12
Teddy
El amor lo estaba esperando en el buzón de correos, enroscado como una serpiente de cascabel. En un sencillo sobre blanco. Lo reconoció antes incluso de ver su nombre escrito con la afiladísima cursiva de Maureen y, en un abrir y cerrar de ojos, aquel veneno dulce, antiguo, le paralizó el corazón.
«Oh, amor mío —pensó—. Me desarbolas incluso desde la tumba».
De repente sus cartas habían empezado a llegar con mayor frecuencia, no tenía ni idea de por qué. Había habido un aluvión después de su muerte, pero a continuación habían ido disminuyendo, hasta tal punto que a veces habían pasado años sin que recibiera ninguna. Pero aquella era la segunda de aquel verano. ¿Se trataba de una señal del fin del mundo? Porque él se estaba haciendo mayor; la sección de obituarios iba llena de hombres más aguerridos y jóvenes que él, segados por apoplejías, cánceres de próstata y ataques al corazón. El estrés que le producían aquellas cartas bastaba para acabar con él. Mo iba a matarlo junto al buzón.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Irene. Estaba a cinco metros de él, de pie junto a su coche. Demasiado lejos para ver la letra del sobre. —Balas de papel —dijo él. Se guardó la carta en el bolsillo de la chaqueta. Ya tendría tiempo de leerla más tarde—. Directas al cerebro.
—¿Cómo recibes correo en domingo?
A cualquier otra persona le hubiera dicho que debían de haberla enviado a la dirección equivocada y que algún vecino debía de haberla dejado allí, pero se trataba de Irene. Su única opción era eludir la pregunta por completo.
—Vamos —dijo—. Graciella está esperando.
Irene no hizo ademán de meterse en el coche.
—Pero tenemos un trato, ¿eh? Si te acompaño, pase lo que pase, vas a cuidar de Matty por mí.
—Sí, sí.
—Cuatro días, del jueves al domingo que viene.
Teddy había cometido el error de entregarle las llaves del coche para que conectara el aire acondicionado, y ahora las tenía como rehén. Estaba junto a la puerta del conductor, tamborileando con los dedos en el techo del coche.
—Y esta vez lo vigilarás de verdad —añadió.
Se negaba a dejarlo olvidarse de la vez que había quedado al cargo de Matty, cuando el chaval tenía dos años.
—Ahora es un adolescente, no un niño pequeño —dijo—. Esta vez, si se bebe un vaso de ginebra lo hará a propósito.
Irene refunfuñó pero le entregó las llaves.
Logró mantenerse en silencio hasta el tercer semáforo. Era más de lo que Teddy se había esperado.
—¿Confías en esta mujer? —le preguntó. Se refería a Graciella.
—¿Y tú? A ti se te da mucho mejor juzgar el carácter de los demás que a mí.
De hecho, por eso quería que Irene lo acompañara.
—Te está utilizando —dijo ella.
—Es lo que quiero. La amistad consiste en eso, Irene.
—Si lo que quiere es tu dinero, no es una amiga.
—¿Mi dinero? ¿Qué dinero? Pero si vivo de la seguridad social, por el amor de Dios.
—Este coche no tiene ni un año. Te compras uno nuevo cada dieciocho meses.
—Eso es solo una decisión prudente. Los coches nuevos son más fiables. Si tienes una avería en la autopista elevada, lo más probable es que acabes muerto.
—¿Y los trajes? ¿Y los relojes?
Teddy respiró hondo. ¿Cómo podía explicárselo a una mujer que olía las mentiras a la legua?
—Que no me vista como un pordiosero no quiere decir que sea rico.
—Sé lo de ATI, papá.
Teddy fingió estar muy concentrado vigilando el tráfico en el retrovisor lateral.
—¿Cómo dices?
—Los cheques no paraban de llegar a casa cuando yo iba al instituto, y siguen haciéndolo.
—¿Me espías el correo?
—No me hace falta, veo los sobres. Telemetría Avanzada Inc. es una empresa privada de electrónica, pero la información pública disponible es sospechosamente escasa.
—¿Me has estado investigando?
—A ti no, a ellos. Resulta que son una especie de consultoría empresarial.
—Eres una entrometida. Es tu peor defecto.
—Estoy segura de que tienes una lista. Entonces ¿qué, papá? ¿Eres consultor? ¿Es un remanente de lo que hacíais tú y mamá? —preguntó, enarcando las cejas—. ATI es la tapadera que utiliza Destin Smalls para pagarte, ¿verdad?
—No digas tonterías.
—Es solo que estoy preocupada, papá. El dinero no me importa, pero no quiero que esta mujer se aproveche de un… De ti.
—De un viejo. Dilo.
—No hace falta. Es evidente que estás senil.
—No necesita mi dinero. Pertenece a la realeza de la mafia.
—Pues ¿cuál es su plan? Dijiste que su interés por ti no era romántico, pero algo querrá, ¿no? ¿Por qué sonríes?
Le enterneció oír a su hija mayor hablar de planes. De sus hijos, Irene siempre había sido la más brillante. Tenía la inteligencia de Maureen y una buena dosis de su talento. Maureen solía pensar que Buddy era el genio de la familia, pero la que poseía una mente como un cuchillo Ginsu era la pequeña Irene. El Detector de Mentiras Humano. Y por eso, si quería ayudar a Graciella, necesitaba a Irene a su lado.
—Creía que te caía bien —dijo Teddy, intentando mostrarse herido y fracasando incluso a sus propios oídos.
—No tiene nada que ver con eso —replicó ella—. Estamos hablando de negocios.
Él no paró de reírse hasta el siguiente semáforo.
—¿Cuánto te paga ATI? —preguntó Irene, acosándolo como un puto terrier—. En números redondos.
—No me pagan ningún número —dijo Teddy—. Ni redondos, ni cuadrados ni romboidales. Yo me pago a mí mismo.
Irene soltó un gruñido escéptico, aunque tenía que saber que no estaba mintiendo.
—Soy propietario de la mitad —continuó él—. No pongas esa cara. La idea de fundar la empresa fue mía. ¿Cómo no iba a hacerlo después de ver cómo funcionaba el gobierno? Es un lugar de locos. Panaderos flacos, del primero al último.
