Capítulo 8
Sparhawk tuvo un sueño desasosegado, pese al cansancio. Tenía la mente poblada de números. Sesenta y nueve se transformaba en setenta y uno, después en ochenta, y de nuevo volvía la cuenta atrás, en un marco presidido por la ominosa presencia de los nueve y los diecisiete, que no quince. Comenzó a perder la noción del significado de tales cifras, que pasaron a ser meros números que formaban amenazadoramente frente a él, revestidos de armadura y blandiendo armas con las manos. Y, como solía ocurrir casi siempre cuando dormía ahora, la sombría forma le atormentaba el sueño, sin hacer nada, limitándose a observar… y esperar.
Sparhawk carecía de temperamento para la política. En su mente eran demasiadas las cosas que se reducían al esquema de un campo de batalla, en el cual la superioridad de fuerza y entrenamiento físico y la bravura individual eran atributos indispensables. En cuestiones políticas, por el contrario, el más frágil se equiparaba al valeroso y una trémula mano aquejada de parálisis que se alzara para votar tenía un poder igual al de un puño acorazado con malla. Su instinto le decía que la solución al problema residía en la vaina de su espada, pero el asesinato del primado de Cimmura abriría una escisión en los reinos de Occidente en un momento en que Otha permanecía en pie de guerra en las marcas orientales.
Al cabo renunció a dormir y salió silenciosamente de la cama para no despertar a Kalten. Se vistió con la suave túnica monacal y recorrió los oscuros corredores en dirección al estudio de Dolmant.
Sephrenia se hallaba allí, sentada frente a una pequeña hoguera que crepitaba en el hogar, con su taza de té en las manos y los ojos sumidos en un aire de misterio.
—Estáis inquieto, ¿verdad, Sparhawk? —le dijo en voz baja.
—¿No lo estáis vos? —Con un suspiro, el caballero se dejó caer en una silla y extendió sus largas piernas ante él—. No somos personas indicadas para esto, pequeña madre —señaló melancólicamente—, ninguno de los dos. Yo no soy del tipo de individuos capaces de entusiasmarse y alborozarse por el cambio de un número, y no estoy del todo seguro de que vos comprendáis siquiera qué significan los números. Dado que los estirios no leéis, ¿puede alguno de vosotros captar realmente la noción de un número que supere la suma de los dedos de las manos y los pies?
—¿Pretendéis mostraros insultante, Sparhawk?
—No, pequeña madre, nunca haría tal cosa…, no a vos. Disculpad. Tengo un humor agrio esta mañana. Estoy peleando en una clase de guerra que no entiendo. ¿Por qué no componemos una especie de plegaria y pedimos a Aphrael que modifique las decisiones de ciertos miembros de la jerarquía? Ésa sería una solución agradable y simple que sin duda evitaría un gran derramamiento de sangre.
—Aphrael no haría eso, Sparhawk.
—Me temía que ibais a contestarme así. Ello nos deja la detestable alternativa de participar en un juego que no es el nuestro. No me molestaría tanto… si comprendiera un poco mejor las reglas. Francamente, preferiría con mucho espadas y mares de sangre. —Hizo una pausa—. Adelante, decidlo, Sephrenia.
—¿Decir qué?
—Suspirad y alzad los ojos al cielo y exclamad «elenios» en vuestro más exasperado tono de voz.
—Esto está fuera de lugar, Sparhawk —señaló, con mirada dura, la mujer.
—Sólo estaba bromeando. —Sonrió—. Podemos chancearnos de quienes amamos sin ofenderlos, ¿no es cierto?
El patriarca Dolmant entró sin hacer ruido, con expresión turbada.
—¿Nadie duerme esta noche? —preguntó.
—Tenemos un largo día por delante, Su Ilustrísima —respondió Sparhawk—. ¿Es ése el motivo por el que vos también os habéis levantado?
Dolmant negó con la cabeza.
—Uno de mis criados se ha puesto enfermo —explico—, un cocinero. Ignoro por qué han venido a llamarme sus compañeros. Yo no soy medico.
—Me parece que a eso se lo llama confianza. —Sephrenia esbozó una risa—. Se supone que vos mantenéis un contacto especial con el Dios elenio. ¿Cómo está el pobre hombre…, el cocinero, quiero decir?
