CAPÍTULO 8

-LAURA-

“No puedo evitar tus sufrimientos cuando alguna pena te parta el corazón,
pero puedo llorar contigo y recoger los pedazos para armarlo de nuevo”

A un amigo, Jorge Luis Borges.

 

Miré la hora. Eran las cinco de la mañana. Era demasiado temprano cómo  para llamar a mis amigas, aunque no sería la primera vez que algo cómo  eso sucedía, eso de llamarnos a cualquier hora de el día o de la noche si era una emergencia. Pensé en mi hermana Jules, que también se había mostrado irascible e aprehensiva a hablar más del tema. Cada vez que aparecía una oportunidad para hablar de Martín se veía arruinada por algo o alguien. Parecía que con todos aquellos a los que les había hablado del reencuentro tenía algo que ocultar. Hasta el mismo Martín me dijo que ya habría tiempo de charlar, que me quería disfrutar. Así que, hasta el momento no había conseguido saber más de él, era cómo  si cada vez que una oportunidad de hablar de Martín se presentaba, era interrumpida por alguna actitud o por alguien que aparecía en escena o tal vez todo se estaba dando de manera que yo no supiera nada más de él, o cómo  que todos a los que les había contado del reencuentro, tenían algo que ocultar,  hasta el mismo Martín me dijo que ya tendríamos tiempo de charlar, que me quería disfrutar.

Al principio me había dejado llevar pero en ese momento ya me estaba preocupando.

Siempre le había hecho caso a los sueños, y esa vez no podía ignorar el que acababa de tener. La sensación de haber estado embarazada o del conocimiento de un embarazo en mi cuerpo había sido tan real, que experimentaba una obligación de indagar e investigar acerca de lo que había sucedido años atrás. Algo me estaban ocultando. Algo se me estaba escapando, pero el destino se estaba encargando de que yo lo supiera.

Era simplemente una mera cuestión de tiempo.

Decidí retomar la lectura que había abandonado un par de noches atrás y volví a quedarme dormida. Pero, el descanso duró solo una hora más, cuando la alarma me despertó. Esta vez no tenía una sensación rara pero sí tenía un dolor amargo en el alma. Supe que debía tomar una decisión.

 

Lo primero que hice fue mirar si tenía mensajes nuevos. No tenía ninguno del bombón, lo cual me parecía bastante raro ya que desde que nos habíamos reencontrado, me bombardeaba a mensajes y me endulzaba los sentidos. Tal vez se habría ofendido porque no había vuelto a contestarle… o tal vez estaba ocupado.

Sabía los horarios de trabajo de mis amigas por lo que decidí vestirme de forma casual y tocarle el timbre del apartamento de  Mariana. Ella respondió al segundo timbrazo con un “ya voy” casi en tono enfadado. Seguramente la había despertado. Estaba desesperada y necesitaba hablar con ella. Mientras ella se acercaba a la puerta, bajé por las escaleras al piso de Mariel y también llamé a su timbre.  Mariel fue a a mirar por la mirilla y abrió rápidamente la puerta al ver que era yo.

—¿Qué te pasa, hermosa? ¿No podías dormir?

—¿Cómo sabés? ¿Se me nota mucho?

—Tenés cara de gato desorientado, ¿en qué te puedo ser útil a esta preciosa hora de la mañana? —contestó con un tono sarcástico pero divertido a la vez.

—Marian nos espera, bueno, en realidad me espera a mí.. No sabe que te vine a buscar. De hecho debe estar puteando en la puerta y pensando qué me habrá pasado que la desperté y desaparecí —. ¡Vamos!

Y así subimos las escaleras, en pantuflas, despeinadas, rogando por no cruzarnos con ninguno de los pocos especímenes masculinos jóvenes que vivían en el edificio.

Nada de eso sucedió. Lo que sí sucedió fue que Mariana nos estaba esperando en la puerta de su casa, con los brazos cruzados y un gesto inquisitivo en la cara cómo  diciendo: “¿qué les pasa y por qué me despiertan a esta hora de la madrugada?”

—Más vale que sea importante —dijo con tono seco mientras nos dejaba pasar y ponía la pava en el fuego. En cuanto alguien llegaba a su casa, ella ponía el hervidor de  agua para mates en el fuego automáticamente.

—Muy importante —canturreamos al unísono con Mariel, sin haberlo planeado antes.

Por lo tanto, ese comentario de Mariel, a dueto con el mío, hizo que dudara muchísimo más de lo mucho que sabían acerca de lo que había sucedido en el pasado.

—Bueno, rápido chiquis que tengo paciente en una hora —susurró Mariana con voz de dormida todavía. Mientras se peinaba con los dedos su cabello rubio que le caía por los hombros en una sexy melena alborotada; no importaba lo desprolija que estuviera, todo en ella se lucía perfectamente bello.

—Tuve un sueño —me apresuré a decir.

Al mismo tiempo que yo dije eso, fui interrumpida por Mariel, quien dijo:

— Me llamó el caradura de Pablo, ¿se acuerdan de él? ¿De ese gigante rubión que hacía el amor cómo  los dioses?

