Capítulo Cinco

 
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¡Berkeley Square, al fin! Oliver saltó de su carruaje. Nunca se había alegrado tanto de ver el jardín cercado de Sarah Fairfax en toda su vida. Necesitaba algo, cualquier cosa, que le ayudara a quitarse de la cabeza su desesperada situación, incluso si solo era durante un par de horas.

Tomó la aldaba de bronce y llamó. En cuestión de segundos la puerta se abrió, revelando unos dos centímetros del familiar rostro del mayordomo de los Fairfax. El destello de dolor en sus ojos no pasó desapercibido para Oliver.

Oliver frunció el ceño. Primble nunca había dudado en abrir la puerta de par en par para cualquiera de los cinco amigos. Sin embargo, continuaba bloqueándole el camino. Oliver se frotó la nunca mientras esperaba una invitación que, obviamente, no llegó.

"¿Qué sucede? ¿Se encuentra mal la señorita Fairfax?" Preguntó con la garganta seca. Entonces, pasó junto al mayordomo, sin importarle correr el riesgo de contagiarse. Una irónica sonrisa curvó sus labios. ¿Qué riesgo? Ya había decidido no seguir con la línea sucesoria de la familia. Una desaparición a tiempo era probablemente lo mejor que podía hacer por la hacienda Carlisle. "¿Sarah? ¿Estás enferma? Soy Oliver. ¿Dónde estás?"

Unas ondas vacilantes sacudieron una tela frontal de tres paneles bordados. Después de un momento lleno de silencio, la joven se arrojó sollozando en sus brazos.

Bueno, algo así. Ambos estaban separados entre sí por un extra de unos cuarenta centímetros de... vientre.

Oliver la miró con un creciente horror. Embarazada. No era de extrañar que no la hubiera visto en la ciudad. No podía salir de casa. Esto era cien veces peor que un simple duelo. Era—

"El bebé de Edmund," dijo ella con la voz entrecortada, mirándolo con unos enormes ojos inyectados en sangre por encima de sus oscuras ojeras. Probablemente no habría dormido nada desde que había recibido la noticia. Ninguna de ellas.

Maldición.

"¿Cómo—? ¿Cuándo—?"

"Brujas," aclaró la joven, sonriendo a través de sus lágrimas. "Él tuvo un día libre, poco antes de que todos fuerais enviados a Waterloo, así que me reuní con él en Brujas. Se supone que es la Venecia de Bélgica, y es preciosa en cualquier época del año. Edmund y yo... Edmund y yo... ¡íbamos a casarnos!" Ella se alejó de los brazos de Oliver y se sentó en la silla más cercana, sollozando sin parar y con el rostro enterrado entre sus manos. "¡Yo iba a estar con él para siempre y ahora todo lo que me queda es su bebé bastardo!"

"No—" hables de esa manera, había estado a punto de decir Oliver. Pero tenía razón. Maldita sea. Habían ido a Waterloo a principios de junio y ahora estaban a principios de enero. Siete meses. Sarah Fairfax estaba soltera y embarazada de un hombre muerto. A los veintidós años, su vida estaba acabada. Oliver se hundió en la silla frente a ella y tomó sus manos. "¿Quién lo sabe?"

"Los criados, por supuesto. Mis padres. Y ahora tú." Ella lo miró con una irónica sonrisa. "¿Por qué? ¿Vas a ofrecerte? Otro par de meses y tendré la semilla de mi dote."

Oliver gruñó. Lo único que iba a evitar que hiciera precisamente eso—rescatar a la novia embarazada de su amigo llevándola hasta el altar—era que no podía estar seguro de poder seguir manteniendo un techo sobre su cabeza dentro de dos meses, y mucho menos ser capaz de cuidar y mantener a una viuda afligida y un niño recién nacido. Él soltó las manos de la señorita Fairfax.

Oliver no era como Ravenwood, quien creía que el matrimonio era solo para parejas enamoradas. Tonterías. Oliver nunca había experimentado el amor de ningún tipo. Había aprendido hace mucho tiempo que la vida exigía ser más pragmático que idealista. Lo mismo parecía pensar la señorita Fairfax, o no hubiera hecho esa broma que no iba tan en broma. Ella conocía a Oliver de toda la vida. Sabía que correr para rescatar toda causa perdida era su debilidad. Esta vez, sin embargo, estaba con las manos atadas.

Espera un minuto. Su pie comenzó a rebotar de entusiasmo. ¡Ravenwood era la respuesta!

Ese tipo tan aburrido estaba de dinero hasta las cejas. Probablemente tenía fajos y fajos de billetes escondidos bajo el colchón. Ravenwood podría no molestarse siquiera en darle a Oliver la hora del día, pero podía ser de confianza para guardar un secreto. Con un pequeño préstamo, la señorita Fairfax podría tomarse unas vacaciones no planificadas en el campo. Sarah era demasiado orgullosa como para aceptar la caridad de los demás, pero una vez que Ravenwood accediera a ayudar, Oliver haría lo imposible por convencerla. Si ella daba al bebé en algún lugar lejos del norte, los londinenses no tendrían que enterarse nunca.

Su sangre corrió en estampida. ¡Perfecto! Si pudiera disuadirla para tomar el dinero—y a Ravenwood para ofrecerlo—Sarah podría haber recuperado su antigua vida para el próximo año alrededor de estas fechas. Oliver inclinó la cabeza hacia ella, pero algo impidió que echara a hablar.

Ella había dejado de llorar. Sus ojos y mejillas seguían rojos, y todo su cuerpo estaba hinchado, pero su respiración volvió a la normalidad cuando sus dedos se curvaron sobre la redondeada protuberancia en su estómago.

¿Acababa de... sacudirse?

Ella lo miró con una risita incrédula. "¡Hipo, Oliver! Este pequeño bribón está dando saltitos en mi vientre con hipo."

La sonrisa que Oliver le dedicó en respuesta fue más automática que genuina. Una vez más, era demasiado tarde para salvarla. La señorita Fairfax jamás renunciaría al bebé de Edmund. Jamás recuperaría su antigua vida.

Ninguno de ellos lo haría.