—Se trata, al parecer, de algo serio. He mandado llamar a un médico. No es un gran cocinero, pero sentiría que muriera. Pero ahora, decidme: ¿qué pasó realmente en Cimmura, Sparhawk?
Sparhawk realizó una rápida exposición de lo sucedido en la sala del trono y de lo esencial de las revelaciones de Lycheas.
—¿Otha? —exclamó Dolmant—. ¿En verdad llegó a ese extremo Annias?
—No podemos demostrarlo, Su Ilustrísima —advirtió Sparhawk—, no obstante, en determinado momento podría ser útil dejar caer esa información en presencia de Annias. Es posible que lo perturbara un tanto. Volviendo a nuestro tema, siguiendo las órdenes de Ehlana, hemos confinado a Lycheas y Arissa en ese monasterio cercano a Demos, y llevo conmigo una buena cantidad de órdenes de captura con objeto de arrestar a diversos individuos con el cargo de alta traición. El nombre de Annias figura de forma preeminente en una de ellas. —Guardó silencio un momento—. Es sólo una idea —declaró—. Podríamos ir con el grueso de los caballeros a la basílica, detener a Annias y llevarlo encadenado a Cimmura. Ehlana hablaba muy seriamente de horcas y decapitaciones cuando nos marchamos.
—No podéis sacar a Annias de la basílica, Sparhawk —observó Dolmant—. Es una iglesia, y las iglesias son refugios para toda clase de delitos civiles.
—Una lástima —murmuró Sparhawk—. ¿Quién se encuentra a la cabeza de los partidarios de Annias en la basílica?
—Makova, patriarca de Coombe. Lleva un año desempeñando un papel relevante. Makova es un burro, totalmente venal, pero es un experto en ley eclesiástica y conoce cientos de tecnicismos y escapatorias.
—¿Asiste Annias a las reuniones?
—La mayoría de las veces, sí. Se complace manteniendo un escrutinio constante de los votos. El tiempo libre lo dedica a hacer ofertas a los patriarcas neutrales. Esos nueve hombres son muy astutos y nunca aceptan clara y abiertamente sus ofrecimientos, sino que le responden con sus votos. ¿Os gustaría mirar cómo jugamos, pequeña madre? —inquirió Dolmant con tenue ironía.
—Gracias de todas formas —declinó la estiria—, pero hay un buen numero de elenios firmemente convencidos de que si un estirio entrara en la basílica, la cúpula se vendría abajo. Como no disfruto con las injurias, preferiría quedarme aquí.
—¿Cuándo suelen iniciarse las sesiones? —preguntó Sparhawk al patriarca.
—Varía la hora —repuso Dolmant—. Makova ocupa la presidencia, lo cual fue producto de un simple voto por mayoría, y ha estado aprovechándose de su autoridad. Convoca sesiones según su antojo, y los mensajeros encargados de entregar las citaciones parecen, por lo visto, extraviarse cuando van a avisar a quienes nos oponemos a Annias. Creo que Makova hizo la jugarreta de intentar colar un voto fundamental mientras el resto de nosotros estábamos todavía en la cama.
—¿Y qué ocurre si convoca una votación en plena noche, Dolmant?
—No puede hacerlo —explicó Dolmant—. En la antigüedad, algún patriarca que no tenía nada mejor que hacer codificó las reglas que regulan los encuentros de la jerarquía. La historia confirma que era un pesado charlatán obsesionado por los detalles insignificantes. Él fue el responsable de la absurda norma que exige los cien votos o el sesenta por ciento en asuntos fundamentales. El fue también, probablemente por puro capricho, quien estableció la ley según la cual la jerarquía sólo podía deliberar durante las horas de luz del día. Muchas de sus reglas son estúpidas frivolidades, pero como quiera que se pasó seis semanas hablando sin parar, al fin sus hermanos votaron aceptándolas simplemente para hacerlo callar. —Dolmant se tocó reflexivamente la mejilla—. Cuando haya acabado todo esto, tal vez proponga a ese asno como santo, ya que esas quisquillosas y ridículas normas suyas son tal vez lo único que en la actualidad está manteniendo el trono fuera del alcance de Annias. Sea como fuere, todos hemos adoptado la costumbre de estar allí al alba, sencillamente para no correr riesgos. En realidad se trata de un pequeño desquite. Makova no tiene el hábito de madrugar, pero durante las últimas semanas viene saludando la salida del sol con nosotros, puesto que, si está ausente, podemos elegir a un nuevo presidente y proseguir sin él, con lo cual podrían producirse toda suerte de votaciones que no serían de su conveniencia.
