5
Buddy

009

El reloj dice que son las 7:10 de la mañana, pero esa información no es ni mucho menos suficiente. El ambiente es bochornoso y las sábanas están húmedas, o sea que seguramente sea verano. Pero ¿de qué año? Es un misterio que no puede resolverse desde la cama.

Baja las escaleras hasta la cocina, donde encuentra a un Matty adolescente metiéndose una tostada con mantequilla en la boca. Esa es una gran pista. Seguramente sea el año en el que Matty e Irene volvieron a instalarse en casa. El año del Blip.

«Tengo veintisiete años y Maureen Telemacus lleva veintiuno muerta», se dice a sí mismo.

Matty se vuelve al verlo entrar y entonces tose, se atraganta con la tostada, como si su llegada lo hubiera pillado por sorpresa.

—Buenos días, tío Buddy —dice entonces, pero aparta rápidamente la mirada, avergonzado. Aunque ¿de qué?

El chaval se está sirviendo una taza de café. Buddy no recuerda qué hace Matty despierto y vestido tan pronto, pero entonces se da cuenta de que lleva un polo amarillo de Bumblebee y se acuerda de que este verano su sobrino trabaja con Frankie. Por lo menos durante la primera parte del verano. Matty lo mira y se da cuenta de que tiene el ceño fruncido.

—No es para mí, que conste. Es para Frank —dice—. Quiere que lo llame Frank mientras trabajamos juntos —añade.

Buddy asiente. A Matty le cuesta mirar a los ojos.

—Ah, ya ha llegado la furgoneta. Tengo que irme. —Matty se detiene ante la puerta—. Muchas gracias otra vez por dejarme usar el ordenador —dice sin apenas mirarlo—. Es un detallazo por tu parte.

«No lo he hecho por ti», piensa Buddy. Pero la verdad es que dejar que el chaval lo utilice no afecta a ninguno de sus planes.

Va hasta el calendario y comprueba la fecha. Ocho de julio. Todos los días están marcados con una equis de un peculiar color rosa morado. Durante un largo instante es incapaz de recordar el picnic del Cuatro de julio, pero entonces le viene una imagen de fuegos artificiales, el crepitar de los petardos. Fueron a verlos al hipódromo de Arlington. Fue este año, está bastante seguro. Dios sabe que no puede ser el año siguiente. Marca la fecha de hoy con una equis. Entonces, por puro hábito, pasa la hoja de varios meses, hasta el final del verano. El Día del Trabajo está marcado con un círculo del mismo tono de rosa. Siente un hachazo de miedo en el corazón cada vez que lo ve.

4 de septiembre de 1995,12:06 PM. El momento en el que el futuro termina. El día en que todo se vuelve negro.

Blip.

No tomó conciencia de la fecha hasta hace unos meses. Se despertó y descubrió que su futuro había desaparecido. Llevaba años abriéndose paso por entre los días, cubriéndose los ojos con las manos, convencido de que tarde o temprano un camión fuera de control o una embolia pulmonar lo catapultarían fuera de este mundo.

Pero no esperaba que fuera aquel truncamiento tan horrible y complejo, tan cargado de fatalidad. Nunca habría imaginado que terminaría de aquella forma. Con gángsteres y agentes federales. Balas y coches ardiendo. Con una pistola apoyada en su cabeza. Todo terriblemente dramático.

Y, sin embargo, si solo estuviera esperando su propia muerte (por estrafalaria y escabrosa que fuera), cerraría los ojos y dejaría que el Tiempo se lo llevara con él. Pero había otras personas a las que tener en cuenta.

—¡Por el amor de Dios, Buddy! —dice Irene, enfadada.

Él se da la vuelta, confundido.

—¡Haz el favor de vestirte!

Ah. A Irene no le gusta que se pasee desnudo por casa. A Buddy no le parece justo, teniendo en cuenta que él es un residente permanente y ella solo vive allí de forma temporal. Además, tampoco es que ella lleve mucha más ropa que él, apenas unos pantalones cortos de deporte y una camiseta de un banco de Pensilvania.