—Lo dices como si fuera una frase hecha…
—¡Panaderos flacos! «No te fíes de un panadero flaco». Pues claro que es una frase hecha.
—¿Y qué tiene que ver eso con el gobierno?
—Déjame que te lo cuente —dijo él—. Los que están dentro no pueden comer pastel, pero lo compensan tirando los pasteles por la ventana. Cajas y cajas de pasteles. El complejo industrial militar está formado enteramente por lanzacajas y comepasteles. En esta metáfora, los pasteles equivalen a dinero.
—Declaremos una moratoria a las metáforas.
—Una metaforia.
—Y a las expresiones inventadas.
—Lo que intento decir es que Destin Smalls es el tipo más ingenuo del planeta pero, aun así, podía destinar millones de dólares a proyectos dudosos. Le pagaba a G. Randall Archibald sumas astronómicas por fraudes descarados. Detectores de campos de torsión, pistolas de microleptones que nunca funcionaban porque, oh, hacía falta medio millón más para terminar de desarrollarlas…
—Madre mía —dijo Irene—. O sea que se trata de competir con Archibald. Todavía. Otra vez.
—Se trata de ganar dinero, simple y llanamente —dijo Teddy.
—¿Mamá lo sabía?
Teddy iba a responder, pero entonces se lo repensó.
—O sea, no —se respondió Irene.
—Lo sabía. Al final lo supo —dijo él—. Tu madre —añadió antes de que Irene pudiera hacer más preguntas— era muy conservadora con el dinero, muy conservadora. No le gustaba nada especular. Los costes de fundar la empresa fueron significativos y tardamos mucho tiempo en recuperarlos. Me entristeció mucho que nuestra empresa no empezara a producir dividendos hasta después de su muerte.
—Si ella no estaba de acuerdo, no puedes decir «nuestra».
«Y, sin embargo, pagó igual», pensó Teddy.
—Ayúdame a encontrar la casa —dijo Teddy—. Es el ciento treinta y uno. Busca un cartel de una inmobiliaria.
Lo vieron enseguida. NG Group Realty. El aparcamiento estaba vacío, a excepción del Mercedes familiar de Graciella. Aparcó junto a ella e Irene le puso una mano encima del brazo.
—Dime solo una cosa: ¿Graciella te ha pedido dinero?
—No —dijo él. Era la verdad.
Irene negó con la cabeza.
—Entonces no lo entiendo.
—Estás haciendo la pregunta equivocada —dijo él—. No se trata de lo que ella me saca a mí, sino de lo que yo le saco a ella.
—¿Y qué es?
No podía mentirle a Irene, pero podía elegir una parte que fuera cierta. «Venganza», pensó en decir, aunque eso sonaba demasiado melodramático. Otra opción era «Justicia», pero, además de melodramático, eso era impropio de él.
—Que puedo volver al terreno de juego —dijo.
Una de las cosas de las que más se arrepentía en su vida era no haberle hablado nunca a Maureen sobre ATI. Otra de ellas era que esta se hubiera enterado por su cuenta.
Todavía recordaba aquella noche. Tras conducir a través de una ventisca, Teddy había entrado en casa como el Gran Cazador, con la mejor pizza de todo el área metropolitana de Chicago. Maureen había retirado papeles y ceras de la mesa de la cocina y toda la familia se había sentado junta bajo la cálida luz, mientras Frankie describía con gran excitación increíbles choques con el trineo y los hacía reír a todos, incluido Buddy. Era en los momentos en que todos estaban reunidos así cuando Teddy era más feliz. Eran coconspiradores, alegres ladrones repartiendo el botín, riendo mientras el mundo seguía con sus grises vidas. Después de subir todos juntos a un escenario, aquello era lo que más le gustaba.
Tras la cena, Teddy se encendió un cigarrillo y vio como Maureen lavaba los platos. No era un hombre satisfecho por naturaleza, pero en aquel momento le faltaba poco para estarlo. Entonces, junto a su codo, vio el montón de páginas que Maureen había llevado de la mesa a la encimera. No eran las páginas de colorear de Buddy, tal como había asumido después de verlas junto a las ceras. Eran facturas y recibos del banco. Levantó unas cuantas páginas y vio el logotipo rojo de la empresa que administraba su hipoteca. Era Teddy quien llevaba el dinero y los pagos de la casa. Él mismo había insistido para que fuera así.
Repasó mentalmente la última hora, consciente de que antes de que llegara él, Mo había estado leyendo aquellos papeles. De pronto sus carcajadas le parecieron forzadas. Su mujer tenía la cabeza en otra parte.
—¿Quieres que hablemos de algo? —preguntó él.
Maureen no se volvió.
—¿Hay algo de lo que tengamos que hablar?
Conocía perfectamente aquel tono árido.
Visto de manera retrospectiva, había sido un pardillo al no prever que tarde o temprano terminaría enterándose. ¿Cómo iba un mortal a ser capaz de ocultarle algo a Maureen Telemacus? Había metido la mano en los ahorros familiares, si es que «meter la mano» se ajustaba a una tarea de prospección tan exhaustiva, y había contratado una segunda hipoteca.
—Dime qué has hecho con el dinero —dijo ella—. ¿Has vuelto a apostar?
Maureen creía que había vuelto a las andadas. Irónicamente, era cierto, había vuelto a las andadas, pero solo para conseguir el dinero que luego había metido en ATI.
—Lo que yo hacía no era jugar —dijo Teddy, incapaz de disimular la indignación en su voz. En los viejos tiempos era todavía más vanidoso que ahora.
Maureen, sin ni siquiera mirarlo, dejó claro que no pensaba tragarse sus trolas. ¿Por qué iba a hacerlo? Llevaba años creyéndoselas.
—Ay, Teddy —dijo Maureen—. Tantos años trabajando para que ahora te dediques a tirarlo todo por la borda.
—No estoy haciendo eso —replicó él—. Estoy invirtiendo. Hay una enorme diferencia.
—¿Invirtiéndolo en qué?
—Te lo voy a contar —dijo—. Siéntate. Por favor.
Maureen se secó las manos y se sentó ante él, al otro lado de la mesa, silenciosa como un juez implacable.
—Se presentó una oportunidad de negocio —dijo—. Tuve una idea para fundar una empresa y un coinversor me ayudó a crearla. La empresa generaría un flujo de beneficios constante, pero requería un capital inicial para empezar a funcionar. Costes de constitución a corto plazo y beneficios a largo plazo.