—¿No podría anularlas? —preguntó Sephrenia.
—Un voto para anular es una cuestión fundamental —repuso Dolmant, con una sonrisa desprovista de alegría—, y él no dispone de los votos suficientes.
Alguien llamó respetuosamente a la puerta. Dolmant abrió la puerta, y un criado habló un momento con él.
—Ese cocinero acaba de morir —anunció Dolmant a Sparhawk y Sephrenia, con aire algo desconcertado—. Aguardad aquí unos minutos. El médico quiere verme.
—Qué extraño —murmuró Sparhawk.
—La gente también muere por causas naturales, Sparhawk —observó Sephrenia.
—No en mi profesión…, al menos, no con frecuencia.
—Quizás era viejo.
Dolmant regresó con el rostro extremadamente pálido.
—¡Lo han envenenado! —exclamó.
—¿Cómo? —inquirió Sparhawk.
—Ese cocinero mío ha sido envenenado, y el médico afirma que el veneno estaba en las gachas de avena que estaba preparando para el desayuno. Esas gachas habrían podido matar a todos los que se hospedan en esta casa.
—Tal vez queráis volver a plantearos la noción de arrestar a Annias, Su Ilustrísima —apuntó con torvo ceño Sparhawk.
—No iréis a creer… —Dolmant calló de repente, con los ojos desorbitados.
—Ya ha intervenido en el envenenamiento de Aldreas y Ehlana, Su Ilustrísima —le recordó Sparhawk—, dudo que le entraran grandes remordimientos por la muerte de algunos patriarcas y un puñado de caballeros de la Iglesia.
—¡Ese hombre es un monstruo! —Después Dolmant profirió una sarta de juramentos, todos más propios de un cuartel que de un seminario teológico.
—Será mejor que digáis a Emban que haga correr la noticia de lo sucedido entre los patriarcas que nos son leales, Dolmant —aconsejó Sephrenia—. Por lo visto, cabe la posibilidad de que Annias nos sorprenda con el descubrimiento de una manera más barata de ganar las elecciones.
—Yo iré a despertar a los otros —se ofreció Sparhawk, poniéndose en pie—. Quiero contarles eso, y se tarda un buen rato en ponerse la armadura al completo.
Todavía estaba oscuro cuando partieron en dirección a la basílica acompañados de quince caballeros de cada una de las cuatro órdenes. Previamente habían decidido que sesenta caballeros de la Iglesia constituían una fuerza a la que pocos osarían enfrentarse.
El cielo comenzaba a mostrar por levante las primeras pálidas manchas de luz del día cuando llegaron a la iglesia de enorme cúpula situada en el preciso centro de la Ciudad Sagrada, desde el cual difundía el pensamiento y el espíritu que le eran propios. La entrada realizada la pasada noche en la ciudad por la columna de pandion, cirínicos, genidios y alciones no había pasado inadvertida, y prueba de ello eran los ciento cincuenta soldados de roja túnica que guardaban el portal de bronce que conducía al vasto patio de la basílica, capitaneados por el mismo individuo que, siguiendo órdenes de Makova, había intentado impedir la salida de Sparhawk y sus compañeros del castillo pandion cuando se disponían a viajar a Borrata.
—¡Alto! —ordenó con tono imperioso, casi insultante.
—¿Osaríais tratar de denegar entrada a los patriarcas de la Iglesia, capitán? —preguntó el preceptor Abriel con voz tranquila—. ¿Sabiendo que con ello ponéis en peligro vuestra alma?
—Y su cuello también —musitó Ulath a Tynian.
—El patriarca Dolmant y el patriarca Emban pueden entrar libremente, mi señor —declaró el capitán—. Ningún hijo legítimo de la Iglesia podría impedirles la entrada.
—¿Pero qué hay de estos otros patriarcas, capitán? —le preguntó Dolmant.
