Epílogo
Santander, diciembre de 2011.
Valvanuz salió vestida con el chándal para cumplir con el paseo diario por la playa. Eran las nueve y media de la mañana y había descubierto un gran placer en recorrer los arenales con Grey y los escasos paseantes madrugadores. Había recuperado el mar. Su infancia había transcurrido arrullada por un mar amable, con olor a yodo y sabor a sal. Bajo el fragor del estrépito de las rompientes, en un prado cercano al faro, había despertado inocentemente a las suaves caricias y a los sabrosos besos del amor. Pero abandonó el mar en pos de una quimera y la tierra, agreste, dura y fría, la envolvió con la cruel realidad del escarnio y la humillación. Como una barca vieja, rota y sin remos, se encontró de retorno al mar; pero el mar había cambiado, se había encrespado con múltiples borreguillos blancos que levantaba el viento, se había vuelto grisáceo y frío y amenazaba con ahogarla. Hasta que la mano grande, fuerte y segura del que encendió la hoguera del deseo, surgió entre la bruma para sostenerla frente a las inclemencias. Con una sonrisa le infundió seguridad; con una palabra, determinación; con un roce, calor a la piel. Y el mar perdonó su defección: había vuelto a arrullarla como cuando era niña y tornó los sueños en hilachas de algodón rosa y dulce. El corazón prendió en llamas en cuanto reconoció a su amor adolescente un día de sur, a su amigo, a su amante.
Dirigió una última mirada a la playa desde arriba antes de cruzar hacia Pérez Galdós, con Grey ya sujeto de la correa. Era un día maravilloso, también de sur, cálido y acogedor, en el que el mar devolvía el color azul del cielo a quienes lo escrutaban, y el horizonte, envuelto en brumas, escondía la incertidumbre del más allá. Pero nada de eso inquietaba a Valvanuz porque, para ella, había merecido la pena vivir, por una sonrisa, por una caricia, por un beso.
Entró en casa y dejó la correa de Grey colgada detrás de la puerta de la cocina, oyó el aspirador que pasaba Rita en el cuarto de las niñas y se encaminó al de Teo, ahora también suyo. Echó un rápido vistazo al reloj y calculó que todavía se encontraría operando en algún quirófano del hospital. Se enfrentó al espejo antes de correr la puerta para cambiarse de ropa e, igual que le había sucedido algo más de un año atrás, no se reconoció. La piel había adquirido el color dorado de las arenas, los ojos la alegría y la viveza del mar y de la comisura de sus labios colgaba la felicidad.
Teo experimentó un déjà vu frente al espejo: las Navidades pasadas no consiguió vestirse adecuadamente por la operación. Se miró de perfil y disfrutó con su figura, ya no era un payaso, ya no había razón para avergonzarse; al contrario, era un cuerpo querido, lleno de besos y abrazos. Se acercó y observó su cara, ya no le parecía tan fea, no era que se hubiera vuelto guapo de pronto, no creía en los milagros; pero se miraba con otros ojos, con los de Valvanuz que todo lo pintaba de colores. En un par de semanas había redecorado el dormitorio porque decía que le parecía estar viviendo en un hotel. Lo había logrado con bastante acierto, moderno, pero no cursi ni recargado. Se gastaba un dineral en revistas de decoración y se las estudiaba literalmente, luego entraba en Arte España y Teo se sentaba en una silla y la observaba mientras escogía tejidos, colores y los combinaba con maestría, como si llevara años haciéndolo. La encargada ya los conocía y se desvivía en cuanto los veía atravesar la puerta. ¡Cómo para no hacerlo! Quedaba un hotel por decorar y la vendedora ya se habría informado al respecto.
Se alejó del espejo para ponerse los gemelos. Era Nochebuena y había invitado a David y a Francisco a cenar con sus respectivas familias; Amelia había sido borrada de la agenda y Juan se hallaba desaparecido por Mallorca, o eso creían ellos. Había mantenido una conversación con David, quien le contó que Antonio había protagonizado una buena trifulca con Amelia cuando le pidió fondos para hacer frente a unos gastos del hotel y se encontró con la cuenta vacía. Teo decidió confiarle a David el acoso al que le había sometido Amelia por el dichoso testamento y la boda. David guardó silencio durante largo rato y, finalmente, le confesó que la idea de apartarlos de la sociedad, a él y a Juan, había partido de ella, aunque reconoció que eso no lo exculpaba porque la apoyó sin miramientos. E inopinadamente, David le abrió el corazón: que siempre lo había admirado como hermano; que había respetado sus opiniones y su vida; que el día que le comunicaron que se había derrumbado en el quirófano sintió que perdía suelo; que habría muchos más desacuerdos y discusiones entre ellos porque eran diferentes; pero que le estaría eternamente agradecido porque había solucionado aquel terrible entuerto con una lección de generosidad y entendimiento, por lo que él se comprometía a velar por Juan. Teo, por su parte, se sinceró también: que había excluido definitivamente a Amelia de su testamento. Por una parte, porque estaba cansado de aguantarla y que sólo deseaba vivir feliz sin escuchar sus admoniciones; y por otra, porque David tenía razón: la vida, cuando era muy fácil, no se valoraba, por lo que le había sugerido a Amelia que tirase de su familia y que dejase de buscar apoyo en los hermanos. En toda guerra se produce alguna baja: había perdido una hermana; pero se había asegurado el reconocimiento de sus hermanos como hombre cabal y cabeza de familia.
