14
Frankie

007

Oyó cómo Loretta lo llamaba desde el interior de la casa. Al final se le ocurrió ir a buscarlo al garaje.

La caja de metal negro estaba encajada en el capó del coche de Loretta como un huevo en una almohada. El impacto había resquebrajado el parabrisas y, sin embargo, la puerta de la caja fuerte seguía cerrada. Cerrada de cojones.

Loretta se le acercó. Estaba sentado en una silla plegable junto al parachoques delantero. En el suelo había un lecho de latas de Budweiser chafadas, además de candados. En efecto, había candados de todo tipo esparcidos sobre el cemento y ninguno abierto.

—¿Qué necesitas, Loretta?

Ella se fijó en el pantalón de chándal, la camiseta interior, la bolsa de Doritos vacía. Miró de nuevo el Corolla y la caja fuerte, y volvió la vista hacia él.

—¿Vas a ir a trabajar hoy? —preguntó Loretta, en un tono sorprendentemente tranquilo.

—Claro —dijo él—. ¿Qué hora es?

—Son más de las nueve.

—Vaya.

Se rascó la barbilla. Tendría que haber salido hacía ya un par de horas. Debería haber ido a trabajar. Eso lo habría mantenido ocupado. Lo habría distraído de lo que le esperaba aquella tarde. O, mejor dicho, de quien lo esperaba aquella tarde.

—Iba a ir al super —dijo Loretta.

—Vale.

Se lo quedó mirando.

—Me parece que no queda leche —añadió Frankie.

—Pero no tengo claro lo del coche —dijo ella.

Él asintió, como si le diera la razón.

—¿Crees que arrancará?

Frankie frunció los labios y dudó unos instantes.

—Pues no te sabría decir.

—Entonces llamaré a algún vecino a ver si me puede prestar el suyo.

—Vale —dijo él—. Buena idea.

—Por cierto, ha llamado tu padre. Quiere que lo llames. Dice que es importante.

¡Y una mierda le iba a devolver la llamada! Si era precisamente por culpa de Teddy que ahora estaba metido en ese lío. Había acudido a su padre cuando Bellerophonics se estaba hundiendo y, después de una ridícula ayuda económica, le había cerrado el grifo. Por supuesto, el gran Teddy Telemacus solo apostaba a las cartas, jamás se jugaba el dinero en sus propios hijos.

—¿Ha llamado Matty? —preguntó.

Ese era el Telemacus que le hacía falta ahora mismo. Pero Loretta ya se había ido. ¿Qué hora le había dicho que era? Debería haber prestado más atención. Solo tenía que matar el tiempo unas pocas horas antes de su reunión con Nick Pusateri sénior.

008

La primera vez que Frankie pensó que estaba a punto de morir fue en 1991, en una pequeña habitación en la cubierta inferior del Alton Belle, justo después de que le rompieran la nariz. El personaje que le había pegado el puñetazo era un tipo blanco y enjuto, con dientes de conejo y una piel tan cuarteada por el sol como el asiento de una silla de vinilo abandonada en el jardín. Iba vestido como un conserje, pero no estaba claro si era el gorila oficial del casino o tan solo un empleado cuyo trabajo incluía «otras funciones ocasionales». Desde luego parecía disfrutar con la parte de dar palizas a la gente.

Los otros dos hombres presentes en la habitación, un jefe de planta y un hombre de pelo engominado a quien Frankie había tomado por el gerente del casino, evaluaron el trabajo del conserje y parecieron satisfechos.

—Una vez más —dijo el gerente.

Era un hombre blanco, nervioso, cuyo pico de viuda negro y engominado le daba aspecto de un Eddie Monster entrado en años.

—Cuéntanos qué le has hecho a mi mesa —dijo el jefe de planta, un hombre negro ataviado con un traje brillante que parecía más caro que el del gerente.

Al parecer, todos estaban preocupados por lo mismo. La primera media hora que Frankie había pasado retenido en aquella habitación, habían revisado el vídeo una y otra vez en un reproductor sencillo y un pequeño televisor. Se negaron a dejarle ver las imágenes, pero él dedujo de su conversación que la cinta mostraba desde distintos ángulos que las manos de Frankie estaban a unos centímetros de distancia de la ruleta en el momento en el que la bola, la mesa, la rueda giratoria y las fichas habían salido volando.

—¿Qué eran, imanes? —preguntó el gerente.

Frankie estaba demasiado ocupado gimiendo de dolor como para negarlo enseguida. Estaba tumbado de costado, viendo cómo una alarmante cantidad de sangre bajaba por su mejilla y formaba un charco en el suelo. «¿Imanes? —pensó—. Y dale con los putos imanes». Era su primera y única teoría.

Frankie levantó una mano hacia su labio superior partido, sin atreverse a tocarse la nariz. Los dedos se le tiñeron de rojo, como si los hubiera metido en un bote de pintura. Joder. ¿Y dónde coño se había metido Buddy? ¿Por qué cojones no aparecía aquello en su visión de fichas y riqueza?

De pronto tuvo un mal pensamiento. ¿Y si Buddy lo había visto pero no se lo había dicho?

—No había imanes —contestó Frankie—. O en caso de que los hubiera, desde luego no eran míos.

Le pareció que su voz sonaba lastimera, debido a la obstrucción nasal. O al menos esa era la causa principal.

—¿Para quién trabajas?

—No… —dijo, y escupió sangre—. Trabajo por cuenta propia.