—Yo no veo más patriarcas, Su Ilustrísima —respondió el capitán con tono rayano en lo afrentoso.
—No estáis mirando, capitán —le hizo ver Emban—. Por ley eclesiástica, los preceptores de las órdenes militantes son también patriarcas. Haceos a un lado y dejadnos paso.
—Yo no he oído hablar de tal ley.
—¿Estáis llamándome embustero, capitán? —El semblante de Emban, alegre de costumbre, había adoptado la dureza del hierro.
—Oh… de veras que no, Su Ilustrísima. ¿Puedo consultar con mis superiores acerca de esta cuestión?
—No podéis. Apartaos.
—Agradezco a Su Ilustrísima que me haya sacado de mi error —se enredó en excusas el capitán, con el rostro reluciente de sudor—. No sabía que los preceptores disfrutaran también de rango eclesiástico. Todos los patriarcas pueden entrar. El resto, me temo, deberá esperar afuera.
—Más le vale temer si pretende hacer cumplir esa exigencia —comentó, haciendo rechinar los dientes, Ulath.
—Capitán —dijo el preceptor Komier—, todos los patriarcas tienen derecho a disponer de cierto número de personal administrativo, ¿no es así?
—En efecto, mi señor… eh, Su Ilustrísima.
—Estos caballeros son nuestro personal. Secretarios y cargos semejantes, ya me entendéis. Si les negáis la entrada a ellos, espero ver salir dentro de cinco minutos de la basílica una larga hilera de subalternos eclesiásticos de negra sotana de los otros patriarcas.
—No puedo hacer eso, Su Ilustrísima —insistió con obstinación el capitán.
—¡Ulath! —vociferó Komier.
—Si me permitís, Su Ilustrísima —se interpuso Bevier quien, según advirtió Sparhawk, asía relajadamente su hacha con la mano derecha—. El capitán y yo ya nos conocemos. Tal vez yo pueda hacerlo entrar en razón. —El joven caballero cirínico adelantó el caballo—. Aun cuando nuestras relaciones no hayan sido nunca cordiales —dijo—, os suplico que no arriesguéis vuestra alma desafiando a nuestra Santa Madre, la Iglesia. Teniendo esto presente, ¿os haréis de buen grado a un lado tal como la Iglesia os ha ordenado hacer?
—No lo haré, caballero.
Bevier suspiró con pesar y, con un movimiento de balanceo casi negligente de su temible hacha, hizo saltar por los aires la cabeza del capitán. Sparhawk ya había notado que Bevier se comportaba así en ocasiones. En cuanto tenía la certeza de hallarse sobre firme terreno teológico, el joven arciano solía decidirse por emplear asombrosos métodos expeditivos. En esos instantes, su rostro aparecía sereno y apacible mientras observaba el cuerpo decapitado del capitán que se mantuvo rígido y quieto por espacio de unos segundos; luego suspiró y el cadáver se vino abajo.
Los soldados eclesiásticos se quedaron boquiabiertos y se pusieron a gritar presas de horror y alarma al tiempo que retrocedían empuñando las armas.
—Asunto concluido —dio por zanjada la cuestión Tynian—. Allá vamos. —Se llevó la mano a la espada.
—Queridos amigos —se dirigió Bevier a los soldados con voz suave pero imponente—, acabáis de ser testigos de un incidente verdaderamente lamentable. Un soldado de la Iglesia ha desafiado por propia voluntad el dictado legal de nuestra Madre. Unámonos ahora para ofrecer una ferviente plegaria para que el misericordioso Dios tenga a bien perdonar su horrible pecado. Arrodillaos, queridos amigos, y rogad. —Bevier agitó su hacha ensangrentada, salpicando con ello a varios soldados.
Primero unos pocos, luego un nutrido grupo, y por último todos los soldados se postraron de rodillas.
—¡Oh, Dios! —exhortó Bevier en oración—, os suplicamos que recibáis el alma de nuestro querido hermano recientemente fallecido y le otorguéis la absolución de su grave pecado. —Miró en derredor—. Continuad rezando, queridos amigos —indicó a los soldados arrodillados—. Rogad no sólo por vuestro antiguo capitán, sino también por vosotros mismos, para que el pecado, que siempre se vale de sinuosos y ladinos medios, no se infiltre en vuestros corazones como lo hizo en el suyo. Defended con vigor vuestra pureza y humildad, queridos amigos, para no compartir así el destino de vuestro capitán.
