda sino a la tribuna de invitados (por la izquierda), en la que artistas autoproclamados líderes de la sociedad española, gritaban e insultaban a los diputados del PP cuando tomaban la palabra. Nunca se vio tan claro el desprecio que la izquierda tiene por la democracia, «burguesa» si ella no manda. Y nunca se vio tan claro el papel sectario y manipulador de la mayor parte de los periodistas españoles, que igualaron e incluso superaron a los actores en su agresión contra el Gobierno, contra la derecha y contra cualquier ética de la profesión periodística, arrasada por el sectarismo. Si el gremio del teatro y el cine se lució en los prolegómenos de la guerra, el de los periodistas tuvo su momento de dudosa gloria tras la muerte accidental de Julio Anguita Parrado por un proyectil iraquí y del cámara de Tele 5 José Couso por el disparo de un tanque norteamericano. Uno en una tienda de campaña de las tropas aliadas y otro en uno de los últimos pisos de un hotel de Bagdad fueron convertidos en símbolos de la supuesta barbarie criminal de los USA, Occidente y el PP.
Los momentos más hirientes y grotescos de aquella campaña fueron, como nadie que los vivió podrá olvidar, protagonizados por los actores, encabezados por los Bardem y organizados por un sindicato afín a Comisiones Obreras y no alejado de los predios batasunos, como mostró durante el alto el fuego de ETA homenajeando con rosas blancas a Jone Goirizelaia, abogada y dirigente de Batasuna durante muchos años que jamás condenó uno solo de los crímenes etarras. Casi como los actores.
De aquella puesta en escena kominterniana, que empezó con la manipulación totalitaria de los Premios Goya y, tras vociferantes manifestaciones a las puertas de las Cortes, terminó en la tribuna de invitados del Congreso, con los titiriteros más ricos y famosos exhibiendo camisetas contra la guerra e insultando al Gobierno y diputados del PP, lo que a mí me resultaba más insoportable era que unos sujetos apenas alfabetizados se proclamaran catedráticos de Historia, Política y Ética para guiar a la sociedad civil, la misma a la que sacan dinero por la espalda de sus impuestos puesto que se niega a dárselo voluntariamente en las taquillas. Encima de atracadores, moralistas. Pero dentro de la COPE el ambiente cada vez más enrarecido por la movilización de las izquierdas no llegó al máximo de crispación por la capacidad de convicción moral e intelectual de los actores, que es aproximadamente nula entre quienes los conocen, sino por la movilización de los propios periodistas, que, dentro y fuera de los medios, a raíz de la muerte de Anguita Parrado y Couso, tomaron corporativamente el relevo de los titiriteros.
Muchos se preguntaban cómo pudimos coexistir en la COPE rebaños políticos tan diferentes mientras el pastor tocaba en la lejanía el caramillo y cada día llegaban noticias que inflamaban más un panorama al rojo vivo. Pues debo decir que, en lo que cabe y durante bastante tiempo, recurriendo a la profesionalidad y al juego limpio. La información que dábamos en la cadena era exhaustiva, tanto en La mañana como en La linterna y demás programas, amén de los servicios informativos. La COPE tuvo como enviado especial en Bagdad a José Miguel Azpíroz, cuyas convicciones de izquierda radical no le impidieron desarrollar su tarea, al menos en lo que a mí respecta, con la profesionalidad necesaria para informar sin manipular y para separar los datos de la opinión. Si en otros programas hubo deslices propagandísticos, debo decir que en el mío el comportamiento fue versallesco. Claro que yo no hubiera tolerado otro, pero ambos lados hubiéramos salido perdiendo y la tensión hubiera hecho aún más insoportable el ambiente dentro de la redacción.
Sucedió justo al revés: el juego limpio de partidarios y detractores de la Alianza contra el genocida Sadam Hussein nos permitió salvar las tres semanas de guerra con un nivel excelente de servicio al oyente, al margen de lo que se dijera en las tertulias. Sin embargo, nosotros veíamos cómo día a día, a medida que se iba estrechando el cerco sobre Bagdad, también se iba estrechando el cerco sobre los que defendíamos al Gobierno, que éramos sólo tres medios: el ABC en papel, sobre todo por los excelentes análisis diarios del GEES (Bardají, Portero y Cosido); Libertad Digital en Internet, que llegó a su mayoría de edad y se convirtió definitivamente en el medio de referencia de los jóvenes liberal-conservadores, y, naturalmente, la COPE, que cada día, de mediodía a medianoche, dispensaba información fiable y opinión implacable a la media España aterrorizada por la campaña de la izquierda, calcada de la de 1934-1936.
