CAPÍTULO 2

 

 

“Siempre hay un poco de locura en el amor, pero siempre hay un poco de razón en la locura.”

Friedrich Nietzsche.

 

<< ¿Qué estoy haciendo? >>

Yo no hago estas cosas, dejarme llevar por las ganas de saciarme con un hombre, de entregarme así porque sí. ¿Qué me pasa? ¡Qué vergüenza me da!.Pero me siento imposible de pararlo.

<<Quiero estar con él y quiero entender por qué lo siento tan mío. >>

                                              ***

 
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Martín me llevó a su su apartamento a pocas manzanas del centro de la ciudad, me sacó del coche en volandas y levantó mi cuerpo sobre sus hombros, comenzó a pellizcarme el culo, mis brazos estirados llegaban a su trasero redondo, musculoso y tentador, así que también lo pellizqué, mientras me moría de la risa por la situación.

Cruzamos la puerta principal y la cerró de una patada. Comenzó a devorarme la boca con necesidad, me sacó la camiseta, tiró de mi sostén hasta que el cierre saltó y cayó. Me arrastró hasta la cocina y me subió sobre la mesa. Entonces me bajo los pantalones tan rápido que no me di cuenta en qué momento me había sacado los zapatos. Él seguía devorándome la boca, sus manos atrevidas me acariciaban todo el cuerpo. Las partes blandas me las apretaba y a las duras les daba un azote. Azotes que me provocaban más placer que dolor. Sentí cómo  sus pulgares me agarraban el tanga y de un solo tirón lo rompió y lo tiró al suelo.

Dejó de besarme y se alejó dos pasos. Comenzó a observarme de arriba hacia abajo, sin dejarse ningún rincón de mi cuerpo.

Cuando me sentí totalmente expuesta, comencé a ser consciente de dónde me encontraba y con quién, pero todavía no recordaba qué había sucedido entre nosotros tantos años atrás, ni por qué habíamos dejado de vernos.

No tuve mucho tiempo para pensar. Lo vi acercarse y escuché la palabra mágica que me encendió—. Desnúdame.

Lo miré a los ojos y vi lujuria en ellos. Estaba totalmente excitado, su cuerpo era un escalofrío constante y ansiaba  que *yo lo desnudara. Entonces, me acerqué y comencé a quitarle la camiseta. Metí mis manos por debajo y mis dedos iban dejando una marca de placer mientras acariciaban su masculino torso. Él levantó los brazos y la camiseta salió volando. Después, me arrodillé frente a él mientras acariciaba mi cabeza y tiraba de mi cabello suavemente. Él esperaba que yo siguiera deshaciéndome de su ropa que tanto nos molestaba a los dos.

Le desabroché los botones del pantalón, acerqué más mi cara hasta su escultural cuerpo y saqué mi lengua para probar su piel. Metí mi lengua en su ombligo y comencé un descenso lento hacia su pubis, donde me encontré con el borde de su bóxer. Decidí bajar jeans y bóxer a la vez para desnudarlo rápidamente. Quería volver a ver  ese cuerpo desnudo y darle placer. Quería volver a abrazarlo y perderme en él.

Cuando estuvo totalmente desnudo, me levanté lentamente, di dos pasos hacia atrás e hice lo mismo que él me había hecho hacia unos minutos. Lo observé y me deleité. Tragué saliva. ¿Por qué este hombre me seguía volviendo loca?. Tenía el poder de hechizarme con su sola presencia.

Me agarró una mano con fuerza y me acercó hacia él. Apoyó sus manos en mis hombros y ejerció tal fuerza que hizo que me volviera a poner de rodillas. Me recogió el pelo en una coleta con una de sus manos y ejerció presión hacia abajo para que mi boca quedara  a la altura de su miembro, que ya estaba duro, imponente y morado por  la excitación. Con voz firme pero dulce, me dijo:

— Chupalo todo, es tuyo.

Sentí cómo  me desarmaba con cada orden que me daba. Comencé a jugar. Lentamente le pasé la punta de mi lengua por la pequeña abertura de su grueso glande y lamí una gota de placer que se estaba escapando. Saboreé el delicioso sabor de ese hombre, aunque no me detuve demasiado tiempo. Quería más. Comencé a lamer desde la base del pene hacia la punta, con mi lengua plana. Lo disfruté cómo  si de un helado de mi sabor favorito se tratara. Seguí lamiendo. Me agarré fuertemente de sus caderas y apoyé mi empapado sexo en uno de sus empeines,  para darme placer a mí misma mientras lo escuchaba jadear y suspirar.  Decidí mimar por unos segundos más su glande, gordo y a punto de explotar. Lo besé con mis labios, le soplé, lo volví a besar con más pasión y lo tomé entero en mi boca. Le escuché gruñir y  con un movimiento me penetró hasta la garganta. Hizo que se me saltaran las lágrimas y me obligó a respirar profundo. Empezó a mover su pene ,entraba y salía de mi boca, mientras con una mano me sostenía y tiraba fuerte del cabello y con la otra me azotaba uno de mis pechos. Sentí cómo  mis fluidos corrían por mis piernas. Estaba estaba tan excitada y lo deseaba tanto que me iba a morir si no me penetraba en ese momento.

