CAPITULO XI
Christine, en cuanto Andrew le anunció que esa era la noche indicada para recibir al duque, no podía controlar la oleada de emociones que la embargó. Se escudó con el vestuario de su obra teatral, esa delicada armadura separaba a Christine de Artemisa, brindándole la seguridad y ventaja que otorgaba el anonimato tras un antifaz.
Impaciente aguardaba en el camerino, que no se percató que no llevaba la careta con la cual se escondía de todos aquellos ojos que una vez la acusaron, hasta que Mary le hizo una seña antes de perderse en el pasillo que llevaba a su habitación. Por ningún motivo podía permitir que Vincent la viera, él reconocería en esa joven a la doncella de lady Christine. No podía arriesgarse a que el duque atara cabos, por lo que de inmediato cubrió su rostro y revisó su aspecto en general ante el espejo de cuerpo entero.
Sus vestidos eran un poco más escotados de lo permitido, lo hacía a propósito, pero cuidaba mucho que reinara en ellos la elegancia y refinación exclusivas para una reina. Un atuendo único y original, así como ella.
En cuanto la puerta se abrió y lo tuvo de frente, su corazón dio un vuelco, y un escalofrío la recorrió entera. Se había mentalizado para ese encuentro un millón de veces, pero jamás contó con que su cuerpo la traicionaría al reaccionar a él como antes, como si el tiempo no hubiese pasado, como si los macabros acontecimientos que ahora los separaban no hubiesen existido jamás.
Era como si su cuerpo tuviese memoria propia y se regodeara al recordar las caricias, los besos y el placer divino que ese hombre era capaz de brindarle. Se estremeció ante la evocación a aquella pasión compartida tanto tiempo atrás. Molesta, se reprendió a sí misma por reaccionar de esa manera y se obligó a tener presente que ya no era la chica ingenua, esa mujer murió en la bañera de la mansión Dickens; ahora, era lady Artemisa, y ese hombre era el enemigo, eso era lo único que debía contar.
Vincent, por su parte, estaba encantado de tener cerca de él a esa mujer que lo encendía de deseo con su sola presencia. El halo de misterio que la rodeaba le resultaba fascinante. En ese momento, la imagen de otra mujer, una de cabello claro y ojos azul metal se coló en su mente...
«¡Maldición!», pensó irritado, una vez más la innombrable estaba en medio de sus pensamientos atormentándolo con su recuerdo. «¿Por qué? ¿Por qué no podía olvidarla?».
Desde que lady Artemisa apareció en escena, el recuerdo de esa mala mujer se había intensificado en su memoria, haciéndose cada vez más presente.
—Duque Pembroke, un placer recibirlo. ¿Gusta algo de beber? —preguntó Christine con voz suave.
—El placer es mío, señorita Blackheart —saludó cortés, tomó la mano femenina y depositó un beso muy sugerente en ella. No podía controlarse, esa mujer lo atraía como un imán al metal.
Christine sirvió un vaso de un excelente whisky y lo extendió para que él lo tomara, para ella sirvió una copa con un exquisito champagne.
—¿Por qué desea brindar, duque? —preguntó provocativa, era tiempo de poner en práctica todo lo aprendido en el burdel; la verdadera prueba estaba por comenzar.
Christine tomó de cada una de las mujeres de ese peculiar lugar lo que creyó, podía servirle para sus propósitos. De todos los estilos y técnicas formó su propia arte de seducción.
El coqueteo empleado por ella no era descarado ni vulgar, había aprendido que el lenguaje corporal, manejado con cierto grado de casualidad, era más efectivo y mortal en el arte de seducir.
La madame resultó todo un descubrimiento, esa mujer, que al igual que ella tenía un pasado tormentoso, guardaba en su interior los secretos más letales en el arte de manipular y someter al género masculino sin que los pobres incautos pudieran percibirlo.
Christine se había transformado en una irresistible criatura que combinaba sensualidad, elegancia y refinamiento que nadie más tenía ni tendría nunca.
Había podido poner en práctica algunas técnicas aprendidas, pero jamás se permitió llegar a más, jugaba con los caballeros, los cuales quedaban desconcertados y confundidos respecto a ella y sus pretensiones.
—¿Por el placer de conocerla? —respondió él, encantado.
Estuvieron conversando de diversos temas, Vincent estaba fascinado con ella, jamás conoció una mujer así, era inteligente y no tenía la cabeza hueca como la mayoría de las damas de sociedad, sabía del manejo de negocios, de administración y era una mujer muy culta y preparada que gustaba de leer y aprender.