Vuelvo al testimonio de El adiós de Aznar para recoger literalmente lo que, menos de un año después de los hechos, pensaba yo sobre lo sucedido en la radio:
Estoy convencido de que sólo diez días más de guerra habrían liquidado la principal trinchera de opinión que en esos días le quedó a la derecha y que fue la COPE. Con Radio Nacional absolutamente tomada por los profesionales izquierdistas, y con los informativos de TVE oscilando entre la apertura gubernamental y la cobertura antioccidental y rabiosamente anti-israelí de «las huríes de Ferrari», con «Fátima» Rodicio a la cabeza, sólo ABC en la prensa de papel y Libertad Digital en Internet suministraban cada mañana argumentos a favor de los aliados en la guerra y del Gobierno en el Parlamento. Pero eran La linterna, de forma abierta, y La mañana, de forma más matizada, los únicos vínculos diarios que mantuvieron unidos a un Gobierno cercado y una base social acosada y angustiada. La COPE fue el único medio que, con las diferencias propias de directores y colaboradores de esos programas, no abandonó a la derecha. Sólo meses después supimos hasta qué punto nos lo agradecía la audiencia.
No insisto en el importantísimo papel de la COPE en esos días por presumir o pasar factura ninguna ni a Aznar ni al PP ni a nadie. Uno hace lo que cree que tiene que hacer, a veces se equivoca y a veces acierta, pero, como suele repetir Luis Herrero, nunca se equivoca si opta por el camino más difícil. Y la gran dificultad que tenía defender aquella trinchera era la oposición del Papa a aquella guerra (como a todas las guerras en general) que fue utilizada desvergonzadamente por la izquierda contra el Gobierno y el PP para deslegitimarlo ante su base social y darle jaque mate en la calle y en las urnas. La cuestión de fondo no era si en los programas de más audiencia e influencia de la COPE estábamos a favor de la guerra (algo en lo que había diferencias y matices), sino si admitíamos que con la excusa de la guerra se echara al Gobierno legítimo y se triturase a la derecha, es decir, si con la excusa del Papa «se sacaba del mapa político» precisamente a los que van a misa.
Era realmente grotesco ver a los ateos socialistas y comunistas, a los anticlericales más feroces pedir públicamente al Papa la excomunión de Aznar. Pero a los católicos del Gobierno —como me confesó en privado uno de esos días atroces Ana de Palacio— aquello no les parecía ridículo sino trágico, al menos en lo personal. Y en lo político, no les llegaba la camisa al cuerpo, porque aunque estaban moralmente convencidos de que hacían lo que debían no sabían cuál podía ser la reacción de la base católica ni, sobre todo, qué podía pasar en la visita del Papa a España en los primeros días de mayo, poco antes de las elecciones municipales y autonómicas en las que la derecha podía abstenerse y dejar que se hundiera el Gobierno o movilizarse y apoyarlo.
El caso Couso, el caso Aznar y la COPE como caso
En esas semanas me gradué definitivamente como periodista, casi siempre de la mano de Luis Herrero. Pese a la urticaria que me provocaba el trato con los políticos, vimos en esos días, fuera de los micrófonos, a los ministros más importantes del Gobierno, desde el vicepresidente Rajoy a la ministra de Exteriores Ana de Palacio, con la excepción de Aznar. Iban llegando noticias de que el enfado cósmico que le llevó a promover el boicot a la presentación de Con Aznar y contra Aznar se iba trocando en alguno de esos susurros sentenciosos bajo el bigote que en los usos faraónicos denotan una digestión reposada de lo dicho y una voluntad expresa de comunicarlo. Ejemplos:
—El que se está portando bien, pese a todo, es Federico.
O bien:
—Menuda diferencia entre Pedro Jota y Federico.
O bien:
—Si no fuera por la COPE, Pedro Jota ya nos habría mandado fusilar.
