CAPÍTULO 20

 

 

I`ve been sleeping a thousand years it seems

Got to open my eyes to everything

Without a thought, without a voice, without a soul

Don´t let me die here

There must be something more

Bring me to life.

Parece que he estado durmiendo por mil años 
Tengo que abrir mis ojos a todo
Sin un pensamiento
Sin una voz
Sin alma
No me dejes morir aquí

Tiene que haber algo más.
Tráeme a la vida

 

(Bring me to life, Evanescence)

 

El dolor de la pérdida hizo que se desmayara y perdiera el conocimiento.

Todo cambió cuando ella despertó a los pocos días en ese hospital  donde no conocía absolutamente a nadie.

Ya no recordaba que había sucedido. Ni siquiera recordaban el embarazo. Solo sentía  terrible vacío. Le dieron una simple explicación. Una mentira.

Le ocultaron la verdad. Le dijeron que había sufrido de mucho estrés causado por el cambio de país y de trabajo, por consecuencia sufría una “pérdida de memoria reversible”. Le prometieron que iría recordando poco a poco lo que había olvidado.

Y eso no sucedió hasta que tuvo una revelación a través de los sueños que estaba teniendo mientras estaba siendo cuidada por el amor de su vida. Ese era dueño de su corazón y  el hombre quien lloraba con ella, mientras nadie los veía.

El hermoso joven que llegó a  la sala de urgencias. Ese día en que el destino hizo que sus miradas se cruzasen por primera vez y se eligieran. Ahora era un hombre importante, imponente, reconocido y severamente frío para con sus clientes. Pero también era  tierno y tenía un corazón tan blando cómo un malvavisco. Ella adoraba eso de él.

La vida los había golpeado y separado pero el destino los había vuelto a juntar.

Y allí estaban, esas dos almas que se habían elegido, años atrás.

Tomados de la mano en esa fría habitación. En silencio, cada uno con sus propios demonios y miedos al tener que volver a hacerles frente. Con sus miedos y dolores, algunos compartidos, y algunas heridas que se volvían a abrir.

—Te voy a curar las heridas del alma, mi amor. Te lo prometo —Martín le besó la frente y se perdió en sus ojos.

—Perdóname, mi amor, perdóname por no buscarte, no me acordaba de vos y todo el mundo se empeñó en ocultarme que tu paso por mi vida había sido tan intenso—. Lo que nadie entendía, era que tu alma se ancló en la mía y ya nada fue igual. Rogaba que me dijeran por qué mi corazón sangraba tanto. Suplicaba porque me dijeran o me dieran una solución a ese horrible vacío que sentía  —lloró Laura y la máquina a la que estaba conectada comenzó a sonar más fuerte de lo normal.

—Tranquila,  mi amor, yo te perdono. Te perdoné el día que te volví a ver. Sabía que algo había sucedido y que por eso no te había vuelto a encontrar.

—Necesitamos controlar su presión, ¿podría esperar afuera Dr. Saavedra? —interrumpió una enfermera, haciendo que ambos trataran de recobrar la compostura.

Martín le regaló un beso casto en los labios a su pequeñita  y salió con un gesto de cortesía hacia la enfermera.

A unos metros de la habitación estaban sus amigos. En cuanto lo vieron se acercaron para preguntar por Laura.

Él no se había despegado de su ladoni un solo instante. Y solo permitían a una persona dentro de la habitación  en la UMI.

—¿Cómo está?¿Despertó?

—Sí, despertó y está recordando —sonrió el abogado.

—¡Qué gran noticia!

Las amigas de ella lloraron de la emoción.

Él se abrazó con su incondicional amigo.

—¿Viste, man, que iba a estar todo bien? —le palmeó la espalda Pablo quien trataba de disimular su asombro y susto.

—Sí. La vida nos da revancha, chicos. Esta vez es mía y la voy a cuidar muchísimo. Como lo tendría que haber hecho años atrás.

Estuvieron dialogando en voz baja por unos minutos hasta que se abrió la puerta de la habitación y la figura de la enfermera lo volvió a invitar a pasar.

—Doctor Saavedra, lo esperan —le guiñó un ojo.

—Gracias.

