19
Irene
Al final solo había un lugar al que llevarlos. Irene abrió la puerta de la casa y echó un vistazo dentro para asegurarse de que Buddy no iba desnudo o algo así.
—La verdad es que tenemos muchas camas libres —le dijo a Graciella.
Ella no quería marcharse de casa, pero papá había logrado convencerla sin provocar el pánico. Los había invitado a dormir en su casa como una diversión, un divertimento para los chicos, al tiempo que intentaba transmitir la idea de que era posible que el psicópata de su suegro intentara allanar su casa, secuestrar a los niños y pegarle un tiro en la cabeza a ella. Graciella se había tomado aquella noticia implícita mejor de lo que Irene esperaba, aunque su primera reacción emocional no había sido de miedo, sino de rabia. Estaba cabreada con Teddy, o tal vez consigo misma, por haberle seguido el juego. Irene conocía perfectamente aquella sensación.
Además, ¿quién habría querido marcharse de aquel palacio? Irene ya sabía que Graciella tenía dinero, pero no había comprendido cuánto hasta que vio la casa.
Y ahora, por desgracia, Graciella iba a ver la suya. Irene la hizo pasar. Buddy no parecía andar por allí, pero había dejado un caballete en medio de la sala de estar. Había serrín por todas partes.
—Esto…, estamos reformando algunas cosas.
—Ya lo sé —dijo Graciella—. No es la primera vez que vengo.
—Es verdad. Pasa, pasa.
Los hijos de Graciella echaron un vistazo a la estancia sin decir nada. Tampoco había sido nada fácil sacarlos de casa. Los dos menores, Adrian y Luke, no tenían ni idea de cómo hacer una maleta, y el adolescente, Julian, parecía estar convencido de que si se escondía en su cuarto se olvidarían de él y podría quedarse en casa. Por suerte, tanto Graciella como Irene estaban acostumbradas a lidiar con chicos adolescentes. Y a hacerlos pasar por el tubo.
—¡Matty! —gritó Irene—. ¡Tenemos compañía!
No hubo respuesta procedente del sótano. ¿Estaría otra vez dormido? ¿Cuántas horas de descanso necesitaba un adolescente?
Papá entró por la puerta trasera.
—La ranchera ya está oculta —dijo. Había querido tomar la precaución de aparcar el Mercedes de Graciella en el garaje, escondido—. Sé que es una tontería y que a lo mejor no hacía falta, pero no está de más. No ganamos nada anunciando vuestra presencia aquí.
Adrian, el más pequeño, le ofreció un dólar a Teddy.
—¿Y ahora? ¿Puedes hacer un truco?
Papá cogió el billete.
—Crees que has sido muy paciente, ¿verdad?
El niño asintió con la cabeza.
—Vale, veamos. ¿Has oído hablar alguna vez del banco del zapato? —Papá se sentó en la otomana y se sacó uno de sus lustrosos zapatos negros—. El primer paso, por así decirlo, es hacer un ingreso —dijo. Dobló el billete con sus dedos agarrotados y lo metió dentro del zapato. Incluso con unas herramientas toscas era posible hacer un trabajo tosco. Suficiente para engatusar a un niño, tal vez—. Entonces esperamos a que generen intereses. No te preocupes, chaval, todo esto son bromas; un día las pillarás y te morirás de risa. —Volvió a ponerse el zapato y se levantó—. Y ahora viene la parte difícil. ¿Cómo se hace una transferencia de un zapato a otro? —Deslizó el pie calzado con el zapato donde había metido el dinero—. Vamos a ponernos pie contra pie, ¿vale? No, con el otro, pie derecho con pie derecho. Coloca la punta contra la mía. Eso permite la combinación digital. ¿No? ¿Nada? Bueno, ahora vamos a darle una orden al dinero. Se le llama orden de transferencia.
Graciella se rio.
—Como ya he dicho, un día te partirás de risa. ¿Preparado?