Toda esta producción sotobigotil nos iba llegando, para solaz de Luis y relativa mortificación mía, que llevaba mal salvarle los muebles a quien de forma tan miserable nos había desahuciado. Pero llegaba, que es lo que el Faraón quería y lo que, a decir verdad, la errante tribu de Israel, deambulando por el desierto sin Moisés, agradecía. Y es que la gente del común vivía la experiencia de forma muy distinta a la nuestra. Como ha sucedido paradójicamente en estos años milagrosos de la COPE, si la radio se venía arriba en el ánimo de los oyentes de derecha —y también de muchos de izquierda, para contrastar— era porque el Gobierno y el PP se habían venido estrepitosamente abajo. Cuando, a las tres semanas justas de empezar la invasión de Irak, el general Tommy Franks entró en Bagdad, la izquierda reaccionó como era previsible para quienes la conocen, entre los que, evidentemente, nunca ha estado la plana mayor de la derecha española: perdida la guerra en el campo de batalla, había que ganar la de la propaganda.
Y lo hicieron. El fulminante éxito militar fue rápidamente convertido en prueba de la maldad intrínseca de Occidente y del «Trío de las Azores» —Bush, Blair y Aznar—, manipulando indecorosamente la muerte en accidente de dos enviados especiales a la guerra, Julio Anguita Parrado, de El Mundo, y José Couso, de Tele 5. Como al hijo de Anguita lo habían matado los iraquíes cuando redactaba la crónica en una tienda de campaña, la culpa fue, en este primer caso, de los americanos que llevaban «empotrados» a los informadores de guerra para manipularlos mejor y que no contasen los terribles daños que Sadam infligía a Bush y Blair. Por supuesto, en el mejor estilo soviético, los dos países que derrotaron al III Reich y garantizaron militarmente la democracia en Europa Occidental hasta la caída del Muro se habían convertido o más bien desenmascarado como los únicos y auténticos nazis, junto a los judíos de Israel, cuyo Holocausto nunca ha supuesto el menor obstáculo intelectual para la izquierda.
En el segundo caso, el de la muerte del cámara de Tele 5 José Couso, producida cuando los tanques americanos entraron en Bagdad, se batieron todas las marcas de la manipulación, y los periodistas, en su mayoría, se comportaron de forma todavía más repelente y manipuladora que los actores. Hay dos imágenes que se me han quedado grabadas y que en La linterna me llevaron a las críticas más duras de toda la guerra. Una es la de los fotógrafos del Senado poniendo sus cámaras en el suelo y negándose a fotografiar a Aznar cuando iba a entrar en el Senado a informar sobre la contienda. Otra es de los mismos fotógrafos rodeando en su escaño al presidente del Gobierno, ante la inacción de los servicios de seguridad de las Cortes, con carteles denunciando el que se empeñaban en llamar «el asesinato de Couso». La degradación intelectual y la deriva totalitaria de los dos últimos años de zapaterismo ha llevado a un extremo todavía más grotesco la manipulación y se ha llegado a hablar del «genocidio de Couso». ¡Échale!
Pero junto a esas dos imágenes me quedan otros dos recuerdos de esos días, ambos con el Gobierno como protagonista. Uno, comiendo con Rajoy y su jefa de Comunicación, Belén Bajo, en Moncloa, adonde fui con Luis Herrero al día siguiente de la muerte de Couso. Además de presenciar una bronca monumental de Belén con el jefe de Prensa del ministro de Defensa, Federico Trillo, al que no quería poner al teléfono para hablar con el vicepresidente, recuerdo haberle preguntado tras oír la enésima queja del comportamiento de Tele 5, 1a cadena de Berlusconi y Vocento, en este asunto:
—Pero vamos a ver, Mariano, ¿y por qué no llama Aznar a Berlusconi, que está con él y como él en lo de Irak y le dice lo que está haciendo su cadena?
—Pues no lo sé.
—¿Y crees que si se le dice, o sea, si se lo dices tú, es capaz de hacerlo?
—No, no lo hará.