El conserje se inclinó y lo agarró por la camisa. Frankie puso las manos en los antebrazos del hombre y le manchó de sangre una de las mangas. Cuando lo levantó de golpe, soltó un gruñido de queja.

—Sacadlo del barco —dijo el gerente.

«Gracias a Dios», pensó Frankie.

El conserje y el jefe de planta lo agarraron por debajo de los brazos, lo sacaron de la habitación como si fuera una rana y lo arrastraron por el suelo del pasillo, que, inexplicablemente, estaba cubierto de césped artificial. El gerente se les adelantó y abrió la pesada puerta tirando de ella.

Lo sacaron de un empujón a una pequeña cubierta lateral, muy próxima a las aguas centelleantes. A su izquierda oyó cómo las arremolinaba una rueda de palas, pero el sonido fue silenciado por las risas, el alboroto y las campanillas, el rugido tintineante de un casino abarrotado. Al borde de la cubierta les esperaba una gran lancha motora roja y blanca, engalanada con luces navideñas y envuelta en una nube de humo. Detrás del timón, un hombre con camisa blanca, chaleco negro y aspecto de crupier. «Otras funciones ocasionales».

—Lleváoslo al garaje —ordenó el gerente—. Y aseguraos de que no os vea nadie.

—Un momento, ¿garaje? —dijo Frankie.

Le pegaron un buen empujón y cayó de culo encima del banco de la lancha. El conserje y el otro tipo también subieron a ella.

—¿Adónde me lleváis?

—O te callas o te amordazamos —le espetó el conserje.

Frankie cerró el pico. Una sensación de frío le llenaba el estómago. Se agarró al banco mientras la lancha se deslizaba por detrás de la rueda de palas del casino flotante y se dirigía hacia la orilla. No iban a la zona de carga iluminada donde él y Buddy se habían subido al barco, sino hacia el sur, donde una sucesión irregular de farolas marcaba la orilla del río.

«Se me llevan lejos del gentío —pensó Frankie— para que no haya testigos». En ese «garaje» podrían hacer con él lo que quisieran. Toda la vida había escuchado a Teddy contar historias sobre gángsteres a quienes él había conocido, pringados con puños de acero, esbirros con pistola, novias de mafiosos con navaja automática oculta en el liguero. Personajes de película. Teddy siempre era el héroe de estas historias, un timador de manos rápidas y un pico todavía más veloz. Frankie había ansiado convertirse en un tipo así, el típico timador con labia, pero cuando se hizo mayor esas películas ya habían pasado de moda. Lo que quedaba de ellas eran apenas relatos de segunda mano, historias del tipo «tendrías que haberlo visto» y momentos memorables mal editados.

Y ahí estaba él, un fullero de casino fracasado en una lancha, rodeado de matones de la mafia… y sin tener ni pajolera idea de qué decirles. Estaba condenado a morir, lloriqueando y con la camisa echada a perder por su propia sangre.

La lancha iba a toda velocidad hacia un muelle mal iluminado. En el último momento el conductor dio marcha atrás, giró el timón y se deslizaron a lo largo de los tablones del muelle con la máxima suavidad. Frankie pensó que antes de convertirse en crupier, el hombre debía de haber sido barquero.

El conserje agarró a Frankie por el cuello y le susurró al oído:

—Ya verás como ahora sí que vas a hablar, gilipollas.

El jefe de planta subió al muelle y luego se volvió para sacar a Frankie de la lancha. Este quedó cegado por los focos de un automóvil, que redujeron al empleado de casino a una mera silueta.

—A partir de aquí nos encargamos nosotros —dijo alguien bien alto.

Desde las luces emergió un cuerpo enorme. Sacó una placa, se la mostró al jefe de planta y, acto seguido, miró hacia la lancha.

Las manos del conserje estrecharon aún más el cuello de Frankie.

—¿Y tú quién coño eres? —preguntó Frankie.

El hombre soltó una carcajada.

—¿Me estás diciendo que prefieres quedarte con estos tipos?

Tenía toda la razón. Frankie se zafó del brazo del conserje y se impulsó para salir de la lancha.

—Soy el agente Destin Smalls —dijo el grandullón y le tendió la mano.

El nombre le resultaba vagamente familiar. Frankie le dio la mano y unas esposas se cerraron sobre su muñeca, como por arte de magia.

—Quedas detenido —dijo el agente Smalls.

008

Condujo hacia la casa de su padre con el chorro de aire acondicionado soplándole en la cara. «Abraza la vida», se dijo. Abraza el hecho de que Matty lo haya dejado tirado, obligándolo así a elegir entre desistir del robo y encontrar la forma de ejecutarlo por su cuenta. Abraza las dos semanas que acababa de pasar intentando abrir candados con la mente y fracasando en todos sus intentos. Abraza su propia inutilidad para hacer girar la esfera de la caja fuerte aunque fuera un solo centímetro.

La incapacidad de aceptar la realidad solo llevaba a la frustración, y esta a la ira. «¿Y a dónde te ha llevado la ira?». A convertirse en un hombre hecho y derecho que acababa de levantar una caja fuerte y había intentado lanzarla contra el suelo, antes de que la espalda le fallara. La ira lo había llevado a estrellar la caja fuerte contra el capó de un Toyota Corolla que aún tardaría dos años en terminar de pagar.

«Bueno, eso ahora es lo de menos. A lo hecho, pecho. Así es la vida. Abrázala».