—Un flujo de beneficios constante —dijo ella.
—¡Exacto!
—¿Estás oyendo lo que dices?
—Quiero que me escuches tú a mí —dijo él, tratando de mostrarse razonable—. Solo intento poner comida en la mesa. ¿Qué otra opción me queda? Todo lo demás que he intentado…
—Es por nuestra aparición en la tele —repuso ella, y negó con la cabeza de la misma forma que años más tarde lo haría su hija—. Sigues enfadado. No puedes quitártelo de la cabeza.
—Teníamos un plan, Mo. Todo dependía de que tú salieras y no lo hiciste.
Teddy sabía que Archibald iba a interrumpir la función. Le había ofrecido a aquel escéptico algo fácil de desenmascarar, un viejo truco de magia con el pie, algo que las cámaras pudieran captar. La familia no había sido «desenmascarada»: su derrota momentánea era el enmascaramiento en sí, su forma de preparar el terreno para luego revertir la situación a lo grande. Mo haría su número del teléfono y Archibald se quedaría patidifuso. El famoso escéptico admitiría que sus poderes eran reales en una cadena nacional y se harían ricos.
—¿Qué querías que hiciera? —preguntó Teddy, desesperado.
—Buscar empleo —replicó ella—. Un empleo de verdad.
—Pero esto es mejor que un empleo —dijo él—. Es un negocio legítimo.
—¿Te presentas aquí con una pizza hecha por Nick Pusateri y me hablas de negocios legítimos?
—Esto no tiene nada que ver con él. —Era la verdad—. Solo he comprado una pizza.
Eso, en cambio, era mentira. Se había pasado por el restaurante de Pusateri para hablarle de su siguiente trabajo. Pero eso no podía confesárselo a Mo: le había prometido que nunca más volvería a trabajar para aquel hombre ni para la mafia. Nunca más.
—Pues explícame de qué va esta inversión —dijo ella—. Sin balbuceos ni engaños. Dime exactamente con quién haces negocios y de qué se trata.
—No puedo, Mo. Es la verdad, no puedo. Tendrás que confiar en mí. Lo hago por la familia.
—Que confíe en ti —dijo ella amargamente.
Él asintió con la cabeza.
—Es lo único que te pido. Un poco de confianza.
—Pero, en cambio, tú no puedes confiar en mí —dijo ella. Le temblaban los labios—. En tu mujer.
—No hasta que dé beneficios. Pero entonces te juro que entenderás por qué…
Frankie entró corriendo en la cocina, seguido por Buddy.
—¿Puedes hacer galletas?
—No soy una de tus víctimas —le dijo Maureen a Teddy, y se puso a recoger los extractos bancarios ignorando a los chicos, que reclamaban su atención. Teddy la observó en silencio, pensando que la discusión había terminado, pero entonces ella le asestó el golpe de gracia—. No, no es verdad —dijo—. Fui tu primera víctima.
A la mañana siguiente, Maureen le informó de que había aceptado la oferta de Destin Smalls para trabajar en un nuevo programa gubernamental llamado Proyecto Star Gate. Y, poco después, Nick Pusateri puso punto final a la carrera de Teddy como prestidigitador.
Graciella abrió la puerta de las oficinas desde el interior y los invitó a pasar. No hubo abrazos —no era una de esas chicas—, pero le dio la mano a Irene.
—Bienvenida a NG Group —le dijo.
—¿Tú eres la G? —preguntó Irene.
—A la N le gustaba mantenerme en segundo plano, aunque sobre el papel la propietaria fuera yo.
—Y ahora quieres ser la propietaria también de hecho —dijo Teddy.
—Tengo que serlo. No sé hasta qué punto el negocio es real o una fachada del otro negocio de los Pusateri. Ni siquiera sé si soy la única propietaria, aunque no me sorprendería descubrir que hay varios socios sin voz ni voto.
Los guio a través de una zona de cubículos vacíos —ninguno de los empleados había llegado todavía— hasta una oficina luminosa y acristalada. Hizo un gesto hacia el ordenador y el gran monitor de color beige.
—Nick, mi marido, me dio la contraseña del software de contabilidad, pero no tengo ni idea de cómo funciona. Tu padre dijo que se te daba bien.
Irene miró a Teddy y luego se volvió hacia Graciella.
—¿Qué buscas, exactamente?
—El dinero —dijo Graciella, y Teddy se rio.
Irene se puso manos a la obra como si fuera una… informática. Puso el ordenador en marcha y durante los cinco minutos siguientes no hizo nada más que gruñir y hablar sola, escaneando la pantalla con la mirada, mientras Graciella la observaba atentamente. Teddy nunca habría dicho que su hija telepática iba a aprender contabilidad, pero tenía que admitir que era un placer constatar que poseía unas habilidades tan esotéricas.
Teddy, repanchingado en un mullido sillón que recordaba un útero y estaba claramente diseñado para provocar una confianza infantil en los clientes, observó a las dos mujeres tanto rato como pudo antes de que el aburrimiento lo venciera. Entonces echó un vistazo al Rolex. Llevaba cinco minutos allí.
—Cuéntale lo de los dientes —le dijo Teddy a Graciella.
—Creo que está ocupada —contestó esta.
Irene levantó la mirada.
—¿Qué dientes?
—La estás distrayendo —dijo Graciella.
—Es relevante para la situación —repuso Teddy—. Por eso estamos aquí.
—¿Dientes? —repitió Irene.
—Quiero que te oiga contarlo —le dijo Teddy a Graciella. Luego se dirigió a Irene—. La prueba de que Nick júnior es inocente.
—No es completamente inocente —dijo Graciella—. Pero es el padre de mis hijos y tengo que pensar en ellos.
—¿Qué dientes? —insistió Irene.
Graciella se reclinó sobre el alféizar de la ventana, cruzó sus largas piernas y frunció el ceño como si intentara decidir por dónde empezar. Estaba fabulosa, con aquella falda verde ajustada y la blusa color polo de naranja, una combinación que Teddy nunca habría pensado que funcionara, pero que desde luego lo hacía: otra demostración de que las mujeres eran más valientes que los hombres.