Adrian miró a sus hermanos y entonces asintió con la cabeza.
—Repite conmigo —dijo papá—. ¡Orden! ¡De transferencia!
—Orden de transferencia —repitió Adrian.
—¡Traspaso! —dijo papá, y golpeó la punta del zapato de Adrian con el suyo. El chico dio un brinco hacia atrás, como si le acabaran de soltar un calambrazo—. Ahora veamos si ha llegado el dinero —añadió papá—. Quítate el zapato, chaval.
Adrian se sentó en el suelo y se lo quitó.
—Debajo de la plantilla —dijo papá—. Eso es, sácala toda.
El niño sacó la plantilla de espuma. Debajo había un billete doblado.
—¡Ha llegado! —gritó Adrian, que desdobló el billete—. ¡Y es de cinco!
—¡Joder! —exclamó Graciella.
—¡Mamá! —dijo Adrian.
Graciella se rio.
—¿Cómo lo has hecho? —le preguntó a papá.
—Nunca te lo dirá —respondió Irene. Era la primera vez que veía aquel truco y era bastante bueno. Ni siquiera había tocado el zapato del chaval, excepto cuando le había dado un golpecito con el pie.
—Y ahora viene la mejor parte —dijo papá—. ¿A vosotros os gustan los videojuegos? Porque ahí abajo tenemos todo un salón recreativo montado.
—¿Qué tipo de videojuegos? —preguntó Adrian.
—Un nosequé de última generación.
—¿Una SNES?
—Seguro —contestó papá—. Es por ahí.
—Si encontráis a otro chico ahí abajo, despertadlo —dijo Irene.
Adrian, con un zapato puesto y el otro en la mano, bajó las escaleras dando brincos. Los dos mayores lo siguieron.
Papá estaba excitado por todo ese teatro, a pesar del peligro. O tal vez a causa del riesgo. Irene siempre había sabido que su padre había sido un jugador compulsivo o, como eufemísticamente lo llamaba Frankie, un «amigo del riesgo». Pero creía que Teddy ya lo había superado. Después de la muerte de mamá, al principio se había sentido deprimido y enajenado, más tarde frustrado y enajenado y, al final, solo enajenado. Durante todo ese tiempo, Irene había creído que a su padre no le gustaban los niños, pero a lo mejor era solo que no le gustaban sus hijos en concreto. Solo era capaz de entretener a un público formado por desconocidos.
—¿Qué tenemos para cenar? —le preguntó a Irene.
—A mí ni me mires —dijo esta—. ¿Dónde está Buddy? ¿Y Frankie?
—Buddy está en el patio de atrás, limpiando la parrilla. Y Frankie no tengo ni idea. —Dio una palmada—. Supongo que vamos a pedir comida a domicilio. ¿Qué les gusta a tus hijos? —preguntó, y se le iluminó la mirada—. ¿Qué te parece pollo frito? A los chavales les gusta cualquier clase de comida que venga en cubos. Iré a buscarlo, vosotras poneos cómodas. Prepárale una copa, Irene. A Graciella le gusta la Hendrick’s.
Y, dicho eso, se marchó.
—Uau —dijo Irene.
—Creo que disfruta de esto —repuso Graciella.
—También está un poco asustado de encontrarse bajo el mismo techo que tú.
—¿Tú crees?
—No quiere decepcionarte —dijo Irene—. No te preocupes. Tarde o temprano lo hará.
Graciella la estudió con una mirada.
—¿Dónde está esa copa?
Se sentaron en la mesa del comedor, entre archivadores y cajas de NG Group Realty. Graciella cogió uno de los listados que Irene había marcado con bolígrafo rojo.
—¿Qué tal pinta? ¿Fatal?
—Podría ser peor —dijo Irene
Esta la puso al día sobre lo que había encontrado en los archivos de los últimos dos años. Si repasabas las propiedades que la empresa había gestionado, la mayor parte del negocio parecía legítimo. Pero el flujo de caja se decantaba hacia las compraventas más sospechosas, casi todas ellas cerradas por el mismo agente.