Pero Frankie necesitaba algo más. Y tenía la imperiosa necesidad de explicárselo a Matty.

La puerta del garaje estaba abierta y no había ni rastro del Buick de Teddy, gracias a Dios. El coche de Irene tampoco estaba. Frankie se dirigió hacia la puerta principal y las ridículas baldosas de las escaleras. Alguien había instalado un nuevo extintor junto al marco de la puerta, con el soporte atornillado directamente en los ladrillos. ¿Qué sentido tenía poner un extintor en el exterior de una casa? A saber. Típico de Buddy. Después de todos sus descabellados proyectos, quizás había planeado quemar la casa. Si la casa fuera suya, habría echado a su hermano hacía muchos meses.

En la casa se estaba algo más fresco, pero no mucho más. Teddy, que era un rácano, nunca había querido instalar un sistema de aire acondicionado central y se había limitado a poner un aparato en la ventana de un dormitorio: el suyo.

—¿Matty?

No había nadie en el salón ni tampoco en la cocina. Entonces oyó un ruido procedente de abajo.

Habían quitado la puerta del sótano, de la cual no quedaba más que el marco. En el interior había paneles metálicos encima de las ventanas, listos para descender y blindarlas, igual que en un barco acorazado en la Guerra de Secesión. Había literas a medio construir, esperando… ¿más ayudantes de obra? La madre que lo parió, si a Buddy se le ocurría inundar el patio podía recrear la batalla naval de Hampton Roads.

Sin embargo, Matty estaba muy ocupado en una tarea de desmantelamiento. De rodillas junto al escritorio se dedicaba a desenchufar los cables de la pantalla del ordenador.

—Matty, tenemos que hablar —dijo Frankie.

—¡Ah! Hola, tío Frankie.

El chico tenía mala cara.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Frankie.

—Mamá dice que tengo que desmontarlo. Que no lo quiere más en casa.

—Creía que le encantaba ese cacharro.

—Sí, bueno, lleva unos días muy alterada. No para de llorar. Ha roto con Joshua.

—¿Quién cojones es Joshua?

—Su novio. El de Phoenix. Pero bueno, eso ya se acabó y ahora no me deja utilizar el ordenador.

—¿Forma parte de tu castigo por fumar hierba?

Matty hizo una mueca.

—¿Te lo ha contado?

—El abuelo Teddy. Me parece muy hipócrita, la verdad. Irene se ponía hasta arriba de porros en el instituto. Seguramente porque Lev era casi un camello.

—¿Cómo?

—Pero eso ahora no tiene importancia. Olvídate del ordenador. Tenemos que hablar, de hombre a hombre.

—Tío Frankie, siento mucho no ser capaz de…

—No he venido para convencerte de que vuelvas a intentarlo.

—¿Ah, no?

—Acércate.

Frankie se lo llevó al sofá, que estaba encajonado en medio de un montón formado por los pocos muebles normales que todavía quedaban y que Buddy había ido empujando hacia el centro de la habitación.

—Siéntate a mi lado, Matty.

El chico se hundió en el sofá, con la mirada clavada en los pies.

—He venido a pedirte disculpas —dijo Frankie. Matty ya iba protestar, pero su tío levantó una mano para impedírselo—. No, no, no. Te he fallado. He hecho algo para que acabes dándome la espalda y quiero saber qué es para poder arreglarlo.

—No has hecho nada.

—¿Se lo has contado a tu madre? ¿Te está castigando por algo más, aparte de la hierba?

—¡No! No le he dicho nada. No sabe nada de… lo nuestro.

—Entonces no lo entiendo —dijo Frankie—. ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

Matty permaneció callado un rato.

—Supongo que me entró miedo —dijo finalmente.

—¿Miedo de qué?

El chico no contestó.

—¿Pensaste que te iban a pillar? —preguntó Frankie.

Matty hizo ademán de alejarse de Frankie, y este lo tomó como un sí.

—Eso es imposible —dijo Frankie—. Tú no has hecho nada. Simplemente has estado flotando por ahí, invisible. Soy yo quien hace todo el trabajo sucio y asume los riesgos.

Joder, qué calor hacía allí dentro. Estaba sentado sin moverse y, aun así, estaba sudando.

—Debes saber que, si me llegan a pillar, no le diría a nadie que tú estás involucrado, jamás de los jamases.

Matty lo miró, sorprendido. Mierda. Al chico ni siquiera se le había ocurrido esa posibilidad.

—Vale, pero ¿y si hay gente que puede verme? —preguntó Matty.

—¿Quién? ¿Qué gente?

—Yo qué sé, ¿el gobierno, por ejemplo?

—Vale, ya veo por dónde vas —dijo Frankie—. Todo esto es culpa mía. Te he llenado la cabeza de historias sobre la abuela Mo y sus rollos de espías. ¿Recuerdas qué te dije? La Guerra Fría se ha acabado. El gobierno ya pasa del tema.

—¿Estás seguro?

—Pues claro que sí. En realidad, no es eso lo que te da tanto miedo.

Matty esperó a que Frankie se lo aclarara.

—Lo que te da miedo es usar tus poderes. Sabes que tengo razón. Ni siquiera te atreves a pronunciar la palabra: P-O-D-E…

Matty volvió a clavar la vista en los pies.

—Dilo. Inténtalo.

—Poderes —dijo Matty en voz baja.

