CAPÍTULO 4
Bajé a buscarlo. El ascensor tardó en llegar más de la cuenta.
Cuando lo vi apoyando su trasero en su coche mientras se fumaba un cigarro y con una sonrisa tentadora y atrevida, lo único que pude hacer es morderme el labio inferior. Estaba irresistible con un traje color gris topo, la corbata floja, y su pelo alborotado. Mi corazón se saltó dos latidos y mi cuerpo se estremeció cuando se acercó. Me cogió por la cintura y me besó. Fue un beso lento, dulce y con sabor a tabaco y a café. Nuestras lenguas danzaron y nuestros cuerpos se atrajeron cómo si de una fuerza magnética se tratara.
Respiré su respiración y me escapé del beso para deleitarme en su mirada de ojos verdes, decirle hola, y volver a besarlo. Sus labios carnosos rogaban por ser mordisqueados, lo cual hice sin pudor. Cuando estaba a punto de volver a besarlo, fue él quien se apartó de mi boca y se miró en mis ojos.
—Hola preciosa, me encanta besarte y saber que me deseas tanto cómo yo te deseo a vos —me dijo rozándome los labios —. Te invito a almorzar, todavía no lo he hecho, y muero de hambre. ¿Qué te apetece?
¿Cómo le explicaba que lo que me apetecía almorzar era a él, a su cuerpo, a todo su ser?
Mi piel tenía hambre de él y mi mente racional no conseguía entender a mi cuerpo, el cual se movía cómo si temblara, sentía escalofríos y mis pulsaciones estaban totalmente descontroladas.
—Acepto lo que vos desees —. Le ronroneé mientras lo volvía a besar.
El almuerzo, tal y cómo yo lo deseaba, fue en su casa, comida china para llevar, y helado de postre.
Me invitó a sentarme en el living de su personal e íntimo espacio, sobre unos almohadones. La mesita era de una madera tallada con diseños típicos del norte Argentino. El salón se llenó de comida china, palillos y servilletas.
Se acercó lentamente, casi gateando, para estar pegado a mí pero se detuvo a mis pies. Con delicadeza sacó uno de mis zapatos de tacón alto. Me acarició el empeine y los lados. Deslizó sus dedos muy lentamente hacia arriba para encontrar el borde de mis medias de seda. Realizó el mismo recorrido hacia abajo, enrollándola para liberar mi pierna. Tomó mi tobillo y lo masajeó suavemente, haciéndome suspirar.
Repitió los mismos movimientos mimosos para descalzar mi otro pie. Estiró mis piernas y me hizo un gesto con su mano para que me relajara y recostara mi espalda contra el sofá.
Trepó hacia mí sentándose sobre mis piernas. Estiró su brazo y me liberó el pelo de la horquilla que llevaba puesta. Enredó sus dedos en el cabello de mi nuca tirando suavemente, lo cual provocó un remolino de placer en mi ombligo. Cuando volvió a bajar por mi cuerpo, me besó lentamente, probó mis labios con la punta de su lengua. Después dejó un camino de su húmeda saliva desde la comisura de mis labios hasta el cuello. Se separó de mí unos centímetros y me miró a los ojos. Entonces me sopló ese camino húmedo y consiguió que mi piel y mi cuero cabelludo se erizasen.
Volvió a mis piernas, las separó unos centímetros haciéndome temblar con su toque.
Mi pulso estaba acelerado. Iba a empezar a jadear en cualquier momento. La ansiedad por lo que estaba a punto de suceder me desarmaba y rompía mis esquemas, desatando a la mujer seductora que había estado escondida durante años.
Martín agarró un palillo chino con cada mano y comenzó a deslizar las puntas por las plantas de mis pies, ejerciendo la presión justa para no hacerme cosquillas ni lastimarme. Solo me hacía sentir placer. Mucho placer. Creía que empezaría a temblar cuando sus manos con los palillos cambiaron el rumbo, separándome más las piernas. Los palillos comenzaron un lento, placentero y hasta doloroso ascenso hacia mi entrepierna. Ese hombre sabía exactamente qué hacer para hacerme temblar de lujuria. Con mucha delicadeza, contraria a lo que había sido la presión anterior, los palillos comenzaron a levantar mi falda hasta la altura de mis caderas.
Involuntariamente mis piernas se separaron unos centímetros más para que él pudiera tener un mejor acceso a mi centro de placer. Y así lo hizo. Acercó el palillo de su mano derecha hacia mi tanga y pinchó mi clítoris a través de la tela súper fina de la pequeñísima prenda interior elegida especialmente para la ocasión. Sentí la tela pegada a mi centro, ya estaba muy mojada y entregada a cualquier movimiento que ese hombre quisiera hacer.
Usó los dos palillos de madera cómo si fueran sus dedos, para engancharlos en mi tanga y sacármela. Me sorprendió la destreza con la que los manejaba con sus dedos y manos.
Sentí mi cuerpo casi convulsionar y él apenas me había rozado. Me tomó de las piernas, y de un tirón, acabé de espaldas sobre los cojines del suelo. Separó más mis rodillas para hacerme quedar totalmente a su voluntad.