Después el caballero cirínico, revestido de bruñido acero y prístinas sobreveste y capa blancas, avanzó al paso con el caballo, abriéndose camino entre las hileras de soldados arrodillados, impartiendo bendiciones con una mano y asiendo el hacha con la otra.
—Os dije que era un buen chico —señaló Ulath a Tynian mientras la comitiva seguía al beatíficamente sonriente Bevier.
—Jamás lo puse en duda ni por un momento, amigo mío —replicó Tynian.
—Lord Abriel —inquirió el patriarca Dolmant mientras guiaba su montura entre los soldados postrados, muchos de los cuales estaban sollozando—, ¿habéis interrogado últimamente a sir Bevier sobre la verdadera sustancia de sus creencias? Puede que me equivoque, pero me parece advertir en él ciertas desviaciones de las genuinas enseñanzas de nuestra Santa Madre.
—Lo catequizaré de la forma más penetrante, Su Ilustrísima…, en cuanto tenga ocasión de hacerlo.
—No hay prisa, mi señor —observó benignamente Dolmant—. No creo que su alma se halle amenazada por un peligro inminente. No obstante, esa arma que lleva es realmente desagradable.
—Si Su Ilustrísima —convino Abriel—. Realmente lo es.
La noticia de la defunción del capitán se había propagado con gran rapidez. En las macizas puertas de la basílica no hubieron de enfrentarse a ninguna interferencia por parte de los soldados eclesiásticos. En realidad, no parecía haber soldados eclesiásticos por ninguna parte. Los pesadamente acorazados caballeros desmontaron, formaron en columna militar y siguieron a sus preceptores y los dos patriarcas hacia el interior de la vasta nave. Sonó un estrepitoso entrechocar de metal cuando el grupo se arrodilló por un breve instante ante el altar. Luego se levantaron y se adelantaron en un corredor iluminado con velas en dirección a las oficinas administrativas y la sala de audiencia del archiprelado.
Los hombres que montaban guardia en la puerta de la sala no eran soldados eclesiásticos, sino miembros de la guardia personal del archiprelado, hombres totalmente incorruptibles que volcaban su fidelidad exclusivamente en el ejercicio de su cargo. También eran, empero, muy rigoristas en la aplicación de la ley de la Iglesia, en la cual debían de estar sin duda mucho mejor versados que muchos de los patriarcas que ocupaban asientos en la sala. Ellos reconocieron al instante la eminencia eclesiástica de los preceptores de las cuatro órdenes, aunque costó un poco más encontrar un motivo por el que el resto de la comitiva debiera ser admitido. Fue el patriarca de Emban, gordo, astuto y con un conocimiento casi enciclopédico de las leyes y costumbres de la Iglesia, quien señaló el hecho de que cualquier eclesiástico con adecuadas credenciales podía entrar libremente siempre que fuera invitado por un patriarca. Una vez que los guardias hubieron expresado su conformidad al respecto, Emban les hizo ver con gran amabilidad que los caballeros de la Iglesia eran de hecho clérigos, siendo como eran miembros de órdenes técnicamente monásticas. Los guardias rumiaron tal presupuesto, le otorgaron validez y abrieron ceremoniosamente las enormes puertas. Sparhawk advirtió un buen número de sonrisas mal disimuladas mientras él y sus amigos iban pasando en hilera. Aquellos hombres eran, por definición, incorruptibles y absolutamente neutrales, pero ello no impedía que tuvieran sus opiniones personales.
La sala de audiencia era tan grande como cualquier sala de trono secular. El trono en sí, voluminoso, recargado, construido en oro macizo y situado sobre un estrado elevado con cortinajes púrpura al fondo, se encontraba en un extremo de la estancia y a ambos lados, dispuestos en gradas, se hallaban los bancos de altos respaldos. Las cuatro primeras filas tenían cojines carmesí, lo cual indicaba que esos asientos estaban reservados para los patriarcas. Encima de dichos escaños y separados de ellos por cuerdas de terciopelo de la más viva tonalidad púrpura se elevaban los bancos de madera de las galerías para los espectadores. Delante del trono se alzaba un atril, frente al cual se encontraba el patriarca Makova de Coombe, Arcium, pronunciando con voz monótona un discurso cargado de ampulosidad eclesiástica. Makova, enjuto de cara, marcado por la viruela y manifiestamente adormilado, se volvió con irritación cuando las grandes puertas se abrieron, dando paso a la vasta sala a los patriarcas de Demos y Usara seguidos de los caballeros.