—Así se hace. Tienes poderes, Matty. Eres poderoso. No hay nada que temer. No puedes ir por la vida con pánico a usar lo que Dios te ha dado. Aún quieres ayudar a tu madre, ¿verdad?

Matty no contestó.

—Trabaja en un súper de mierda, lleva un uniforme de mierda y gana un sueldo de mierda. Ni siquiera puede permitirse una casa propia. ¿Cómo crees que va a pagarte la universidad? ¿Cómo se lo va a permitir? Tú eres Esto, Matty. Si quieres ir a la universidad, deberías ir. O no. Con poderes como los tuyos no lo necesitas. Lo que no quieres es acabar en algún trabajo basura, con un puñado de hijos a los que no eres capaz de controlar y preguntándote qué diablos pasó con tu… —Frankie agitó la mano como si borrara una pizarra—. Olvidémoslo. Tienes que centrarte.

—¿Quieres que me centre? —preguntó Matty.

Frankie no estaba del todo seguro. Uno de los dos tenía que centrarse.

—Sé que quieres ayudar a tu madre —dijo Frankie, bajando la voz—. Y sé que quieres ayudarme. Pero yo tengo que pensar también en qué es lo mejor para ti. No solo se trata de…, bueno, de lo que hemos estado practicando. Eso no es más que una oportunidad que se nos ha presentado. Tómatelo como un primer paso. Y te tocará dar muchos, Matty, tantos que ni siquiera puedo imaginar adónde te van a llevar. Quién sabe, ¡quizás acabes en la otra cara de la luna! Ahora bien… —añadió, y rodeó a Matty con el brazo—, no debes olvidar nunca quién eres. Eres un Telemacus.

—Ya lo sé, pero…

—Nada de peros. ¿Sabes qué día es hoy?

—¿Jueves?

—Es el último jueves del mes. El día antes del último viernes del mes. Y ya sabes qué significa eso.

—Pues…

—¡Es día de pago! El día del gran pago. Por culpa de circunstancias ajenas a mí, esta es la última oportunidad que voy…, que vamos a tener para intentar abrir esa caja fuerte.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—Es demasiado complicado para explicártelo.

Frankie miró el reloj y se dio cuenta de que aquella mañana se le había olvidado ponérselo. Se levantó de un brinco del sofá.

—Tengo que ir a ver a un tipo. Luego te llamo. Pero mientras estoy fuera, piensa en tu futuro, Matty. Piensa en abrazar tu esencia. Tienes que abrazar la vida.

—Abrazar UltraLife —dijo Matty en voz baja.

—¡Sí! ¡Eso es! Sabía que podía contar contigo.

008

Frankie pasó la primera hora de su arresto solo en una habitación de motel, intentando abrir las esposas con la mente. El agente Smalls lo dejó allí y le dijo que esperara hasta que «lo tengamos todo montado». Frankie no tenía ni idea de a qué se refería con eso. ¿Qué tenían que montar? ¿Los instrumentos de tortura?

Estaba sentado en el borde de la cama doble más cercana a la puerta y tenía la vista fija en las esposas, esperando que saltaran las cerraduras de las manillas. O que se abrieran. O que temblaran un poquito. Pero lo único que le venía a la cabeza eran fichas voladoras y brazos que lo arrastraban. En aquel momento no se veía capaz de mover ni un simple clip.

Tenía la camisa aún mojada, pero no del agua del río, sino de sudor. Se había convencido de que los trabajadores del casino estaban llevándoselo lejos para pegarle una paliza o incluso matarlo. La llegada de Destin Smalls había sido un alivio, pero cuanto más tiempo pasaba esposado y sentado en aquella colcha de flores que olía a detergente industrial, más se veía venir que apenas había hecho un movimiento lateral y había salido de la sartén para caer en otra sartén.

La puerta se abrió y Frankie se levantó de un salto. La figura del agente Smalls ocupaba toda la entrada. Tenía más de sesenta años, pero a Frankie ni se le pasó por la cabeza embestirlo y salir corriendo. Podías hacerte mucho daño al chocar contra una pared, por vieja que fuera.

—Quiero llamar a mi abogado —dijo Frankie.

—Por supuesto —dijo el agente, agarrándolo por el codo.

Faltaba poco para que amaneciera, pero no había ninguna luz en el cielo, a excepción del pequeño luminoso amarillo del motel Super 8. El aparcamiento estaba totalmente a oscuras. Frankie vio cómo se esfumaba otra esperanza: ni un alma que pudiera ser testigo de su encarcelamiento ilegal.

—No te acuerdas de mí, ¿verdad? —preguntó el agente—. Fui a tu casa decenas de veces antes de que tu madre muriera.

—¿Para qué? ¿Para fastidiar a mi padre?

—Ese era un beneficio añadido.

El desplazamiento consistió en dar cinco pasos, hasta la siguiente habitación del motel. Smalls abrió la puerta y empujó a Frankie al interior.

—¿Te acuerdas de él?

Un gnomo calvo, con un bigotito ridículo, estaba sentado detrás de una mesa redonda llena de aparatos eléctricos. El bigote aceitoso y retorcido se había vuelto plateado con el paso de los últimos veinte años, pero Frankie lo reconoció al instante.

—Hijo de puta —le espetó Frankie.

—Yo también me alegro de volver a verte, Franklin —dijo Archibald «el Asombroso»—. Por favor, toma asiento.

