10
Buddy

009

La Vidente Más Poderosa del Mundo lleva veintiún años muerta. ¡Larga vida al Vidente Más Poderoso del Mundo!

Pero Buddy no se siente poderoso. Las aguas revueltas del tiempo tiran de él. El intenta aferrarse al momento presente, pero una y otra vez se ve arrastrado al pasado. En su día, su recuerdo del futuro era tan extenso (y tan lleno de agujeros) como el que tenía del pasado. Pero ahora apenas queda futuro. Todo se termina en un mes, el 4 de septiembre de 1995, a las 12:06 del mediodía.

Blip.

A veces, cuando piensa en ese día, lo embarga el terror. Otras, simplemente la tristeza. Se perderá muchísimas cosas, pero lo que más le duele de todo es que ya nunca volverá a ver al amor de su vida.

En otros momentos, sin embargo, lo agradece. Tras el parón en seco vendrán muchas cosas horribles, sin duda, pero él ya no tendrá que verlas una y otra vez. El futuro dejará de ser responsabilidad suya. El título de Vidente Más Poderoso del Mundo recaerá en otra persona y él podrá descansar, por fin.

Pero las limitadas provisiones de futuro solo hacen que el tirón del pasado sea todavía más fuerte. Sabe que no puede recrearse en la historia, pero a veces —como ahora mismo, en este momento de conciencia— querría estar en otro lugar, en un sitio donde hiciera frío y hubiera nieve al otro lado de la ventana. Porque en este ahora hay treinta y cinco grados y a él le cae el sudor por el pecho desnudo. Está agachado sobre el peldaño de la entrada, colocando baldosas de cerámica en filas y columnas, y tiene los calzoncillos empapados y pegados al culo. Es imprescindible colocar las baldosas y dejar que se sequen antes de que el cemento se solidifique.

—¿Es así como lo quieres? —pregunta una voz.

Ah, sí, Matty —en su versión de catorce años— le está echando una mano. Está mezclando el mortero en uno de los cubos de plástico grandes.

Buddy asiente con la cabeza. Pero el chico tiene más preguntas. Quiere saberlo todo sobre la Increíble Familia Telemacus. Dónde actuaron, qué pensaba la gente de ellos… Buddy lo ignora. Cuantas menos cosas sepa Matty, mejor. O, por lo menos, eso cree Buddy.

Matty sigue hablando. Realmente tiene muchas ganas de saber cosas sobre su abuela. ¿Cómo era en el escenario? ¿Es verdad que trabajaba para el gobierno?

—¿La abuela Mo podía abandonar su cuerpo? —pregunta Matty. Buddy se gira hacia él y lo mira con el ceño fruncido—. Ya me entiendes —dice Matty—. Atravesar las paredes, digo.

Buddy lo sigue mirando fijamente.

—Porque eso sería súper útil, ¿no? Eso la convertiría en la espía perfecta.

Buddy asiente con la cabeza, poco a poco.

—¿Hasta dónde crees que podía viajar? O sea, ¿tú crees que podía llegar hasta Rusia? Frankie dijo que los rusos también tenían videntes. ¿Crees que la abuela podía ir adónde quería?

Buddy niega con la cabeza. No tenía límites, piensa. Nada podía pararla, excepto una cosa. El tiempo.

010

Su madre está sentada ante él, en la mesa de la cocina. Hay nieve al otro lado de la ventana, su padre llegará pronto a casa con pizza para cenar, y su hermano y su hermana aparecerán corriendo, con los vaqueros empapados y la cara enrojecida por el viento después de haber estado tirándose con el trineo con los chicos mayores. Pero ahora, ahora mismo, él está calentito en la cocina, con sus papeles y sus ceras. Y con mamá. Ella está ocupada con su propio proyecto, leyendo y releyendo una pila de documentos del trabajo llenos de números. Hace un rato estaba llorando, pero ya ha dejado de hacerlo, porque ha visto que él se asustaba.

—Enséñame qué dibujas —dice su madre.

Él no quiere. Porque es triste. Aunque ella ya ha visto otros de sus dibujos tristes, o sea que aparta el brazo y ella se inclina para verlo. Es un rectángulo negro rodeado de verde con unos pocos garabatos rojos y amarillos.

—¿Eso son flores? —pregunta su madre.

—No me salen muy bien —responde él.