—¿Qué? —pregunta Irene—. Si quieres decir algo, dilo.

Pero no sabe qué decir. Ese es el problema con muchos de sus recuerdos futuros. Si no se acuerda de lo que dijo, no sabe qué se supone que tiene que decir. Como si alguien te empujara a un escenario sin un guión. Mejor no decir nada a arriesgarse a cambiarlo todo.

Irene lo mira con el ceño fruncido y se cubre los ojos con una mano.

—Salgo a correr un rato —dice.

Eso es nuevo, Buddy está bastante seguro. Irene nunca ha sido muy dada a hacer ejercicio. Aunque seguramente sea buena idea. Cada día parece mayor. Es verdad, Buddy pasa mucho tiempo recordando a Irene de joven, de modo que esos cambios de edad lo pillan por sorpresa. Pero también se pregunta si todas las noches que pasa despierta hasta altas horas, tecleando en secreto, no le estarán pasando factura.

Deja caer las hojas del calendario y sube a su habitación. En el cajón superior de la cómoda, oculta dentro de un nido de ropa interior Fruit of the Loom, hay una bufanda de mujer de colores. La desdobla y deja a la vista la medalla de oro. En realidad es de acero inoxidable pintado de color dorado, pero para él tiene igualmente un valor incalculable, el vidente más poderoso del mundo, pone en la medalla. La mujer que se la colgó al cuello había ostentado el título hasta aquel momento. No le exigió nada, no le pidió ninguna promesa, pero aun así Buddy sintió el peso de la responsabilidad.

Ahora que lo piensa (aunque en realidad lo piensa siempre, la fecha está ahí, omnipresente), aquella mujer murió el 4 de septiembre. ¿Es irónico que el día en que el futuro se termina sea también el aniversario de su muerte? ¿O es una simple coincidencia? ¿Existen las coincidencias?

Después de su desaparición, Buddy se dijo que asumiría sus obligaciones con coraje, veneración y fortaleza. Y durante un tiempo lo hizo. Pero entonces, después de conocer y perder al amor de su vida, se rindió. Dejó de otear el horizonte por si había fuego. Menudo error. Y ahora, aquel acontecimiento terminal, el Blip, va a dejar quemaduras profundas. No necesita ver lo que sucede a continuación para saber lo que le espera a su familia: décadas de dolor, un torrente de lágrimas.

Se pasa una mano por el mentón sin afeitar, intentando concentrarse. Tiene que hacer tantas cosas si quiere salvarlos. Pero ¿por dónde empezar?

Ah, sí. Por la ropa.

010

Tiene cuatro años y Maureen Telemacus está viva, o sea que todavía no es el Vidente Más Poderoso del Mundo, sino tan solo Buddy. Está echado boca abajo en la sala de estar, construyendo una trampa para el G.I. Joe de Frankie, combinando Tinkertoys y Lincoln Logs. Joe está encima de una plataforma de diez centímetros de alto. Buddy empuja una de las piezas sobre las que se apoya y Joe se cae antes de que se pueda abrir la trampilla. Es muy difícil lograr que los muñecos coleccionables mantengan el equilibrio.

—Pero ¿lo estás mirando? —pregunta papá, irritado. Lo ha dejado quedarse despierto solo porque Buddy le ha dicho que quiere ver el partido. Papá está detrás de él, estirado en la butaca reclinable, mirando la tele a través de los pies y por encima del proyecto de construcción de Buddy—. Nos han eliminado a tres bateadores de golpe —dice papá.

—Lo siento —se lamenta Buddy.

—No lo sientas —responde papá—. Ya sabes por qué os estoy educando como fans de los Cubs.

Buddy niega con la cabeza.