El agente Smalls le quitó las esposas e hizo un gesto hacia la silla que había enfrente de Archibald. Los aparatos en la mesa que los separaba zumbaban y pitaban. Había cables desparramados por el suelo que serpenteaban hacia una torre de cajas metálicas negras. En la habitación reinaba un olor metálico, mezclado con una fragancia de loción de afeitar.

G. Randall Archibald levantó una de las manos de Frankie como si le fuera a hacer la manicura y se dispuso a colocarle dedales forrados de goma en las puntas de los dedos. De cada dedal nacía un manojo de cables conectados a una de las máquinas.

—¿Qué es esto? —preguntó Frankie—. ¿Algún tipo de detector de mentiras?

—Podríamos llamarlo así —dijo Archibald—. Los aparatos que tienes delante forman parte de un detector de campos de torsión, en versión móvil. Con él puedo medir el potencial paranormal de hasta dos coma tres taus.

Frankie intentó resoplar, pero lo que le salió fue un gruñido. No tenía ni la menor idea de lo que era un tau, pero no pensaba admitirlo por nada en el mundo.

—Puedo asegurarte —prosiguió Archibald— que es bastante preciso. No es tan afinado como la versión de mayor tamaño que tengo en mi laboratorio, claro. Esa versión mejorada del detector de campos de torsión es lo suficientemente sensible como para detectar cero coma tres taus. —El gnomo hablaba con la dicción entrecortada y precisa de un empollón—. No creo que tanta precisión sea necesaria en tu caso. Por lo que he oído, tu noche ha sido de lo más activa.

—No sé qué te habrán contado esos tíos, pero mienten.

—O quizá no saben lo que han visto —dijo Archibald—. Mi trabajo, esta noche, consiste en determinar si tu actividad tiene ciertamente que ver con lo paranormal, o se trata de un simple engaño perpetrado por el hijo de un conocido fullero y farsante.

—¡Oye! No pienso quedarme aquí sentado mientras…

Smalls le colocó dos manazas en los hombros y lo volvió a clavar en la silla.

—Quieto —le espetó.

—Yo creía que eras un escéptico —dijo Frankie, prácticamente escupiendo la palabra. En su familia no había nada más despreciable que eso.

—Desde luego que lo soy —contestó Archibald.

—Te vi en el programa de Johnny Carson. Vi lo que le hiciste a esa médium australiana. ¿Era necesario humillarla como hiciste con nosotros? Qué crueldad.

—Me parece que no perjudicó mucho su carrera. Después de eso ganó un montón de dinero.

—¿Y lo que le hiciste al sanador espiritual? ¿El tipo que adivinaba las dolencias de la gente? La gente creía en él y tú lo hundiste.

—A ver, empleaba un radiorreceptor en el oído a través del cual recibía el diagnóstico de parte de Dios, cuya voz, curiosamente, sonaba igual que la de su esposa. Era un impostor. Un farsante. Y tú, ¿eres un impostor?

«Si dijera que lo soy —pensó Frankie—, ¿eso me haría más o menos culpable de un intento de estafa?».

Archibald no esperó la respuesta.

—Yo asesoro al gobierno para que use la ciencia, y no la fe ciega, a la hora de separar el grano con poderes de la paja fraudulenta. ¿Prefieres no llegar a conocer si posees el don de tu madre, Franklin?

—No necesito tus máquinas para saberlo.

—Claro que no. ¡Tú crees en ti mismo! Del mismo modo que tu madre creía en ti y te transmitió su fe a la manera en que lo hacen todas las religiones familiares. Sin embargo —dijo Archibald, inclinándose encima de un panel de control plagado de indicadores y diales—, ¿no crees que estaría bien disponer de una prueba objetiva, científica, de tus capacidades? Un sello de aprobación, si quieres llamarlo así. Un diploma que puedas colgar en la pared.

Sí, Frankie lo quería, vaya si lo quería. Más que nada en el mundo. Había crecido sintiéndose como un príncipe en el exilio. A su familia le habían usurpado el lugar que le correspondía por culpa de los escépticos, de los científicos que solo sabían atenerse a la norma, y de un gobierno en la sombra temeroso de sus poderes.

—No va a funcionar —dijo Frankie. Los dedales de goma aún seguían en los dedos de su mano izquierda y él no hizo ademán de quitárselos—. El método científico limita nuestros poderes.

—Estás parafraseando a tu padre —replicó Smalls.

—Una actitud escéptica actúa como inhibidor. Así es como nos hiciste fracasar en «El show de Mike Douglas».

—Ah, ¿fue eso lo que ocurrió? —dijo Archibald—. ¿Mi mera presencia en el escenario junto a vosotros hizo que fracasaran todos vuestros trucos?

—No son trucos.

Archibald le acercó otro dedal.

—Entonces demostrémoslo. Yo deseo que superes la prueba, Franklin. El agente Smalls también quiere que la superes. Desde 1974, cuando murió tu madre, tu país se ha visto privado de su mejor arma.

Frankie se lo quedó mirando.

—¿Es cierto?

Smalls movió la mesa, se agachó para ponerse a la misma altura que Frankie y lo miró a los ojos.

—Escúchame bien: Maureen Telemacus era la espía más poderosa del mundo.