«Yo estaría más que encantado de enseñarte, aunque con un poco de suerte, quizá sería el aprendiz...», pensó.
Christine alternaba el espectáculo en el centro de apuestas con la obra de teatro. Las visitas del duque Pembroke a lady Artemisa se habían vuelto algo cotidiano, al grado que Vincent ya se encontraba sometido y a su disposición.
Sin sospecharlo, Vincent había caído en la trampa; lady Artemisa lo entretenía con buena conversación y lo alentaba a apostar cantidades riesgosas diciéndole: «Vamos, mi querido duque, siento que esta será su noche...»
—Creo que por hoy ha sido suficiente —expresó Vincent, cansado.
—¿Se va sin jugar, sin divertirse? Por favor, no lo haga. —su voz sonó contrariada—. No quiero ser la culpable de distraerlo de su afición —comentó, coqueta.
—Es usted la distracción más emocionante que he conocido —la aduló arrastrando las palabras por el efecto del alcohol ingerido.
—¡Es una pena! La noche aún es tan joven, promete demasiado… Aunque lo comprendo, creo que se ha pasado un poco con los tragos. ¿No es así? —Sonrió, divertida.
—Sí, creo que estoy un poco ebrio —contestó con esa sonrisa que solía poner en caos el estómago de Christine, quién, a pesar del tiempo y del daño recibido, volvió a sentir como su cuerpo despertaba a la pasión; resurgió en ella ese deseo calcinante, esta vez, con una fuerza devastadora, incontenible.
«¡Maldición! ¡Maldito sea el poder que sigues teniendo en mí, Vincent Pembroke!», pensó, molesta. Odiaba sentirse vulnerable ante el enemigo.
Vincent la miró con intensidad, como si adivinara sus pensamientos.
—¿Qué me has hecho? ¿Por qué no puedo sacarte de mi cabeza?
—¿En verdad piensa en mí? —preguntó, incrédula, conocía bien los alcances de Vincent, sabía de primera mano el poder de seducción que él poseía. Ese dominio la destruyó en el pasado y amenazaba con repetir su hazaña si no ponía un alto a su cuerpo traicionero que deseaba rendirse al poderío de ese magnífico ejemplar de Adán.
—No sé de qué embrujo te valiste que no dejo de pensar en ti, en nosotros. —Sin más, inclinó la cabeza y la besó. El fuego prendió, y el incendio fue devastador, arrasó voluntades, traspasó las barreras del tiempo y el espacio.
Vincent la besaba dejando salir el torrente de incandescente deseo que brotaba de lo más profundo de su ser. Sus manos recorrían, impacientes, el cuerpo femenino que se pegaba al suyo, demandante, exigente de todo lo que él estaba dispuesto a darle. De pronto, la imagen de su tormentoso pasado personificado en Christine acudió a su mente. Contrariado, se apartó de Artemisa y se marchó de prisa, sin más.
Christine, aún aturdida, trataba de asimilar lo que acababa de suceder, ¿por qué había dejado de besarla? El deseo en él era tan evidente como el suyo, ¿entonces? ¿Por qué se marchó sin despedirse? ¿La habría descubierto? No, imposible, Vincent estaba convencido que Christine y Artemisa eran dos personas distintas que nada tenían que ver entre sí. La frustraba el no saber el motivo que desconcertó al hombre al grado de salir huyendo.
Una vez fuera del letargo, dio rienda suelta a su rabia. Estaba furiosa con Vincent por besarla, por hacerla sentir aquello que creía enterrado, como el deseo que la carcomía por dentro poniéndola al borde de una combustión espontánea. Pero, sobre todo, estaba molesta con ella misma, porque a pesar sus esfuerzos, no era inmune a él.
A pesar del rencor, del dolor y todo aquello que los separaba, seguía deseando fundirse con ese hombre que le destrozó la vida. Ahora, más que nunca, sentía la necesidad de revivir la pasión que conoció en sus brazos; dejarse llevar por lo que ambos sentían...
Siendo honesta con ella misma, reconoció que lo que más la molestaba era el interés de Vincent por Artemisa. ¡Sí, ahora lo comprendía! Estaba celosa de ella misma, lo cual era de lo más absurdo, mas no podía evitar desear que él la amara a ella, a Christine, no a esa falsa mujer que se escondía bajo el antifaz. Sí, esa era la causa real de su enojo.