—Si tu intención es que el negocio sea trigo limpio, tienes que despedir al tal Brett —dijo Irene—. Y si quieres obtener beneficios, los demás agentes tienen que cerrar muchas más ventas.
—Te agradezco mucho que no intentes edulcorar el asunto.
—¿Quién tiene tiempo para eso?
—Brindemos.
Lo hicieron.
—Por el cabrón de Nick.
—Padre e hijo —dijo Irene.
—¿Y con tu maromo? —preguntó Graciella—. ¿Qué tal te va?
—Se ha ido a la mierda —dijo Irene.
—Ya me pareció que estabas triste después de tu viaje. ¿Has roto con él?
«Roto». Con Lev, su casi marido, y con otros novios, aquella había sido la palabra apropiada. Había roto todo vínculo con ellos y había dejado que se despeñaran como una parte agotada de un cohete Apollo. Sin ellos era más fuerte y nunca había vuelto la vista atrás. Con Joshua, en cambio, tenía la sensación de haber renunciado a una parte de su ser. Era ella la que había salido mal parada, la que se sentía incompleta, perdida. Condenada a irse enfriando y a morir sola.
Pero necesitaba una historia que pudiera contarle a Graciella, de modo que evocó un destino distinto.
—No habría funcionado —dijo—. Él no puede marcharse de Phoenix. Tiene una hija y la custodia compartida. Quería que me mudara a vivir con él y que consiguiera un trabajo en su empresa, pero ni siquiera logré terminar la entrevista.
—¿Qué pasó?
—Descubrí que habían instituido un impuesto uterino.
Graciella se rio.
—Ah, era una de esas empresas.
—En pocas palabras, no pienso trabajar para esos cabrones. Solo espero que no despidieran a Joshua.
—¿Está enfadado contigo?
—¡No! Se siente culpable. Dice que debería haber sabido mejor dónde me estaba metiendo. Cree que soy fantástica y que los demás no me merecen.
—Parece que te tiene en un pedestal, donde te corresponde estar. ¿Dónde está el problema?
—El problema es que delira.
Graciella se llevó dos dedos a los labios fruncidos y se inclinó hacia delante, el gesto que las personas centradas usaban para indicar que, si fueran adolescentes o Lou Costello, habría escupido toda la bebida de la risa. Graciella tragó y, con una sonrisa, dijo:
—Explícate.
—Hace apenas un par de meses que nos conocemos —dijo Irene—. Casi no hemos pasado tiempo juntos. ¡Ni siquiera conoce a mi familia! —«Ni yo a la suya», pensó ella, pero no lo dijo—. Pero habla como si todo fuera a ser fácil y maravilloso, como si fuéramos a tener el jardín plagado de unicornios. No tiene ni idea de lo que sería vivir conmigo de forma permanente.
—¿Lo dices por tus poderes?
—Ah, ¿Teddy te ha hablado de ello?
—No le avergüenzan lo más mínimo.
—Bueno, yo solo sé que cuando empezara a mentirme me resultaría insoportable.
—Te sorprendería lo que serías capaz de soportar —dijo Graciella—. Yo ya sabía qué era Nick cuando lo conocí, formaba parte de su atractivo. Y durante casi veinte años todo fue bien. No tenía que pensar en lo que hacía con su padre. Sabía que seguía haciendo cosas, cosas feas, pero a nuestra familia le iba bien. Si no lo hubieran arrestado, yo seguiría siendo un ama de casa feliz.
—Debe de estar muy bien —dijo Irene.
—¿Qué? ¿Ser feliz?
—No, poder vivir así. Sin darte cuenta de las mentiras.
—No, claro que me daba cuenta.
—¿En serio?
—Tú nunca has estado casada, ¿verdad?
—Una vez me amenazaron con ello.
