Capítulo Uno
Marzo de 1816
Londres, Inglaterra
En circunstancias normales, la señorita Jane Downing habría estado ansiosa por bajar del frío carruaje y precipitarse en un lugar cerrado para tomarse un respiro del brutal invierno. El exquisito edificio frente a la larga fila de diligencias no era otro que el Teatro Real. El duque de Ravenwood en sí mismo les había prestado su maravilloso palco para la ocasión.
La mayoría de los debutantes—la mayoría de la gente en general, para el caso—habrían estado extáticos de contar con tal oportunidad.
Jane, no.
Ella tenía la edad suficiente para ser etiquetada más propiamente como una solterona que como una debutante, si es que alguien por casualidad estuviera dispuesta a desviar sus ojos hacia ella el tiempo suficiente como para categorizarla de cualquier manera. Ella suspiró. Era muy improbable. Después de todo, el impresionante palco no había sido prestado a su persona. Ella no era nadie.
Pero dado a que incluso las solteronas invisibles no podían socializar sin una chaperona, su mejor amiga, Grace, y su marido, el conde de Carlisle, (los cuales habían sido otorgados con el préstamo del palco), habían conducido en dirección opuesta a la casa de la ópera con el fin de recoger a Jane y retornar a Covent Garden a tiempo para la actuación. Lo único que ella podía hacer era mantener una sonrisa en su rostro y hacer todo lo posible por mostrarse encantadora.
La ignominia de sus inconvenientes amigos no era la razón por la que Jane deseaba estar en cualquier otro lugar. Esos eran problemas a los que tenía que enfrentarse a diario. Estos eran sus amigos.
Grace buscó en el reducido espacio y apretó la mano de Jane mientras que las ruedas del carruaje avanzaban lentamente por la cola del teatro. "Muchísimas gracias por acompañarnos. Esta es mi primera ópera, y me alegro mucho de poder compartir la noche con la gente que más aprecio."
Jane le apretó la mano en respuesta. En situaciones como esta, lo mejor que podía hacer era mentir entre dientes. "Estoy encantada de estar aquí. Gracias por invitarme."
Ella cruzó las manos de nuevo sobre su regazo y deseó saber qué más decir para romper el restaurado silencio. Era toda una experta conversando en privado cuando se encontraba cómoda con alguien, pero ella y Grace no estaban solas en el carruaje. La madre de Grace, la señora Clara Halton, estaba sentada a la izquierda de Jane, mirando con cariño hacia su hija. Lord Carlisle, por supuesto, estaba sentado al lado de su esposa, mirándola como si la luna y las estrellas palidecieran junto a su belleza.
Jane mataría porque algún hombre la mirase así. Aunque fuera solo una vez.
Lord Carlisle no había dejado de mirar a Grace de esa manera. No desde el primer momento que la vio. Jane lo sabía a ciencia cierta. Lo había visto suceder delante de sus ojos. Desde su punto de vista eterna entre las solteronas y las sombras, podía observarlo todo; observar a otras personas riendo, bailando, enamorándose.
Sin embargo, pasar toda la noche con una pareja de recién casados, obviamente, profundamente enamorados, no era la causa por la que se estaba mordiendo el labio inferior y maldiciendo su inquieta pierna. Jane se sentía muy agradecida por sus amigos. Le encantaba pasar tiempo con ellos.
Odiaba no formar parte de la alta sociedad. No—odiaba ser invisible en la alta sociedad.
Sus amigos no lo entenderían. Antes de que Grace hubiera cazado a un conde y convertirse así en su condesa, cuando había sido pobre, torpe, y había sido considerada persona non grata por ser una advenediza estadounidense, había llamado igualmente la atención de todos. Después de todo, Grace era hermosa. Con su piel blanca, cabello negro y destelle antes ojos color esmeralda, atraía muy fácilmente las miradas de hombres y mujeres por igual.
Jane ni siquiera podía atraer a los mosquitos.
No era porque fuera una chica simple. Muchas mujeres simples podían ser populares y encontrar maridos. Jane, no. En veinticuatro años solo le habían invitado un par de veces a bailar.