El segundo recuerdo es de finales de ese año 2003, a orillas del turrón. Hablando con Alfredo Timmermans, responsable de medios de comunicación en La Moncloa, con la placidez de esos días en los que ya todo parecía encauzado y Aznar se dirigía con paso seguro a lo que todos creíamos que iba a ser una suave y melancólica retirada, me confesó que lo más miserable del caso Couso fue que la víspera le había ofrecido a Juan Pedro Valentín, jefe de Informativos de Tele 5, 1a evacuación de Couso y los enviados de otros medios en un helicóptero especial proporcionado por los USA, porque sabían que los americanos iban a entrar en Bagdad a sangre y fuego y los tanquistas, después de veinte días de batallas feroces y sin apenas dormir, no se iban a poner a distinguir a sadamistas y periodistas. Valentín le dijo que no, porque El País se iba a quedar y ellos no podían dar la imagen de largarse. Por supuesto, no creo que informaran a Couso de esa posibilidad de evacuación. Pero lo que sí sé es que cuando montaron en la cadena la gran jeremiada contra el supuesto asesinato de Couso, esta propuesta de evacuación, a medias entre Aznar y Bush, se ocultó totalmente a los espectadores. Esto prueba la catadura de los responsables de la cadena que estuvieron al tanto de ese hecho, pero aún más la ilimitada estupidez de un Gobierno que elevó la rendición ante la propaganda de sus enemigos a la categoría de arte.
Mientras tanto, el clima se iba haciendo irrespirable dentro y fuera de la COPE, pero la imagen de la caída de la inmensa estatua de Sadam Hussein en Bagdad acabó desmovilizando a los manifestantes, que fuera de Couso no encontraban ya en la salvación del millón de civiles que iba a matar Bush —cuatro millones, según la Cruz Roja Internacional y los cleriprogres— ningún argumento serio para echarse a la calle fingiendo indignación. O mejor dicho: indignándose a través de la manipulación de los sentimientos y la mentira programada, que es la forma habitual de actuar de la izquierda desde hace un siglo largo, cuando Lenin dejó dicho que «la mentira puede ser una herramienta revolucionaria». Del Socialismo Real, es lo único que sigue funcionando.
El «santo advenimiento» del Papa
La única estrategia real del Gobierno de Aznar ante aquellas manifestaciones gigantescas, los cientos de asaltos a sus sedes, las agresiones físicas y verbales a sus representantes, la continua coacción instalada en todas partes, se resumía en una frase que es el no va más de la impotencia, el máximo alarde de la incomparecencia ética y el acabóse de la incompetencia política: «Ya escampará». Por supuesto que no escampaba. Al revés, caían chuzos de punta. Pero Aznar, preocupado esencialmente por su salida, llegó a la conclusión, que Aragonés nos transmitía a Luis y a mí, de que si la guerra terminaba antes de las vacaciones de Semana Santa y el Papa se portaba bien en su viaje de mayo, toda la convulsión callejera quedaría olvidada, la izquierda habría perdido una batalla más desde la caída del Muro y en las elecciones municipales y autonómicas no habría el descalabro que anunciaban las encuestas y que colocaban al PSOE casi veinte puntos por encima del PP.
Lo curioso es que eso fue exactamente lo que sucedió, acreditando lo que todos llamaban «la baraka» de Aznar. Contra todas las previsiones militares, la «guerra relámpago» de Tommy Franks terminó en tres semanas y con el menor número de muertos civiles que en ninguna otra guerra de esas características. Naturalmente, ni la izquierda española ni ninguna otra, ni los grandes traidores Chirac y Villepin y casi toda la derecha francesa, subvencionada durante treinta años por Sadam, reconocieron la derrota militar y el fracaso de su apuesta política. Al revés, anunciándose como aliados de cualquier vietcong sadamita o benladenista, proclamaron lo de siempre, que en Irak empezaba un nuevo Vietnam, que es el viejo, el de hace cuarenta años: el modelo de guerra ganada por el totalitarismo a la democracia, pero no en el campo de batalla, donde suele perder siempre, sino aprovechando la vil estupidez de muchos medios de comunicación occidentales que parecen disfrutar saboteando la civilización de libertad que los alberga. O sea, lo de siempre, pero peor. Para el PP, en cambio, una bendición.
Sobre todo si, finalmente, la impartía el Papa. Pero su visita en mayo, apenas vueltos de las vacaciones semanasanteras, se presentaba llena de incógnitas. La principal era saber hasta qué punto había calado la propaganda izquierdista contra la guerra, Aznar, Bush y Occidente en general en los jóvenes que, según costumbre, iban a protagonizar la primera de las dos grandes concentraciones papales. La segunda era saber cuál iba a ser la postura de la Conferencia Episcopal y qué discurso iba a hacer el Papa ante Aznar y el Gobierno durante la segunda gran concentración: la misa en la Castellana. Para tratar de arrimar el ascua a su sardina, los feroces comecuras se travistieron de sacristanes y los ateos beligerantes contra el marxista «opio del pueblo» se dedicaron a administrar a los católicos dosis masivas del opiáceo audiovisual de la progresía. Claro que para conseguirlo estaban obligados a decir que el Papa era bueno y Aznar malo, esperando que el comportamiento del polaco les favoreciera. Pero corrían el riesgo de que el Papa no sancionara la condición luciferina del PP y hasta lo recibiera amorosamente en sus brazos como un hijo discutiblemente descarriado.