—Cualquier idiota puede ser seguidor de un equipo ganador —dice papá—. Animar a los condenados al fracaso, en cambio, requiere carácter. Vas al estadio y ves a tus chicos batear y hundirse en la miseria cada día. ¿Tú crees que Jack Brickhouse es optimista? No, señor. Puede que parezca feliz, pero está muerto por dentro. En Wrigley Field no hay una sola butaca para un optimista redomado. Animas al equipo de casa, lo animas y lo vuelves a animar, y pierden de todos modos. Y eso os enseña cómo funciona el mundo, chicos. Sí, vosotros empezad cada primavera con todos vuestros sueños y esperanzas, pero sabed que, en el universo en el que vivimos, estaréis matemáticamente eliminados cuando llegue el otoño. Contad con ello.

Buddy intenta pensar en algo que pueda alegrar un poco a su padre, pero en ese momento lo único que recuerda es que una vez los Cubs ganaron de paliza a los Braves, un equipo que papá detesta.

—Once a nada —dice Buddy.

—Agáchate —pide su padre—. Me tapas la tele.

—Masacre —añade Buddy.

—Vale, tengo una idea: ¿por qué no vas corriendo a la cocina y me traes una cerveza?

Buddy se levanta, va corriendo a la cocina y ahí está, la Vidente Más Poderosa del Mundo. Viva. No puede evitar abrazarse a sus piernas con gesto de gratitud. Mamá ya tiene la lata de Old Style abierta.

—Aquí tienes —le dice—, haz feliz al rey. Y luego a la cama.

Dos noches más tarde, el proyecto de construcción de Buddy está ya un poco más avanzado. Ahora hay también piezas de Lego y unos trozos de madera que ha encontrado en el garaje. A G.I. Joe lo acompaña también una de las Barbies de Reenie. Papá se agacha en cuclillas junto a él.

—Oye, Buddy, ¿en qué trabajas?

Buddy está encantado de contárselo. Le enseña la primera parte de la trampa, en la que Joe y Barbie caen juntos en la caja, y papá lo deja hablar un rato antes de interrumpirlo.

—Todo eso es fantástico, chaval —le dice—. Pero tengo que preguntarte por otra cosa. —Buddy se fija en que sujeta un periódico—. ¿A que no adivinas qué han hecho hoy los Cubs?

Buddy no tiene ni idea.

—Han ganado contra los Atlanta Braves. Once a cero. Once a nada. —Papá le enseña el titular del periódico, que contiene una sola palabra—. «Masacre».

Buddy recuerda este momento, cuando leyó aquella palabra tan larga en la primera página. No sabe leerla, pero recuerda haber sabido hacerlo, y eso es casi como leerla.

—Diste en el clavo, Buddy. —Su padre sigue acuclillado junto a él. Es algo que no hace nunca—. Quiero que te concentres. ¿Sabes algún otro resultado de béisbol?

Buddy asiente, excitado. Nada le hace tanta ilusión como decirle a su padre todas las cosas que lo harán feliz.

—A ver… —dice papá.

Buddy intenta recordar algún resultado de béisbol, pero no le viene nada.

—No te concentres demasiado —le sugiere su padre—. Di lo primero que te venga a la cabeza.

Buddy intenta pensar en algún número.

—¿Uno a cero? —dice.

—¡Vale, muy bien! ¿Y quién juega, Buddy?

—Los Reds —dice Buddy—. Y los Cubs. Ganan los Cubs.

Papá suelta un suspiro.

—Ese es el resultado del partido que vimos la otra noche —dice—. Intenta pensar en uno que…

Se calla en seco. Mamá está en la sala de estar, observándolos a los dos en el suelo.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta.

—Nada —dice Teddy—. Buddy me está enseñando lo que está construyendo.

010

Buddy está atornillando un plafón de acero a la pared del garaje cuando de repente se acuerda de algo. Ese recuerdo —apenas una imagen, una fotografía mental del día del Blip— significa que va a tener que rehacer lo que lleva días haciendo. Los tres grandes rectángulos de acero que ha cortado tienen el tamaño equivocado y va a tener que reducirlos o tirarlos.

El tamaño original de los rectángulos procedía de su recuerdo de las planchas que cubrían las ventanas del sótano el día del Blip, y Buddy los había cortado para poder atornillarlos a las paredes. Pero justo ahora acaba de recordar que a primera hora de aquel día la ventana no estaba cerrada. Eso significa que el plafón de acero tiene que poder subir y bajar, como las persianas de los escaparates de las tiendas del centro. Y eso es mucho más complicado.

