Capítulo
X
CON AZNAR EN
CONTRA Y TODO LO DEMÁS TAMBIÉN
La pelea de Pedro Jota y Luis en las ondas había tenido, en efecto, un precedente claro unos días antes en la presentación de mi libro Con Aznar y contra Aznar, editado por Ymelda Navajo en La Esfera. La mecha del estallido de Luis contra Pedro Jota se encendió allí, en un acto que debería haber sido pastueño y amable pero que resultó tenso, absurdo y realmente asombroso, tanto por las circunstancias externas que lo rodearon como por los discursos de los dos presentadores, que se tiraron a matar.
La reseña que Carmen Gurruchaga hizo al día siguiente en El Mundo llevaba un titular que mostraba nítidamente lo que su director quería dejar claro: «Pedro J. Ramírez: "Hay más razones para estar con Aznar que contra él"». Pero apenas entraba en lo más significativo del acto, que fue la ausencia total, absoluta, brutalmente significativa, de todos los ministros, vicepresidentes y personajes significativos del aznarismo que habían sido invitados y habían confirmado su presencia en el acto. Tan invitados estaban y tan confirmada su disposición a acudir que la primera fila, a ambos lados del pasillo del salón del Ritz, estaba totalmente reservada para ellos. Pero ni uno solo acudió. Algunos llamaron a la editorial para disculparse, otros prefirieron no mentir y sencillamente no fueron, alguno fingió que no había recibido la invitación y hay quien, como Rajoy, todavía lo finge hoy. En realidad todos acataron la orden de La Moncloa para que a nadie, ni por equivocación, se le ocurriera pasar por allí.
Las elegantes butacas aparatosamente vacías en la primera fila fueron objeto de toda clase de chistes y bromas por parte de Pedro, Luis y yo mismo, pero en realidad no tenían ninguna gracia. Eran la demostración dramática de la corrupción intelectual, la indiferencia moral, la obediencia perruna y el cesarismo despótico instaurado en el PP. Al cabo, el libro era el análisis de la carrera política de Aznar desde que yo lo conocí (antes que la mayoría de sus ministros), lo defendí (más que la mayoría de sus ministros) y, tras llegar a La Moncloa, lo fui tratando; primero, con la comodidad de la buena relación personal pasada; después, con la incomodidad que genera la crítica al Poder (ambas cosas inasequibles, si no inimaginables, para la mayoría de los ministros). Pero había dirigentes del PP como Esperanza Aguirre o Pilar del Castillo a los que conocía desde antes de Aznar. Había otros que me profesaban admiración o me debían agradecimiento (lo primero, a decir verdad, es el pago convencional de lo segundo). De casi todos había escrito mucho durante los quince años que abarca el libro. A casi todos les había ayudado, no por intención deliberada, sino porque poco ayuda más al político en la oposición que la crítica en la prensa al Gobierno que combate y aspira a suceder. Uno por uno, caso por caso, yo entendía que no se quisiera incurrir en las iras de Aznar. Pero la deserción de todos a la vez traducía una disciplina del rencor realmente siniestra.
Por no venir, no vinieron ni los desahuciados, los caídos en desgracia, los cesantes, los que hubieran hecho cualquier cosa por una entrevista amable en La linterna. Cualquier cosa, claro, menos contrariar al César. Sólo hubo una excepción: José María Álvarez del Manzano, alcalde de Madrid, con el que no tenía trato personal ni afinidad ideológica. El sí tenía otro acto, pero quiso venir a hacerse la foto. El único.
El discurso de Pedro Jota, basado en la desafección del rey Ricardo por su amigo de juventud Falstaff (véase Campanadas a medianoche, de Orson Welles) fue una brillante apología de la ingratitud. Podría haber servido para excusar tres siglos de borboneo, las veinte sillas vacías que teníamos enfrente o la interminable historia de la traición, de Judas a Bertrand Duguesclin, pero estábamos en la presentación de un libro sobre Aznar, así que lo interpreté como una forma inconsciente de pedir disculpas a los marginados de la COPE y, al tiempo, reprocharles su falta de comprensión del poder político y sus costumbres implacables, que él sí parecía dispuesto a entender, compartir y servir. De no ser porque lo más lejano en la estética, la ética y la biografía de cualquier Falstaff marginado por Aznar era yo, me hubiera enojado mucho, pero era tan disparatado el paralelismo y tan desvergonzado el discurso que acabé riéndome por dentro.