Sus sueños de encontrar a alguien eran precisamente eso. Sueños. Ella se alisó la falda. No era el exceso de kilos en su figura ni el hecho de que fuera una mujer literata e impenitente. Su maldición de por vida era el desafortunado hecho de ser totalmente, absolutamente, al cien por cien... olvidable.
Su cabeza empezó a dolerle mientras que las ruedas del carruaje le iban acercando cada vez más a una noche de ser ignorada y mal recordada.
Incluso con toda la nieve y el serpenteante camino que estaban recorriendo las diligencias, ella y sus acompañantes tendrían tiempo suficiente para mezclarse con la multitud junto a los tentempiés antes de tomar sus asientos.
Jane se dejó caer hacia atrás en su banqueta. Mezclarse con el resto de los asistentes sería horrible. Mezclarse significaría estar de pie en un mar de rostros que ni una sola vez se volverían en su dirección.
Ella giró la mirada hacia la calle y se enderezó. Un grupo de señores bien vestidos estaba acudiendo hacia una fila de mujeres que se estaban adentrando en el teatro en sus impresionantes vestidos de colores brillantes. Cortesanas. Jane miró por la ventana, fascinada. Los hombres estaban a la caza de sus próximas amantes.
Sus fosas nasales se ensancharon mientras que los hombres adulaban a las mujeres de clase marginal. Algunas de las cortesanas eran preciosas y otras eran horribles, pero todas y cada una de ellas recibirían más atención masculina en una sola noche que la que Jane recibiría en toda su vida.
Qué irónico era que esos mismos hombres que nunca le habían invitado a bailar, estuvieran dispuestos a gastarse gustosamente sumas exorbitantes de dinero a cambio de una hora en compañía de una mujer con peor reputación que ella, y mucho menos educación.
¿Cómo sería ser una de ellas? No se trataba de señoras desesperadas, adictas a la ginebra, salidas de cualquier burdel, y obligadas a aceptar a estos hombres brutos a cambio de un centavo. Estas mujeres eran elegantes y caras. Podían elegir sus amantes a su antojo.
Jane inclinó la cabeza. Si ella pudiera tener a cualquier hombre que deseara, ¿quién sería?
Un oficial de pelo oscuro, duro como el granito, y de ojos azules y embrujados cruzó inmediatamente por su mente. El capitán Xavier Grey.
Un rubor pinchó sus mejillas. Por supuesto que el capitán cruzó por su mente. Él era el centro en torno al cual giraban todas las conversaciones en la alta sociedad, y uno de los amigos más queridos del conde. Siempre había llamado su atención. Años atrás, cuando no era nada más que el señor Grey, ya había empezado a mostrarse como un hombre guapo, seguro de sí mismo, y la última persona en la tierra que podría darse cuenta de la mirada soñadora de una futura solterona en potencia. Y entonces se fue a la guerra.
Tres años más tarde, se había convertido en nada más que una cáscara hueca de hombre, hermosa y rota. Había permaneció encerrado dentro de su cabeza hasta que Lord Carlisle había rescatado al capitán de—bueno, dondequiera que hubiesen sido deportados—y lo había traído de vuelta a Inglaterra, decidido a devolverle un poco de vida.
La última vez que Jane había visto al capitán fue hace más de un mes, la noche que Grace y Lord Carlisle se habían comprometido en matrimonio. Él había parecido tan... derrotado. Todo el mundo perteneciente a la alta sociedad estaba totalmente de acuerdo en que el capitán Grey había despertado milagrosamente de su estupor esa misma noche, pero Jane se había guardado para sí misma una opinión muy distinta.
Para ella, "despertar" implicaba que el hombre había estado privado de consciencia, y ella no creía que ese fuera el caso en absoluto. Cada vez que se había fijado en él, su mirada le había parecido demasiado tempestuosa como para imaginar al hombre ajeno al mundo que lo rodeaba. Simplemente ya no quería ser parte de él.
Jane se cruzó de brazos e intentó sacar al capitán de su mente.
El momento para obsesionarse con un silencioso y fuerte soldado de ojos embrujados y oscuros, sería dentro de cinco horas, cuando estuviera en la cama, a solas con sus pensamientos. En este momento, necesitaba concentrarse en ser una buena amiga.