—Te voy a contar el secreto. Los dos tenéis que mentir a veces para que funcione. Él dice: «Ese vestido te queda genial» y tú le contestas que tiene razón en lo de Clinton. Ah, y si un día se presenta en casa a las tres de la madrugada con una bolsa llena de putos dientes, asegúrate de no preguntarle a quién pertenecen.
—Joder —dijo Irene.
Graciella miró el fondo de su copa.
—Tienes razón, es horrible. ¿Cómo he sido capaz de vivir así?
Le brillaban los ojos. Irene nunca había visto a Graciella ponerse emotiva.
—Sabía cuándo Nick no iba adónde me había dicho —dijo—. O cuando se inventaba alguna historia mientras trabajaba con su padre. Pero… nunca hice nada.
—Tenías que pensar en los chicos.
—No, pensaba en mí. En todas las cosas que tenía.
—La verdad es que la casa no está nada mal —dijo Irene.
Graciella se encogió de hombros.
—¿Y Joshua? ¿Tiene dinero?
—Bastante más que yo.
—Y hace dos meses que lo conoces.
—Casi tres. Lo conocí en internet.
—¿En internet? ¿Y eso qué quiere decir? ¿Cuánto tiempo has pasado con él en persona?
Irene intentó contar los días.
—Tal vez una semana. ¿Diez días?
—¡Eso es de locos, Irene! ¿Diez días y ya quiere que te mudes a Arizona?
—Ya lo sé. No sería propio de mí.
Aunque ¿qué sería propio de ella? Quedarse en casa y cuidar de los chicos, desde luego. Ser la adulta de referencia. Pensar siempre en los demás antes que en ella.
—Es que ya no sé qué persona quiero ser —dijo.
—Pues quédate aquí —dijo Graciella—. Trabaja para mí. Encárgate del dinero.
—¿Quieres que sea tu contable?
—Ya contrataremos a un contable, joder. Necesito que seas mi directora financiera, la persona que sabe dónde están enterrados todos los cadáveres.
Irene hizo una mueca.
—Económicamente hablando —añadió Graciella.
—¿Hablas en serio?
—Lo juro por mis muertos. Ay, tengo que encontrar otra forma de expresarme.
—Lo pensaré.
—Vale. Entiendo que esta es tu forma de ser adulta y no impulsiva. Sigamos bebiendo.
Unos minutos más tarde, el Buick de papá pasó junto al ventanal y entró en el camino de acceso.
—Llamemos a los chicos —dijo Irene.
Pero Matty no estaba en ninguna de las literas. Irene subió al desván y llamó a la puerta de su cuarto.
—¡A cenar! —dijo, pero al ver que no obtenía respuesta volvió a llamarle—: ¿Matty?
Probó el pomo. No giraba —lo que quería decir que Matty había cerrado por dentro— pero la puerta no estaba encajada en el marco. Empujó.
Matty estaba tumbado en la cama, inmóvil, con las manos debajo de las sábanas. «Joder, otra vez no», pensó Irene. Ya iba a salir de la habitación cuando se dio cuenta de que tenía los ojos abiertos.
—¿Matty?
Le pasó una mano por delante de los ojos.
—Matty. ¿Me oyes?
Este no se movió. Le puso dos dedos en el cuello y comprobó que respirara.
—Maldita sea —dijo.
Su hijo era un puto viajero astral.
En el trayecto en limusina al cementerio ella pensó: «A lo mejor ahora seremos normales». Pero al final del entierro ya se había convencido: «No, eso no pasará nunca».
De camino hacia allí, papá parecía estar en trance. Sentado en el asiento trasero, y con el sombrero a su lado, se limitaba a ver pasar los postes de teléfono. La tarea de mantener a Frankie y a Buddy a raya recaía en Irene. Buddy se había negado a sentarse en su asiento y estaba echado en la alfombrita del suelo, dibujando con cera en su enorme libreta. Frankie no paraba de ponerle los pies encima mientras decía cosas como: «¡Uau, qué reposapiés más cómodo!». Buddy le apartaba los pies e Irene les gritaba a ambos, pero en cuanto apartaba la mirada el proceso empezaba de nuevo.