Por fuera, todo resultaba más transparente: «Ramírez —seguía la reseña—, que destacó el billón de ejemplares de periódico que ha compartido con el autor de Con Aznar y contra Aznar en los 8.000 días que él ha sido director, señaló que en ocasiones está de acuerdo con Jiménez Losantos y en otras no y que, a veces, las críticas que ambos pueden hacer al Gobierno o a su presidente son por motivos diferentes. "Sólo los lacayos o los sicarios están al cien por cien con un gobernante y al cien por cien contra los que se oponen a él", señaló Ramírez para resaltar que él coincide con Jiménez Losantos en algunos aspectos y en otros no. Así, puso como ejemplo que mientras el autor del libro considera negativo que se haya llegado a un acuerdo con los sindicatos, para él es positivo. Tampoco ven de la misma manera la investigación con células embrionarias».
Yo no recordaba haber escrito una sola palabra sobre las células embrionarias, pero, en fin, entendí que, junto a la defensa del acuerdo con los sindicatos (en rigor, una liquidación de la reforma liberal defendida por Aznar antes del verano, que provocó una pequeña huelga general y que, tras publicarla en el BOE, canceló sin dar la menor explicación) servía para marcar las distancias y demostrar que él no criticaba a Aznar como yo ni por las mismas razones, de modo que nadie debía confundirnos. Vamos, que era mucho más progre que yo. Y, al menos como yo entiendo la progresía, vaya si lo es.
Por supuesto, sus razones para estar a favor de Aznar no eran las mismas que yo daba en el libro, al menos no todas, pero, siempre dentro de su deseo de marcar las distancias, su defensa de la crueldad del Poder me pareció una forma ingeniosa de pedir disculpas a Aznar por aparecer al lado de un condenado por su faraónica majestad. La cara de Ymelda mientras hablaba Pedro iba tomando características pétreas, entre egipcias y toltecas, como si hubiera comprado una máscara de impavidez en el rastro de las civilizaciones extinguidas. En cambio, Luis Herrero me miraba componiendo la vera efigie del pasmo ibérico: ojiplática, boquirrota, sarcástica y dispuesta al contrabofetón.
Menos mal que Pedro no escuchó, aunque oyera, el discurso que Luis traía preparado, léase adivinado, para su rival de pádel. Lo resumió muy bien Gurruchaga: «Luis Herrero afirmó que, en su opinión, existen tres clases de periodistas: los mercenarios, "a los que el poder desprecia"; los utilitaristas, "que son los que dosifican la crítica para conseguir sus objetivos y son los más peligrosos" y los asilvestrados. Estos "actúan a veces mal, pero por propio convencimiento". Aseguró que, desde el principio, el Poder marcó distancias con ellos por lo que no entiende que ahora se lamente de su lejanía».
También yo interpreté esto último como un mensaje en clave al propio Aznar, aunque tomando partido por el pequeño Falstaff y no por el crudelísimo Ricardo, como corresponde a un buen católico. Sin embargo, esa definición de los que «dosifican la crítica para conseguir sus objetivos» y su valoración como «los más peligrosos», que iba directamente dirigida contra el director de El Mundo, no le afectó a éste lo más mínimo. Siguió tan sonriente como antes. Y cuando Luis me definió como «un periodista asilvestrado que gusta galopar en libertad», asintió sonriente, como si ambos fuéramos arreando juntos en blanco y negro las reses de Río Rojo y no vadeando las trampas rojinegras de Quiero la cabeza de Alfredo García. Luis tiene reservado a perpetuidad el papel de héroe discreto en El hombre que mató a Liberty Valance. Sin embargo, esa noche cargó contra el éxito de Sergio Leone Por un puñado de dólares.
En cuanto a mí, si no fuera por la prensa, habría olvidado todo lo que dije. Me ha quedado más la memoria del ambiente y los discursos arrojadizos de los presentadores, pero, por lo visto, hablé. El Mundo decía al día siguiente:
Jiménez Losantos defendió que se puede estar con Aznar y contra él al mismo tiempo, dependiendo de que cumpla o no el contrato que firmó con quienes le votaron. Se declaró votante de Aznar en las cuatro elecciones generales en las que éste se ha presentado y dijo que el presidente del Gobierno, desde el año 1999, con el giro dado, está dilapidando todo lo conseguido en los diez años anteriores en los que defendió una política liberal y conservadora.
Pero no todo fueron críticas, ya que, entre los méritos de Aznar, el autor destacó el haber conseguido que en España, a diferencia de otros países europeos, no haya un partido de extrema derecha, racista o xenófobo. Esto sucede, en su opinión, porque ha incorporado a su discurso esa idea nacional entendida con valores liberales y constitucionales. Concluyó asegurando que en la hoja de servicios del PP «el debe es inferior al haber».