—¿Qué significa esto? —preguntó Makova en tono ofendido.
—Nada de extraordinario, Makova —respondió Emban—. Dolmant y yo estamos acompañando a algunos de nuestros hermanos patriarcas que se suman a nuestras deliberaciones.
—Yo no veo más patriarcas —espetó Makova.
—No seáis pesado, Makova. Todo el mundo sabe que los preceptores de las órdenes militantes tienen idéntico rango al nuestro y son, por lo tanto, miembros de la jerarquía.
Makova lanzó una rápida mirada al enclenque monje sentado a un lado de una mesa llena de altas pilas de gruesos libros y antiguos pergaminos.
—¿Escuchará la asamblea el veredicto del especialista legal en lo concerniente a esta cuestión? —preguntó.
Se oyó un retumbar de asentimientos, aunque las expresiones de consternación en los rostros de unos cuantos patriarcas mostraban a las claras que ya conocían la respuesta. El canijo monje consultó varios voluminosos tomos y luego se puso en pie, se aclaró la garganta y habló con voz carrasposa.
—Su Ilustrísima, el patriarca de Usara ha citado correctamente la ley —manifestó—. Los preceptores de las órdenes militantes son, en efecto, miembros de la jerarquía y los nombres de los actuales poseedores de tales cargos han sido registrados, tal como corresponde, en las listas de este organismo. Los preceptores han declinado participar en las deliberaciones a lo largo de los dos últimos siglos, pero a pesar de ello ostentan el rango.
—La autoridad que ya no se ejerce deja de existir —arguyó Makova.
—Me temo que ello no es del todo cierto, Su Ilustrísima —se excusó el monje—. Existen muchos precedentes históricos de participación reanudada. En una ocasión, los patriarcas del reino de Arcium se negaron a asistir a las deliberaciones de la jerarquía por espacio de ochocientos años como consecuencia de una disputa que tenía por objeto las vestimentas apropiadas y…
—De acuerdo, de acuerdo —lo interrumpió Makova, malhumorado—, pero esos asesinos de armadura no tienen derecho a estar aquí.
—Asestó una furibunda mirada a los caballeros.
—De nuevo andáis errado, Makova —lo contradijo con aire satisfecho Emban—. Por definición, los caballeros de la Iglesia son miembros de órdenes religiosas. Sus votos no son menos vinculantes y legítimos que los nuestros. Son, por consiguiente, clérigos y pueden actuar como observadores… a condición de que los invite un patriarca con derecho a escaño. —Se volvió—. Caballeros —dijo—, ¿seréis tan amables de aceptar mi invitación personal para presenciar nuestras deliberaciones?
Makova lanzó una mirada al escolástico monje y éste asintió.
—Lo que nos conduce a la conclusión, Makova —añadió Emban con untuoso tono sazonado de malicia—, de que los caballeros de la Iglesia tienen tanto derecho a estar presentes como la serpiente Annias, que está sentado con esplendor no bien ganado en la galería norte… mordiéndose, según veo, el labio presa de consternación.
—¡Os estáis propasando, Emban!
—No lo creo así, viejo amigo. ¿Vamos a votar algo, Makova, para averiguar en qué medida se ha resentido vuestro soporte? —Emban miró en derredor—. Pero estamos interrumpiendo el debate. Os ruego, mis hermanos patriarcas y queridos invitados, que ocupemos nuestros asientos de manera que la jerarquía pueda continuar con sus hueras deliberaciones.
—¿Hueras?
—Por completo, amigo mío. Hasta que Clovunus fallezca, nada de lo que decidamos aquí tiene el más mínimo sentido. Estamos simplemente divirtiéndonos… y ganándonos la paga, claro está.
—Es un hombrecillo muy ofensivo —murmuró Tynian a Ulath.