Papá los ignoraba. Y eso solo hacía que Irene se cabreara todavía más con él. Estaba furiosa porque no había vuelto a casa para llevarlos a ver a mamá. La señora Klauser los había bañado y había vestido con ropa elegante, como si fueran a subir al escenario. Y a continuación habían tenido que esperar dentro de casa porque si salían a jugar fuera, podían ensuciarse. Tres horas más tarde había sonado el teléfono. La señora Klauser les había dicho que ya no irían al hospital. Solo Irene había comprendido el significado de aquellas palabras.
Papá debería haberlos llevado por la mañana, a mamá le habría dado igual su aspecto. Pero estaba tan preocupado por las apariencias que Irene no había podido despedirse de su madre. Ninguno de los tres había podido.
Bueno, por lo menos no volverían a subir a ningún escenario. Sin mamá no había Increíble Familia Telemacus. Ahora podrían ser como todos los demás.
Al entierro no acudió ni mucho menos tanta gente como al velatorio de la noche anterior, o como al funeral en la iglesia por la mañana, pero aun así había más de cien personas reunidas alrededor del ataúd. Papá bajó de la limusina sin mirar atrás y dejó a los chicos con Irene.
—Deja la libreta de colorear en el coche —le dijo a Buddy—. Y tú remétete la camisa —le ordenó a Frankie.
—Tú no mandas —repuso este.
—Ya basta —le dijo Irene entre dientes—. ¡Es el funeral de mamá!
—¿En serio? No me había dado cuenta.
Frankie llevaba comportándose como un capullo desde que lo habían obligado a ponerse corbata.
El empleado de la funeraria los acompañó hasta una carpa que había montada en el cementerio y luego hasta el hoyo, enfrente de la multitud. Se sentaron en unas sillas plegables blancas mientras el resto de los presentes se quedaban de pie.
Alguien puso una mano sobre el hombro de Irene. Esta levantó la mirada y vio que se trataba de una mujer pelirroja a la que no había visto nunca.
—Lo siento muchísimo, cariño —dijo la mujer—. Si necesitas algo puedes contar con nosotros.
—Para lo que sea —convino el hombre que había junto a la mujer pelirroja. Era Destin Smalls, más gordo que nunca.
Más tarde, Irene deseó haber contestado: «Lo único que quiero es que dejen en paz a mi familia». Pero lo que dijo en aquel momento fue tan solo:
—Gracias.
Y volvió a darles la espalda.
El cura seguía hablando, pero Irene no lo escuchaba. ¿Qué más quedaba por decir? Mamá se había ido e Irene estaba atrapada allí, la siguiente adulta de referencia.
Finalmente llegó el momento de bajar el ataúd al hoyo. Irene cogió la mano de Buddy, tanto por ella como por él. Un par de operarios de la funeraria vestidos con traje negro se agacharon junto a la estructura metálica que rodeaba el ataúd y quitaron varios pasadores. El cura seguía hablando mientras los hombres iban manipulando las gruesas correas que sujetaban el ataúd de color níquel. La caja descendió unos centímetros, pero entonces se detuvo.
Los operarios se miraron. Soltaron las correas un poco más, pero el ataúd seguía sin bajar. Flotaba, sin puntal alguno. Entre los asistentes al entierro se elevó un murmullo. Papá no parecía haberse dado cuenta de que pasaba algo raro. Tenía la mirada perdida y se mordía el labio.
Irene se volvió hacia Frankie. Le caían lágrimas por las mejillas. Estaba muy tenso, con los puños apretados. Irene se inclinó hacia su oreja:
—Ya basta —le dijo.
Pero Frankie negó con la cabeza.