Frankie había pasado toda su vida coleccionado las pocas pistas que su padre iba soltando acerca del trabajo que su madre hacía para el gobierno: una referencia indirecta a la Guerra Fría por aquí, una queja sobre los programas secretos por allí, algún comentario críptico sobre los submarinos y los psiconautas. Frankie se había dedicado a ensamblar esos fragmentos y a confeccionar una película de espías y ciencia ficción que se reproducía en su mente. Una James Bond con bolso de mujer y poderes paranormales encarnada por Maureen Telemacus. Le encantaba pensar que su Increíble Familia, a pesar de no gozar de fama pública, era secretamente poderosa. Solo al hacerse mayor, cuando Irene señaló que muchas de las historias que contaba su padre no eran ciertas en un sentido estricto, se atrevió a preguntarse si Teddy también exageraría al hablar de su madre. Ahora se odiaba a sí mismo por haber dudado de él.

—Lo sabía —afirmó Frankie con la voz entrecortada por la emoción—. Sabía que era una fuera de serie.

—Pero ya no está con nosotros —dijo Smalls—. Por eso necesitamos tu ayuda.

¿Esta gente no sabía que él no tenía talento alguno para la clarividencia? Solo movía cosas con la mente. Cosas pequeñitas.

—Hemos hecho grandes avances, ahora solo necesitamos que cooperes con nosotros durante cinco minutos —dijo Archibald.

Frankie señaló la maquinaria con la cabeza, el detector de campos de torsión.

—¿Es así como me habéis encontrado?

—¿Disculpa? —preguntó Smalls.

—¿Cómo me habéis seguido la pista? Podríais haberme encontrado en Chicago en cualquier otro momento, pero no, habéis aparecido esta noche, tan lejos, justo después de mi… problemilla en el casino.

Lo cual planteaba otra cuestión: ¿cómo habían llegado tan rápido hasta aquí? Estaban a más de cuatro horas en coche de Chicago.

—¿Venís de Saint Louis? —preguntó Frankie. Desde allí solo había cuarenta y cinco minutos.

Smalls y Archibald no se miraron.

—Llevamos mucho tiempo siguiéndote la pista —dijo Smalls, lo cual no respondía en absoluto a la pregunta.

—Ahora que lo pienso, ¿cómo es posible que aparezcáis justo en ese muelle en mitad de la noche?

—¿Por qué no hacemos la prueba primero y luego contestamos a todas tus preguntas? —dijo Archibald.

Unos faros de automóvil iluminaron las cortinas. El agente Smalls miró por la ventana y frunció el ceño.

—¿Has pedido comida china? —le preguntó a Archibald.

El gnomo negó con la cabeza.

Smalls buscó algo detrás de su espalda y en su mano apareció una pistola.

—Un momento, un momento —dijo Frankie y se levantó de la silla.

—Quieto —volvió a ordenar Smalls. Frankie se sentía cada vez más como un perro—. Y cállate.

Alguien aporreó la puerta.

—¡Abre, joder! ¡Sé que estás ahí dentro, Smalls!

Era Teddy.

—¡Papá, tiene una pistola! —gritó Frankie.

Teddy no pareció oírlo, ya que los porrazos continuaron. Smalls abrió la puerta con la pistola a un lado de su cuerpo.

—Teddy. ¿Cómo diablos has podido encontrar este sitio?

—¡Apártate, puto oso de los cojones! ¿Está aquí mi hijo?

Teddy entró, con un aspecto impecable a pesar de la hora que era, ataviado con un lustroso traje y un sombrero gris a conjunto. Cuando echó un vistazo al resto de la habitación se quedó petrificado.

—¿Archibald? ¿Ahora trabajas con Archibald?

Frankie se levantó de un brinco y se alejó de la mesa. Archibald «el Asombroso» se puso en pie, lo cual no provocó grandes cambios en su estatura.

—Buenas noches, Teddy.

—De ti me esperaba cualquier cosa —le espetó Teddy—, pero ¿de ti, Smalls? —Teddy se volvió bruscamente hacia el agente y se encaró con él—. ¡Hiciste una promesa!

—Y la he cumplido —dijo Smalls—. Ella dijo que no involucrara a los niños. Pero ya no son niños. Frankie es un hombre hecho y derecho capaz de tomar sus propias decisiones.

Teddy lo señaló con el dedo.

—Esa es la frase más artera, egoísta y gilipollas que ha salido de ese cabezón que tienes. Debería darte vergüenza, Destin, porque si algo está claro, es que Maureen se avergonzaría de ti.

Smalls no replicó nada.

—Súbete al coche, Frankie —ordenó Teddy—. Nos vamos.

—Aún no hemos terminado las pruebas —dijo Archibald—. Frankie, ¿no quieres saber el qué?

—¿El qué? —dijo Teddy con sorna—. El qué es que se viene conmigo. Andando.

Frankie siguió a su padre y salió de la habitación. El amanecer desprendía un fulgor rosado, pero el sol aún seguía escondido tras el motel, esperando a que la orilla se despejara. Se dirigieron hacia el nuevo Buick de Teddy, un Park Avenue turquesa. La puerta del copiloto estaba cerrada con llave.

Teddy no hizo ademán de subir al coche ni tampoco de abrirlo.

—¿Qué coño estabas haciendo con esos chupasangre? ¿En el puto Sur de Illinois?

Frankie vaciló un instante. ¿Sabía su padre lo del casino o no?

—No sé cómo me han encontrado —dijo Frankie con total sinceridad—. Smalls me ha detenido, me ha traído aquí y lo siguiente que recuerdo es que Archibald me estaba colocando unos cables en los dedos.

—Las casualidades no existen —dijo Teddy—. ¿Qué has hecho?

—Un momento, ¿cómo me has encontrado tú?