—Es muy bueno, empero. —El fornido caballero genidio sonreía complacido. Sparhawk sabía exactamente dónde se iba a instalar él.
—Tú —musitó a Talen, que había sido admitido probablemente por equivocación—, ven conmigo.
—¿Adonde vamos?
—A irritar a un viejo amigo.
Sparhawk sonrió impíamente y condujo al muchacho por las escaleras hasta una galería superior donde el demacrado primado de Cimmura estaba sentado frente a un escritorio, flanqueado de un buen número de sicofantes de negra sotana. Sparhawk y Talen se aposentaron justo en el banco de detrás de Annias. Viendo que Ulath, Berit y Tynian los seguían, Sparhawk les hizo una seña con la mano para que se alejaran, en tanto que Dolmant y Emban escoltaban a los preceptores a las gradas bajas tapizadas con cojines.
Sparhawk sabía que Annias dejaba a veces escapar secretos cuando estaba sorprendido y quería averiguar si su enemigo había tenido algo que ver en el intento de envenenamiento masivo perpetrado en la morada de Dolmant esa mañana.
—Vaya, ¿será posible que éste sea el primado de Cimmura? —exclamó Sparhawk con fingido asombro—. ¿Qué demonios estáis haciendo tan lejos de casa, Annias?
—¿Qué os proponéis, Sparhawk? —preguntó Annias, volviendo la cabeza y asestándole una furiosa mirada.
—Observar, eso es todo —repuso Sparhawk, quitándose el yelmo y depositando los guanteletes en su interior. Desató la correa del escudo y se desprendió del cinto de la espada, que apoyó en el respaldo del asiento de Annias—. ¿Os molestarán, compadre? —inquirió campechanamente—. Es un poco dificultoso sentarse cómodamente con el estorbo de las herramientas del oficio. —Se sentó—. ¿Qué tal os ha ido, Annias? Hace meses que no os veo. —Hizo una pausa—. Estáis un poco demacrado y pálido, viejo amigo. Deberíais tomar más aire fresco y hacer ejercicio.
—Callaos, Sparhawk —espeto Annias—. Estoy tratando de escuchar.
—Oh por supuesto. Podemos sostener luego una agradable charla…, ponernos mutuamente al corriente de los logros de cada cual y esas cosas. —El hecho de que no hubiera nada de extraordinario en la reacción de Annias, restó fuerza a la convicción de Sparhawk respecto a su culpabilidad.
—Si mis hermanos convienen en ello —decía Dolmant—, se han producido recientemente un buen número de sucesos de los que me siento obligado a informar a la jerarquía. Aun cuando nuestra función primordial sea eterna, no por ello dejamos de estar en el mundo y es nuestro deber mantenernos al tanto de los acontecimientos presentes.
Makova dirigió una interrogativa mirada a Annias, el cual tomo una pluma y un trozo de papel. Sparhawk acodó los brazos en el respaldo del banco de su enemigo y espió por encima de su hombro mientras éste escribía deprisa su sucinta instrucción: «Dejadlo hablar».
—Cansado, ¿eh, Annias? —comentó Sparhawk con complacencia—. ¿No sería mucho más conveniente si vos mismo pudierais hablar?
—Os he dicho que os callarais, Sparhawk —dijo, crispado, Annias, entregando la nota a un joven monje para que la llevara a Makova.
—Vaya, ¡qué mal humor que tenéis esta mañana! —observó Sparhawk—. ¿No habéis dormido bien la pasada noche, Annias?
Annias se volvió para mirar airadamente a su hostigador.
—¿Quién es ése? —preguntó, señalando a Talen.
—Mi paje —respondió Sparhawk—. Es uno de los estorbos del rango de caballero. Hace un papel de relleno cuando mi escudero está ocupado en otros asuntos.
—Siempre damos la bienvenida a las palabras del instruido primado de Demos —declamó con altanería Makova, tras haber leído la nota—, pero tened a bien ser breve, Su Ilustrísima. Nos aguardan importantes cuestiones que atender —concluyó, antes de alejarse del atril.