—Éste tipo ni en las clínicas deja de levantar minas —Pablo hizo un gesto de machote ganador, golpeándose el pecho imitando a un cavernícola.

—Cállate, idiota, ya vuelvo y los dejo pasar.

La enfermera le acababa de dar una noticia, Laura, no salía de su asombro, eran demasiadas situaciones por enfrentar y demasiados sucesos revelados en tan pocas horas.

Lo vio entrar con su porte hermoso. Su pelo algo alborotado  su cabello, prolijamente despeinado, que la volvía loca.

Y le sonrió. Él le devolvió la sonrisa. Ambos brillaban de alegría. 

—Hola,  mi hombre. Tenemos que hablar.

—Hola,  mi vida, hablemos. Pero de a poco. Recién te despiertas y no quiero que te vuelvas a dormir, al menos no por unas horas. Quiero que descanses pero sabiendo que vas a volver a abrir los ojos y correr a mis brazos.

—Ahora tengo más que dos razones para seguir viviendo.

—¿Cómo es eso? —guiñó un ojo Martín en gesto sospechoso.

Laura le entregó un sobre con sello de la clínica. Dentro del mismo había varios resultados de estudios que le habían hecho mientras dormía.

Martín leyó con lenta curiosidad cada uno de ellos. Por supuesto que todos los que leía le interesaban, ergo, se detenía en cada uno y le preguntaba con un gesto en su cara, si estaba todo bien, a lo cual la dulce mujer le respondía con un asentimiento de cabeza y le sonreía para que continuara con los demás. Había uno al cual ella quería que él llegara.

—Positivo — sonrió Martín pero no la miró, no pudo levantar la vista de ese papel, una lágrima rodó por su mejilla sellando ese momento.

—Miráme, por favor  —suplicó Laura asustada.

—Si te miro, me reflejo en vos, si te observo, me enamoro más, si te digo que te amo. Esa  palabra queda muy pequeña para lo que yo siento en este momento.

—Yo también te amo, Martín  —hipó con lágrimas en los ojos.

—¿Un bebé, Lau?

—Otro bebé, mi amor.

Martín estaba aturdido, entendía que iba a ser padre. Pero ¿de qué le hablaba Laura cuando le decía “otro bebe”?

—Siéntate, por favor, tengo algo que contarte —dio unos golpecitos a la cama para invitarlo a su reducido espacio.

El abogado se pasó las manos por el pelo en un ademán nervioso y aceptó

—Cuando digo otro bebé, es porque ya tenemos una hija, mi amor, no sé dónde está, tenemos que buscarla. Te lo digo con toda la calma del mundo porque sé con certeza que la voy a encontrar, aunque tenga que revolver cielo y tierra.

—¿Una niña? ¿Es una niña? Entonces, ¿a ese bebé no lo perdiste? Dios mío —lloró sin control ese hombre, mientras la abrazaba fuerte.

Ella no podía creer que finalmente se estuviera resolviendo el rompecabezas de su vida. Esa parte de su vida que no recordaba. Todo tenía sentido ahora. Todo estaba en su lugar. Solo  necesitaba encontrarla. No estaba sola. Lo tenía a ese amor que creyó perdido, y que añoró tantos días y noches, hasta el día que se quedó vacía, sin su bebé y sin su memoria.

Él sabía que ese momento llegaría. En  su  anhelo por encontrarla no tenía tantas sorpresas, pero la realidad había superado sus sueños. Era  todo de él. Todo le pertenecía. Laura un bebé en camino y una hija a quien deberían buscar. La  encontrarían, y eso se lo prometió a sí mismo.

—Sol, se llama Sol. Tiene 5 años, y no sé dónde está. ¿Me ayudas a buscarla para traerla a casa? Donde pertenece…—la agobiada voz de su amor, lo despertó de su ensueño.

—Sol… que hermoso nombre —la miró su hombre, con los ojos tristes aunque llenos de esperanza —claro que te ayudaré a encontrar a mi hija, a nuestra hijita. Comienzo hoy mismo contactando gente que me debe favores.

—Aún no, Martín, primero voy a hablar con mis padres, cuando pueda levantarme y van a escuchar todo lo que tengo para decirles, y me van a tener que decir dónde está mi hija. Mi Solcito.

 
Tu secreto, mi destino
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