Quiere gritar. Pero no lo hace.

Su maldición, y su bendición, es que su memoria está llena de agujeros. Todo lo que recuerda es un hecho. Inalterable. El futuro, descubrió esto cuando tenía seis años, es igual de inmutable que el pasado. Pero hay una fisura. Si algún acontecimiento futuro parece horrible, a lo mejor hay algo que no recuerda y que puede cambiar su percepción de lo sucedido.

Pongamos que recuerda a un hombre con la camisa manchada de sangre. Pero ¿tiene que ser necesariamente sangre? ¡A lo mejor no es más que una horrible mancha de kétchup! Armado con este vacío en su conocimiento, es deber de Buddy coger un bol de kétchup y tirárselo por encima. ¿Y si no recuerda haberle tirado el kétchup? Si no recuerda no habérselo tirado, tiene libertad para actuar.

Su tarea consiste en inventar historias. Hacer asomar las mejores interpretaciones posibles de los hechos tal como los recuerda y, a continuación, guiar los acontecimientos hacia un final feliz o, en su defecto, hacia el que sea menos trágico.

Pero ¿y si no logra recordar algo importante? ¿Y si al tirarle kétchup encima asusta tanto a ese hombre que le da un ataque al corazón? Los desconocidos se amontonan alrededor de cada momento recordado. Tanto si actúa como si no lo hace, puede destruirlo todo. Cada agujero en su memoria puede ser la guarida mortal de un tigre o una madriguera protectora.

Cada vez que recuerda algo nuevo, eso cambia el significado de lo que (creía que) sabía. Una imagen suelta que se asoma a su conciencia añade un eslabón a una cadena, y algunos acontecimientos sin relación aparente entre sí desarrollan de repente relaciones de causa y efecto. No puede descartar nada. Todo puede ser importante, todo puede tener conexión con el día del Blip. Pero lo peor es que él forma parte de la ecuación. Cada palabra que pronuncia, cada una de sus acciones, puede pervertir el final feliz o hacerlo posible.

En una ocasión encontró un libro científico llamado Caos que se acercaba mucho a describir lo que significaba vivir y trabajar en esas condiciones. Le pidió a Frankie que lo leyera, con la esperanza de que su hermano pudiera entender un poco mejor lo que le pasaba, pero Frankie creyó que Buddy quería que se lo explicara. Frankie no comprendió las ramificaciones de la teoría del caos y, por tanto, no entendió la pregunta que atormentaba a Buddy: ¿cómo puede alguien llevar a cabo una acción relevante cuando el resultado de dicha acción podría quedar fuera de control y causar un daño irreparable?

Pero el Vidente Más Poderoso del Mundo no puede permitirse perder la esperanza. Sí, sus recuerdos son incompletos, unos cimientos horribles sobre los que construir nada. Sí, sus únicos planos están hechos de niebla. Pero cuando le entregaron su medalla no había ninguna garantía de que el trabajo fuera a ser sencillo. ¿Y qué importa si tiene que mover el plafón de acero? ¿Y qué pasa si tiene que volver a moverlo mañana? Debe apañarse con la información de la que dispone.

Empieza a aflojar los tirafondos de la parte superior, arrepintiéndose de haberlos apretado tanto e inmediatamente se arrepiente de haberse arrepentido. Eso sí es una espiral de muerte. «No pierdas tu tarea de vista», piensa. Ambas tareas: la más inmediata, sí, pero también su responsabilidad con respecto a su familia. ¡Tiene tantas cosas por hacer y ahora le queda tan poco tiempo! Siempre creyó que volvería a Alton. Que entraría en el vestíbulo del hotel y ella estaría sentada en la barra como la primera vez que la vio, leyendo una revista, con las piernas cruzadas y un zapato de tacón colgando de la punta del pie, como el anzuelo del extremo de un sedal. Ella levantaría la vista, sonreiría y le diría: «Ya era hora de que llegaras».