Sin embargo, la duda sobre lo que podía decir el Papa, si es que decía algo, contra el PP perjudicaba, aparentemente, la capacidad de convocatoria de Juan Pablo II, que, ya muy enfermo, rendía la que, con seguridad, iba a ser su última visita a España. En la COPE se vivía un ambiente febril, por los preparativos y por las incógnitas. Todas las reticencias entre el sector más clerical y el más liberal, aunque en éste hubiera católicos de la entidad de Luis Herrero o mis colaboradores José Raga y Juan Velarde, desaparecieron. Si el viaje fracasaba, fracasábamos todos. Si triunfaba, todos salíamos ganando. La tensión política se mascaba en el aire. Nadie se atrevía a hacer pronósticos.
La primera gran prueba de masas fue la reunión con los jóvenes. Las cifras que, de puertas adentro y según nos contaba Barriocanal, barajaba la Conferencia Episcopal eran de un cuarto de millón si las cosas no iban mal. Menos de doscientos mil si salían regular. Y eso porque, con el tirón del Papa, no pensaban que pudieran salir mal, aunque lo temían. Y sucedió lo inesperado: un callado y poderosísimo movimiento de masas, cuyo sentido tardamos en descifrar, arrasó todas las previsiones, las buenas y las malas, o sea, las regulares. Durante La tarde, hablando con Fernando Barriocanal y otras fuentes cercanas a la organización, fui siguiendo las evaluaciones: oye, esto no va malpasaremos de las doscientas mil; nada mal, vamos a llegar y a pasar el cuarto de millón; estupendo, superamos las trescientas mil y esto no acaba; extraordinario, debemos de estar ya rondando las cuatrocientas mil y sigue llegando gente; esto es absolutamente increíble, podemos alcanzar el medio millón; oye, oye, que me dicen que estamos superando holgadamente el medio millón; esto es un éxito inenarrable; oye, entusiasmo total y un número exorbitante, pueden ser seiscientas mil; oye, oye, oye, de no verlo, no creerlo, estamos ya por encima de las setecientas mil, esto no es un éxito, es un milagro, un verdadero milagro. ¡Y todavía falta mañana! ¡Será un hito histórico!
El domingo por la mañana, desde muy pronto, el centro de Madrid se convirtió en una cuenca fluvial de gente que por ríos, cañadas, avenidas y cualquier otro cauce iba desembocando torrencial pero apaciblemente en la Castellana, dispuesta a reeditar el éxito imprevisible e inenarrable del sábado. Jaime Mayor Oreja me contó pocos días después que, cuando salió de su casa hacia la misa, apenas podía dar un paso, pero esta vez no por los insultos y pedradas que acompañaban a los políticos del PP en los meses precedentes, sino por la emoción desbordada y el afecto de la gente. Estaba claro que la derecha, creyente o no, se había echado masivamente a la calle. Tras meses de vivir debajo de las piedras, desmovilizada por su propio partido y acosada por la izquierda, había encontrado en el Papa el bálsamo de todos sus males, que empiezan siempre por no reconocerse a sí misma y, fatalmente, terminan por no darse a conocer a los demás.
Más de un millón reconoció Polanco, millón y medio dieron otros periódicos, cerca de dos millones dijeron los convocantes. En todo caso, un éxito arrasador. Meses después, tratando de analizar lo sucedido, llegué a la conclusión de que la media España calumniada, injuriada, atropellada durante meses por titiriteros progres y politicastros con vocación de chequistas se había echado a la calle para demostrar o para convencerse de que estaba viva y era, al menos, tan numerosa como la otra media España cainita. Como la derecha cree más en la familia, la nación, la propiedad y la religión que en los políticos, se sentía más a gusto agrupándose en torno al Papa que a Aznar, que no se hubiera atrevido nunca a hacer lo que, por otra parte, debía haber hecho: reclamar la calle con la calle y desde la calle. Porque a la vista estaba que la tenía.