Estaba atormentada con su dilema absurdo de sus múltiples personalidades cuando una idea le rondó la mente. «¿Por qué limitarte?», le dijo su voz interna. Quizá ya era tiempo que lady Christine Dickens apareciera en escena…
El escándalo estaba servido para el desayuno; frente a la residencia Dickens aparcaban dos carruajes; uno, lleno de maletas, y del otro descendió lady Christine Dickens, que después de su exilio, regresaba a la ciudad que una vez la condenó.
Christine se paró un instante para contemplar la casa en la que fue inmensamente feliz y dónde también vivió el infierno más terrible y devastador que jamás pensó posible. Miles de recuerdos la asaltaron de golpe; vacilante, se detuvo en la entrada. Le tomó unos minutos encontrar el valor para entrar y enfrentarse a los esqueletos que aún conservaba en su armario.
Fue un maremoto emocional entrar en esa habitación que guardaba tantos secretos: alegrías, inocencia infantil, sueños, lágrimas, dolor, sufrimiento y muerte. Recordó a su bebé; quiso llorar, pero no pudo, era como si sus ojos se hubieran secado, como si su reserva de lágrimas se hubiera agotado mucho tiempo atrás. Pensó en su padre y en todos los motivos que tenía para odiar a Vincent. La noche anterior estuvo dándole vueltas al dilema de qué hacer con él. Simple, se daría el gusto de seducirlo, volverlo loco por ella... ¡Sí!, lo metería en su cama, lo haría perder la cordura, lo volvería un esclavo de su cuerpo y no pararía hasta convertirlo en un despojo humano sin voluntad. Jamás volvería a creer en él, así tuviera que arrancarse el corazón. No volvería a amarlo. Eso era una promesa.
Era el momento de poner en práctica la seducción aprendida y que no podría emplear con nadie más, pues muy a su pesar, reconoció que ella era mujer de un solo hombre; Vincent había sido el primero y sería el único, de eso estaba segura…
Christine dudaba en aceptar o no la ayuda del conde Kingston para ofrecer un baile, el cual no sería en su honor, pero sería el pretexto ideal para hacer público su regreso…
En cuanto entró en el salón de la mansión Kingston, las miradas se posaron en ella y los murmullos no se hicieron esperar. ¡El escándalo acababa de cruzar la puerta, enfundada en suave tela azul! ¡Lady Christine estaba de regreso, y su aparición fue espectacular!
Christine lucía un hermoso vestido en tonos azules, el cual era escandaloso, y ese era su propósito, provocar polémica, que la gente la viera. Era en corte palabra de honor y el corsé estaba bordado con pedrería y filigrana de plata. A pesar de lo atrevido del diseño, este era de muy buen gusto y, a decir verdad, lucía mucho en ella, nadie más lo podría portar así.
Con la madurez y experiencia adquirida, era, sin duda, la mujer más hermosa y llamativa del salón. El desvergonzado vestido, lejos de parecer descarado y vulgar, le sentaba de maravilla; este y Christine hacían una deliciosa combinación de belleza, porte y elegancia. Sus brazaletes y una fina gargantilla, en un exquisito trenzado en oro y zafiros, complementaban el atuendo. Para provocar más a la enardecida sociedad, llevaba el cabello un poco más suelto y natural de lo marcado por la moda y los buenos principios. Toda ella emanaba natural sensualidad. Era única, una criatura deliciosamente irresistible, magnética y misteriosa.
Se dirigió sin perder tiempo hacia donde se encontraban los anfitriones, caminó con la dignidad de una reina, con la frente en alto y sin mirar a nadie, arrancando a los caballeros miradas de verdadera admiración, y de envidia por parte las mujeres que la observaban asombradas de la forma como desafiaba a la sociedad que una vez le dio la espalda.
—Conde Kingston —saludó con una inclinación exquisita y elegante—. Ha sido muy amable en invitarme aun sabiendo que mi presencia causaría polémica.
Su socio y amigo la miró con afecto. El conde Kingston era uno de los mejores amigos de su difunto padre y cuando pasó toda esa tragedia, él fue el único que no la juzgó ni abandonó, al contrario, siempre le había reiterado que contaba con su apoyo.
Al morir su padre, el dinero y las propiedades pasaron a manos de su madre, excepto un fideicomiso que su progenitor le dejó y del cual podría disponer al cumplir la mayoría de edad o al contraer matrimonio.
Una vez que pudo acceder a este, el Conde Kingston la aceptó como socia en la naviera que recién comenzaba, la cual, ahora, era muy próspera y les otorgaba grandes dividendos.