Arranca el tornillo de la madera con un chirrido. Cabreado consigo mismo. Conoce perfectamente la diferencia entre fantasía y recuerdo. Sabe que eso no sucederá nunca. Se acerca el 4 de septiembre y nunca volverá a ver a su verdadero amor.

010

Buddy tiene veintitrés años cuando le dice a Frankie que tienen que visitar una barcaza.

—Cabrón —dice Frankie.

—¿Cómo?

No había previsto aquella reacción.

—Pasas una eternidad sin dirigirme la palabra, no me dices ni mu, ¿y la primera vez que abres la boca es para pedirme que vayamos a una puta barca?

—No es una barca cualquiera —dice Buddy—. Es un casino.

Eso logra atraer la atención de Frankie.

—¿Dónde?

—Abrirá dentro de seis meses. En el Misisipí.

Frankie ladea la cabeza. Está cruzado de brazos porque en el garaje hace frío. Y a lo mejor los deja cruzados porque está receloso.

—¿Qué has visto, Buddy?

Buddy le habla del Alton Belle, el primer casino flotante autorizado en Illinois, lleno de tragaperras y mesas de juego, como en Las Vegas.

—¿Mesas de juego? —pregunta Frankie.

—De ruleta —dice Buddy.

La palabra queda colgando en el aire. Finalmente, Frankie niega con la cabeza.

—¡No! Sabes que no puedo volver a pasar por esa mierda.

Cuando Frankie se pone nervioso, no le sale nada. Solo cuando se olvida de sí mismo se acuerda de quién es.

—He visto fichas —dice Buddy.

—¿Fichas?

—Montones de fichas.

—¿Delante de mí?

—Montañas —dice Buddy.

Ahora Frankie camina de aquí para allá, aunque no hay demasiado espacio para moverse con toda la basura y las máquinas: un soplador quitanieves (en desuso) y un cortacésped; una pila de leña para una caseta que nunca llegó a existir; una sierra de cinta; un congelador horizontal; trineos y bicicletas y cubos de basura y las viejas herramientas de jardinería de mamá. Frankie ha ido a la casa familiar porque Buddy no puede conducir hasta casa de su hermano (ni a ninguna otra parte). Y están en el garaje porque Buddy no quería que papá los oyera.

A pesar del frío, Frankie suda solo de pensar en ello. Está arruinado, su negocio está en quiebra y últimamente el dinero se evapora en cuanto lo toca.

—¿Cuándo has empezado a ver cosas otra vez? Creía que lo habías perdido.

Buddy se encoge de hombros.

—Joder, tío —dice Frankie. Se sienta en el congelador. Vuelve a levantarse. Le pide a Buddy que le cuente todo lo que ha visto.

Buddy le da unos cuantos detalles y rápidamente va a parar una vez más al montón de fichas.

—Creen que es una racha de suerte —dice—. Pero eres tú.

—Yo —responde Frankie.

—Tú solo.

—Mierda —dice Frankie, que empieza otra vez a andar—. Creo que no puedo hacerlo. Estoy oxidado, tío. Me falta práctica.

—Pues practica. Tenemos seis meses.

—Voy a necesitar mucha más información —le pide Frankie—. Todo lo que tengas.

—No te preocupes —dice Buddy—. Yo iré contigo.

—Vas a salir de casa —responde Frankie con escepticismo—. Para ir a un casino lleno de gente.

—Tengo que estar en Alton —dice Buddy, y es verdad, pues allí es donde conocerá a su verdadero amor.

010

Teddy contempla con gesto de exasperación cómo Buddy barre el serrín.

—Por Dios, ¿qué estás construyendo? ¿Un refugio atómico?

Una de las ventanas está ya en su sitio, unida a una bisagra reforzada. Pronto instalará una palanca que le permitirá subir y bajar las persianas de acero.

—¿Puedes contarme simplemente por qué? —pregunta Teddy.

Buddy se encoge de hombros.

—No, maldita sea. No basta con que me mires con esa cara de atontado. ¿Qué coño estás haciendo?