Marian no salía de su asombro y solo atinó a levantarse para preparar el mate…

Mi corazón perdió un par de latidos. Pablo era el amigo de Martín cuando nos conocimos. Era el mismo que había llevado a Martín a urgencias el día que le curé la herida del brazo.

Recordé su precioso cuerpo cuando entró con su amigo. Recordé haberlos mirado a los dos. Estaba de moda un tema de Alanis Morisette “Ironic” y yo lo escuchaba y cantaba porque me sentía muy identificada con la ironía de la vida, con el lugar que me había tocado hasta ese momento. Así que, mientras sonaba ese tema en la radio y yo lo cantaba, aparecieron esos dos jóvenes. Uno era rubio y grandote con cara de buena gente. El otro era moreno, con su preciosa cara terriblemente pálida, quizá por el susto o por el dolor, y estaba todo ensangrentado. Cuando lo curé, me di cuenta de que era una mezcla de ambos, del shock por haber sufrido un corte con un vidrio, y el dolor y ardor que se sentía al intentar curarlo.

Cuando nuestras miradas se encontraron, me vi reflejada en él, y eso me encantó. Tenía una mirada intensa y sexual. Y sus ojos eran verdes, cómo  a mí me gustaban.

Parecía nervioso y atrevido a la vez. Quería conocerlo. Quería volver a verlo. Y por eso decidí decirle que volviera al día siguiente a curarse la herida. En realidad , no lo necesitaba, pero me sentí atraída y quería volver a sentir lo que había sentido cuando me miró a los ojos. Y por lo visto, él también lo había sentido, porque de lo contrario no me habría preguntado por mi horario en urgencias.

 

—¿Lau? ¿Estás bien? —Mariel chasqueó sus dedos cerca de mi cara cómo  para despertarme de mi sueño.

—Eh… sí, sí, eso creo. Solo he estado preocupada y algo alterada desde que visité a mis padres y desde que tuve el sueño.

—¿Qué soñaste ahora, loca? —preguntó Mariana pasándome un mate, realmente necesitaba uno.

Ella era la terapeuta y seguramente podría ayudarme. Y además, eran mis amigas y me podrían guiar o al menos podrían escucharme. Yo presentía que ellas sabían algo que no me estaban contando, así que era el momento de preguntarles.

—Con Martín y... con un embarazo. Eso fue lo que soñé chicas.

 

Las dos me miraron perplejas, sin emitir sonido. Sus caras se volvieron ceñudas y pálidas.

Mariel apoyó el mate en la mesa. Mariana dejó de masticar una de esas galletas de salvado horribles que parecían de cartón, pero a ella le encantaban. Yo no las podía ni morder.

Un silencio incómodo aturdidor se hizo presente en la pequeña pero inmaculada cocina del piso de Marian.

 

Marian cogió el mate que Mariel había  dejado en la mesa y dirigió su pregunta a Mariel—: ¿Qué quería el rubión?

Mariana desvió el tema de mi sueño hacia la llamada que Pablo le había hecho a Mariel.

Las observé y solo esperé la respuesta de Mariel. Decidí dejar mi ansiedad otra vez de lado porque sabía que tarde o temprano hablaríamos de mi sueño. Tal vez ellas no le daban la importancia que yo le estaba dando. Pensé  que lo que a mí me sucedía iba a ser prioridad en esa mesa donde tantos debates y decisiones se habían llevado a cabo.

Vi una lágrima rodar por la cara de Mariel. No podía obviar eso. En el momento en que le iba a preguntar  por qué lloraba, se la secó y se levantó para ir a buscar un vaso de agua.

Estamos muy unidas y en ese lugar me centraba.

Hubo un momento en que yo estaba fuera del país. Un , momento doloroso de mi vida y un tanto borroso, casi bloqueado y hasta me atrevería a  decir que sin recuerdos.

¿Cómo puede una persona no tener recuerdos de una fracción de la vida?

Hablábamos las tres en conferencia, cada vez que yo lograba conectarme desde algún lugar.

¿De qué hablábamos? Exactamente no lo sé con claridad. Pero sé que lo hacíamos.

Ése era el lugar para charlar de todo, era nuestro confesionario, nuestro cable a tierra y nuestro lugar de encuentro. Tenía esa energía particular que nos atraía y nos hacía sentir cómodas. Analizándolo desde la distancia un momento, me di cuenta que no era la energía del lugar en sí, sino que era la luz de nosotras tres juntas. Era la conexión que teníamos y brillábamos con luz propia.

—Tomar una copa, eso quiere — dijo Mariel revoleando los ojos y haciendo un gesto con la boca.

—Qué casualidad, justo me vuelvo a encontrar con Martín y este tipo te vuelve a llamar. Hay algo raro.

—No lo creo, nena —recuperó Mariel la compostura y continuó —seguramente quiere información sobre vos. Tal vez Martín lo mandó a preguntarme algo. Aunque si te soy sincera y este rubión quiere algo más que información, se la daría. Tengo  muy buenos recuerdos de sus dotes amatorios.

