XXV
LA despedida fue triste, haciendo honor al tópico.
Una escolta de infantes de Marina armados hasta los dientes condujo a la atribulada delegación a los muelles, sin incidente alguno digno de mención. Los ciudadanos de Lárnaca, que creían que todos los republicanos se iban a marchar, no los despedían con flores, aunque tampoco con malos modos. Una vez que los barcos zarparan, sería el turno de arrasar hasta los cimientos el barrio extranjero, y darles su merecido a los que en él se refugiaban. Muchos hombres que antes se habían mofado de los oficiantes del Inefable Advenimiento tendrían ahora la ocasión de demostrarles su fervor religioso, de forma poco arriesgada y edificante. De hecho, ya empezaban a marchar hacia allá. Por desgracia para ellos, no contaban con que en el barrio había quedado un retén de soldados muy motivados por el valor del doctor y sus amigos, y que tampoco tenían nada que perder. Por lo demás, cuando la escolta regresara del puerto, podrían pillar a los revoltosos con un movimiento envolvente.
El cónsul y los suyos embarcaron con cierta urgencia. Temían que los marineros también se sublevaran y desertaran, pero ninguno de ellos había sido testigo de la masacre de Fan’dhom. Algunos oficiales pensaron en acompañar a los infantes, pero el propio Azami, buen amigo de ellos, les rogó que no lo hicieran. Quedarse sería un sacrificio inútil, y tenían la obligación de devolver los civiles a casa. También se les encomendó el deber de contar a los demás que quienes se quedaron cayeron con honor, y luchar por que la poetisa Aldara y sus secuaces no ensuciaran su memoria.
Valera subió al Orca detrás de Isa Litzu. Por supuesto, no le había pedido que se quedara. Su principal interés era velar por el destino de los tesoros obtenidos con tanto esfuerzo.
—Tienes mi palabra de honor de que la documentación será entregada a los científicos que me has recomendado. Y por supuesto —suspiró—, aunque perdamos dinero, lo venderemos todo a la Universidad. Hasta hace un rato pensaba en ganar algo de oro gracias a parte de tus cachivaches, y que les dieran morcilla a los sabios. Los traficantes nos los pagarían muy bien, pero… Mierda, me estoy haciendo vieja.
—Gracias, Isa; nunca he dudado de tu integridad —Valera sonrió—. Por cierto, me he molestado en redactar un listado de objetos redundantes o de escaso interés científico, que podéis quedaros de recuerdo o endosárselos al mejor postor. Considéralo como un pequeño pago por los servicios prestados.
Se miraron el uno a la otra durante un rato, en silencio.
—Fue bonito mientras duró, Isa.
—Lo fue —la capitana estaba muy seria, sin perder la compostura—. Eres consciente de a qué estás renunciando, aparte de la vida, ¿verdad? Te queda tanto por descubrir…
—Resulta irónico. Hasta el día que regresamos a Fan’dhom, me sentía como un personaje de novela de aventuras o de ciencia ficción. Luchamos contra los malos y los elementos, y los vencimos. Obtuvimos nuestra recompensa, y ante mí se abría el porvenir que siempre había soñado.
—Y lo arrojaste por la borda así, sin más —la expresión de Isa Litzu era severa.
—Qué se le va a hacer. Cuando me sacaron de la casa de Almanzora, me di cuenta de la irrelevancia de mis propósitos. Es inmoral, obsceno, que yo me lo pase en grande mientras sufren y mueren aquéllos por quienes deberíamos velar.
—Lo tuyo tiene un nombre: idealismo patológico.
—Tengo que hacerlo, Isa. Es mi deber. Y no soy el único que piensa así. Estoy acompañado. Al menos, he recuperado mi fe en el prójimo.
—No vais a salir de ésta. El acorazado imperial regresará y os machacará.
—Lo asumimos —se le escapó un suspiro de resignación—. Pero esos pobres refugiados creen que escaparán, y saben que alguien peleará por ellos. Y cuando llegue el final, al menos tendrán (tendremos, mejor dicho) una muerte rápida. Y nos llevaremos a algunos por delante —añadió—. Eso no le devolverá la vida a Almanzora y sus hijos, pero mira por dónde, la idea me reconforta.
—Ni siquiera dejarán que os arriméis a ellos. Simplemente os sacrificarán como a conejos.
—Bueno, intentaremos ponérselo difícil. Requisaremos cuantos barcos podamos, aunque sean cascajos remolcados por dirigibles escuálidos, y porfiaremos por llegar a la República. Una vez allí, a ver si hay cojones de mandarnos de vuelta al Imperio.