Antes de que Teddy pudiera contestar, un taxi blanco entró en el aparcamiento y se detuvo justo detrás de ellos. Buddy descendió del asiento de atrás y el conductor bajó la ventanilla. Buddy metió la mano en el bolsillo y sacó un montón de fichas de casino, que entregó al taxista. Acto seguido volvió a meter la mano en el otro bolsillo y repitió el procedimiento. El taxi se alejó.

—¿Dónde coño te habías metido? —preguntó Frankie.

Buddy se dirigió hacia ellos sin prisa y con una sonrisa adormilada. Se detuvo en la puerta de atrás del Buick y esperó pacientemente, con las manos en los bolsillos vacíos.

—La madre que me parió —dijo Teddy—, qué suerte la mía.

008

La trastienda de la lavandería olía a detergente perfumado, lejía y aceite de motor. Nick Pusateri sénior estaba de pie detrás de una gran mesa de madera. Delante de él, un montón de monedas sueltas y una pila de blísteres a un lado. A primera vista, Frankie pensó que Nick estaba guardando las monedas, pero era justo lo contrario: estaba rompiendo los blísteres y lanzando las monedas al montón. Nick le hizo un gesto a Frankie para que se sentara en una silla de plástico y permaneció callado mientras rompía otro paquete. Finalmente lo miró.

—¿Qué pasa? —le dijo—. ¿Te ha dado una insolación?

Frankie soltó una risita. No era nada convincente, pero lo hizo lo mejor que pudo. ¿Tan roja tenía la cara? Sintió cómo le sudaban las piernas debajo de los bermudas. ¿Cómo se suponía que iba a llevar a cabo su plan si su cuerpo seguía traicionándolo de aquella manera?

El plan era simple: lograr un aplazamiento, humillarse y mostrarse encantador. Lo único que necesitaba era que Nick aceptara recibir el dinero en cuatro días. Con tal de que el viejo accediera, Frankie estaba dispuesto a soportar todas las amenazas, someterse a cualquier castigo y aceptar cualquier tipo de interés, por usurero que fuera, siempre y cuando se aplicara a partir del lunes. Después del Día del Trabajo terminarían los trabajos de Frankie y le devolvería a Nick su puto dinero.

—No es nada —dijo Frankie—, no llevo bien el calor del verano.

Nick resopló.

—Es la humedad —dijo. Cogió otro tubo de monedas lleno, lo sopesó con la mano y soltó un taco. También lo rompió y echó las monedas en el montón—. Los agostos de Chicago me hacen entrar ganas de mudarme a Islandia.

Nick tenía el tupé salpicado de canas, pero seguía fiel a su estilo. Llevaba una camisa azul turquesa Tommy Bahama desabrochada que dejaba a la vista una cadena de oro enredada en el vello gris de su pecho. Tenía los brazos fibrosos y los nudillos más grandes de lo normal. Frunció el ceño ante otro blister y también lo rompió.

¿A qué coño venía tanta calderilla?

—Tu padre sabía hacer cosas con las monedas y también con las fichas —dijo Nick—. Las hacía rodar por los nudillos y las cogía del aire. Era un artista.

Frankie estuvo a punto de preguntarle si había algún problema con las monedas, pero se mordió la lengua. «Lograr un aplazamiento, humillarse y, por encima de todo, mostrarse encantador».

—Me sorprende que no lo hayas traído contigo —dijo Nick.

—¿A quién, a mi padre? ¿Para qué lo iba a meter en esto?

Nick lo miró.

—Vosotros dos no habláis mucho, ¿verdad?

—Sí lo hacemos —contestó Frankie a la defensiva, a la vez que otra parte de su cerebro clamaba por saber qué había dicho Teddy y si estaba al corriente de su problema—. Pero no de negocios. Nunca lo involucro en estas cosas. Él está jubilado.

Nick asintió.

—Me han dicho que está bastante débil en estos días.

—Supongo que intenta tomárselo con calma —dijo Frankie. Él no habría descrito a Teddy como alguien débil, pero oye, mostrarse encantador era lo primero.

—El tiempo no perdona, y eso vale para todos —dijo Nick. Levantó otro tubo, lo apretó y exclamó—: ¡Cabrones!

—¿Cuál es el problema? —preguntó Frankie. No pudo evitar decirlo.

—Estos hijos de puta tramposos —dijo Nick—. Tienes que ir comprobando los tubos uno a uno. A veces falta una moneda, otras te meten calderilla o alguna moneda canadiense. Si quieres conseguir algo, tienes que hacerlo tú mismo.

—Pero…

—Pero ¿qué?

Frankie iba a preguntarle si realmente valía la pena pasar todo ese tiempo revisando cada uno de los tubos y luego empaquetándolos de nuevo, pero en lugar de eso dijo:

—Pero qué se le va a hacer, ¿verdad?

Nick se lo quedó mirando.

—¿Quién me iba a decir a mí que tendría al pequeño Frankie sentado en esa silla? —dijo Nick, cerrando el puño alrededor de un tubito.

Una bilis caliente subió desde el estómago de Frankie hasta su garganta. Tuvo que contenerse, guardar la compostura. «Lograr un aplazamiento, humillarse y mostrarse encantador». Desde la tienda llegaba el zumbido de las enormes secadoras. Allí afuera había clientes, personas que acudirían corriendo si lo oyeran gritar. O que, mejor dicho, saldrían corriendo. En cualquier caso, había posibles testigos que la policía podría localizar si lo asesinaban ahí mismo. Por fin consiguió tomar aliento.