—No pasa nada —insistió Irene—. No pasa nada. Tú solo… bájalo con suavidad, ¿vale?
De repente, el ataúd descendió más de medio metro de golpe y la estructura metálica chirrió. Alguien entre la multitud pegó un grito.
—¡Deja ya de decirme lo que tengo que hacer! —gritó Frankie y salió corriendo hacia el coche.
Lo único que podía hacer era cerrar la puerta y esperar a que Matty regresara a su cuerpo. Graciella se dio cuenta de que pasaba algo.
—¿Va todo bien?
—Comerá más tarde —dijo Irene.
Papá repartió las piezas de pollo.
—Una pata para el caballero de los zapatos de las Tortugas Ninja. Una pechuga para el robusto joven del otro lado de la mesa. Y un par de muslos deliciosos para el Indomable Luke.
Irene lo agarró por el brazo.
—¿Puedes salir un momento?
—Espera a que te toque, cariño, los chicos también…
—Ahora.
Finalmente, papá la miró a los ojos y comprendió su estado de ánimo.
—Esto… Graciella, ¿puedes presentarles a los chicos el milagro de esta ensalada de col Brown? Volveremos tras una breve pausa.
Irene lo condujo al patio trasero. Buddy estaba desenrollando una bobina de cable rojo y extendiéndola por todo el césped como si estuviera instalando un sistema de riego. Al percatarse de su presencia, dejó caer el cable y se marchó hacia el garaje.
—¡Un momento! —exclamó Irene—. Quiero hablar con los dos. ¿Sabíais lo de Matty?
Buddy levantó las manos y siguió retrocediendo.
—Vuelve aquí, Buddy —dijo Irene, pero él se metió en el garaje por la puerta lateral—. ¡Maldita sea!
—¿A qué te refieres? —preguntó papá.
—Viaje astral —dijo Irene—. Visión remota. Llámalo como quieras. Lo que solía hacer mamá.
—¿Estás diciendo que Matty tiene poderes?
—No respondas con preguntas, papá.
—¿De qué hablas? —preguntó en tono inocente.
—Otra pregunta.
Papá miró hacia la casa.
—¿Qué te parece si bajamos…? Quiero decir… Esto… Bajemos la voz.
—¿Lo sabías o no?
—Hace poco he descubierto que sí, que el chico tiene ciertas habilidades. Y que ha tenido algunas experiencias, evidentemente.
—Está ahí arriba ahora mismo —dijo Irene, señalando el desván y el aire que lo rodeaba—, ¡volando por el espacio! Joder, ¿cuándo pensabas contármelo?
—Pronto. Matty estaba convencido de que ibas a tomártelo mal. Le ha pedido consejo a Frankie y yo…
—¡¿A Frankie?! —exclamó. De repente entendía que se quedara a dormir tan a menudo en su casa—. ¿Y qué será lo próximo? ¿Volver a los escenarios?
Teddy enarcó las cejas.
—¿Tú crees que Matty querría?
—¡No! —gritó Irene—. Y lo que quiera no importa. ¡Tiene catorce años!
—Tú tenías nueve cuando empezamos. Y Buddy tan solo cinco.
—No, si encima querrás un premio al mejor padre.
Graciella abrió la puerta trasera.
—Se enfría el pollo.
—Esto no ha terminado —le dijo a su padre—. Ni mucho menos.
Irene entró en casa hecha una furia.
—Graciella, quiero empezar el lunes por la tarde. Porque el lunes por la mañana me mudaré de esta casa.
—Vale… —dijo Graciella.
—El lunes es fiesta —señaló su hijo mayor, Julian.
—Yo trabajo en días de fiesta —dijo Irene.
—¿Quién se muda?
Matty había aparecido en la puerta de la cocina. Todos volvieron la cabeza hacia él.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Qué me he perdido?
—Tú y yo tenemos que hablar, fuera —dijo Irene—. Ahora.
—¿Puedo comer un poco de pollo primero? Me muero de hambre.