Ella le ofreció a sus acompañantes la más alegre de sus sonrisas. "¿Cómo van las renovaciones en la finca Carlisle?"
Los ojos de Grace se iluminaron. "Solo ha pasado una semana desde la boda, así que no hemos comprado mucho—además de los muebles para los aposentos de mi madre, por supuesto." Ella lanzó una tierna mirada hacia su madre y luego le dio unos golpecitos en el pecho a Lord Carlisle. "No me preocupo en absoluto por lámparas de araña y vestidos de lujo. Lo que tenemos es más que suficiente. Quiero que Oliver se gaste cada centavo en sus inquilinos antes de restaurar la hacienda."
"Y yo no quiero que tú sufras ni un solo desconsuelo," respondió Lord Carlisle con vehemencia mientras que plantaba un suave beso en la parte superior de su cabeza.
¿No era adorable? Jane apretó los dientes detrás de su sonrisa. No estaba celosa en lo más mínimo.
No. Iba a ser una espléndida noche. Había tenido la suerte de haber sido invitada. Esta ópera era una de sus favoritas.
Ella volvió a pegar la sonrisa en su rostro.
"¿Cuáles son tus deberes mientras que Lord Carlisle se encarga de sus asuntos?," le preguntó a su amiga. "Me imagino que la gestión de un hogar de tal magnitud debe ser todo un desafío."
Grace negó con la cabeza. "Eso pensé yo al principio, pero mi intervención no es muy requerida. La mayoría del personal ha estado trabajando allí desde que Oliver era niño. Lo que realmente nos gustaría es que hubiera algo de entretenimiento para mamá. La biblioteca está vacía, y—"
Lord Carlisle giró la cabeza bruscamente en su dirección. "Encargaré una docena de títulos tan pronto como los techos de los inquilinos hayan sido reparados."
Grace levantó la barbilla. "Me niego rotundamente. Tienes otros deberes cien veces más importantes que atender antes que comprar tomos de viaje y novelas góticas. Me niego a—"
"Yo tengo libros," interrumpió Jane antes de que la refriega pudiera continuar. "Podría prestaros..." Ella tosió en su puño enguantado. No. Podría hacer algo mucho mejor que eso. Estas personas contaban todos sus chelines, y ella los llevaba en su corazón. "... quiero decir que, podría daros una gran cantidad de tomos históricos y novelas góticas que pudieran ser de vuestro interés."
La voz de Lord Carlisle se endureció. "No podríamos aceptar tal cosa."
Jane hizo un gesto de desaprobación. "La mejor amiga de tu mujer es una intelectual con más libros que sentido común. No tendría nada de malo que sacaras algo de provecho de tal asociación."
Incluso si eso la mataba. Ella se frotó sus brazos de repente congelados. La simple idea de perder parte de su colección la dejaba vacía.
Cada libro, cada historia, poseía un pedazo de su corazón. Durante largas semanas de soledad, la única conversación que ella había escuchado era el diálogo impreso dentro de esas páginas; bueno, eso y los ligeros quejidos de los sirvientes de su hermano cada vez que ella se saltaba alguna comida. Los libros le hacían compañía tan a menudo que ella había memorizado la mayor parte de ellos. Mansfield Park. Waverley. Guy Mannering. Su garganta se cerró. Por supuesto, ella renunciaría a sus queridas posesiones con tal de cedérselas a Grace y a su madre.
Eso es lo que hacían los amigos.
Grace buscó a través del confinado espacio para apretar la mano de Jane de nuevo. "Eres la mujer más amable que jamás he conocido. Aceptaré un préstamo, pero no un regalo. Te devolveremos los libros tan pronto como los hayamos leído."
Parte de la tensión en los hombros de Jane se evaporó. "Como desees."
El carro se sacudió a una parada. Lord Carlisle y la señora Halton intercambiaron unas sonrisas satisfechas. Grace aplaudió de entusiasmo.
Jane se concentró en sobrevivir la noche con su orgullo intacto.
Lord Carlisle ayudó a su esposa a bajar del carro y posteriormente, a su suegra. Cuando llegó el turno de Jane para descender, ella recuperó su coraje y se obligó a levantarse de su banqueta. Solo era un evento social. Lograría superarlo.