—Quiero decirte, antes que nada, que no he querido faltaros al respeto, ni a ti ni a tu hermana, al no cumplir con los pagos. Sé que está mal y quiero compensaros. También he venido a asegurarte que podré entregarte el dinero, todo el que falta, el lunes.

Nick lo miró de reojo.

—¿En serio?

Frankie asintió.

—Bueno, eso sería una noticia fantástica. —Dejó caer el blister y pasó la mano por el montón de monedas—. ¿Y de dónde va a salir todo ese dinero, si no es de Teddy?

—Tengo amigos.

—Muy bien, pero ¿tienes propiedades? Eso es lo que me interesa. Háblame sobre tus bienes.

—¿Bienes?

—Esa furgoneta en la que has venido. Calculo que debe de valer unos quince mil en el concesionario. ¿Es tuya?

—Pedí un crédito de dieciséis mil para comprarla y aún no lo he pagado.

—Pues estás apañado. Bueno, tampoco es tanto. Sigamos con el inventario. ¿Qué me dices de lo que conduces en casa, qué coche familiar tenéis?

—Un Toyota Corolla del noventa y uno.

—¿En buen estado?

—Tiene una abolladura importante en el capó.

—Conozco a un tipo que arregla capós. Pues pongamos cinco mil. ¿Y la casa?

Frankie intentó sonreír.

—No entiendo qué tiene que ver la casa con todo esto. El lunes tendré el dinero.

Nick hizo un gesto para que se apresurara.

—¿En cuánto crees que está valorada?

—Mmm, no lo sé —dijo Frankie. No le gustaba el giro que estaba tomando la conversación—. Hace seis años pagamos por ella sesenta y ocho mil, así que puede que ahora valga setenta mil. Quizá setenta y cinco, con suerte.

—¿Y cuánto te queda por pagar?

—Señor Pusateri…

—¿Cuánto?

Frankie intentó pensar con claridad. Algo le oprimía el pecho, tanto que tenía todos los poros del cuerpo abiertos. Estaba lleno de agujeros y chorreaba como un aspersor.

—Los padres de Loretta nos prestaron veinticinco mil para pagar el anticipo, así que…

—La familia no cuenta. ¿Cuánto le debes al banco?

—¿Treinta y cinco? Quizá treinta y cuatro.

—Pues ya lo tenemos. Ese dinero está desaprovechado.

Nick se acercó a un escritorio de metal que había en un rincón y descolgó el teléfono.

Frankie intentaba respirar. «Someterse a cualquier castigo», se dijo. Cuatro días más. Después del lunes, del Día del Trabajo, nada de todo aquello tendría importancia.

—Soy yo, Lily, ponme con… No, por Dios, con Graciella no —estaba diciendo Nick—. Dile a Brett que se ponga.

Frankie se quedó mirando los tubos de monedas. En cada uno había veinticinco pavos. ¿De verdad era tan paranoico como para tener que revisarlos uno a uno? O quizá disfrutaba acariciando el dinero, como Smaug, o como el Tío Gilito.

—¡Brett! —dijo Nick—. Tienes que darme una cifra aproximada. —Miró a Frankie—. ¿Cuál es la dirección? —Frankie se la dictó y Nick la repitió al auricular—: Sí, Norridge. Dos dormitorios, sótano. Frankie, ¿el sótano está terminado? —Frankie negó con la cabeza—. Sin terminar. Un baño. Imagino que en un estado aceptable. Vale. Date prisa. —Nick apretó el auricular contra su pecho. Se dirigió a Frankie—: Cuando mi hijo fundó la empresa, lo tenían todo en carpetas, pero ahora ya pueden consultar cualquier cosa en los ordenadores. Eso fue idea mía. Mi hijo no tenía ni puta idea de este negocio.

«Era tan innovador que ahora lo van a juzgar por asesinato», pensó Frankie.

Brett volvió al teléfono. Nick lo escuchó unos instantes y luego habló:

—Ah, ¿que la escritura está a nombre de los dos? Bueno, se puede hacer igualmente. O sea que si la compramos por sesenta y gastamos lo mínimo en moquetas y pintura… Ajá. Exacto. La comisión por traspaso habitual, sí. Entendido. —Nick colgó—. Tengo una buena noticia y una mala noticia —dijo—. Podrás pagarme treinta mil de tu deuda. Aún me deberás veinte más, pero puedes quedarte con la furgoneta y seguir trabajando y pagándome.

—¿Me estás quitando la casa?

—No, te la estoy comprando. Y también el Toyota. Y ahora, la mala noticia.

Del cuerpo de Frankie salió un sonido, mitad chillido, mitad hipo. Un sonido que no sabía que su cuerpo fuera capaz de emitir.

—En la escritura también consta tu mujer, o sea que tenemos que ir a buscarla.

—Vale, vale —dijo Frankie. Le costaba respirar—. Puedo traerla la semana que viene y…

—No, Frankie. Ahora.

—¿Ahora? Pero si el lunes puedo…

—El lunes puedes pagarme el resto, cuando vengan esos amigos tuyos con toda su pasta.

—Vale —dijo Frankie y suspiró—. Vale.

—¿Por qué estás mirando la puerta?

Buscaba a Teddy. Al agente Smalls. A Irene. A cualquiera que pudiera llegar en el último minuto y salvarle el culo.