—Esto no puede salir de aquí —dijo Graciella. Irene asintió, esperando a que continuara—. Como ya sabes, Nick júnior está acusado del asesinato de Rick Mazzione —explicó—. Y es posible que hayas leído que Nick sénior era propietario de parte del negocio de Rick Mazzione. En realidad se lo arrebató cuando Rick se demoró en los pagos de un préstamo. Este intentaba pagar lo que debía, pero la deuda nunca se saldaba y Rick empezó a quejarse públicamente de ello. Tal vez empezaba a estar lo bastante cabreado para acudir a la policía, de modo que Nick sénior decidió investigarlo.
Irene asimiló toda aquella información como una profesional, sin grititos ahogados ni preguntas fuera de lugar, pero era evidente que estaba analizando cada una de las frases. Por eso Teddy había querido que Graciella le contara la historia. Si lo hubiera hecho él, Irene solo habría sabido si Teddy creía en lo que aquella mujer le había contado. Con Irene siempre tenías que tener presente el problema de las historias narradas de forma indirecta.
—Y aquí es cuando mi marido se involucra en el asunto —dijo Graciella—. Su padre le dijo que invitara a Mazzione a una reunión y que se lo llevara a una obra. Empezaron a… hacerle preguntas. A Nick sénior no le gustaron las respuestas y se cabreó. Le pegó un puñetazo a Mazzione en la boca.
Irene asintió.
—De ahí los dientes.
—Le hizo saltar unos cuantos. A Nick le empezó a sangrar la mano, y eso todavía lo cabreó más.
—Se cabrea muy fácilmente —le explicó Teddy a Irene.
—Ya me lo parecía, sí —dijo Irene.
—Mi marido me dijo que en ese momento su padre se volvió un poco loco y empezó a arrancarle los dientes a Mazzione con unos alicates. Todos menos los molares. No pudo arrancárselos.
Irene miró a Teddy.
—¿Tú eras amigo de este tío?
—Trabajaba con él —dijo él—. No es lo mismo.
—Entonces Nick le disparó. No mi marido, sino su padre.
—¿Y eso fue lo que te contó tu marido?
—¿No me crees?
—Creo que crees a tu marido.
Teddy soltó una carcajada. El problema de las historias narradas de forma indirecta en acción.
—Nick sénior obligó a mi marido a enterrar el cuerpo —dijo Graciella—. Cuando dieron con él, meses más tarde, le faltaban todos los dientes y no los encontraron en el lugar del crimen. Se los había guardado mi marido, que los tenía en una caja de puros, en el cajón de los calcetines.
—Porque guardar recuerdos de partes del cuerpo humano es lo más normal del mundo —dijo Irene.
—Los curas guardan huesos de santos —repuso Teddy, razonablemente.
—No hace falta que lo defiendas —le espetó Graciella—. Mi marido no es perfecto, y no siempre piensa antes de actuar. Pero en este caso hizo lo correcto.
Irene enarcó una ceja.
—Porque…
—Los dientes de Mazzione contienen sangre de Nick sénior. Y eso lo coloca en la escena del crimen.
—¿No confiarían en la palabra de Nick sénior? —preguntó Irene.
—Mi marido no testificará contra su padre. No lo haría nunca. Pero yo pienso entregarle los dientes al fiscal del distrito. Ya le he insinuado a la policía que tengo pruebas. Aunque puede que eso fuera un error: mi suegro parece saber que tramo algo.
—Es imposible lograr que los polis mantengan la boca cerrada —dijo Teddy—. Sobre todo porque es más que probable que Nick sénior tenga sobornados a unos cuantos.
—O a muchos —apuntó Graciella.
—¿Y por qué no lo has hecho? —preguntó Irene—. ¿Por qué no los has entregado y has dejado que acusen a Nick sénior?
—Porque la acusación podría no prosperar y yo quiero algo más que su arresto —dijo Graciella—. Quiero independencia.
Inesperadamente, cuando Graciella se ponía melodramática resultaba de lo más convincente, como el naranja sobre el verde. ¿Quién lo habría dicho?
—Cuando metan a mi marido en la cárcel quiero tener una vida propia —dijo Graciella—. Quiero un negocio legal, sin ninguna relación con la mafia. Y quiero que mis hijos crezcan sin ver a su abuelo nunca más. Le entregaré los dientes a cambio de eso.
Teddy estudió la expresión de su hija. Observaba todo de reojo, con la misma mirada que Maureen solía dirigirle cuando él volvía a casa y el aliento le olía a alcohol. Joder, ¿Graciella le había mentido? ¿Les había mentido a los dos?
—¿Cuántas fotocopiadoras hay en este edificio? —preguntó Irene.
—Tres —respondió Graciella—, una de ellas en color.
—Voy a necesitar copias de todas las declaraciones de la renta y de todos los documentos que puedas encontrar —dijo Irene—. Ah, y disquetes. Un montón de disquetes.
En su día le encantaba la sensación de tener las cartas en la mano. No había ningún placer comparable a sentarse alrededor de una mesa bebiendo, fumando y contando mentiras con un grupo de hombres forrados, repartiéndoles exactamente las cartas que él quería que tuvieran. Por supuesto, aquellos hombres no eran amigos suyos, no lo serían nunca. El siguiente placer en la lista de los mejores era sentarse alrededor de una mesa bebiendo, filmando y contando mentiras con un grupo de hombres que lo conocieran lo bastante bien como para no dejarle repartir las cartas, o ni siquiera cortarlas.
—Cuéntales lo de Cleveland —dijo Nick sénior.
—No, no hace falta —objetó Teddy. Hacía un par de noches que había regresado de Ohio.
—No, en serio. Tíos, no os vais a creer esta historia.
Los tíos en cuestión eran Charlie, Teppo y Bert «el Alemán». Los de siempre, vamos. Su rutina habitual los martes por la noche consistía en instalarse en la trastienda del restaurante de Nick, comer pizza y beber Canadian Mist hasta el amanecer. Ellos jugaban, Teddy observaba.
—¿Qué pasó en Cleveland? —preguntó Charlie, que no era el tipo con más luces del mundo. Era un milagro que pudiera hablar y repartir cartas al mismo tiempo.