—En Lárnaca sólo quedan bajeles indignos de tal nombre. Nunca lo conseguiréis.
—Mientras los refugiados no lo sepan… Albergan una ilusión, y nuestro deber es mantenerla.
Volvió a hacerse el silencio. Todo estaba ya dicho. O casi todo.
—Práxedes…
—¿…?
Por un momento pareció que Isa Litzu iba a añadir algo más, pero se limitó a poner sus manos en los hombros del doctor y mirarlo fijamente a los ojos. Meneó la cabeza con pesar.
—Maldito loco.
—Será mejor que me vaya, Isa. Los hombres de Hakim se estarán impacientando, y es mejor que partáis antes de que se compliquen aún más las cosas. Adiós, Isa. Que el mar te sea propicio.
—Adiós, Práxedes.
Y eso fue todo. El doctor no quiso prolongar más la despedida; se estaba emocionando. Le habría gustado besarla por última vez, pero ella parecía tan seria, tan distante… Se dio la vuelta y abandonó el Orca. Saludó a Omar Qahir y bajó al muelle. Los huwaneses lo siguieron con la mirada, muy serios. Respetuosos, mejor dicho.
A toda prisa la flotilla republicana soltó amarras y enfiló hacia la bocana del puerto. Los infantes de Marina quedaron atrás. Si alguno de éstos contempló con desesperanza la salvación que se esfumaba a golpes de cola, no lo demostró. El capitán Corrochano, amigo personal de Azami, ordenó al personal de la Armada que formara y rindiera honores. Era lo menos que podían hacer, aparte de sentirse como unos villanos por huir de aquella manera.
El cónsul pudo por fin respirar tranquilo cuando les dejaron pasar a través del sistema de redes, sostenido por dirigibles cautivos, que protegía la entrada del puerto. A su lado, en corro, los asesores hacían planes para el regreso al hogar. La poetisa Aldara ya estaba pergeñando su nueva obra de teatro, donde expondría descarnadamente las claves últimas del conflicto entre civilización y caos. Efrén Balthus diseñaba una campaña de recogida de firmas en solidaridad con los oprimidos. Y el comandante del barco se estaba planteando muy seriamente atarle a cada uno un ancla al cuello y arrojarlos a las nubes.
★★★
El Orca seguía al navío republicano, como un miembro obediente del convoy, pero su capitana no miraba al frente, sino hacia las costas que se iban perdiendo en la distancia. No era la única. Luego se reunió con Omar Qahir, que terminaba de oficiar una sobria ceremonia religiosa en honor a los que unieron su suerte a la de los condenados.
—Esta vez anduvo cerca, Omar.
—Hemos salido con vida, sí.
—A ti tampoco te gusta —era una afirmación, no una pregunta.
—Eligieron voluntariamente su destino. Su valiente gesto será recordado, y agrada a los dioses.
—Y habrán muerto dentro de una semana. Es un sacrificio estéril. Pobres idiotas. Aún no sé cómo nos metimos en esto. Lo nuestro es navegar en libertad, sin implicarnos en los asuntos de los poderosos, ni tomar partido.
—No nos hemos ido de vacío.
—Un viaje fructífero, al final.
—¿Adónde nos dirigiremos después de dejar la carga, Isa? Estos mares no son seguros.
—El mundo es grande, Omar.
—Cada vez menos.
Isa Litzu entró en su camarote. Sus hombres comprendieron que deseaba estar sola. Paseó por la habitación lentamente. Su cara era una máscara inescrutable incluso allí, sin nadie que la observara. De vez en cuando se paraba y contemplaba por el ventanal que daba a popa a la isla que se difuminaba en el horizonte, mientras ponían nubes de por medio. Ocasionalmente echaba un vistazo al cuadro de los consagrados al Señor de la Muerte, unos antepasados que vivieron en una época tan remota que sólo se recordaba en los cuentos de viejas. Su heroísmo ciego no se estilaba en estos tiempos tan prosaicos.
En un momento dado, abrió un armarito en la pared, donde guardaba algunos objetos sin valor hacia los que experimentaba cierto apego sentimental. Y entre ellos dio con uno que se le había olvidado: el colgante que le ofreció Gádor a cambio de la diadema. Sostuvo entre sus manos aquella tosca representación de una diosa extraña, una figurilla que sostenía el arco iris. ¿O era la bóveda celeste? Jugueteó con ella, absorta en sus pensamientos, mientras navegaban rumbo a archipiélagos más propicios.