Capítulo Diez

 
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Una semana más tarde, Grace volvía a ser parte del mar de solteronas. Ahora que el beau monde sospechaba que era fácil a la hora de prestar sus favores, las invitaciones se habían duplicado. Por supuesto, no eran precisamente para eventos donde una chica como ella pudiera encontrar un pretendiente casadero. Enderezó la espalda. Esta iba a ser su última velada de clase alta. Tenía que encontrar un marido aquí. Esta noche. O no volvería a ver a su madre.

Finalmente podía entender cómo la desesperación podría conducir a algunas voluntades débiles directas a la botella. Pero no todo estaba perdido. Aún no. Todavía quedaban unas pocas horas antes del amanecer. Ella bebió el ultimo trago de su copa de un solo golpe. Sabía que tenía muchísimos defectos, pero rendirse sin haber luchado no era uno de ellos. Simplemente no era una opción. Incluso si el mayordomo de esa noche casi no había dejado que Grace y su doncella pasaran por la puerta.

¿Dónde diablos estaba la chica, de todos modos? Grace miró a través de la multitud. No importaba. Su reputación ya estaba en tela de juicio. Apartó la mirada de su tarjeta de baile en blanco colgando inerte de su muñeca y enfocó sus ojos en la entrada del salón de baile con la esperanza de divisar algún pretendiente potencial. Cualquier pretendiente, para el caso.

Pero no había ninguno. Grace bajó la mirada a su copa vacía. Nadie se apresuró a volver a llenarla. Nadie se fijaba en ella en absoluto.

Llegados a este punto, estaría agradecida incluso de llamar la atención de uno de los viejos verdes, siempre y cuando no necesitara dinero y estuviera dispuesto a dejarla regresar a los Estados Unidos a por su madre. El resto de su lista de requisitos se había ido volando por la ventana.

En una ráfaga, la señorita Jane Downing se precipitó en el salón de baile desde un pasillo contiguo, con sus ojos brillantes y rostro sonrojado. Grace frunció el ceño. No podía recordar ver a la señorita Downing moverse a una velocidad superior a la glaciar, y mucho menos tener color en las mejillas.

Hermosa e inteligente, la señorita Downing era la única amistad sólida que Grace había logrado crear desde su llegada, y estaba profundamente apenada de no ir a ser capaz de mantenerla. La señorita Downing era respetable. Grace, no. No importaba lo que las chicas pudieran desear, las reglas de la sociedad eran claras. Y Grace nunca dañaría la reputación de alguien que le importara por asociarse con esa persona.

Para su sorpresa, la señorita Downing estaba prácticamente dando brincos cuando llamó su atención. Hizo una línea recta muy poco elegante y ocupó el puesto vacante a su lado, lanzándose sobre la silla de madera dura, como si fuera un trago de agua fresco al final de una extenuante carrera. Su lenta y astuta sonrisa no era otra cosa sino victoriosa.

Grace entrecerró los ojos. "¿Qué has hecho?"

La señorita Downing empezó a aplaudir de alegría. "¡Jamás lo adivinarás! Estaba en la biblioteca, hojeando el último Radcliffe—perdona, pero siempre debo saber cómo termina un libro antes de decidir si podré leerlo desde el principio—cuando lord Carlisle me agarró de la mano y dijo: 'Jane—'"

"¡¿Qué?!" El corazón de Grace golpeó contra sus costillas. Ella había tratado de hacer todo lo posible para no pensar en él en estos últimos días, pero solo escuchar su nombre había hecho que su estómago se retorciese de nuevo.

"¡Dios mío! No serás una de esas snobs que piensa que el final de un libro es sagrado, ¿verdad? Mi hermano Isaac entra en cólera cada vez que me ve haciendo eso, pero, sinceramente, no podía imaginar que—"

"¿El señor Carlisle te ha agarrado la mano?" El estómago de Grace se revolvió. Estaba celosa de la señorita Downing. Por un hombre al que no podía tener. "¿Te ha llamado Jane?"

"Es mi nombre," respondió la señorita Downing remilgadamente.

Grace tuvo que contenerse para no agarrar a su amiga por los hombros y sacudirla. Cualquiera que fuera la noticia que había venido a impartir, estaba claro que estaba enfocada a un propósito. Pero, ¿cuál? No importaba. Si Grace estaba enfadada, herida y celosa, tendría que aguantarse.

Después de todo, no tenía motivos para estar disgustada sobre lo que acababa de ocurrir en la biblioteca. No tenía motivos en absoluto para que la bilis trepara por su garganta al pensar en los dedos de otras mujeres en la palma de la mano del señor Carlisle. Ni para que su corazón se acelerara desagradablemente al darse cuenta de que lord Carlisle se sentía lo suficientemente íntimo como para dirigirse a la señorita Downing por su nombre de pila en un ambiente privado, cuando no se atrevería a mostrar la misma osadía con Grace. Oh, pamplinas. La señorita Downing respondería a sus preguntas o Grace la ahogará en un tazón de ratafía.

"¿Por qué lo conoces?" Preguntó. "¿Cómo sabes su nombre? ¿Por qué te ha agarrado de la mano? ¿Estás enamorada de él?"