Irene respiró hondo.
—Un trozo.
Irene estaba sentada en el porche de la casa —el porche nuevo, con aquellas baldosas tan lisas—, deseando tener uno de los canutos de su hijo.
Al padre de Matty le gustaba fumar. A Irene, en su día, también. Pero ese era otro mal hábito que había abandonado junto con Lev Petrovski. Nunca le había contado a Matty por qué no se había casado con su padre. A lo mejor había llegado el momento de enmendarlo.
Irene solo había buscado dos cosas en aquel hombre. («Hombre» era un poco exagerado; apenas tenía diecinueve años, ni siquiera tenía edad para beber como no fuera en Wisconsin). La primera era un ADN con un mínimo de calidad, que en el fondo quería decir normal y corriente, lleno de genes dominantes capaces de neutralizar cualquier rasgo salvaje que el niño hubiera podido heredar de su madre y de su abuela. No quería un niño con poderes, un Increíble Telemacus. Solo deseaba un hijo o una hija normales, que nunca tuviera la tentación de alardear en un programa de la televisión nacional.
La segunda era la presencia de Lev. Su presencia continua. En su día le había parecido bajar mucho el listón exigirle tan solo que estuviera ahí después del nacimiento del bebé, pero Lev no había sido capaz ni siquiera de eso. La noche en que Irene se había puesto de parto, no había logrado localizarlo. Era la una de la madrugada y estaba por ahí con sus amigos, ilocalizable. Ella le había pedido que consiguiera un busca, pero naturalmente no le había hecho ni caso.
Al final, quien la había llevado al hospital había sido papá, que de todos modos no había querido entrar con ella al paritorio.
—No estoy hecho para eso —dijo, como si ver un atisbo de la vagina de su hija en acción fuera a sumirlo en una espiral de locura. Así pues, entró y se tumbó sola en aquella sala que, para su olfato aguzado por el embarazo, parecía un baño húmedo de desinfectante.
Nunca había echado tanto de menos a su madre. Había habido otros momentos —fiestas de cumpleaños, la muerte de su gato, su primera regla, el día de su graduación— en los cuales Irene había mantenido conversaciones unidireccionales entre madre e hija con la fotografía de Maureen. Pero aquella noche en el hospital, mientras expulsaba a un hijo a manos de desconocidos, había experimentado una dolorosísima nostalgia. Incluso cuando le habían entregado a su hijo, había sentido una segunda punzada de dolor, porque no podía enseñárselo a su madre.
Lev se pasó por el hospital al mediodía. Se disculpó de manera profusa. Se mostró maravillado con el bebé. Dijo todas las cosas apropiadas que se esperarían de uno después de haberlo hecho todo mal, pero algo en el corazón de Irene se había cerrado. Lev venía directamente de los bares y la ropa le apestaba a humo de cigarrillo; Irene apenas toleró que sujetara su hijo. Antes de que se marchara ya había tomado la decisión de no permitir que volviera a tener a Matty en brazos nunca más.
Su presencia ya no era necesaria. Y catorce años más tarde resultaba evidente que Lev ni siquiera había cumplido con la parte relacionada con el ADN. Los genes Petrovski no habían podido hacer nada contra la magia de los McKinnon.
Había llegado el momento de tener la conversación que tanto había temido. Explicar lo de los pájaros y las abejas no era nada en comparación con un diálogo sobre mentalistas y videntes. Irene tenía treinta y un años, la misma edad que su madre cuando esta había muerto, y una parte de Irene siempre había creído que habría muerto antes de tener que abordar aquel momento. Pero no.
Qué suerte la suya.
Ya iba a entrar de nuevo en casa para buscar a Matty cuando la furgoneta amarilla de Bumblebee de Frankie apareció en el camino de acceso y frenó con un chirrido. Inmediatamente después, un camión de mudanzas de seis metros aparcó junto a la acera, delante de la casa.