Sacó su miembro de mi boca y me ayudó a levantarme. Me sentó en la mesa y se arrodilló a la altura de mi sexo. Separó mis piernas, acómo dó sus manos por debajo de mi culo y observó  mi sexo abierto. Estaba mojado, palpitando y entregado al placer que él estaba a punto de darme, pero esta vez, con su boca. Sopló sobre mi clítoris y yo comencé a temblar. Después, con la punta de la lengua me lamió desde el comienzo de mi sexo hasta mi ano, subiendo y bajando con pasadas lentas pero haciendo presión para darme mayor placer. Volvió a subir y se detuvo en mi vagina. Metió su lengua lo más profundo que pudo. Mis manos agarraban su cabello y lo empujaban más hacia mi sexo. Lo quería aún más adentro. Lo ansiaba todo de él.

Sacó su lengua de mi vagina y me miró. Su cara estaba perlada por gotas de sudor. Lo miré avergonzada pero con lujuria y desesperada por más.

Se aferró a mis piernas y volvió a lamerme. Me chupó el botón del placer y lo tomó entre sus dientes. Lo sostuvo unos segundos y lo soltó. Siguió lamiendo mi sexo y cuando bajó unos centímetros hasta mi ano otra vez...ahí se detuvo. Sopló produciéndome un escalofrío e hizo que se fuera formando un nuevo orgasmo en mi interior. Su lengua probó mi punto prohibido y volvió a introducirla lentamente. Mis jadeos y gemidos se hicieron más sonoros. Me estaba retorciendo y muriendo del placer que me daba. Iba subiendo y bajando su lengua un par de veces más desde mi ano hasta mi clítoris. Escuché el crujir de un paquete al romperse. Abrí mis ojos llorosos por la excitación y vi su miembro erecto, ya con un condón que lo aprisionaba y lo ahogaba. Se aferró a mis caderas con seguridad. Se acercó más a mi cuerpo y buscó mis ojos con su mirada. Tal y cómo  me miró, me preguntó si estaba lista. Me mordí el labio inferior porque no podía aguantar más. Lo deseaba cómo  no había deseado a nadie en muchísimo tiempo. Entre jadeos y con un hilo de voz, le pedí:

 

— Por favor.

 

—Decilo de nuevo —me ordenó, mientras acercó la cabeza de su pene en la entrada de mi vagina.

—Por favor… — volví a jadear mientras me lamía los labios.

—Más fuerte, no te escucho, ¿qué querés ?

—¡¡Por favor!! — dije casi gritando

—Por favor ¿qué? — me desafió.

—Por favor cogeme, hazme tuya.

Y en un movimiento me penetró hasta el fondo. Se me escapó un grito y no podía ni quería parar de gemir. Jadeaba y gemía casi llorando del placer que me daba esa imponente hombría.

Entraba y salía con rudeza, mientras me apretaba las nalgas, me besaba la boca y gruñía cómo  un animal.

Temblaba, gemía, jadeaba. Todo junto. Yo tenía mi piel erizada del placer y del orgasmo que estaba a punto de disfrutar.

Martín siguió embistiéndome cada vez más fuerte y más duro. Sus manos curiosas acariciaban, pellizcaban y quemaban. Su boca jugaba con mis pezones, chupándolos y mordiéndolos.

Nuestros cuerpos se entendían con una sincronización desconcertante para mi razón. En algunos momentos en los que cerraba los ojos trababa de dilucidar desde cuándo no veía a este hombre y por qué no lo recordada.

Solo unos flashes. Algunos vagos recuerdos de momentos compartidos... tomados de la mano, besándonos en el parque, escapándome de mi casa para verlo.

Comencé a gritar de placer cuando exploté en un orgasmo que mojó su miembro entero. De repente me sentí empapada. Fui consciente de que también había explotado una eyaculación femenina. El líquido cayó al suelo e hizo que Martín se excitara más. Mis fluidos y excitación  lo llevaron a él a un orgasmo ruidoso. Se quejó de placer e incluso gritó mi nombre. Se sacudió dentro de mí cómo  si no quisiera desperdiciar ni una pizca de su esencia.

Nos abrazamos, acómo damos nuestras respiraciones, y nos dijimos a coro:

—Gracias. 

Tu secreto, mi destino
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