Buddy hace un ruidito con la garganta, un gemido apagado.

—No puedo más, Buddy. No. Puedo. Más. Antes esta era una casa apta para los seres humanos. —Teddy empieza a enumerar todos los daños, las habitaciones que su hijo ha destrozado y ha dejado sin terminar. ¿Y qué pasa con el socavón del jardín? ¿A qué coño vino eso?

No puede hacer nada más que dejar que su padre se canse. Los dos saben cómo terminará aquello: Teddy saldrá hecho una furia y Buddy volverá a ponerse manos a la obra. Es un misterio que papá todavía no haya puesto fin al proyecto. En todos sus recuerdos no hay nada que le permita comprender por qué su padre no lo ha echado de casa y lo ha amenazado con tomar medidas violentas.

—Vale, a ver qué te parece esto —empieza Teddy—. Dime solo cuándo se va a terminar. ¿Puedes hacerlo? Mírame, Buddy. Mírame. ¿Cuándo vas a parar?

Buddy nota un calambre en los pulmones. Abre la boca para hablar, pero pronto vuelve a cerrarla. ¿Qué le va a decir?

Después de diez segundos de incómodo silencio, Teddy suelta un gruñido y se marcha como suele hacerlo.

Buddy se sienta en la taza del váter cerrada, a pensar. Detesta hacer enfadar a los demás, aunque sea por su propio bien. Durante años, antes de la muerte de mamá, Buddy le pasó a su padre todos los resultados de los Cubs que logró recordar. Una vez, escribió con cera todos los dígitos de un futuro número ganador de la lotería de Illinois, pero escribió un seis en lugar de un nueve y su padre no ganó nada. (O, a lo mejor, se le ocurrió más tarde. Había recordado la forma en que escribiría los números en el futuro, un recuerdo que era una recreación precisa de su error. Eran asuntos muy difíciles de desenredar). De un modo u otro, mamá se enteró de lo de la lotería. Se cabreó tanto que su padre dejó de pedirle predicciones. El joven Buddy quedó perplejo ante aquella prohibición, especialmente porque todavía le dejaban operar la ruleta de la fortuna en el escenario. Pero tras «El show de Mike Douglas» se dio cuenta de lo peligroso que podía ser el futuro.

010

Buddy tiene cinco años y mamá está viva. Ahí está, altísima, sujetándolo de la mano, mirándolo con aquellos ojos azules. Su vestido plateado centellea en el escenario como si fuera mágico.

—Estamos en la tele, Buddy —dice.

Pero no parece la tele, es como estar en el escenario de cualquiera de los muchos teatros en los que han actuado. Incluso hay público. No tendría que haber público en televisión, ¿no?

—Cuando venga el señor Douglas, le puedes hacer tu truco de la ruleta —dice mamá.

La ruleta tiene unos radios que chasquean y en cada tramo hay una imagen distinta: un pato, un payaso, un camión de bomberos… La gente aplaude cada vez que la ruleta se detiene en la imagen que él ha predicho, que es casi siempre. Su parte preferida es cuando se queda mirando la ruleta mientras gira, sin decir dónde se parará.

Se está preparando para hacer girar la ruleta cuando un recuerdo lo asalta como si le dieran un bofetón en la cabeza.

Recuerda a su hermana cogiéndole de la mano mientras están al borde de una tumba, contemplando un ataúd. El ataúd de su madre. De pronto la caja de madera pulida cae dentro del agujero, demasiado rápido, y la gente grita. Allí, en el estudio de televisión, Buddy grita con ellos, un chillido de miedo sin palabras.

—¡Buddy! ¡Buddy! —dice mamá.

Ella se agacha y le dice que no tenga miedo. Pero claro que lo tiene, porque todos los recuerdos le llegan de golpe: Archibald «el Asombroso» saliendo al escenario y acusándolos de farsantes. Pero mamá no está ahí para realizar su espectacular número, y por eso termina en un ataúd.

—¿Puedes dejar de llorar? —dice mamá, viva.