—Nada —dijo Teddy. Miró a Nick, que estaba amasando una pizza en una mesa grande. La mejor parte de jugar en la cocina era que Nick les daba de comer. La peor, que este jugaba todas las partidas en campo propio—. Un problemilla durante una partida de cartas.
—Oh, vamos, ¿qué hiciste? —preguntó Charlie, riendo ya.
Era el capullo oficial del grupo, una especie de mascota que le costaba a Nick casi tanto dinero como le reportaba. Teddy tenía la sensación de que Nick estaba cabreado. Todos se movían con especial cautela cuando estaba de mal humor, por el mismo motivo por el que uno se andaba con cuidado con la nitroglicerina.
—Cuéntaselo —dijo Nick.
Tenía aquellos brazos de estibador blancos de harina hasta los codos. Era un tipo corpulento y parecía decidido a seguir siendo tan corpulento como lo había sido en los años cincuenta. Llevaba el pelo engominado y recogido en una cola de pato, vestía las mismas camisetas y pantalones ajustados que cuando era adolescente, y escuchaba una emisora de éxitos de siempre de la AM. Su fijación por su propia juventud empezaba a resultar ridícula, pero naturalmente nadie iba a decírselo a la cara.
—Fue una encerrona cojonuda —continuó Nick—. Puse a Teddy entre la espada y la pared.
Este se encogió de hombros. No pensaba quejarse de Nick delante de aquellos tíos.
—¿Por qué no jugamos y ya está?
—Veréis, envié a Teddy para que le echara una mano a mi primo Angelo —siguió contando Nick—. Este estaba metido en una partida con dos tíos de Nueva York, hombres de Castellano.
—¿De Castellano? —dijo Charlie—. La hostia. ¿Por qué?
—Angelo no pudo negarse, por educación —respondió Nick—. Y pensé, joder, si no tiene más remedio que jugar con estos cabrones, lo mínimo que podemos hacer es desplumarlos. Te voy a mandar a un tío, le dije. Lo financiaré yo mismo, veinte mil de mi propio bolsillo. Es el mejor prestidigitador del circuito, le dije.
Los demás miraron a Teddy, que esbozó una sonrisa humilde.
Charlie soltó una carcajada.
—¿Y te dejaron repartir?
Teddy negó con la cabeza.
—No, yo iba de ballena.
—Le dije que se pusiera el puto Rolex Newman —explicó Nick—. Que hiciera un poco de ostentación.
Teddy lo llevaba en aquel momento. Un Rolex Daytona «Paul Newman» con la esfera de diamantes. Valía veinticinco mil pavos y no hacía más que ganar valor. Era como ir por ahí con un apartamento con vistas al lago bajo el brazo. Teddy escondió la mano debajo de la mesa.
—Mi tarea consistía en perder, sobre todo con Angelo —dijo Teddy—. Pero él tenía problemas para contener a los dos neoyorquinos.
Nick resopló.
—Con razón, como supimos más tarde. Pero por si eso no era suficiente, los neoyorquinos tenían a dos tipos de refuerzo en la sala contigua, charlando con los hombres de Angelo. Todos armados hasta los dientes.
—¡La leche! —exclamó Charlie.
—Pero cuéntales cuál era el verdadero problema —dijo Nick.
Teddy puso cara de póquer, proyectando calma, buen humor.
—Habla —dijo Nick. Una orden.
—El verdadero problema —concluyó finalmente Teddy— era que los neoyorquinos jugaban aliados contra nosotros. Se hacían señales, intentaban hacernos trampas a Angelo y a mí. Uno de ellos incluso intentó repartir desde el fondo del mazo.
—¿A ti? —preguntó Charlie—. ¿Intentó colarle una fullería al fullero mayor?
—¡Imposible! —dijo Teppo. Era un hombre menudo, de metro y medio y sesenta y cinco kilos, pero Teddy había visto cómo le aplastaba la tráquea a un tipo el doble de grande que él—. ¿Y qué hiciste? ¿Les devolviste sus trampas?
—Sí, claro —contestó Teddy—. Decido devolvérsela. El problema es que cuando reparto no puedo hacer grandes maniobras, porque no pueden enterarse de que soy un topo, pero tampoco puedo dejar que el juego siga por esos derroteros, porque Angelo está perdiendo dinero en cada mano.
Bert «el Alemán» gruñó en solidaridad con su encrucijada. No hablaba casi nunca, pero era más peligroso que Teppo y por completo leal a Nick.
—Y además te estaba carcomiendo por dentro —dijo Nick—. Admítelo. No te gustaba que esos tipos hicieran más fullerías que tú, Teddy Telemacus.
—¡Pues claro que estaba cabreado! —exclamó Charlie—. ¿Quién no lo estaría?
«Cierra el pico», pensó Teddy.
—Orgullo —dijo Nick—. El orgullo te empieza a picar.
Teddy miró fijamente a Nick.
—Pues sí —confirmó—. Un poco de orgullo sí hubo.
—Tenías que derrotarlos —dijo Nick.
Teddy asintió.
Teppo y Bert se habían quedado muy callados. Se habían percatado del cambio de ambiente en la sala, pero el imbécil de Charlie no paraba de mirar de Nick a Teddy, riendo.
—¿Y cómo lo hiciste, Teddy? ¿Cómo lo hiciste?
—Eso me gustaría saber a mí —dijo Nick—. De algún modo logró amañar la siguiente mano, aunque no repartía él. ¿Cómo lo hiciste, Teddy?
Teddy dio unos golpecitos en el tablero de la mesa, recordando la última mano del juego. Uno de los neoyorquinos repartía. Le ofreció el mazo para que Teddy cortara. Este hizo un corte de aficionado, usando las dos manos, y le devolvió el mazo al que repartía.
Una simple transacción que, sin embargo, ocultaba una exhaustiva preparación. Teddy había llegado a Cleveland con todas las barajas que usarían esa noche. Una estaba limpia, pero todas las demás estaban marcadas para que él pudiera leer los dobleces bajo los dedos mientras repartía. Además, llevaba otros dos mazos, uno en el bolsillo de la chaqueta y otro en un bolsillo de fieltro pegado debajo de la mesa, cargados de dos formas distintas.
