26
Matty
El Vidente Más Poderoso del Mundo tiene catorce años. Está sentado en su cama del dormitorio del desván, con los ojos cerrados, y tiene una caja de colores naranja y blanco junto a él. Ahora la caja está vacía. Lleva el regalo, su herencia, colgando del cuello, el acero frío sobre el pecho desnudo.
Se siente un poco decepcionado de que no sea oro de ley, pero tampoco mucho. Pasa la mano por la mella serrada que dejó la bala y la abolladura lo hace sentirse al mismo tiempo más vulnerable y más poderoso.
Ese resulta ser un estado mental propicio.
Abandona su cuerpo y empieza a elevarse. El tejado se aleja bajo él, las copas de los árboles se convierten en un borrón rojizo anaranjado. Gira en el aire y se pregunta adónde ir. Al sur, decide. Quiere ir a visitar a alguien.
No domina mucho la geografía de Chicago, pero le basta con pensar en el lugar al que quiere ir para que su espectro encuentre el camino. Se cuela en el edificio y baja al sótano.
Princess Pauline está en su establo real, mascando heno con solemne dignidad. No presta atención a los tubos que salen de su cuerpo e ignora al inesperado huésped que flota junto a ella.
Matty desciende y mira a través de la ventana de plexiglás que la vaca tiene a su lado. En junio le resultaba muy difícil ver el corazón artificial que le daba vida, pero ahora puede acercarse tanto como quiera. Empuja su punto de atención hacia adelante, de modo que su cabeza y sus ojos espectrales atraviesen la ventanilla.
«Esto es lo más asqueroso que he hecho nunca», piensa el Vidente Más Poderoso del Mundo, pero aun así mola bastante. El corazón es mucho mayor de lo que esperaba, un trozo de plástico que reposa sobre el tejido de la vaca. A Su Alteza no parece molestarle la intrusión.
Matty experimenta una sensación de camaradería profesional respecto a aquel animal. Es su socia en el negocio de la transparencia: allí donde él es invisible, ella lo muestra todo.
—Me alegro de que estés bien —le dice, aunque, naturalmente, ella finge no oírlo.
Matty levita a través de las capas de cemento, a través de tuberías y cables de teléfono, hasta que vuelve a estar en el cielo, sobrevolando Downers Grove. El sol se está poniendo y las nubes tienen un peculiar tono rosado. Qué interesante. Sube más para verlas mejor y de pronto se encuentra rodeado de vapor de agua, cegado por el blanco.
Así pues, sube todavía más. Poco a poco ha descubierto que la navegación es un acto de la imaginación.
Se eleva por encima de la capa de nubes. A lo lejos por encima de él, el cielo pasa de morado a negro, la luna es un cuarto entre las sombras. En algún lugar de su superficie hay una bandera estadounidense. Se pregunta si seguirá ahí y qué aspecto tendrá vista de cerca.
Se planta allí en un instante.