Pero es incapaz de hacerlo, porque los recuerdos siguen llegando y ahora recuerda la noche, para la que todavía faltan meses, en la que mamá cae en la cocina y se hace daño en la cabeza. Recuerda la medalla que le cuelga al cuello. Y recuerda ponerse elegante, para ir a visitarla al hospital, y luego el ataúd cayendo e Irene apretándole la mano.

Los recuerdos llegan a toda velocidad, bam, bam, bam, desde la teatral entrada de Archibald «el Asombroso» hasta el ataúd desapareciendo en la oscuridad. Si pasa una de esas cosas, pasan todas.

Buddy tiene cinco años y no sabe cómo hacer que la muerte de su madre no sea cierta. ¿Qué puede hacer con este tamaño, con esta edad? Tiene recuerdos de ser alto, lo bastante como para mirar a Frankie desde las alturas, de elevarse por encima de su padre, y ahora mismo quiere ser ese hombre enorme. Porque entonces podría dejar de llorar y el futuro sería distinto.

—Por el amor de Dios —resopla Teddy.

Están en una pausa publicitaria. Papá no lo sabe, pero Archibald «el Asombroso» está a punto de salir al escenario y mamá se va a morir. Buddy se desploma en el suelo y el hombre de los auriculares da un paso atrás, sorprendido.

—Llévatelo de aquí —dice papá.

Buddy ha quedado reducido a una masa lacrimógena, amorfa. Solo puede pensar en el agujero del suelo y en cómo se traga a su madre. Esta se coloca a Buddy encima de la cadera y se lo lleva del plató, y no lo suelta hasta que llegan a la sala del croma. Él sigue llorando, incapaz de parar.

Todavía no ha aprendido a inventar historias. Si fuera mayor, si fuera más listo, encontraría alguna forma ingeniosa de explicar lo del ataúd y mantener a su madre con vida. Pero tiene demasiado miedo y no es capaz de controlar su cuerpo. Ha fracasado.

010

Buddy tiene veintisiete años pero se siente mayor. Mucho mayor. O a lo mejor simplemente tiene hambre.

Se prepara un bocadillo de salchichón, se lo come de pie junto al fregadero y lo hace bajar con un vaso de chocolate instantáneo Carnation. Le encanta que le queden restos de polvito en la garganta. ¡Una nutritiva comida en un solo vaso! ¡Perfecto para alguien con poderes de precognición que tiene que conservar las fuerzas!

Le gusta mucho que la casa esté vacía, con Irene el en trabajo y Matty con Frankie, y papá…, bueno, ni siquiera el Vidente Más Poderoso del Mundo sabe a qué dedica papá su tiempo. Solo recuerda lo que hace cuando está ahí. No como mamá, que parecía saber todo lo que sucedía en todas partes. Por algo ostentó el título durante tanto tiempo. Sí, a veces Buddy se siente como un farsante o un campeón de segunda fila, como Scottie Pippen después de la retirada de Michael Jordan, o como Timothy Dalton. Hace lo que puede con el talento que posee.

Aunque a veces es como si el talento lo poseyera a él. Por ejemplo, acaba de recordar un paseo por el barrio con Miss Poppins, un paseo que debe empezar en cinco minutos. En teoría podría intentar ignorar el recuerdo y quedarse en casa, pero no puede correr ese riesgo. Todo puede estar conectado con el Blip, incluso sacar a la perra. O robar un periódico. El otro día, de pronto, recordó haber robado un Chicago Tribune del porche de un vecino. No solo eso, sino que también recordó claramente haber marcado un titular con rotulador negro y dejar el periódico donde su padre pudiera verlo. ¿Por qué el Tribune? ¿Por qué aquel artículo? Todavía no lo sabe. Los soldados no tienen por qué entender las órdenes.

Además, a veces le gusta lo que el destino le ordena. Desde luego, le encanta salir a pasear con Miss Poppins. Quedarse en casa equivaldría a cortarse la nariz para fastidiar su rostro futuro. ¿Y para qué? ¿Para conservar la ilusión del libre albedrío? Menuda tontería. El deber se toma el libre albedrío para desayunar.