Las preguntas de Grace solo sirvieron para ampliar aún más la sonrisa de la señorita Downing, pero vaciló cuando se dio cuenta de la veracidad de su angustia.

"¡Oh! Señorita Halton, no. No de ese modo. Bueno, quiero decir, tal vez en algún momento... hace años, cuando Isaac lo reprendió por estar doblando la cabeza conmigo sobre un libro, descubrimos—para mi absoluta humillación—que el interés del señor Carlisle por la Elektra de Sófocles no era, de hecho, fingida."

"¿Elektra?" Repitió Grace sin entender lo que estaba tratando de decirle.

"Y nade más. Lo que le había llamado la atención no era la nueva pluma en mi sombrero ni la pañoleta de encaje sobre mi corpiño, sino las páginas sin arrancar de un volumen clásico del original texto griego. Podría haber sido una estantería para el interés que me prestó el señor Carlisle."

Grace inclinó la cabeza. "¿Pensaste que..."

"Solo por un segundo." La triste sonrisa de la señorita Downing se iluminó. "Pero ahora somos amigos. No hay nada como un despiadado y furioso Isaac para unir a dos bibliófilos desventurados, aunque solo sea durante un pequeño momento en el tiempo. Además, Isaac tenía razón para sospechar. Si lord Carlisle así lo hubiera deseado, hubiera dejado que se aprovechara de mí ahí entre Eurípides y Aristófanes."

"¿Qué?" Grace se atragantó con la palabra.

"Por supuesto que no puedes entenderlo. Me imagino que debes estar acostumbrada a echar a tus pretendientes de la puerta de tu casa a escobazos. Yo no tengo ese problema. Tengo forma de pera. Lo único a lo que puedo dar escobazos es al polvo de mis estanterías." Los ojos de la señorita Downing se oscurecieron mientras añadía con fiereza, "Yo no le temo a la Espada de Damocles. Yo la deseo. Pero no es esa la vida que me ha tocado."

Grace jugueteó con su copa vacía, repentinamente incómoda. No era justo que la señorita Downing se infravalorase a sí misma de esa manera. Grace no era ningún premio. Ella levantó su muñeca, mostrando su tarjeta de baile vacía. "No eras la única con una importante falta de pretendientes."

"Claro, pretendientes. Eres muy famosa ahora que un hombre inalcanzable se ha batido con otro a puñetazos con tal de defender tu honor, y mientras que eso ha atraído un tipo de atención equivocada hacia tu persona, yo me cambiaría por ti en un abrir y cerrar de ojos."

La simpatía de Grace se transformó en furia cuando la señorita Downing se refirió de un modo tal banal al infierno que Grace estaba viviendo. "Absurdeces. Te ofrecerías a cambiarte por mí sin saber absolutamente nada de mí, ni por qué tengo que sufrir presentándome a todos estos eventos para empezar. Yo—"

"No tengo ni idea de por qué sigues todavía en este salón de baile. No con el apuesto lord Carlisle esperándote en la biblioteca. Impaciente, me atrevería a afirmar."

Su corazón se detuvo. "¿Que está dónde?"

"Ese era el resto de la historia. Lord Carlisle me agarró de la mano y dijo: 'Jane, por favor, encárgate de traer a la señorita Halton aquí sin demora y estaré siempre en deuda contigo.' ¡Imagínate! ¡Un conde pidiéndole algo por favor a una intelectual!" Miss Downing le guiñó un ojo. "Debes gustarle mucho."

Grace le devolvió la mirada sin decir palabra. Sus dedos temblaban. ¿Era esta cita secreta en la biblioteca un intento de evitar dañar aún más su reputación? ¿O era otra cosa? Grace se retorció en su silla mientras escaneaba las sombras a su alrededor. ¿Dónde diablos se había metido Peggy todo este tiempo?

"¿Qué buscas?"

"A mi sirvienta. No tengo ni idea de dónde está, pero no puedo dejar de ser vista públicamente sin—"

"Puedes y debes. ¡Tal vez incluso podrás ganarte el amor del señor Carlisle! Me gustaría poder acompañarte, pero tengo que esperar a mi hermano." La señorita Downing le dio unas palmaditas en la mano. "No te preocupes tanto. Es una biblioteca. No es el único que estará ahí dentro de todos modos." Ella entrecerró los ojos pensativamente. "Es una lástima, si quieres saber mi opinión. Tal vez podríais haber tenido una oportunidad para el romance, pero será mejor que te des prisa. ¿Quién sabe cuánto tiempo estará dispuesto a esperar?"

Asintiendo con la cabeza, Grace se puso de pie. Y se dio cuenta de que aún se estaba aferrando a su copa vacía.

La señorita Downing le tendió la mano con un suspiro. "Dame tu copa. No pasa nada. Todo el mundo espera que la niña regordeta se cebe de consumiciones dobles. Ahora ve a aprovecharte de ese delicioso hombre antes de que descubra el set completo de los Diálogos de Platón en la tercera estantería de la derecha y pierdas todo su interés para siempre."