Una vez en Bow Street, todos inclinaron sus cabezas contra el amargo viento y se adentraron en el vestíbulo del teatro. El calor los envolvió. Para los demás, el calor de la chimenea podría haber sido bienvenido, pero para Jane, era su señal de que había entrado definitivamente en el infierno. Una multitud de novedosas caras se giraron de golpe hacia ellos.
"¡Señor Carlisle! ¡Señora Carlisle!"
"¡Está radiante, Lady Carlisle! ¡Me alegra verla de nuevo, señora Halton!"
"Me imagino que querrá recuperar sus rucios, Carlisle. ¡Me atrevería a decir, no obstante, que sus precios se han duplicado!"
"Por favor, diga que vendrá a nuestra cena el próximo mes, Lady Carlisle."
"Una encantadora novia, Carlisle. ¿He oído que la madre es viuda?"
"Enhorabuena por su boda, Lady Carlisle. ¿Es esta impresionante dama su madre?"
"¡Así es!," exclamó Grace, radiante como nueva condesa. "Su eminencia, le presento a la señora Halton. Mamá, he aquí su eminencia, el duque de Lambley." Grace agarró a Jane por la muñeca y tiró de ella con firmeza. "Y esta es la señorita Downing, mi mejor amiga. Es igual de brillante que hermosa."
El duque se inclinó sobre los dedos de Jane. "En ese caso, es todo un placer conocerla."
"Igual para mí." Ella se abstuvo de mencionar que ya se habían visto al menos una decena de veces anteriores. No era culpa del hombre, no obstante. No se podía esperar que los libertinos se acordaran de los nombres de todas las damas con las que habían pasado un buen rato, mucho menos de las humildes mujeres florero.
"¡Grace!," gritó una voz femenina y chillona. "Quiero decir, Lady Carlisle. ¿Adora haberse convertido en condesa?"
"Definitivamente adoro a mi conde," respondió Grace con una carcajada. "Matilda, esta es mi amiga, la señorita Downing. Jane, me gustaría que conocieras a la señorita Kingsley."
Parecía grosero decir: la conocí cuando tuvimos nuestra presentación en sociedad la misma noche, y luego otra vez cuando su primo desapareció en una velada musical y la señorita Kingsley necesitaba a alguien con quien pasar el rato; y posteriormente también cuando el club de señoras se comprometió a recoger pañuelos bordados a favor de varias asociaciones benéficas, por lo que Jane solo suspiró y dijo, "¿Qué tal está?"
Como siempre, siempre hacía.
Su vacío interior bostezó. Jane no era solo un accesorio más de la alta sociedad—era un accesorio a secas. No era más memorable que una alfombra o la cuerda de una campana.
Grace se colgó del brazo de Jane y la hizo girar hacia uno de los jóvenes hombres. "Este es mi mejor amiga, la señorita Downing. Jane, este es el señor Fairfax."
Otra cara conocida.
El hombre rozó el dorso de su mano enguantada con los labios. "Por favor, no se crea todo lo que escriben sobre mí en los diarios sensacionalistas."
Ella sonrió brillantemente. "¿Así que no es usted un granuja incurable adicto a los garitos y los burdeles caros?"
Grace tosió contra su mano.
Jane parpadeó hacia ella inocentemente.
Como era de esperar, el señor Fairfax no la estaba escuchando. Su mirada ya había sido capturada por una joven en un vestido esmeralda, y ahora estaba incluso desapareciendo entre la multitud sin preocuparse siquiera de despedirse.
Grace le lanzó a Jane una mirada de advertencia, pero antes de que pudiera empezar siquiera a pronunciar una reprimenda, estuvo rodeada nuevamente de simpatizantes. "Oh, ¡por supuesto, Lady Grenville! Me encantaría que conociera a mi madre. Mamá, esta es..."
Jane dio un paso atrás entre las sombras. Supuso que el lado positivo de que nadie se acordara de ella nunca era que podía perpetrar su comportamiento extravagante siempre que quisiera. El señor Fairfax no se había sentido insultado. Él ya le había olvidado.