Afuera el aire sigue siendo húmedo, pero Buddy tiene que admitir que hace un tiempo agradable. Frankie lo chincha cada dos por tres por no salir nunca de casa, pero naturalmente eso no es verdad. Sale todo el tiempo cuando se acuerda de que tiene que hacerlo. Y le encanta el barrio, en todas sus fases: cuando hay un montón de solares y casas vacías y las culebras rayadas se deslizan entre los hierbajos, las épocas en que empiezan a aparecer pequeñas mansiones en lugar de las casas de rancho venidas a menos, y los largos y estables períodos intermedios. Siente una particular afinidad por los árboles de su calle: la Hermandad Benéfica de los Centinelas Pacientes. Los árboles sí saben ver las cosas a largo plazo.

Dos casas más abajo llama a la puerta cubierta con rejilla metálica y dice: «¡Soy yo!». Dentro, Miss Poppins suelta unos pequeños ladridos de emoción. Inmediatamente, la bolita de pelo aparece al otro lado de la puerta, con las patas contra la rejilla.

—Me preguntaba si a la señorita le apetecería salir hoy —dice.

Se siente seguro hablando con la señora Klauser. Esta tiene una vida tan regular y sus conversaciones son tan previsibles, que difícilmente corre peligro de provocar efectos secundarios. La mujer lo invita a pasar y Buddy lo hace entreabriendo apenas la puerta, para evitar que se escape la perra.

La señora Klauser está en el sillón de siempre, con la tele encendida.

—¿Cómo va tu proyecto? —le pregunta—. La sierra se oía desde aquí.

—Va todo bien —dice él, y le pone la correa a la perrita.

—¿Y tu padre? ¿Está bien?

La señora Klauser está débil, y la debilidad le da una actitud más vacilante. Otras veces se muestra vigorosa y directa. Durante el año posterior a la muerte de la madre de Buddy, la señora Klauser preparaba la comida para la familia Telemacus dos veces a la semana. No se lo pidió nadie. Vio que la necesitaban y decidió actuar.

—Tirando —dice Buddy—. Volvemos en un rato.

Miss Poppins se calma en cuanto salen a la calle y echa a correr ante él, entusiasmada. Al cabo de poco se acuclilla y hace una pulcra caquita, que Buddy mete en la bolsa de plástico que se ha llevado. Retoman el paseo, los dos perfectamente sincronizados. La perra conoce su ruta habitual por el barrio. Hoy, sin embargo, a medio camino, Buddy la sorprende metiéndose entre dos casas, un atajo que los devuelve a su manzana. Para él también es una sorpresa. No se ha acordado de hacerlo hasta que ya estaba a punto de girar.

Miss Poppins encaja el desvío con serenidad. Los perros viven en el momento. A veces a Buddy le gustaría ser un perro.

Hay una furgoneta plateada aparcada unos números más allá de su casa. Buddy la recuerda. Dentro de un mes tendrá una breve conversación con el conductor de la furgoneta, un tipo negro al que Buddy reconoce de cuando era niño. Semanas más tarde, el día del Blip, entrará en su casa. ¿Se trata del mismo conductor que hay ahora detrás del volante? Buddy no mira a través del parabrisas para comprobarlo, porque no es algo que recuerde haber hecho. Sería posible acercarse a la furgoneta, abrir las puertas y exigir que le explicaran qué están haciendo ahí, pero no es recomendable. Las consecuencias podrían ser catastróficas. Deja atrás el vehículo y su propia casa, y sigue caminando hasta llegar a la puerta de la señora Klauser.

—Se ha portado muy bien —le dice.

—¿Ha hecho caca?

—Ah, sí —dice Buddy. Entonces recuerda algo, un detalle fundamental—. Debería pensar en adoptar un cachorro —dice.

—Ay, no. Ya tengo suficiente con Miss Poppins.

—Piénseselo —dice Buddy—. Seguramente la perra agradecería la compañía.

Vuelve a su casa sin mirar la furgoneta ni una sola vez.