—Oh, yo creo que sí —dice ella—. Y me gusta saber que voy a tener flores a mi alrededor. Es una tumba muy bonita, Buddy.

Han pasado varios meses desde el programa de televisión donde todo se torció. Mamá habla de sus dibujos tristes como si no tuvieran importancia. Casi nunca llora, por lo menos delante de él. Después de echar un vistazo al dibujo, dice:

—¿Por qué no te dibujas a ti cuando tengas, no sé, doce años?

Buddy intenta proyectar el recuerdo hasta sus doce años. Está sentado en un edificio. Es verano y nota la medalla, pesada y lisa, encima del pecho. Se ha acostumbrado a llevarla en secreto debajo de la ropa, como si fuera un traje de Superman. Frankie está con él en el edificio, alto y delgado y con aspecto duro; es uno de sus Frankies preferidos. Buddy dibuja otro rectángulo.

—No será otra tumba, ¿verdad? —pregunta su madre, pero él niega con la cabeza.

—Es una máquina del millón —responde—. Frankie es muy bueno jugando al millón. Juega todo el día.

—Ah —dice su madre—. Qué bien.

Buddy se da cuenta de que no le apasiona la idea, pero eso es porque no sabe lo bueno que va a ser Frankie.

—¿Y tú también estás allí?

—Sí, pero solo miro —dice.

Se dibuja a sí mismo junto a la máquina del millón y dibuja un círculo donde estará la medalla.

—¿Papá lo sabe? —pregunta mamá—. ¿Que pasáis tanto rato en un salón recreativo?

Buddy se encoge de hombros. Él solo ve lo que ve. No puede leer mentes. Mamá coge una hoja en blanco y empieza a escribir.

—¿Qué haces? —pregunta Buddy.

—Acabo de escribir: «A los dieciséis años Frankie es muy bueno en el millón».

—Ah.

—Me gusta saber qué haréis todos.

—Después de que te mueras —dice él.

—Es como un diario del futuro —continúa ella—. Tú dibujas y yo escribo palabras, pero las dos cosas son lo mismo.

—¿No te pone triste?

Su madre se lo piensa un momento.

—A veces —dice. A Buddy le gusta que no le mienta—. Pero otras me alegro de saber que creceréis todos juntos, que cuidaréis los unos de los otros.

No le gusta pensar en cuando mamá no estará, en el futuro. Pero desde «El show de Mike Douglas» sabe que los va a dejar. Del mismo modo que sabe que Irene va a tener un bebé, que ese bebé se convertirá en un adolescente llamado Matthias, y que un día él y Matthias colocarán baldosas marrones en el peldaño de entrada de casa.

De pronto se siente mareado. Su cuerpo es pequeño y grande al mismo tiempo. Su brazo junto a la ventana está frío, pero siente el sol en la espalda, el sudor que le cae bajo las axilas.

—¿Buddy? —pregunta su madre—. Buddy, mírame. —Se acerca a su lado de la mesa y se agacha. Le coge la cara y se la vuelve hacia ella—. Quédate conmigo, pequeño.

Sí. Está aquí. Mamá está aquí. Viva. Viva.

Le pasa una mano por el pelo húmedo.

—Estás sudando —le dice.

Él se cubre un ojo con la mano. Asiente con la cabeza.

—¿Y qué es esto, Buddy? —dice ella, señalándolo en el dibujo.

—Es una medalla. La llevo todo el tiempo en aquella época.

—¿Y qué medalla es?

—La que estás a punto de enseñarme —dice él.

Su madre abre mucho los ojos. Hablar sobre su muerte no la ha hecho llorar, pero esto sí. Entonces sonríe, una sonrisa radiante, incontenible.

—¡Ah, esa medalla! —exclama.

Lo lleva a su habitación en el piso de arriba y abre un cajón.

—Me la dieron hace un tiempo, pero pronto será tuya.

Está envuelta en un pañuelo que nunca se pone porque es demasiado adornado, demasiado colorido. Demasiado del gusto de Teddy, no del suyo. Cuando aparta la tela, el oro es tan radiante como su sonrisa.

—Tienes un don maravilloso —le dice mamá—. Sé que a veces puede ser duro. Y sé que te preocupas mucho. Pero también sé que siempre harás lo correcto, porque tu corazón es noble y bueno. —Espera hasta que él la mira a los ojos y entonces acerca su frente a la de él—. Escúchame —le dice—. Todo va a salir bien.