—Tonterías, niña, sabes perfectamente que, para mí, eres más que una socia de negocios, eres la hija de mi mejor amigo y me conoces bien, no suelo prestar oídos a los chismes —reiteró, sincero.
—Aun así, gracias. Sé que su decisión no será bien vista por más de una persona, pero créame, el día en que la verdad salga a la luz está cerca, y todos aquellos que me juzgaron y condenaron tendrán que tragarse sus palabras —expresó segura.
El conde fue la única persona que le dio oportunidad de contar su versión de los hechos y no la condenó sin más, al contrario, la instruyó en el manejo de la naviera y le prestó su apoyo y respaldo para seguir al frente de los negocios de su padre, pues la madre de Christine no tenía el más mínimo interés de mezclarse en semejantes menesteres. Gracias a ese hombre, la fortuna Dickens seguía siendo considerable.
En una ocasión, el conde le planteó su plan para regresarla a la vida social, le juró que haría que a toda esa gente hipócrita no le quedase otra opción más que tolerarla. Si no por respeto, al menos por obligación.
La condesa Kingston se excusó y se marchó indignada por la mala jugada de su esposo al no decirle quien era el invitado sorpresa. Se dirigió, apenada, a un grupo de señoras que murmuraban escandalizadas.
—Les juro que yo no sabía nada —la condesa trató de justificarse ante sus amigas—. Mi esposo jamás me dijo que era precisamente ella nuestro invitado sorpresa, créanme que de haberlo sabido, habría hecho algo al respecto. Por desgracia, no puedo correrla.
—¿Por qué no? —quiso saber una de las mujeres.
—Porque para mi infortunio, esa mujer es la socia mayoritaria de la naviera, así como de gran parte de los negocios de mi marido. Esa desvergonzada tiene el poder de, si no mandarnos a la ruina, al menos sí lograr hacernos pasar penurias, y eso no puedo permitirlo.
—¡Dios! ¡Qué desgracia la tuya! —expresó otra de las damas.
—No solo mía, querida, la mayoría de sus maridos están en la misma situación que la de mi esposo; son socios comerciales o tienen que ver con los negocios de esa mujer. Les aseguro que si indagan un poco, comprobarán que tengo razón.
—¡Qué tragedia! —expresaron varias al unísono.
—Por lo pronto, no tenemos opción, tendremos que tolerarla y poner buena cara, aunque la realidad sea que estemos deseando echarla como lo que es, una fulana.
—¿Cómo se atreve a vestir así? ¡Mira la desfachatez con la que actúa! ¡Cómo si su vestido no fuera de lo más escandaloso! ¡Y qué decir de su peinado! —comentó la condesa Arlington, contrariada.
Christine, al percatarse del alboroto de las damas, se acercó a ellas y, con su sonrisa más cínica, les dijo:
—Debe ser terrible que mi dinero y poder las obliguen a soportarme. —Se dirigió a la condesa Kingston—. Pero no se preocupe, condesa, puede estar tranquila, tiene mi palabra. —Alzó la mano en juramento—. Me comportaré a la altura de las circunstancias. La verdad es que hoy no me apetece armar escándalos —comentó sarcástica.
Las damas se quedaron con la boca abierta ante su cinismo, y en cuanto se dio media vuelta y se marchó, supo que el tema de conversación seguiría en torno a ella.
Se paseó por el salón y saludó a varias personas más del brazo del conde Kingston, él no tenía el menor reparo en exhibirse con ella.
Vincent estaba de mal humor, había perdido una fortuna la noche anterior. «Si continúo así, pronto estaré en la calle», reconoció, preocupado.
Las últimas semanas había estado tan distraído con lady Artemisa, que no se había metido en sus libros para revisar las finanzas. No fue hasta esa tarde, en la cual su administrador le comentó alarmado sobre su despilfarro de los últimos tiempos, que comprendió la gravedad del asunto.
Para colmo de males, Elizabeth le rogó hasta hartarlo que la acompañara al baile de los condes Kingston.
—Elizabeth, tú sabes que no me gusta asistir a esos eventos —dijo por enésima vez, enfadado.
—Razón de más para que vayas, así nunca conseguirás una esposa —alegó Elizabeth para molestarlo.
—Esa es la razón principal por la que no asisto. Creí que ya te había quedado claro que no me interesa casarme.
—Vamos, primo, por favor. No quiero ir sola. —Le hizo un puchero como si fuera todavía una niña.
—No sé, déjame pensarlo —respondió indeciso y salió del despacho para evitar que la discusión continuara.