La versión de Libertad Digital era más obsequiosa y bastante complementaria:
Casi nadie creía que ese hombre oscuro, bajito y con bigote pudiera llegar a arrebatarle el Poder al todopoderoso Felipe González (…). Entre los pocos que alcanzaron a vislumbrar las posibilidades de liderazgo de José María Aznar se encontraba el autor de este libro, que creyó en él y contribuyó a que lograra sortear los muchos obstáculos que desde todos los frentes, incluido el de la derecha, se interponían en su camino hacia la consolidación del partido y el camino hacia La Moncloa.
Pero FJL no escatima críticas cuando considera que Aznar se ha apartado de la ideología que le llevó a la presidencia del Gobierno (…). Con Aznar, porque el autor sigue creyendo en el programa y el ideario que presentó en 1996 como el mejor para gobernar España. Contra Aznar, porque, sobre todo en los últimos tiempos, el Presidente se está alejando de su ideología y dé los que creyeron en ella y en él.
Con Aznar y contra Aznar es una valiosa aportación a la historia viva de nuestro país y un impresionante testimonio de coherencia intelectual de uno de los creadores de opinión más influyentes de nuestro país, quien ha sabido mantener su independencia profesional y su mirada crítica hacia los errores y abusos de poder del Gobierno del PP, que en este libro culminan con el devastador epílogo «La boda de los Aznar».
Elogios excesivos aparte, ése había sido, seguía siendo y sería por algún tiempo el gran problema: el epílogo del libro recién nacido. Aznar —no digamos su señora— siempre entendió como una afrenta personal la crítica de la boda escurialense. En el precipicio de los sinceramientos, yo estaba convencido de que los lectores creerían que me autocensuraba si un libro que aparecía casi dos meses después de la boda no incluía el artículo de Libertad Digital, que por otra parte había provocado una pelea dialéctica bastante fuerte en el programa de Luis Herrero el día 7 de septiembre. Así que decidí ponerlo como colofón al libro, a sabiendas de las dificultades que me traería y de que ni los enemigos lo apreciarían ni muchos amigos lo perdonarían. Creo que un factor decisivo fue de orden moral: si yo no me arrepentía de haberlo escrito, debía publicarlo. Pero hubo otros dos no menos importantes: primero, que fuera Libertad Digital el medio en que se publicó, y no El Mundo; segundo, que en la radio nos hubiésemos tirado ya los trastos a la cabeza a propósito de «La boda de los Aznar».
—Déjeme decirle, don Federico —empezó Luis Herrero en la primera tertulia después de la boda—, que no estoy nada de acuerdo con su artículo de Libertad Digital. Me parece excesivo y muy injusto.
—A mí lo que me pareció excesiva fue la boda. Y muy injusta, desde luego, para los que votamos al PP por razones políticas, éticas y hasta estéticas.
—No me dirá usted que los que asistimos a la boda prescindimos de toda ética —terció Pedro Jota.
—Pues yo no sé si a la boda de su hija usted habría invitado a los Albertos, que son unos presuntos estafadores a punto de entrar en la cárcel. Pero, en todo caso, usted no es presidente del Gobierno ni ha llegado al Poder predicando austeridad y saber diferenciar lo público y lo privado.
—¡Pero Fede, si todos los fines de semana hay bodas privadas en El Escorial!
—Sí, Luis, pero no a todas van los invitados nacionales y extranjeros de la última. Ni todas las televisiones, convirtiéndolo en espectáculo nacional e internacional.
—¡No va a casar uno a su hija en la clandestinidad! Yo no vi lo que usted dice.
—Y yo tampoco.
—¡Cómo lo ibais a ver si estabais dentro! Esas cosas se ven desde fuera. Y para los no invitados, o sea, la mayoría de los españoles, la ceremonia fue un alarde de poder. Que ha alegrado a los enemigos de Aznar y ha entristecido a muchos de sus votantes.
—Si usted hubiera estado allí, lo habría visto de otro modo.
—Pero afortunadamente no estaba allí.
—Así se libró usted de tener que coincidir con nosotros.
—En tan mala compañía, no crean que lo lamento.
—Bueno, dejémoslo aquí. Si casara usted a sus hijos o tuviera una única hija por casar, estoy convencido de que lo vería de otra manera.
—Como el bolero: «Lo dudo, lo dudo, lo dudo».
—O «quizás, quizás, quizás».