Como eran muchos esa noche, la cena había sido preparada por las cocinas del Ámsterdam, aun así, Valvanuz y las chicas habían trabajado duro para disponerlo todo. Alicia lo había llenado de orgullo, ella desconocía que había hablado con Teresa, quien le había relatado el encuentro con el padre: «mi padre está en Santander y es un hombre encantador que me llama todos los días». Eran las palabras que llevaba prendidas en la solapa de su vida, en el alma. La fueron a buscar al aeropuerto de Parayas y, por primera vez, no dejó que ella diera el primer paso, se adelantó y la estrechó entre los brazos. ¡Cuántos divorcios! ¡Cuántos hijos perdidos por la estupidez del padre! Sabía de casos en el hospital, de compañeros divorciados que habían dejado plantada a la mujer con los hijos sin volver la vista atrás, sin remordimientos. ¿Cómo se puede abandonar un hijo? No eran suyas, y en pocos meses las había llegado a querer como a tales, se desvivía por complacerlas, por arrancar una sonrisa, una mirada cómplice, por conseguir un beso.
Oyó el timbre de la puerta de abajo, empezaban a llegar. Volvió a mirarse al espejo y se ajustó la corbata de nuevo. Nunca se había sentido tan vivo como cuando las piernas de Valvanuz se enredaban en su cuerpo exigiéndole hasta el último aliento para compensar todos los años perdidos; y nunca había sentido la presencia oscura, fría y siniestra de la muerte: «Ya no es ayer; mañana no ha llegado; hoy pasa, y es, y fue, con movimiento que a la muerte me lleva despeñado». Eran unos versos de Quevedo que le recitó un paciente y que se le quedaron grabados por lo gráficos que resultaban. Estaba nervioso, iba a dar cuenta esa noche a la familia de su decisión: abandonaba el Igualatorio y restringía su servicio en Valdecilla. No se atrevía a dejarlo completamente, demasiada vocación, lo echaría de menos y se arrepentiría. Había llegado a un acuerdo por el que lo eximían de las guardias. Lo preferían a prescindir de una reputación como la suya. Quería dedicarle a Valvanuz todo el tiempo y, egoístamente, a él también, se lo debía. Quería ayudar a las chicas a situarse, aconsejarlas. Se había perdido la infancia, la adolescencia y quería vivir sus bodas, sus maternidades, sus éxitos. Allí estaría él, a su lado, sosteniéndoles la mano en el día a día, acompañándolas al altar, enjugándoles las lágrimas cuando cayeran, endulzándoles los sueños.
Oyó la voz de Valvanuz, que recibía a los que llegaban, y se le vinieron a la mente los versos de una cantiga que tuvo que aprender de memoria de pequeño, uno de esos ejercicios que mandaban en el colegio para estimular el aprendizaje que, aunque escritos en gallego, la traducción venía a decir así:
«Ésa que vos hicisteis parecer mejor
que cuantas conozco, ay Dios, hacédmela ver
si no, dadme la muerte».
¡Qué viejo era el amor! ¡Cuántos siglos moviéndose el hombre bajo la envidia, la avaricia, el amor o el odio! Se luchaba por un mundo mejor pero, lejos de ello, se repetían los errores, las inquinas, las pasiones. ¡Cuántas veces había hecho el amor! Con mujeres distintas, en sitios diferentes, en otro idioma, cambiando posturas y, al final, todo era lo mismo: se repetían los movimientos, los sentimientos, todo era viejo, inventado, usado. Sin embargo, el trovador medieval rogaba a Dios que le mostrara una mujer en concreto que le hiciera sentir algo único, algo que, para él, no había sido estrenado. Y Teo comprendió que el amor es nuevo para cada uno, es el descubrimiento que realiza uno mismo y esa búsqueda, lenta y repetitiva como una canción, es el motor de la vida. Se apoyó en la jamba de la puerta antes de abrirla y rezó con la misma pasión con que lo habían hecho los hombres durante siglos: «Por favor, Dios mío, no me deis la muerte ahora que me la habéis mostrado».