Nadie se dio cuenta de que se sacaba el mazo del bolsillo. Nadie se dio cuenta de cómo, treinta segundos más tarde, cogía una carta del mazo de la chaqueta y la introducía en el que tenía en la mano. Y nadie se dio cuenta de que la baraja que devolvía después de cortar no era la misma que le habían pasado.
Nick estaba ansioso por oír su respuesta, pero Teddy se encogió de hombros.
—¿De verdad importa?
Nick sonrió.
—No, supongo que no.
—Vale, y entonces ¿qué? —preguntó Charlie.
—Solo lo sé de segunda mano y según lo que me ha contado Angelo —dijo Nick—. Y me costó bastante entenderle a través de las vendas. Pero, supuestamente… Es que es increíble. A ver, esos dos tramposos de mierda de Nueva York se encuentran con que tienen unas manos acojonantes. Empiezan a superar mutuamente sus propias apuestas y Angelo es tan idiota que no se aparta. Pronto el bote es enorme y todo el mundo sigue en la partida. Cuando muestran las cartas, uno de los neoyorquinos tiene una escalera de color y el otro un póquer, todo ases. Increíble, ¿no? Pero atención al colofón: los neoyorquinos tienen un dos de picas cada uno.
Charlie estaba riendo, confundido.
—¿Cómo? ¡La hostia!
Pero Teppo y Bert habían dejado de reír. Teddy sospechaba que los dos habían oído ya la historia de boca de Nick, y su sospecha le estaba helando las entrañas.
—Ya os podéis imaginar lo cabreado que está Angelo —dijo Nick—, que ya en situaciones normales no es el tipo más sereno del mundo. Empieza a gritar y los neoyorquinos saben que alguien se la ha jugado y están furiosos. Entran los matones que esperaban en la sala contigua y ahí es cuando la cosa se sale de madre.
Ahora Nick está mirando a Teddy.
—Desenfundan una pistola. Angelo levanta una mano y la bala se la atraviesa y le impacta en la mandíbula. Los médicos creen que la mandíbula tiene arreglo, pero la mano… la tiene hecha mierda. A partir de ahora va a tener que batear con la izquierda.
—La hostia —soltó Charlie, que no es muy creativo soltando tacos.
—Lo llevé al hospital —dijo Teddy—. Le pedí perdón.
Los hombres meditaron acerca del final de la historia como si degustaran un exquisito manjar. Finalmente, Nick se encogió de hombros.
—Habría preferido que conservaras mi dinero.
Teddy notó cómo el corazón le latía una vez en el pecho. Todos miraron a Nick.
Pero este ya ni siquiera fingía estar ocupado amasando. Puso en marcha el amasador de pizza y los dos grandes rodillos chirriaron al tiempo que empezaban a girar.
Bert «el Alemán» puso una mano gruesa sobre el brazo de Teddy y lo obligó a levantarse de un tirón. Pero este no podía, de pronto no le funcionaban las piernas. Notó un sabor ácido en la garganta. Teppo y Bert lo colocaron recto.
—¿Qué pasa, chicos? —preguntó Charlie. Era el único en toda la estancia que todavía no se había dado cuenta de lo que estaba a punto de suceder.
—Sacadle el reloj —dijo Nick.
Después de tres horas examinando documentos, Irene les dijo a él y a Graciella que había dos cosas claras: había demasiados documentos para fotocopiarlos todos y había algo definitivamente sospechoso con los números. Pero Irene llegaba tarde a su turno en Aldi.
—Recojámoslo todo —dijo Graciella.
No se fiaba de dejar los papeles en el despacho, pues no sabía cuánta gente tenía la llave, ni a quién eran fieles. La única solución era llevarse todo lo que pudieran encontrar y guardarlo fuera de las oficinas, donde las dos mujeres pudieran analizarlo a placer. Llenaron el maletero del Buick y la parte trasera del coche familiar de Graciella. Esta siguió a Teddy e Irene hasta casa, donde les pidieron a Buddy y Matty que los ayudaran a descargar.
Fue una experiencia extraña para Teddy. Su intención inicial era mantener a Graciella alejada de los hombres de la familia, para no asustarla. Pero la timidez de Buddy pareció gustarle y se rio de las bromas titubeantes de Matty. Visto con perspectiva, tenía sentido: Graciella tenía tres hijos, y Buddy era tan niño como cualquiera de ellos. Por suerte, el niño tenía un hobby y había construido varias estanterías con madera sobrante en el sótano. Las cajas de documentos encajaban perfectamente, como si estuvieran hechas a medida.
Graciella no dijo nada acerca de las persianas metálicas, pero se interesó por la gran estructura que empezaba a tomar forma en el otro extremo del sótano. Buddy agachó la cabeza y se marchó.
—Creo que son literas —dijo Matty.
—Es mejor no hacer preguntas —añadió Irene, y se puso la bata de poliéster de Aldi—. Tengo que irme, Graciella. Mañana seguiré estudiando la documentación.
—No sabes cómo te lo agradezco —dijo Graciella, que se le acercó y le tomó una mano entre las suyas—. Lo digo en serio. Ahora no puedo, pero intentaré compensarte algún día.
«¡Están teniendo un momento! —pensó Teddy—. ¡Mis chicas están teniendo un momento!».
Graciella dijo que ella también tenía que marcharse, porque seguramente su madre estaría cansada de cuidar a los chicos.
—No puedes irte —dijo Teddy—. Necesito que me ayudes con algo. Tengo demasiada ginebra en la nevera, un exceso de tónica y abundancia de pepinos.
—¿Y lima no?
—Es Hendrick’s, querida. Rodajas de pepino, siempre.
—Supongo que puedo aportar mi granito de arena en estos tiempos difíciles —dijo ella.
Se tomaron sus cócteles fuera, bajo el sol de agosto.
—¡Pero si tenéis hamacas! —dijo Graciella.
—¿Ah, sí?
Era verdad que las tenían: dos hamacas mexicanas colgadas a la sombra, entre los tres robles. «Otro proyecto de Buddy —pensó Teddy— financiado por un servidor».
—Me encantan las hamacas —dijo Graciella, que bordeó el montículo de tierra (Buddy había dado tantas explicaciones de por qué había decidido rellenar el hoyo como de por qué lo había cavado) y se echó en una de las hamacas, riendo mientras se esforzaba por no derramar la bebida.
Teddy se llevó una de las tumbonas hasta allí.