—Callate tonta y no desvíes el tema, ¿Por qué crees que Martín lo puede haber mandado? Este morocho bien podría pedirme información a mí en vez de mandar a ese pesado a preguntarte a vos.

—Pesado, o no, estaba para comérselo enterito. Entonces, quedamos así, una copa y charla. Nada más, pero simplemente se los tenía que comentar porque hablando con sinceridad también me hizo un poco de ruido que justo vos volvés a encontrar a Martín y Pablo me llama…

—Chicas, algo no anda bien. Necesito saber qué pasa, por qué cada vez que yo nombro a Martín ustedes se quedan en silencio, y se miran dudosas y ceñudas cómo  si hablara de un fantasma.

Cuando le pregunté a él qué recordaba, me dijo que mejor dejáramos la charla para más adelante y nos disfrutáramos, pero luego de eso tuve el sueño y no puedo más. No quiero sonar desesperada pero quiero… necesito saber lo que sucede.

Ambas se miraron, y respiraron profundamente, para luego enfrentarme.

—¿Vos estás segura que querés saber realmente la verdad? —preguntó Mariana, siempre muy directa.

—Claro, presiento que algo no anda bien, y que todos me ocultan algo. Necesito poder confiar en ustedes otra vez, quiero que me cuenten.

Entonces Mariel se sentó más cerca de mí y Mariana a mi otro lado. Como protegiéndome de lo que estaba a punto de escuchar.

Mariel tomó aire, y empezó a hablar

—Lau hace mucho tiempo que sucedió esto, ¿vos no te acordás de nada? ¿Qué recuerdas de Martín? ¿Qué sentiste al volver a verlo?

—Sentí que el alma se me iba y me volvía al cuerpo. Sentí la química de nuevo. Esos chispazos de energía que no los había experimentado con nadie más en mi vida. Volví a vivir chicas, a soñar, a respirar, ¿qué me pasó todo este tiempo, por qué no me he vuelto a enamorar?. Mi corazón lo reclama, mi alma lo reclama cómo  mío, pero no entiendo, no comprendo qué me paso, qué nos pasó, por qué nos distanciamos. Siento cómo  que me golpeé la cabeza y que perdí la memoria. ¿Qué me quieren decir esas caras pálidas con las que me miran? ¿Por qué se les escapan lágrimas en este momento?

Mariel me agarró una mano mientras Mariana me acariciaba la espalda, sentí una lágrima rodar por mi cara y las miré, sus caras estaban empapadas en llanto. Casi todo tenía sentido ahora. Algo muy doloroso me estaban escondiendo y yo no entendía por qué, ni qué era. Estaba a punto de averiguarlo.

 

 

 

                                          ***

 

Laura volvió a su apartamento cómo  una autómata. Se vistió para trabajar su turno en el hospital. Se miró en uno de los espejos del salón y no se reconoció. Allí vio reflejada a otra persona. A su sombra. Sus ojos estaban inflamados de tanto llorar y su  semblante… su semblante era un mórbido poema, de esos que dejan dolor  y hacen sentir piedad.

No podía asimilar lo poco que sus amigas le habían contado. Le habían dicho que le irían contando poco a poco y lo peor de todo había sido que le habían hecho prometer que no les diría una palabra a sus padres, ya que ellos habían sido los creadores de semejante cuento.

 

 

 

  Le contaron que sus padres las habían amenazado con hacerlas perder sus trabajos. Por  lo tanto, si ellas llegaban a hablar con Laura, le contarían lo que ellos querían que ella supiera, aunque esa no era ni remotamente una muestra de la verdad de los sucesos.

 

 

Simplemente sabían que  la habían enviado a la India, cuando ella creía haber estado embarazada de Martín.

Le pidieron perdón. Le suplicaron que las perdonara, lo cual por supuesto ella hizo, ya que ellas eran las únicas personas, además de Jules, en las que creía que podía confiar, al menos, hasta que se miro en ese espejo.

¿Había estado embarazada de verdad? ¿Solo había sido algo que ella creía? ¿Existiría algún análisis o test de embarazo que lo comprobara? ¿Por qué cuernos no podía recordar nada?

Tal vez era simplemente eso, una pérdida de su memoria por el cambio de cultura, aunque no estaba segura, esperaría a que le siguieran revelando los hechos, porque sabía que el momento de acercarse a la verdad se le estaba presentando cara a cara.

Su turno en el trabajo fue durísimo, un accidente de un autobús, el cual iba repleto de personas, la mantuvo muy ocupada y corriendo de aquí para allá sin parar.

Llegó a su casa y se metió debajo de la ducha para poder  descansar  mejor. Como no tenía hambre, se fue a dormir.

Ya en la cama, dio millones de vueltas para lograr conciliar el sueño, pero no consiguió dormir a pesar del cansancio. Las palabras de sus amigas rondaban su mente y le hacían un hueco en el corazón.

 

Rememoró algunos momentos en ese pueblo asiático. Cuando estaba curando enfermos, o corría aturdida por la falta de recursos, cuando lloraba el llanto de los más golpeados. Cuando su propio corazón pedía a gritos un alivio…

 

 
Tu secreto, mi destino
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