La discusión seguía dentro y fuera del micrófono. En realidad, incluso después de la presentación del libro, siguió en nuestro círculo más cercano bastante tiempo. Y aunque entonces yo estaba absolutamente convencido de llevar razón, quince meses después tenía que reconocer que buena parte de los oyentes de la COPE en general y de La linterna en particular, incluso de los compradores del libro, consideraron excesiva la crítica. Lo hice en la presentación del siguiente libro de artículos, El adiós deAznar, en estos términos:
Una pequeña reflexión personal
Mi último libro de ensayos y artículos Con Aznar y contra Aznar (La Esfera de los Libros, 2002) muestra con toda la claridad que permite un periodo de quince años de observación política, más que los que cuenta de vida el PP, cómo la ilusión liberal en el proyecto de Aznar para cambiar de raíz la derecha española y regenerar la vida nacional, así como el apoyo inquebrantable en los durísimos años de oposición al PSOE y el respaldo en los primeros años de Gobierno, se había ido trocando progresivamente en desilusión, hastío y desengaño. El artículo final del libro, el más duro y triste, dedicado precisamente a la boda de El Escorial, terminaba con una palabra: melancolía. No creo que fuera el único votante del PP que la sintiera en ese otoño de oropeles descompuestos ni, luego, en el «invierno de nuestro descontento» que estuvo a punto de helarnos el corazón. Sin embargo, en los peores momentos de la guerra de Irak, muchas veces sentí cierto remordimiento por la forma en que terminaba ese libro, aunque en conjunto fuera muy favorable a Aznar. No podía dejar de recordar cómo muchos de los que venían a que se lo firmara en cualquier sitio de España me decían lo mismo: «Tiene usted razón, pero es demasiado duro con él; Aznar ha hecho muchas cosas buenas y si vuelve la izquierda, dará igual quién tiene la culpa, lo pagaremos todos, como en el 82».
Aunque la soberbia del intelectual cede en poco a la del político y muchas veces la supera, aquella insistencia en la misma frase, prácticamente con las mismas palabras, dicha por gente del más diverso nivel social o cultural, desde La Coruña a Málaga y de Valencia a Badajoz, personas de cuyo afecto no podía dudar pero tampoco de su sinceridad, me hizo pensar y, en parte, dudar. Soy bastante parecido al aragonés tópico: cabezón por convicción, pero que también presume de la nobleza de rectificar cuando lo convencen, sea en los argumentos, sea en el juicio. No basta con tener razones —yo las demostraba— para tener toda La Razón. No sé si Aznar tendrá también la sospecha de que para llegar hasta donde llegamos tuvo que hacer bastantes cosas mal o se habrá rehecho el embrujo que vuelve infalibles a los gobernantes. Quizá no, aunque ahora ya hay otro bulto sacro al que incensar y a quien va a dejar de mandar le dejan solo hasta para recapacitar. En todo caso, constato la parte que me toca y también cómo muchas veces la gente normal ve los problemas políticos de fondo con mucha más claridad que los intelectuales y que los propios políticos. En la izquierda, algunas veces; y en la derecha, casi siempre.
Todavía hoy, con todas las facturas pagadas y las consecuencias sustanciadas, me pregunto si hice bien en publicar aquello en aquellos términos. Y encuentro razones a favor y en contra. Dos cosas molestarían profundamente a Aznar: una, la comparación con Felipe González y con Mario Conde, que estaba hecha precisamente para eso: para molestar; pero la segunda razón, más importante, que era su voluntad de dejar el Poder, no está justamente tratada. Es cierto, pienso ahora, que Aznar exhibía impúdicamente lo que había decidido abandonar, pero el alarde no anula la ejemplaridad. También es verdad que del cómo y el qué de su adiós ni yo ni nadie, salvo el propio Aznar, sabíamos casi nada. Esas circunstancias gravitan decisivamente sobre la amarga crónica.
Hay otras que retratan sobre todo al crítico, porque el artículo lo escribí real —no metafóricamente— interrumpiendo la corrección de pruebas de Con Aznar y contra Aznar para ver las imágenes del bodón. Y hay algo que se salva por ser absolutamente sincero, algo que yo sentía al hacer arqueo de mis sentimientos personales y políticos con respecto a Aznar y, sobre todo, con respecto a España. En cuanto a lo personal, no voy aquí a contarlo todo, porque excede los límites cronológicos de este libro. La frase que aparece en el artículo se refiere a nuestra relación antes y no sólo durante la muerte de Antonio Herrero, primer capítulo de este libro. Lo anterior queda para mis memorias, si alguna vez me acuerdo de escribirlas. Pero lo político, particularmente en lo que afecta a la función de los medios de comunicación y al papel que iba a tener la COPE en los años venideros, me parece justo aunque no necesario. En fin, por terminar con ese artículo que tanto marcó el año posterior, dentro y fuera de la radio, creo que en vez de comentarlo por parcelas, será intelectualmente más honrado ofrecerlo en su integridad:
La boda de los Aznar y el flaco porvenir de una ilusión
Cuando miraba —sin querer ver demasiado— las imágenes de la boda de los Aznar por televisión, me llegaron las pruebas de mi próximo libro. Por esas casualidades tan poco casuales de la vida, se titula Con Aznar y contra Aznar. Artículos y ensayos 1987-2002. Y es que hace exactamente quince años, casi día por día, que escribí el primer artículo sobre el entonces desconocido presidente de Castilla y León, considerándolo el líder o el modelo de líder capaz de rehacer la derecha española, condenada a una oposición estéril al Partido Socialista y condenando a la democracia española a todos los abusos y a todas las corrupciones que inexorablemente propicia el exceso de poder.