—Desde luego, Makova —replicó Dolmant, acercándose al puesto que le había cedido—. Resumiendo, pues —comenzó—, como resultado de la plena recuperación de la reina Ehlana, la situación política en el reino de Elenia ha cambiado de un modo radical y…
En la sala resonaron gritos de sorpresa, acompañados de un confuso parloteo de voces. Todavía acodado en el respaldo del asiento de Annias, Sparhawk advirtió con regocijo cómo éste se ponía blanco como el papel antes de erguirse.
—¡Imposible! —musitó el eclesiástico.
—Asombroso, ¿verdad, Annias? —le comentó Sparhawk—, y tan inesperado. Estoy seguro de que os alegrará saber que la reina os manda sus mejores deseos.
—¡Explicaos, Dolmant! —casi gritó Makova.
—Únicamente trataba de ser breve… tal como me habéis pedido Makova. Hace tan sólo una semana, la reina Ehlana se recobró de su misteriosa dolencia. Son muchos los que lo consideran algo del orden de lo milagroso. Con su restablecimiento, salieron a la luz ciertos hechos, y el antiguo príncipe regente, y su madre, tengo entendido, se hallan actualmente bajo arresto con el cargo de alta traición.
Annias se recostó en el banco, a punto de sucumbir al desmayo.
—El venerado y respetado conde de Lenda se encuentra ahora al frente del consejo real, y ha extendido con su sello varias órdenes de captura contra los implicados en la vil conspiración que atentó contra la reina. El paladín de la reina está buscando ahora a dichos bellacos y los llevará sin duda a comparecer ante la justicia…, ya sea ésta humana o divina.
—El cargo de dirección del consejo real elenio le correspondía al barón Harparin —protestó Makova.
—El barón Harparin comparece ahora ante el tribunal de la suprema justicia divina, Makova —afirmó Dolmant con tenebroso tono—. Ahora hace frente al juez último. Me temo que existen escasas esperanzas de que salga absuelto…, aunque nosotros podernos rogar para que no sea así.
—¿Qué le ocurrió? —preguntó con voz entrecortada Makova.
—Me han dicho que fue accidentalmente decapitado durante el relevo de la administración en Cimmura. Lamentable, quizá, pero ese tipo de cosas suceden de tanto en tanto.
—¿Harparin? —jadeó, consternado, Annias.
—Cometió la equivocación de ofender al preceptor Vanion —le murmuró al oído Sparhawk—, y ya sabéis el mal genio que puede tener a veces Vanion. Luego lo lamentó mucho, claro está, pero para entonces Harparin yacía ya en dos mitades. Echó a perder la alfombra de la sala del consejo… Toda llena de sangre, ya os podéis imaginar.
—¿A quién más estáis persiguiendo, Sparhawk? —preguntó Annias.
—No llevo conmigo la lista en estos momentos, Annias, pero constan unos cuantos nombres preeminentes en ella…, nombres que estoy seguro que reconoceréis.
Se produjo una agitación en la puerta y dos patriarcas de amedrentada aparición entraron en la sala y se dirigieron corriendo a los bancos de rojos cojines. Kalten permaneció sonriendo en el umbral un minuto y después volvió a marcharse.
—¿Y bien? —susurró Sparhawk a Talen.
—Esos dos suman un total de ciento diecinueve —susurró a su vez Talen—. Nosotros tenemos cuarenta y cinco y Annias sigue teniendo sesenta y cinco. Ahora necesita setenta y dos en lugar de sesenta y uno. Nos estamos acercando, Sparhawk.
El secretario del primado de Cimmura tardó algo más en completar sus cálculos. Annias garabateó una nota de una palabra dirigida a Makova, en la que Sparhawk, mirando por encima de su hombro, leyó: «votad».
El pretexto que Makova dio para la votación era una total absurdidad y todos lo sabían. La votación tenía como único objetivo averiguar hacia qué lado se inclinarían los nueve patriarcas neutrales arracimados en un atemorizado grupo cerca de la puerta. Tras el recuento, Makova anunció con desaliento los resultados. Los nueve habían votado en bloque en contra del primado de Cimmura.
La imponente puerta se abrió de nuevo, dando paso a tres monjes de negras túnicas que llevaban las capuchas levantadas y caminaban con paso lento propio de un ritual. Al llegar al estrado, uno de ellos sacó un paño negro de debajo del hábito y los tres lo extendieron solemnemente sobre el trono para anunciar que el archiprelado Clovunus había fallecido finalmente.