Faltaban los discursos. En una esquina de la anchurosa y desventurada —por no decir francamente horrenda— plaza de Colón había cuatro maulas con una pancarta que decía «Aznar excomunión». Pero Aznar comulgó y además salió de misa más contento que el día de su boda, e incluso, aunque esto no está datado, el de su primera comunión. La homilía del Papa, el gran discurso político, se centró en la fe y en lo que la historia de la nación española había aportado a la fe y al catolicismo. El discurso sobre nuestras raíces romanas y cristianas resultó formidable, elocuentísimo, conmovedor. No pocos de mis colaboradores, en la plaza o ante la televisión, lloraron de pena y de gratitud, en una efusión hondamente sentida y que tenía tanto de consuelo como de reivindicación. Tanto para creyentes como para no creyentes, el elogio a España del que aún en vida ya empezaba a ser considerado santo fue un bálsamo dulcísimo, un remedio salvífico. Dentro de la COPE, el entusiasmo era total y sin reservas. El clima, tradicionalmente helado, mejoró hasta extremos casi tropicales. Se abría paso de forma natural, por la fuerza de los hechos y la lógica de lo vivido, la convicción de que tras la experiencia de la guerra de Irak que, siguiendo la peor tradición histórica de la izquierda, se había convertido en guerra civil contra la derecha, había que basarse en las propias fuerzas para no ser arrasados, aventados por la compulsión totalitaria que anida en los progres. No imaginaba yo entonces hasta qué punto ese cambio de tendencia en profundidad, dentro y fuera de la COPE, fuera y dentro de la derecha política, en los hondones del alma de la derecha sociológica española, iba a afectarme tan personalmente.
La sorpresa en las urnas municipales y autonómicas
En fin, tras una tensísima campaña, llegó la jornada electoral. Y a las ocho, como de costumbre, empezó el programa de la COPE dirigido por Luis Herrero, conmigo al lado. Los presagios a lo largo del día eran contradictorios, las «israelitas» —encuestas a la salida de los colegios electorales— favorecían al PSOE pero podían interpretarse como un reflejo del miedo conservador a la violencia izquierdista de los últimos meses sin que tuviera reflejo electoral. En resumen, que había que contar los votos, a ver qué pasaba.
Y lo que a las nueve pasaba o nos decían que pasaba era que el PP se hundía en toda España. Perdía las comunidades de Madrid y Valencia, las alcaldías de Valencia y Burgos, entre otras muchas de menor entidad, no recuperaba Baleares pese a la horrible gestión del Pentapartito y también podía perder la alcaldía de Madrid. O sea, que Aznar perdía las dos piezas clave de su poder territorial y encaminaba a su partido hacia la debacle en las próximas elecciones generales. A las diez de la noche, el resultado era tan bueno para el PSOE que Blanco quiso salir a dar una rueda de prensa pidiendo la dimisión del Gobierno, clamorosamente desautorizado por las urnas. Lo sujetaron con no pocos problemas para que esperase al menos hasta las once. Lástima.
Porque a eso de las diez y media, la tendencia cambió. Las noticias llegaban, nos las iban transmitiendo y las íbamos comentando con retintín o con abierto recochineo:
—¡Burgos sigue en manos de los nacionales!
—¡El PP avanza mucho en Madrid! La Comunidad, imposible.
—¡La alcaldía de Valencia también puede conservarse!
—¡Camps puede conservar la Comunidad!
—¡Madrid es del PP!
—¡Matas puede ganar en Baleares!
—¡Toda Valencia, alcaldía y Comunidad, para el PP!
—¡La alcaldía de Madrid para el PP y Esperanza recorta distancias!
—¡Matas ha ganado en Baleares!
—¡La Comunidad de Madrid dependerá del voto por correo!
—¡Increíble! ¡Increíble!
—¿Conque Aznar estaba muerto y el PP enterrado, eh?
—¡Increíble! ¡Increíble!
—¿Cómo dices?
—¡Increíble! ¡Increíble! ¡Increíble! ¡Viva el Papa!
Con esos datos, y a falta de lo que sería el esperpento y la repetición de elecciones en Madrid, con Esperanza Aguirre como nueva Agustina de Aragón, todos los fantasmas del PP parecían conjurados. Aznar podía organizar la sucesión a su gusto y nuestras buenas relaciones con el Gobierno estaban restablecidas. Entonces fue cuando Luis me dijo:
—Fede, estoy absolutamente decidido: dejo la radio y me voy a la política.