Mentiría si dijera que las imágenes de los que se casaban —parecían más de dos— y la profusión de estampas —alguna noble, bastantes grotescas, y no pocas siniestras— de los mil cien invitados a la fastuosa ceremonia sociosacramental me resultaron entretenidas, aburridas o indiferentes. Cuando uno va a publicar un libro que refleja la atención personal y la estrecha relación política que durante quince años le ha unido a quien, además, ha votado y ha pedido públicamente que se vote cuatro veces como diputado y como presidente del Gobierno de España, la indiferencia ante el espectáculo de El Escorial sólo significaría una absoluta carencia de sensibilidad, socorrida forma de madurez que afortunadamente no alcanzo.
Creo, además, que no habré sido el único en sentir lo mismo entre los que prestaron su apoyo personal, profesional e intelectual a la causa identificada con José María Aznar y el Partido Popular, que era la de una España más liberal, más democrática, más próspera y, sobre todo, más aseada, más austera, más decente. Es decir: menos bochornosa que la que el felipismo regentaba como si fuera una finca particular afanada por unos horteras presuntuosos, borrachos de poder, y notoriamente incapaces de distinguir lo público de lo privado, el Estado del Gobierno, el Gobierno del Partido y el Partido de su Líder. Esa confusión es siempre —también aquí— la base de la corrupción de las instituciones y, naturalmente, de las personas que temporalmente las encarnan y disfrutan.
Aznar dedicó sus siete años como jefe de la oposición a criticar con minuciosa e implacable severidad esa confusión de lo público y lo privado en el orden moral y del Estado, del Gobierno y del Partido en el orden político que caracteriza a todos los regímenes dictatoriales y corruptos. Yo también dediqué un libro, La dictadura silenciosa. Mecanismos totalitarios en nuestra democracia (1989), a explicar las bases teóricas de ese fenómeno de concentración y abuso de poder. Pocos meses después publiqué otro libro, Contra el felipismo. Crónicas de una década (1982-1992), resumen de artículos y breves ensayos sobre el régimen de González, Polanco, Pujol y Arzalluz, el póquer de ases de la fullería nacional, cuya segunda parte, Crónicas del acabóse, salió en 1996, cuando Aznar acababa de ganar —por poquísimos votos— las elecciones. Creo, sin falsa modestia, que ese anaquel crítico permite seguir fielmente, casi al día, la creación, naturaleza y atrincheramiento en el Poder. También la perspectiva desde la que lo contemplaba y combatía la oposición de centro y derecha, desde Suárez y Fraga hasta Hernández Mancha, Oreja, Herrero, aquel oscuro meteoro llamado Mario Conde y, entre ellos, tras ellos, contra ellos y a pesar de todos ellos, José María Aznar.
Repasando los artículos y ensayos dedicados a Aznar en todo ese tiempo, desde la «Serpiente de otoño» de septiembre de 1987 hasta este mismo que voy pergeñando mientras veo pasar interminablemente las imágenes de la boda y que bien podría ser el que terminara el libro, creo que si bien la multitud de episodios y situaciones difíciles que Aznar y los pocos suyos debieron —debimos— afrontar en esos años resulta pasmosa, lo realmente valioso y duradero es el hilo de reflexión ética sobre el ser de España y la libertad que alienta en todas las batallas. Ética y estética. Porque la alternativa política al PSOE —en eso nos empeñamos algunos y eso representó finalmente el PP de Aznar— sólo podía ser nacional y liberal, pero, además, debía representar una alternativa en el fondo y en la forma al obsceno derroche de poder, a la confusión de los negocios de Estado, Gobierno y Partido, a la mezcolanza de todos los poderes a mayor gloria de un caudillo vagamente democrático, en rigor plebiscitado desde el cerro de oro de los medios de comunicación adictos y convertido desde esa trinchera en un peligro público.