—Ay, ¿qué haces con eso? —le preguntó ella—. Échate en la otra.
—No soy muy de hamacas —dio él.
Instaló la tumbona ante ella, se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo. El sobre blanco cayó encima del asiento. Se le había olvidado. Lo cogió como si nada y volvió a meterlo en el bolsillo de la chaqueta. Graciella se dio cuenta pero no dijo nada.
Teddy se sentó ante ella y bebieron a sorbitos, mientras Graciella soltaba cumplidos sobre Matty, la casa y el jardín. A lo mejor algunas de aquellas cosas eran mentira, pero a él no le importaba. No recordaba un momento más agradable que aquel. Un día cálido de finales de verano, una mujer hermosa vestida de naranja y verde como una flor tropical que hubiera crecido en su jardín, con un vaso frío en la mano. Le entraron ganas de decirle cosas filosóficas. Intentó construir una frase sobre la madurez, la amargura de la ginebra y la dulzura de la tónica —¡dulce tónica de la juventud!—, pero perdió la concentración cuando Graciella se quitó primero un zapato y luego el otro.
—¿Alguna vez te he contado cómo el rey del prime time nocturno me robó un truco?
Ella se rio.
—Creo que me acordaría.
—¡Por fin! ¡Público nuevo! —exclamó Teddy—. Era 1953 y yo, un chaval de instituto que hacía magia, y L. Ron Hubbard estábamos sentados en un bareto de Los Ángeles.
—¿El tío de la cienciología?
—El mismo. Estábamos hablando acerca de lo fácil que es desplumar a una víctima, especialmente si esta es crédula. Empecé a demostrar mis habilidades con el truco del sobre…
—¿El de los tres deseos?
—La has vuelto a clavar, cariño. Después de asombrar un poco a los parroquianos, un chaval de Nebraska se acerca, se presenta y me invita a una copa. Me dice que trabaja en la radio y que antes era mago. Difícil de narices, ser mago en la radio, le digo yo. Él me pide que le enseñe el truco del sobre, por cortesía profesional. Yo no tengo por costumbre enseñarle a un mocoso cómo me gano la vida, pero el tío no para de invitarme a copas y al final pienso: por qué no, se ha ganado un truco. Se lo enseño, paso a paso, y al final, ¿sabes qué me pregunta?
—No tengo ni idea.
—¿Por qué el sombrero? Esa es su pregunta. ¡Por qué el sombrero! Le digo que es la clave de todo. No sirve solo para distraer al público e impedir que te mire las manos, sino también para concentrar su atención. ¡El sombrero es el teatro, el drama!
—No puedo más que estar de acuerdo —dijo Graciella.
—Y el chaval va y dice: «A lo mejor podría ser más grande». Casi le atizo. Sale del bar y, diez años más tarde, enciendo el televisor y ¿con qué me encuentro? Con ese chaval, que ahora tiene su propio programa. ¿Y qué hace para arrancar las carcajadas del público? ¡Mi truco, pero llevando un turbante!
—¿Johnny Carson te robó un truco?
—Carnac «el Magnífico», no te jode —dijo él.
Le encantaba cómo se reía Graciella.
—¿Cuánto hay de cierto en esa historia? —preguntó ella.
—Tanto como quieras —le respondió él—. Tanto como quieras.
Graciella empezó a balancearse, ahora cerca de él, ahora lejos. Llevaba las uñas de los pies pintadas de rosa.
—¿Te suena un tipo llamado Bert Schmidt? —preguntó ella—. Lo llamaban Bert «el Alemán».
—Es posible que haya oído su nombre alguna vez —dijo Teddy.
—Esta semana ha testificado contra Nick júnior.
—Vaya.
Nunca se le habría ocurrido que Bert pudiera volverse en contra de un Pusateri.
—Aseguró haber oído a Nick júnior fanfarroneando que había matado a Rick Mazzione.
—¿Y a Nick sénior no?
—No.
A lo mejor Bert seguía siendo fiel a Nick sénior, después de todo. ¿Era posible que el padre estuviera haciéndole la cama a su hijo? ¿O este había sido lo bastante estúpido para fanfarronear de un crimen que no había cometido?
—Todo apunta a que pronto estaré sola —dijo Graciella—. Espero sinceramente que Irene pueda sacar agua clara de lo que pasa con NG Group.
—Confío por completo en ella —repuso Teddy—. Se le dan muy bien los números. Es un crimen que no dirija su propia empresa. —Se aflojó la corbata—. Pero ¿seguro que quieres saber qué sucede?
Graciella hizo un ruidito interrogativo.
—Pongamos que NG es realmente una tapadera —dijo Teddy—. ¿La cerrarías por principio y renunciarías a todos esos ingresos?
—Si Nick sénior está involucrado, sí.
—Mis sospecha es que está metido hasta el cuello.
Teddy nunca había sido una persona que durmiera hasta tarde. Mente inquieta, dedos inquietos. Pero después del accidente (así lo había presentado al volver a casa desde el hospital, con las manos vendadas, y así se lo contó Maureen a los niños, aunque ella no se lo creyera), no le funcionaban ni los dedos ni la mente, y le resultaba casi imposible salir de la cama.
O, mejor dicho, del sofá. Al volver a casa se había instalado en el sótano, como un perro herido que busca la tierra. Los analgésicos hacían que todas las horas parecieran iguales y en el sótano podía mirar la tele o dormir a cualquier hora del día o de la noche. Los chicos aceptaron la nueva situación sin rechistar, aunque Frankie preguntó si él también podía dormir en el sótano. Irene trató en repetidas ocasiones de someterlo a interrogatorios en el sofá, pero, incluso en su estado nublado por los medicamentos, Teddy sabía que era preferible evitar sus preguntas que tratar de responderlas. Abría los ojos y ahí estaba ella, mirándolo con el ceño fruncido. Le hacía preguntas directas, como «¿Por qué no duermes en tu cama?» o «¿Por qué llora mamá?». Él contestaba «El televisor está aquí» o «Todo el mundo llora». ¿Qué más podía hacer? La verdad era inconfesable. No podía decirle a una niña de diez años: «Le he mentido a tu madre, la he traicionado y he arriesgado el futuro de toda la familia». El verdadero motivo por el que se había mudado al sótano era para no tener que ver la expresión de Maureen cada vez que lo miraba. Prefería incubar su preocupación y su enfurruñamiento a oscuras.