010

Irene aparca con las ventanas bajadas y él la oye cantar con la radio. Incluso después de apagar el motor del coche sigue cantando: «Baaaand on the run. Daaaa, dadadaaa». A Buddy le encanta oírla. Cuando es una niña de nueve y diez años canta todo el tiempo, pero de mayor no lo hace casi nunca. En cambio, durante las primeras semanas de agosto de 1995, justo antes del final, se convierte en Maria von Trapp. Canta siempre que se ducha. Tararea mientras prepara la cena. Y cuando no canta, parece bailar al ritmo de una música que él no oye.

Ve el peldaño recién embaldosado, terminado ya a falta de la limpieza final, y en lugar de gritarle o preguntarle qué demonios está haciendo, se limita a negar con la cabeza.

—Buddy, esas baldosas son de interior.

—¿Y? —pregunta Matty.

—En invierno vamos a resbalar que será un contento.

—No resbala nada —dice Matty—. Pruébalo.

—Tú espera a que llueva —replica ella.

—Pruébalo, en serio.

Irene se muerde la lengua. Pisa el peldaño con seriedad fingida, felicita a Buddy y a Matty por su obra y entra en casa tarareando a Paul McCartney.

Matty está mirándolo.

—Es raro, ¿no? —dice el chico—. Que esté de tan buen humor, digo.

Buddy se encoge de hombros. Es hora de limpiar el polvo y los restos de lechada de las juntas. Además, tiene más trabajo que hacer antes de que se haga de noche: correo por repartir, gente con la que hablar, una comida que preparar. ¿Qué se le olvida? El frío no, se acuerda del invierno. No, lo que pasa ahora: papá llegando a casa, preguntando qué hay para cenar. El color del pañuelo de su madre. Tampoco es eso. Matty, que se marcha a la gasolinera a por leche. ¿Y qué más? Frankie, que llega buscando a Matty. La sensación de aquella medalla en su mano menuda.

—¿Tío Buddy? —dice Matty—. ¿Estás bien?

Buddy se agarra a esa voz. Matty a los catorce años. Acaban de terminar de embaldosar el peldaño de la entrada.

—¿Te he hecho enfadar? —pregunta Matty.

Buddy niega con la cabeza.

—Necesitamos leche —dice.

—¿Leche?

—Para la cena. —Buddy se mete en casa—. Hay dinero en la encimera de la cocina.

—Pero…

Buddy levanta una mano. Ya ha dicho más de lo que habría querido. Las palabras son peligrosas. Sube al piso de arriba y se queda ahí incluso después de ducharse, de modo que está a salvo cuando Frankie entra en tromba en casa buscando a Matty. Pero el chico no está, de modo que le anuncia a Teddy con una voz exageradamente estridente que está vendiendo una porrada de productos UltraLife. Empieza a repasar los números y a alardear de los porcentajes que gana con cada venta. Si Irene estuviera ahí no lo haría, pero su hermana también ha desaparecido. Está en el sótano, como de costumbre, delante del ordenador, conectada una vez más a internet.

De modo que Teddy debe absorber las mentiras solo. Pobre Teddy. Y pobre Frankie, que está avergonzado porque la semana pasada le pidió un préstamo a Teddy y este se lo negó. Pues claro que se lo negó. Frankie no quiso decirle para qué necesitaba el dinero. Ahora tiene que asegurarse de que todos los que están cerca se enteran de que no necesitaba el dinero: tiene grandes planes y la habilidad infalible de caer siempre de pie. Buddy se acuerda de aquel día en el casino, de las fichas amontonadas delante de su hermano, tal como él le había prometido, y de la bola de la ruleta escuchándolo como solía hacerlo la de la máquina del millón. ¿No bastó con regalarle a Frankie aquella hora de gloria? Es verdad, había sido tan solo una hora, pero eso ya es más de lo que recibe la mayoría de la gente. A Buddy solo le habían tocado cuarenta y cinco minutos.

010

Tiene veintitrés años cuando deja a su hermano solo en el Alton Belle, camina casi un kilómetro hasta el Days Inn y la ve, la chica de sus sueños. De hecho, lleva años soñando con ella.