Ética y estética, sí. Incluso en los capítulos más errados de esa búsqueda de una legitimidad intelectual alternativa al socialismo —como mi libro sobre Azaña, presentado a bombo y platillo por Aznar y que provocó una tormenta feroz en los medios felipistas—, lo que late a través de las páginas escritas a diario en estas últimas dos décadas es una insatisfacción moral y una repugnancia estética por todo lo que el felipismo era y se complacía en representar. Pues bien, creo que si desde la inolvidable investidura dineris causa de Mario Conde en la Complutense hay una ceremonia que pudiera ser archirepresentativa de la estética y de la ética de la apoteosis del poder sin contrapesos, ésa sería, habría sido ya, ay, la boda de los Aznar en El Escorial. Allí, en torno a un hecho presuntamente individual se retrataban todos los elementos del Poder en España, desde los Reyes hasta los bufones, pasando por los políticos, los banqueros, los grandes empresarios y algunas mujeronas imponentes, de profesión sus hombres. Allí, como aquí, se retrataban ante el poder, transitorio pero decisivo para sus intereses, todos los aspirantes a conservarlo. De todos los que aplaudían a Conde, ebrio de Poder y a punto de despedirse camino de la cárcel, los que no le debían un macrosueldo lo injuriaban en privado la noche anterior y en el momento mismo del aplauso.
De todos los que se retrataron en la boda de los Aznar, los que más se notaban eran precisamente los que ya habían estado en aquel aquelarre de corrupción ética y de villanía estética. Allí, como aquí, los Albertos con sus consortes de temporada; allí, como aquí, Emilio Ibarra; allí como aquí, Fernández Tapias; allí, como aquí, los poderes que para ser permanentes deben contentar a los fugaces, desde La Zarzuela a El Corte Inglés pasando por los Botín. Sólo faltaba Polanco, y porque no podía ir sola Mariluz. A cambio de eso, el escenario grandioso, a espaldas del Jardín de los Frailes, mejoraba mucho el anfiteatro de la Complutense, peana y precipicio desde la que se despeñaron las ambiciones de un tipo raro de la clase media baja. A quienes vimos aquello, ¿cómo no iba a producirnos esto una cierta melancolía?
Me he prohibido hacer ningún comentario nacido de nuestra relación personal hasta que Aznar haya designado sucesor y abandonado el proscenio de la política española. Pero si se quiere buscar —como hacen afanosamente muchos— la excusa sentimental para perdonar esta exhibición de poder personal, valga la evidencia de que el padre ha querido regalar a la novia la boda más fabulosa que en España pudiera celebrarse, incluidas las de la Familia Real. El imponente regalo de la niña es también la oceánica satisfacción de la mamá y el mefistofélico orgullo del papá: «He aquí todos los poderes de la Nación que puedo poner y pongo a tus pies, hija mía: hasta aquí hemos llegado».
Y, efectivamente, hasta aquí han llegado todos y ahí están: el jefe del Estado, a su pesar uncido siempre al del Gobierno; las presidentas del Congreso y el Senado, nombradas por él; los presidentes del Supremo y el Constitucional, designados por él; los presidentes de todas las comunidades autónomas del PP, escogidos por él; los ministros todos de sus gobiernos, hechura suya; los directores de los medios de comunicación oficiales y oficiosos, puestos por él, y los eventualmente adictos o habitualmente considerados, en que él relativamente confía; los presidentes de las grandes empresas, por él colocados; los grandes banqueros, por él admitidos; los cantantes, y hasta algún escritor de su predilección, por él distinguidos; y, en fin, el interminable friso de celebridades medianejas y medianeras, que acompañan siempre al Poder como el brillo al oropel: modelos, actrices, cineastas, aventureras de la vida y piratas del crédito, futbolistas que antaño pudieran ser toreros y hasta la autoridad eclesiástica y algunas personas decentes, porque de todo hay en la viña del Señor y tampoco nos privamos de lo bueno, que para saborearlo ha de ser poco. El mejor presidente de Gobierno en muchas décadas tiene también su punto flaco, como todo El Mundo. Sólo que, por respeto a lo que quería significar, ayer lo ocultaba y hoy lo exhibe. Porque esto no es una celebración sino una exhibición. Un alarde. Un desafío.
Estos fastos de la boda de los Aznar con el Poder, con su poder, desde el fiestón, cautelado por el Alcalde, de cuatrocientos señoritos en la despedida de solteros hasta el largometraje escurialense de los casados, son humanamente comprensibles y biográficamente harto explicables. También son, o pueden parecer, políticamente lamentables y estéticamente detestables. Al menos para quienes precedieron y acompañaron a José María Aznar en la rebeldía ética y la objeción estética durante los largos años de despotismo socialista, y para los que, una vez llegado e instalado el PP en el Poder, han querido mantener el flaco porvenir de una ilusión a la que los liberales no renuncian: el control y el autocontrol, los límites del poder. Por una buena razón personal, Aznar no ha vacilado en la sinrazón política. Ha querido hacer un regalo a su familia que no pueda olvidar. Y lo ha hecho, en efecto, inolvidable. Pero, en fin, así son las cosas, así son las personas y así es, sobre todo, la política. Incluso en estos frescos días luminosos de septiembre, los de hoy y los de hace quince años, campo abonado para la melancolía.