Pasó todo el invierno y parte de la primavera en el sótano, y solo durmió en una cama cuando pasó por el hospital para que le operaran la mano. Cada mañana, Destín Smalls recogía a Maureen y se la llevaba a unas oficinas del gobierno en el centro de la ciudad. (Mo era tan vital para el proyecto que le permitían no vivir en D.C.; la visión remota, al fin y al cabo, podía practicarse de forma remota). Smalls la dejaba en casa por la tarde, aunque no siempre a la misma hora. A veces Mo —o su nueva pinche de cocina, Irene— no servía la cena en la mesa hasta las seis. A veces se trataba de poco más que raciones militares: macarrones con queso, sopa de judías y beicon o, el preferido de los chicos, una cena en plan desayuno.
Mo intentó hacerlo entrar en razón. Al ver que no podía, intentó que hablara con alguien —amigos, su médico, el cirujano que le había operado la mano, «cualquiera que pueda ayudarte»—, sin usar nunca la palabra psiquiatra, pues sabía que eso lo haría saltar. Los hombres de su generación no iban al loquero, y menos aún los que habían vuelto indemnes de la guerra. La suerte de Teddy se debía en gran parte al hecho de que nunca había salido de Estados Unidos. Había servido básicamente en el frente burocrático, dándole a la máquina de escribir como si fuera una metralleta, mientras que por la noche se enzarzaba en alguna furiosa partida de póquer en un bar.
Pero el accidente había puesto punto final a su suerte. Teddy había empezado a ver su cuerpo como un medio poco fiable, propenso al fracaso y a las averías, e igual de protector que un escudo de cartón. ¿Era así como Mo se veía a sí misma cuando estaba de viaje por el plano astral? ¿Era consciente de lo frágil que era su caparazón? Un día Teddy salió del sótano —también conocido como la fosa de la autocompasión— para preguntarle qué se sentía.
Mo estaba lavando los platos de la cena, frotando los cazos baratos de JCPenney que había comprado después de que se casaran. Era verano, meses después de que ella le hubiera comunicado el diagnóstico. A Teddy lo alarmó verla tan agotada, tan pálida.
—¿Cómo ha ido hoy? —le preguntó, tratando de mostrarse jovial—. Ya sabes, ahí fuera.
No le había preguntado por el trabajo desde que había empezado.
—Ya sabes que no puedo hablar de ello —respondió ella con voz monótona. Estaba demasiado cansada para sonar cabreada.
—Yo también tengo una autorización de seguridad, ¿sabes?
—Tenías.
Movía la esponja de manera automática, como si no viera qué hacían sus manos.
—El agente Smalls tiene que saber que no puede impedir a una mujer hablar con su marido.
Ella le dirigió una mirada extremadamente triste.
—He estado en el océano —dijo.
—¿En el océano? ¿Dentro? —«Cazando submarinos», pensó Teddy. Smalls estaba obsesionado con ellos—. ¿Y era bonito? ¿Has bajado mucho?
—Mucho —dijo ella—. Era precioso. —Se secó las manos con una toalla de algodón—. Tengo que hablar contigo sobre algo.
Él se preparó para lo peor. Sabía que le había estado fallando, pero no tenía las palabras a punto para disculparse. Ni para decirle que iba a cambiar. No tenía ningún plan, ninguna estrategia. Lo único que tenía eran dos manos inservibles, un sofá y un televisor.
Maureen se sentó junto a él.
—Es sobre los niños —dijo. Teddy experimentó un alivio inmediato—. Quiero que me prometas que nunca vas a dejar que hagan lo que hago yo. Que nunca vas a permitir que trabajen para el gobierno.
—Es una promesa muy sencilla —replicó Teddy. Buddy ya no sabía predecir nada, Frankie era incapaz de doblar un clip metálico e Irene era demasiado honrada para trabajar para el gobierno.
—Eso incluye a nuestros nietos —dijo.
—¿Qué nietos?
—Un día nuestros hijos tendrán hijos.
—Ya, pero…
—¡No discutas conmigo! —gritó Mo. Su rabia pareció surgir de la nada. Su cuerpo tenía un aspecto demasiado agotado para hacer tanto ruido y su reacción la dejó todavía más vacía. Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Te lo prometo —dijo él. Las promesas se le daban bien, no le costaba nada hacerlas—. Puedes confiar en mí.
Lo conmovió que Graciella se quedara dormida en la hamaca. Cuando se le terminó la bebida, no se levantó para servirse otra por temor a despertarla. La contempló un rato y entonces se levantó el Borsalino para ver las hojas moviéndose en la brisa. Había dos ardillas correteando por las ramas más altas. El sombrero empezó a deslizarse sobre su cabeza y, por lo que fuera, el contacto con la copa de este le hizo pensar en la carta.
Se la sacó del bolsillo de la chaqueta y volvió a leer su nombre escrito con la nítida cursiva de Maureen. Se llevó el sobre, todavía sin abrir, a la copa del sombrero, como solía hacer, por si Graciella estaba mirando, y finalmente lo abrió. La cola era tan vieja que la solapa casi saltó sola. Dentro había una sola página de áspero papel de dibujo. La desdobló y soltó un gruñido de sorpresa.
Graciella se revolvió, pero no se despertó.
Cogió el sobre y pensó: «Maldita sea, Mo. Malditos seáis, tú y Buddy».
El dibujo con ceras era burdo, como era de esperar en un niño de seis años. Sobre un fondo verde, dos figuras de palo dentro de un rectángulo. Una de ellas llevaba un triángulo sobre la cabeza.
En la parte superior derecha, Maureen le había escrito un mensaje.
Amor mío. Buddy dice que el del sombrero eres tú y la que hay a tu lado es «la novia de papá». No sabe por qué estás ante una tumba, si es que es una tumba. Ten cuidado, Teddy.
Me alegro de que hayas encontrado a alguien. No, no es verdad. Quiero alegrarme. Me alegraré. Mientras escribo esto estoy muy triste, pero intento verlo con perspectiva. Como Buddy.
Hablando de Buddy, te lo pido otra vez: por favor, no te interpongas en su camino. Déjale espacio.
Te quiero,
Maureen