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Buddy
Mira el reloj, esperando a que los rombos de luz se reconfiguren y anuncien la cuenta atrás definitiva hasta el Blip. Las luces forman números (1, 1, 5, 9) que tiemblan de relevancia.
Pero no pasa nada.
¿Y si se ha quedado atascado en ese momento? ¿Y si su conciencia ha decidido rebelarse finalmente contra su existencia pendular y quedarse clavada en este segundo para siempre? No sería el momento que él habría elegido —habría preferido el 1 de septiembre de 1991 a las 11:32 de la noche, hacía casi cuatro años atrás, mientras estaba tumbado en la cama del hotel—, pero una parte de él se habría sentido aliviada de aterrizar donde fuera. De no tener que seguir vagando, de abandonar sus preparativos para el apocalipsis. De poder pasar de todo. Porque en cuanto el reloj dé la medianoche, empezará la cuenta atrás a la nada.
Cuatro días para el aniversario de la muerte de su madre. Cuatro días para el Blip.
Reprime el pánico. No puede dejar de preocuparse, ahora no puede mirar hacia otro lado. Hay tanto que hacer… Y, sin embargo, las luces rojas del reloj se niegan a moverse. ¿Sigue siendo ahora? Las luces LED lo hacen pensar en electrones y huecos de electrones, y de pronto es el 14 de noviembre de 1983. Tiene quince años y está escondido en una mesa de estudio de la Biblioteca Elemental de Elmhurst, leyendo un artículo del Scientific American sobre el funcionamiento de los diodos emisores de luz. El paso clave se produce cuando un electrón se ve empujado en un hueco que va a dar al interior de una red atómica, como cuando una de las bolas de la máquina del millón de Frankie caía en un agujero de bonus. Solo que, en este caso, esta caída repentina no se traduce en más puntos, sino en energía en forma de fotones.
Pasa la página, sonriendo. Cada caída es un acontecimiento cuántico. Qué belleza…
Y de pronto está de vuelta, mirando el reloj. Ni siquiera el Vidente Más Poderoso del Mundo puede saber qué electrón caerá en qué hueco concreto, o si lo hará. De hecho, los aparatos electrónicos dependen de la probabilidad estadística. Muchos huecos, muchos electrones. Basta con aplicar el voltaje suficiente para que, con casi absoluta seguridad, suficientes electrones caigan en un lugar u otro y el diodo emita luz.
Buddy ha intentado explicarle su tarea a una sola persona. Su nombre era Cerise. Es Cerise. «No puedo saber todos los detalles, pero sí puedo detectar tendencias —le dice—. Y a veces les doy un empujoncito a las cosas». Cerise no lo entiende. ¿Cómo va a entenderlo? ¿Cómo puede lograr que comprenda qué significa seguirle la pista a mil billones de bolas del millón rebotando en un número infinito de trayectorias? Todo depende de mandarlas a los carriles correctos, de hacerlas rebotar en los lanzadores adecuados en el momento preciso. ¿Hay alguna metáfora —usando electrones, bolas del millón o bolitas de ruleta— que permita explicar lo estresante que es su trabajo?
—Ay, cariño —dice Cerise—. Te estás estresando ahora mismo.
Sacude la cabeza y regresa a 1995, a los últimos segundos de agosto.
11:59 y el reloj digital no tiene segundero. Es imposible saber si las 12:00 llegarán pronto, o si lo harán en algún momento.
En el piso de abajo, la puerta principal se abre y el sonido lo convence de que el tiempo sigue avanzando. (A menos que… ¿Se trata de un recuerdo de la puerta abriéndose?). Quien entra es Frankie, con una bolsa de lona en la mano. Un náufrago, un exiliado, un refugiado de la patria doméstica. Irene se ha despertado ya (últimamente duerme menos que Buddy) y le pregunta a Frankie qué demonios sucede. Este murmura una respuesta y, aunque Buddy no oye sus palabras ahora mismo, no pasa nada: volverá a hablar más tarde y habrá donuts y café, a pesar de lo tarde que es. Irene levantará la taza y dirá…
¡No!
No debe adentrarse en el futuro. Tiene que mantenerse en guardia. En el aquí. En el ahora.
Echa otro vistazo al reloj. El voltaje hace caer más electrones dentro de sus tumbas y de pronto es…