Está sentada en un taburete, ligeramente apartada de la barra, las piernas bronceadas a la vista, cruzadas a la altura de las rodillas. Con una mano hace girar con pereza la varilla de su cóctel. Y, oh, esas uñas rosadas, del mismo tono que el pintalabios. La melena rubia (es una peluca, pero eso no le importa), teñida de rosa por la luz de neón del cartel de Budweiser. Su corazón redobla con fuerza, propulsándolo hacia ella. Empujándolo a través del bar.

El local está casi vacío. Aunque se encuentre a apenas unas calles del muelle donde está anclado el Alton Belle, el hotel no puede ofrecer ninguna de las atracciones de un casino, y a una hora tan temprana de la noche todavía no hay nadie dispuesto a ahogar sus penas. Y, sin embargo, allí está ella, esperando. Casi como si quien hubiese tenido una visión de este encuentro hubiera sido ella.

Él está preparado. Lleva un bolsillo a reventar de dinero, una parte minúscula de las ganancias de Frankie en la ruleta. (Frankie sigue en el casino flotante, disfrutando. Por ahora. Buddy ya lamenta lo que está a punto de pasar, aunque no puede hacer nada para evitarlo). En el otro bolsillo lleva la tarjeta que abre una habitación de hotel. Su boca desprende un frescor a canela gracias a los tres Altoids que ha estado masticando desde que ha dejado el casino flotante.

Se sienta a un taburete de distancia de ella. El camarero brilla por su ausencia y Buddy no sabe qué hacer con las manos. Se mete una en el bolsillo y deja un billete encima de la barra. Sorprendido, se da cuenta de que es de cien.

—¿Un buen día en el Belle? —pregunta la mujer—. ¿O todavía no has subido?

El sonríe. Es una chica delgada y bronceada de unos treinta años. Tiene los ojos pintados con lápiz negro.

—He tenido suerte —responde él.

—A lo mejor era ya el momento de que te tocara algo bueno —dice ella.

Es lo que él lleva rato pensando: ¿no le tocaba ya? Pero sus propias palabras le sonaban vacías. Todo lo que sabe sobre el remolino del pasado y el presente le dice que el universo no te debe nada y que, aunque fuera así, no te lo concedería. Nunca ha logrado convencerse a sí mismo de que le debía este momento, pero al oírlo de boca de una mujer tan guapa le dan ganas de creérselo. Esta es su noche, no la de Frankie. Ay, Dios. El pobre Frankie no sabe lo que está a punto de pasarle.

—No estés tan preocupado —le dice ella—. Ven, acércate un poco.

¿Cómo no va a obedecer? Se sienta en el taburete contiguo.

—¿Cómo te llamas? —pregunta ella.

A Buddy le gusta la ronquera de su voz.

—Buddy.

—Yo soy Cerise —dice ella. Pone una mano encima de la suya… y la deja allí. Buddy siente el corazón en la garganta. Ella sonríe—. No tienes por qué estar nervioso, cariño. Tienes más de veintiuno, ¿verdad?

Él asiente, no sabe adónde mirar. Ella lleva un chaleco ajustado de lentejuelas con breteles y una minifalda de polipiel negra que apenas le cubre la parte alta de los muslos. Buddy tiene un recuerdo futuro de su ropa interior: un tanga color lima. Y ahora tiene que dejar de pensar en el tanga color lima.

Ella se fija en su regazo.

—Ay, pobrecito —dice—. Creo que necesitas el tratamiento completo.

Buddy se mete una mano en el bolsillo.

—Aquí no —dice ella—. ¿Tienes quinientos dólares?

—Y también una habitación aquí —responde él—. Arriba.

Seguramente la aclaración es innecesaria. Duda mucho que tengan habitaciones en el sótano.

—¿A qué estamos esperando entonces? —dice ella, que se termina el resto de la bebida y señala con la cabeza el papelito que hay encima de la barra—. Un billete de veinte cubrirá mi cuenta, cariño.

Buddy se saca un fajo de dinero en efectivo y empieza a pasar billetes con un dedo. Finalmente encuentra uno de veinte. Cerise se ríe y se acerca a él.

—No creo que sea muy buena idea ir enseñando el fajo de esta forma. Esto no es Saint Louis, pero aun así…

—Tienes razón —contesta él.

Lo que la chica no sabe es que dentro de cuarenta y cinco minutos le va a dar el fajo entero.

Suben en ascensor. Ella le pregunta el número de habitación y él responde:

—Tres veintiuno.

