CAPÍTULO 12
5 años antes…
Laura sabía que su relación con Martín tenía fecha de caducidad. Sus padres, de alta casta, no permitirían que ella continuara viéndolo.
Se escapaba a escondidas por la puerta principal cuando no había nadie, por la ventana de su habitación, por la puerta de servicio ... Siempre la cubrían sus amigas.
Inventaba reuniones, fiestas, horas extras en el trabajo y hasta fines de semana de “chicas” para poder estar con él.
Cada vez que ella lo veía, su corazón explotaba en una combinación de ternura, encandilamiento y amor. Su sonrisa brillaba y su cuerpo vibraba de emoción.
Eran el uno para el otro. Inseparables.
Él se derretía por dentro cuando la miraba, inocente, dulce y enamorada.
Laura conocía a sus padres a la perfección. Suponía por un comentario que le había hecho su padre, en una ocasión en que los vio juntos, que era una muy mala idea, esa de andar con Martín Saavedra.
El apellido Saavedra era mala palabra en la casa de los Pérez Méndez…
La sociedad que habían conformado hacía muchos años atrás, Saavedra y Asociados…. se disolvió tras una estafa por parte del padre de Martín. Eso, terminó con una amistad de años y creó una enemistad a muerte.
Laura llegó una noche a su casa sonriendo, con su corazón palpitando y hasta parecía caminar sobre nubes, hasta que cruzó la puerta de su habitación y vio a su padre sentado en la silla de su escritorio sosteniendo algo en su mano.
—¡Qué susto me diste, papi! —sonrió nerviosa al ver el semblante iracundo de su padre.
—Debemos hablar —su voz imponente, derrochando dureza y acusación hizo que las nubes en las que creyó caminar, se convirtieran en hielo sobre sus pies.
—¿Qué sucede?
—Siéntate, hija —le señaló su cama.
Al descubrir lo que él tenía en sus manos, entendió que no era una buena señal y que la charla que estaba a punto de tener con él, no sería del agrado de ninguno de los dos.
Su padre giraba una foto de ella con Martín que se habían sacado en un parque de atracciones, hacía días atrás.
—Te prohíbo que lo vuelvas a ver.
—¿A quién, pa? —trató de sonar indiferente.
—Sabes a quién, Laura, a ese tal Saavedra hijo —enderezó su postura para quedar aún más imponente ante su hija.
—Lo amo —vocalizó mientras se levantaba de donde estaba sentada.
—No me interesa, olvídate de él, eliminalo de tu sistema.
—¿Por qué, padre? —lo miró ceñuda e indignada.
—Porque ese hombre no es bienvenido en nuestra familia, su padre…
—¿Otra vez con la historia de su padre? —interrumpió exaltada. —¡Son dos personas diferentes! ¡Martín no tiene nada que ver con su familia, no los ve desde hace unos años, están de viaje o algo así!
—¡Están de viaje con el dinero que se robaron de nuestro fondo en común! —su tez blanca se tornaba cada vez más rojiza.
—Yo lo amo, y él me ama —caminó decidida para salir de esa habitación, de su propio espacio, en ese momento invadido por su progenitor.
—No te di permiso a retirarte, estamos dialogando.
—¡Yo no te di permiso a invadir mi privacidad, por favor, cuando yo salga retirate de mi espacio!
—Esto no puede quedar aquí, hija querida. Ese hombre tiene sangre de ladrones atravesando su cuerpo. No lo quiero cerca de ti. No te va a hacer ningún bien. Es un don nadie.
Laura salió de su dormitorio y comenzó a hipar acongojada e indescriptiblemente triste.
Amaba a Martín con todo su ser, no se imaginaba la vida sin él…