Loretta bajó de la furgoneta y subió por la rampa, hecha un basilisco. Las gemelas salieron corriendo tras ella.
—Ey, Loretta —dijo Irene—. ¿Qué pasa?
—Pues que nos mudamos aquí, joder. Eso es lo que pasa. Somos refugiadas, la madre que me parió.
Irene se apartó de en medio antes de que le pasara por encima. Las gemelas se le echaron encima en un abrazo a cuatro manos.
—¡Tía Reenie! ¡Nos han echado de casa!
—¡Han venido unos hombres y han sacado todas nuestras cosas al jardín!
—¡Papá tiene un camión!
—¿En serio? Bueno, entrad y comed un poco de pollo, chicas.
Mary Alice salió del camión y cruzó el jardín. Frankie la siguió. Por el aspecto que tenía, parecía que más que de detrás del volante de una furgoneta acabara de salir de debajo de las ruedas. Mary Alice intercambió una mirada con Irene, negó con la cabeza y entró en casa. Frankie la miró.
—Es solo un revés temporal —dijo.
—¿Quién os ha echado? —preguntó Irene.
—Es complicado. ¿Está Matty en casa?
—Ni te acerques a mi hijo.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Ya me has oído. No eres su entrenador. Quédate aquí, no te muevas.
—Tú no eres quién para decirme qué tengo que hacer. Soy un hombre adu…
Irene le cerró la puerta en las narices antes de que pudiera terminar la frase. Matty estaba en el pasillo, hablando en voz baja con Mary Alice. Llevaba un plato de plástico blanco con demasiado pollo frito y una montaña de puré de patatas.
—Tú —le dijo Irene, señalándolo—. Arriba.
—Creía que querías hablar conmigo.
El chaval no era consciente de que estaba presenciando el aplazamiento de su propia ejecución.
—¡A tu habitación! —gritó Irene.
—¿Puedo llevarme la comida?
—Considérala tu última cena —dijo ella, con voz gélida.
Matty intercambió una mirada lúgubre con Mary Alice y empezó a subir las escaleras con aquel plato tan cargado en las manos.
—¡Papá! —gritó Irene, levantando la voz—. Te necesito aquí.
Este salió de la cocina, bromeando aún con alguien a quien ella no alcanzaba a ver. Entonces se percató de la expresión de Irene y frunció el ceño.
—Quiero que oigas esto —le dijo ella, y volvió a salir al jardín.
Frankie ahora estaba en el porche.
—No metas a papá en esto —dijo—. Lo tengo todo controlado.
—No sabes ni de qué hablas —repuso Irene.
Papá salió de casa, con lo que Irene y Frankie tuvieron que bajar por la rampa para dejarle sitio.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
—Nick lo ha echado de casa —dijo Irene.
—Bueno, ya dijiste que mentía más que respiraba —dijo papá.
Frankie parecía desconcertado.
—Un momento, ¿sabéis lo de Nick?
Graciella salió detrás de Teddy.
—¿Qué Nick?
—Tenemos un problema —afirmó papá.
—Vamos a necesitar más pollo —dijo Graciella.
—Joder, joder, joder —musitó Irene en voz baja—. Estoy harta.
—Por lo menos cuarenta y ocho trozos más —añadió Graciella.
—Estoy de este circo hasta el gorro —dijo Irene.
Pareció que finalmente papá la oía.
—A ver, calmaos todos —pidió—. Yo me encargo de esto.
—No hace falta que te encargues de nada —dijo Frankie—. Lo tengo todo controlado. ¡Controlado!
Irene soltó un grito sin palabras. Todos se quedaron mirándola, como esperando una traducción. Pero la habían entendido perfectamente: no era razonable criar a un hijo en esa casa, en esas condiciones. Iba a ser un chico normal, joder. ¡Un chico aburrido!
Entonces se volvió hacia Frankie y le dijo:
—¿Dónde has alquilado ese camión de mudanzas?