La fatalidad, el destino, la política y otras postrimerías
Entre la sombría presentación del libro, la pelea de Luis con Pedro Jota en las ondas y los problemas lógicos e ilógicos pero habituales y cotidianos en la COPE, empezando por el futuro de Luis Herrero y de La mañana, el ambiente se iba haciendo irrespirable. Estaba ya en marcha el proceso antidemocrático que acabaría llevando al PSOE al Gobierno. Pero de las dos grandes herramientas antes del 11-M, que fueron la crisis del Prestige y el apoyo de Aznar a la guerra de Irak, el Gobierno sólo le había servido en bandeja la primera. A los medios y periodistas supuestamente «afines», amén de enfrentarnos por la herencia de Telefónica Media, cuyo anunciado desguace fue uno de los elementos más desestabilizadores de la temporada 2002-2003, Aznar nos sirvió el acíbar de su rendición incondicional ante Polanco. Que incluía la entrada en política de Ana Botella dentro del séquito de Gallardón, mitad como coartada y mitad como rehén.
El mes de diciembre estuvo marcado por la manipulación mediática de la catástrofe del Prestige, hasta tal punto que Tele 5, convertida de hecho en la cadena televisiva de la SER, falsificó la Nochevieja para poder atacar ferozmente al Gobierno sin dejar de disfrutar las vacaciones, metáfora adecuadísima a la situación que permitía a muchos estar al plato y a las tajadas, en la procesión y repicando. Mercedes Milá, que revivía marchitos laureles como presentadora de Gran Hermano y acaso para disfrazar tan exitosa cutrez, se vistió de ecologista para retransmitir las doce campanadas en uno de los pueblos gallegos más afectados por el fuel vertido al mar, el famoso chapapote. Así quedaba definida una política de acoso implacable contra el Gobierno del PP que no perdonaría fiestas ni días de guardar. Claro que también mostró el carácter totalitario, genuinamente orwelliano, de esa ofensiva político-mediática contra la derecha, ya que, para más seguridad, Tele 5 no emitió el programa de la última noche del año, sino el de la penúltima, que fue cuando lo grabaron, enlataron y emitieron como si fuera la última. Descubierto el pastel, el escándalo duró un par de días, porque en España siempre hay otro que lo tapa y porque la izquierda estaba ya dispuesta a defender que Abel se había suicidado con una quijada de asno para culpar a su hermano Caín, el primer progresista.
En el frente interno, pasamos una crisis bastante seria, pero después, cuanto peor se fueron poniendo las cosas en el frente externo, más se fueron arreglando. Sin lo malo, éramos incapaces de hacer nada a derechas. ¡El sino de la COPE!
La crisis vino de la mano de Luis Herrero pero por inducción de don Bernardo, que le pidió que utilizara nuestra amistad para cambiar el tono crítico de La linterna. Lo malo es que el tono molestaba a los nacionalistas y a la izquierda pero aún molestaba más a los del PP. Y a mí me molestaba que me tocaran tanto las narices con el tono y la tona. El único programa que en los dos últimos años se había sostenido y hasta fortalecido en medio de la crisis de la cadena era La linterna. Cuando Luis me dijo lo que le había dicho don Bernardo que me dijera, o sea, que si debía moderar el tono, que si debía cambiar el estilo, que si no podíamos seguir así porque cuando no protestaba un obispo protestaba un ministro y cuando no un cardenal protestaba el presidente del Gobierno le dije lo que pensaba de la advertencia y también lo que pensaba hacer si seguíamos así:
—Mira, Luis, hasta aquí hemos llegado. Yo no sé si a don Bernardo le han dicho eso o no le han dicho nada, si exagera para asustarme o si se asusta él y exagera a ver si tú me asustas a mí, pero así no se puede trabajar. Si me quieren echar que me echen y que busquen un mirlo blanco que les haga La linterna por cuatro duros. Se acabó.
—Fede, que esta vez parece que va en serio. Gana un poco de tiempo, que ya sabes que es la única táctica que funciona en esta casa. Un mes, dos meses, y todo olvidado. Ya conoces a don Bernardo.
—Y él me conoce a mí. Que ya estoy harto, Luis, que ya estoy harto.
—Mira, Fede, para mí es muy desagradable tener que decirte esto, como comprenderás.
—Pues no me lo digas más. Desagradable, lo que se dice desagradable, lo es, sobre todo, para mí.
—No creo que tengas ninguna duda de que hago lo posible por ayudar.
—No la tengo de ti. Pero del cura sí tengo dudas. Todas las dudas.
—Pero, hombre, ¿qué va a ganar el cura riñendo con un puntal de la cadena?
—Ése es su problema.