Ella dejó que las voces se desvanecieran a un zumbido lejano. Su habilidad para ignorar el mundo exterior y vivir dentro de su cabeza era clave para superar cada aburrido e interminable día. Cuando estaba en casa, ella se adentraba en el mundo imaginario de sus libros. Y cuando estaba en el teatro real... bueno, vivir dentro de su cabeza era mejor que ser presentada a las mismas inexpresivas caras una y otra vez.
A otros podría no importarles. Su hermano, Isaac, prefería ser invisible. Él era aburrido a propósito, solo para mantener su nombre fuera de la lista de los hombres más buscados en el mercado matrimonial. Apreciaba su soledad.
Jane era todo lo contrario. Ella decía a menudo las cosas más escandalosas con la esperanza de atisbar un flash de conciencia durante solo un segundo en los ojos de otra persona, pero nunca, nunca sucedía. Si había una manera aburrida, inofensiva, de interpretar sus insultos más audaces o dobles sentidos, así era precisamente cómo se entendían—antes de ser olvidados rápidamente. Era como si la alta sociedad sufriera de amnesia total cuando se trataba de Jane. Janesia.
"Damas." Lord Carlisle le ofreció un brazo a su esposa y el otro a su madre. "Ha llegado la hora de tomar nuestros asientos."
Jane arrastró su paso.
No era que sus amigos le hubieran olvidado. Lord Carlisle tenía dos brazos y estaba escoltando a tres mujeres. Además, Jane estaba acostumbrada a caminar desapercibida entre las sombras de otras personas.
Cuando era más joven, había pensado que tal vez sus andares eran el problema. Tal vez había absorbido tanto el aburrimiento descuidado de Isaac que su forma de caminar hacía que fuera invisible a ojos de los demás.
Eso había sido algo bastante fácil de corregir. Ella había intentado pavoneándose como un pavo real. Menearse como una mujer de clase marginal. Incluso jactarse como un dandi. Una vez, había caminado lentamente arrastrando los pies detrás de su hermano con la boca abierta como si fuera una muerta viviente con la intención de comérselo vivo. Fue en el baile anual Sheffield de Navidad. Frente a cientos de testigos. Por lo menos, había esperado ganarse un apodo horrible, aunque pegadizo, como Lady Autómata o hasta pobre señorita Downing, ¿qué diablos le sucede en la cabeza?
Nada. Ni una mirada fugaz. Completa Janesia.
Lord Carlisle se detuvo delante del palco de Ravenwood y sostuvo la cortina. La señora Halton se deslizó dentro primero, seguida inmediatamente por Grace. Justo cuando Jane se estaba adelantando, Lord Carlisle entró detrás de su esposa. La cortina no cayó precisamente sobre su cabeza. Ella se las arregló para apartarla y se apresuró a entrar lo más rápido posible. El palco era tenue pero suntuoso. Ella se colocó un par de bigudíes más en sus despeinados rizos y se acomodó en un asiento vacío.
Por supuesto, Carlisle deseaba sentarse al lado de su esposa. Estaban recién casados. Y Jane era una solterona. Incluso si de alguna manera pudiera llamar la atención de un hombre, ¿cuánto tiempo la mantendría? Su cerebro era una marca en su contra, y en cuanto a su supuesta belleza... bueno, su propio padre siempre le había dicho que era muy linda—para ser una chica regordeta.
Aunque la moda de talle alto actual no ayudaba nada a la hora de disimular su gordura, las faldas tubulares y ondulantes hacían que todas las mujeres parecieran más redondeadas, así que al menos no era la única mujer joven afectada por ello. Solo la única indeseable.
El público rugió con entusiasmo cuando la espesa cortina roja comenzó a abrirse en el escenario.
Grace se inclinó hacia su marido con el ceño fruncido. "¿No va a venir?"
Lord Carlisle deslizó su mano en la suya. "Llegará pronto. Nunca rompería su palabra."
Jane habló en voz baja cuando se volvió hacia ellos. "¿Quién no va a romper su palabra?"
"Un viejo amigo," murmuró Carlisle justo al mismo tiempo que Grace dijo, "El capitán Grey."
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