Ella lo guía sin ni siquiera mirar los carteles para orientarse y, a medida que se van acercando, Buddy piensa en el número de la habitación como una cuenta atrás: tres…, dos…

La invita a pasar. Ella mira de reojo el armario abierto y echa un vistazo dentro del baño, también abierto.

—Veo que viajas ligero —dice.

De entrada Buddy no entiende el comentario, pero entonces piensa: «Claro, no hay equipaje».

Ella deja su bolso encima de la cómoda que hay junto al televisor. Cuando se vuelve hacia él, lo mira con expresión sorprendida.

—Cariño, estás temblando —dice. Entonces lo entiende. Lo ve en su cara. Se le acerca y le acaricia la mejilla—. No tienes por qué preocuparte —añade en voz baja.

Pero es lo que dice a continuación lo que hace que Buddy se enamore de ella. Las palabras resuenan como un carrillón, hacia delante y hacia atrás a través de todos los Buddys de la historia: sentado junto a una ventana fría una tarde de invierno, discutiendo con su hermano en pleno verano, echado en la hierba el último día del mundo.

Ella sonríe y dice:

—Todo va a salir bien.

010

Buddy se sienta en cuclillas junto a su cama. De debajo de ella saca una caja fuerte metálica con candado. Introduce la combinación y quita el candado. Dentro hay varios sobres de color blanco unidos con una goma roja a la que ha dado dos vueltas. En su día había tantos sobres que la goma apenas alcanzaba a abarcarlos todos. (Aunque en realidad había empezado con una goma distinta. Luego esta se había roto y había tenido que encontrar otra que tuviera exactamente los mismos color y grosor). Todos los sobres van dirigidos a Teddy, excepto uno azul que lleva el nombre de Matty; aunque ese no debe entregarlo hasta más adelante. Coge el sobre dirigido a Teddy que hay en la parte superior del montón y se asegura de que tenga la fecha de hoy. Solo queda una carta más para su padre. La misión de mamá ya casi ha terminado. Entonces vuelve a colocar el candado y a esconder la caja fuerte.

Con el sobre oculto bajo la camiseta, baja al piso inferior y trata de mantenerse alejado de la puerta de la cocina, donde Frankie sigue dándole la matraca a Teddy. Buddy sale por la puerta principal.

Tal como recuerda, la furgoneta está aparcada en la calle. Es plateada y volverá el 4 de septiembre.

Mete el sobre en el buzón y lo cierra con un suspiro silencioso. Una misión secreta más que está a punto de completar.

«Hablando de misiones…», piensa, y se vuelve hacia la furgoneta. El conductor, un hombre negro con el pelo blanco, lo observa acercarse desde detrás de las gafas de sol. Seguramente piensa que las gafas son un disfraz suficiente. Al fin y al cabo, solo se han visto una vez con anterioridad, en el funeral de Maureen, cuando Buddy tenía seis años. Buddy levanta una mano con gesto afable, como si saludara a un desconocido, y se acerca a la ventana del lado del conductor. Hace un gesto circular y el conductor baja la ventanilla. Hay un pasajero en la parte trasera de la furgoneta, pero Buddy no le ve la cara. No se la verá hasta el 4 de septiembre.

—¿Qué pasa? —dice el conductor.

Buddy tiene un recuerdo claro y preciso de este momento, de modo que es un alivio no tener que preocuparse por lo que debe decir.

—¿Ha visto a un niño adolescente pasar por aquí?

El conductor apenas se vuelve para mirar al hombre de la parte trasera y a continuación niega con la cabeza.

—He enviado a mi sobrino Matty a por leche a la gasolinera —dice Buddy— y ya debería haber vuelto. Está a apenas cuatro calles de aquí y estoy empezando a preocuparme.

—No lo hemos visto —responde el conductor.

—Vale —dice Buddy—. Gracias de todos modos.

Entonces da media vuelta y echa a andar hacia la casa. Está orgulloso de sí mismo, porque no solo ha entregado la carta, sino que también ha bordado la conversación con el conductor de la furgoneta, ha pronunciado todas las palabras en el orden correcto.

A sus espaldas, la furgoneta arranca, maniobra para cambiar de sentido y se marcha.

—Todo va a salir bien —dice para sí el Vidente Más Poderoso del Mundo.

Solo tiene que seguir haciendo su trabajo. Hasta que ya no le quede ninguno por hacer.