—Pero es también el tuyo. Y el mío. Y el de la COPE. Esto se puede hundir en dos dias. Todo está cogido con alfileres. Y Lara, los vascos y el ABC, a la espera.
—Bueno, pues si no quieren vender el barco que no lo hundan. Tú siempre has tenido debilidad por la figura del violinista del Titanic. Yo, por Robinson Crusoe.
—Creo que te ha dado cita para mañana.
—Sí. A ver si esto se acaba o se aclara de una maldita vez.
—Bueno, antes de entrar al despacho, ya sabes la receta de Antonio.
—Sí, un puñado de cubitos ahí para enfriarlos. Luego, otro más para congelarlos. Y cuando ya estén helados, otro más, por si acaso. Bueno, veremos lo que me dice y en función de eso administraré el congelador.
—Yo ya no te puedo decir más.
—Sí, ya me has dicho bastante. Mañana hablamos.
Así que al otro día voy al despacho de don Bernardo. Hablo con él un cuarto de hora y salgo. Me llama Luis porque yo no le llamaba.
—Bueno, ¿qué te ha dicho?
—Nada.
—¿Y de los obispos, y de las protestas?
—Absolutamente nada. Bueno, que Rouco me tiene un gran aprecio intelectual.
—¿Y del tono, del Gobierno, de los nacionalistas, de todo eso? ¿Nada?
—Prácticamente nada. Me ha repetido lo de la queja de Aznar en la recepción del embajador boliviano. Pero más bien me ha animado a seguir adelante que a frenar.
—No me lo puedo creer.
—Bueno, no vayamos ahora a estropearlo. Bastante chapapote llevamos encima.
—Te juro que no lo entiendo.
—Yo tampoco. Pero siempre te he dicho que no hay que tomar al cura al pie de la letra.
—A pesar de todo. Pero, bueno, me alegro.
—Supongo que yo también. Bueno, tengo que entrar al programa.
—Vale, vale, adiós.
—Adiós.
Por supuesto, al día siguiente Luis se puso como un basilisco con don Bernardo. Que para qué le obligaba a hacer el papelón si luego a mí no me decía nada. Que eso suponía que yo pensara que lo de amenazarle era cosa suya y no de la COPE. Que no estaba dispuesto a perder a un amigo por esas formas retorcidas de llevar la casa. Que yo estaba pensando en largarme y hacía bien. Y que le quitara el cargo de consejero adjunto a la Presidencia, porque no le daba más que disgustos. Que en mala hora lo había aceptado.
Don Bernardo le dijo lo de siempre: que si él se iba, también él lo dejaba. Que si Luis tenía que aguantar presiones, no sabía lo que él tenía que aguantar. En fin, lo corriente. Inevitablemente, yo me quedé bastante mosqueado por todo el episodio, pero no tanto por Luis, aunque él también, inevitablemente, lo sintiera así, como por esos pellizquitos de monja que al final ni eran de monja ni tampoco eran pellizquitos. Luis dejó el cargo de adjunto a don Bernardo y pasamos unas semanas de cierta tensión. Yo había decidido ya que en La linterna iba a seguir haciendo lo que quería hacer, iba a seguir diciendo lo que pensaba y, si pasaba algo, que pasara. Con esa presión no era posible trabajar. Y menos, después de todos los líos políticos con el Gobierno y con la oposición. Es verdad que no tenía ningún otro sitio donde ir, al menos comparable a la COPE, pero me daba igual.
Tratando de explicarme lo sucedido en ese episodio, uno de los más delicados del último año de Luis en La mañana, creo que quizá don Bernardo captó nada más entrar en su despacho que yo no estaba dispuesto a aguantar ni una reticencia más. Y es posible que eso le hiciera cancelar hasta el menor aviso, porque vio que me largaba. Y lo hubiera hecho. Si él tenía instrucciones de lo que suele llamarse «la propiedad», salvo cuando hay algún problema, en que se habla de «los obispos», no lo sé; si sólo debía intentar lo que Luis llamaba el «achique de espacios», es decir, la limitación de la autonomía absoluta del programa y la casi absoluta libertad del director, ni lo sé ni lo sabremos nunca. Probablemente había habido algo, pero nada en los términos en que se lo planteó don Bernardo a Luis y Luis a mí. De otro modo, habría pasado algo. Y no pasó. Más bien al contrario, empezó una etapa de recomposición o consolidación del núcleo duro de gestores y profesionales con mayor responsabilidad en la COPE, porque en el horizonte apareció un problema con el que no habíamos contado y que iba a colocarnos, a corto plazo, al borde del abismo. Pero, a largo plazo, iba a abrir el único camino que tenía la COPE para sobrevivir y, si lo sabíamos aprovechar, para resurgir.
Estaba a punto de empezar la guerra de Irak.