Tuve dos segundos de lucidez antes de que volviera a coger los palillos. Me vi tumbada, sin ropa interior y con la falda alrededor de mi cintura. Estaba con las piernas abiertas totalmente expuesta a él. Sentí vergüenza durante unos segundos, aunque no me dio tiempo a seguir pensando. Acercó su cuerpo a mi vagina y comenzó a acariciarme los labios externos. Después me acarició los internos. Mi vientre empezó a temblar. Mi cuerpo quería más. Le miré a los ojos y él también estaba observándome. Su cara tenía partes enrojecidas, se mordía el labio inferior y cuando nuestras miradas se encontraron me sonrió de costado, lo cual hizo que mi cabeza volviera a recostarse para así dejarme llevar y dejarlo hacer lo que quisiera. Me estaba derritiendo por dentro. Sentía cómo las gotas de mis jugos se deslizaban por mis piernas. Martín dio la vuelta a los palillos para presionar sobre mi vulva con la parte más redondeada. Presionaba y soltaba, repitiendo la acción varias veces, haciéndome jadear y gemir. Entonces, mis piernas comenzaron a moverse pidiendo más.
Se colocó entre mis piernas y las trabó con sus hombros para que no pudiera cerrarlas ni moverlas tanto. Me atrapó el centro de mayor sensibilidad con los palillos y apretó, usando esos utensilios a modo de pinzas para volverme loca. Aligeró la presión. Yo volví a respirar y él volvió a aprisionarme el botón de mi placer con más fuerza. Esta vez lo apretó por entero. Noté cómo mi botón se hinchaba por la presión ejercida por los palillos y exponiéndolo a su boca. Me moría por que me tocase, me lamiese. Pero eso no pasó. Lo que llegó fue un pequeño azote que lo sentí desde ese punto hasta mi vientre. Después, me dio otro azote con los dedos índice y corazón, luego le siguió otro, con los dedos índice y medio. Volvió a azotar la zona más erógena de nuevo. Se me escapó un grito. No me pude contener. Ese fue el momento en el que comenzó a lamerlo suavemente, presionando con su lengua plana y luego con la punta. Cuando se cansó de lamerme, comenzó a mordisquearme, lo cual me hizo delirar, temblar y gritar su nombre. Los palillos, cada vez estrangulaban más mi clítoris y su boca se apoderaba del mismo de una manera que nunca había sentido.
Lentamente cesó todo movimiento, abandonó la presión y alejó los palillos de mi clítoris tirándolos hacia un lado. Trepó hacia mi pecho, con lujuria en su mirada, tiró de mi camisola haciendo saltar los botones. Me soltó el sujetador y comenzó a lamerme los pezones. Después los mordisqueó por un unos segundos a cada uno y se sentó sobre mi pecho. Me miró a los ojos:
— Desabrochame el jean y liberame de esto que no aguanto más, voy a explotar, me volvés loco, desde que te volví a ver me siento cómo un cavernícola, solo pienso en hacerte de todo, y eres mía, solo mía —me dijo con una voz entre grave y excitada. Yo solamente podía asentir porque todavía estaba jadeando. Tenía un orgasmo frustrado y no podía aguantar las ganas de liberarlo, de liberarme.
Saqué su miembro y de un solo movimiento, sin darme tiempo a moverme, mi boca fue invadida por su enorme y venosa virilidad. Lo sentí húmedo en el fondo de mi garganta. Lo amé con mi lengua, lo mimé con mis labios y lo acaricié con mis dientes.
Lo escuché gruñir una y otra vez. Mientras embestía mi boca, estiró su brazo derecho para tomar mi sexo con su mano y me penetró con sus dedos, los cuales me hicieron jadear y succionarlo con más fuerza.
Bajó por mi cuerpo, nuestras manos se perdieron en el cuerpo del otro y nuestros gemidos se convirtieron en un coro digno de ser escuchado. Me sentía borracha con su aroma. Con su hombría. Quería más y llegó el momento de tener más de él cuando separó mis piernas y me penetró, sin aviso, solo pude jadear, gemir y tratar de respirar. Sus movimientos eran fuertes y rudos. Me sorprendí a mí misma por lo mucho que me gustaba ese tipo de sexo salvaje.
Acercó su boca a mi oído y me susurró entre jadeos...
—Lo quiero ya, así lo puedo lamer todo, quiero probarte toda, dame tu orgasmo, por favor preciosa.
En el momento que escuché que quería probarme toda, exploté. Le di el orgasmo que me había pedido y me lo di a mí misma porque no aguantaba más. Estaba a punto de estallar. En cuanto Martín sintió que mi orgasmo mojaba todo su miembro, separó su cuerpo del mío y bajó hacia mi sexo para lamerme. Me absorbió entera y me dejó seca.
Seca estuve pero solo por unos segundos porque en cuanto volví a sentir su lengua en mi vulva, bebiendo de mi orgasmo, me volví a mojar. Me dio la vuelta y levantó mi trasero a la altura de su miembro. Me penetró por detrás. Me embistió un par de veces y gruñó mi nombre hasta que explotó dentro de mí. Se desplomó sobre mi cuerpo y buscó mi boca para besarme los labios con hambre y con locura, hasta que me dolieron.
Seguimos amándonos toda la tarde hasta la hora de la cena.
Les había prometido a mis padres que iría a cenar con ellos. Nos despedimos con muchos besos y nos prometimos volver a vernos para realmente comer algo que fuera comida.