Si te paras en la esquina suroeste del cruce entre las calles Cincuenta y ocho y Cincuenta con un cuaderno para apuntar y te dedicas un rato a observar a la gente, concluirás enseguida que los neoyorquinos son guapos, delgados y, sobre todo, ricos. No hay tela, broche o pliegue que no reluzca como el oro. Es cierto que muchos neoyorquinos son ricos, pero no es oro todo lo que aquí reluce. Estás parado delante de Bergdorf Goodman, y eso es un factor de interferencia.

Ese es un término técnico que define algo que no has tenido en cuenta en tu análisis pero que, sin embargo, afecta a su resultado. Asegurarte de que no estás centrándote con obcecación en alguna versión en bits digitales del Upper East Side es una de las tareas más arduas y tediosas de trabajar con datos digitales. Cuando te parece que tienes todas las variables y todas las posibilidades disponibles para el análisis y la especulación, entonces eres libre de dirigir tu investigación allí donde te lleve la curiosidad. Pero, para ser fieles al cliché, esa libertad exige una eterna vigilancia.

Y aquí es donde tengo que admitir una cosa. En lo que hemos visto hasta ahora en estas páginas, allí donde presento datos de opiniones de unas personas sobre otras, en los votos, en los datos de Crazy Blind Date, en las tablas y los gráficos —en todos los porcentajes y en todos los totales—, allí donde un usuario ha valorado a otro, ambas personas eran blancas. He tenido que hacerlo así, porque cuando te fijas en cómo se comportan dos estadounidenses desconocidos en un contexto amoroso, la raza es el colmo del factor de interferencia. Y para asegurarme de que lo que quiero decir sobre la atracción o el sexo estuviese referido únicamente a esas ideas, tenía que despejar el panorama.

Como estadounidense que soy, el instinto reflejo de barrer la raza debajo de la alfombra es una cosa innata en mí, así que, en cierta medida y aunque los números me obligasen, lo que he hecho me ha salido de manera natural. Y aun dejando de lado la peculiar relación que tiene nuestro país con el tema, la larga tradición que tenemos de falsa integración y lamentable pseudociencia hacen que cualquier análisis cuantitativo de la raza sea especialmente peliagudo. Eso no quiere decir que no dispongamos de nuestros buenos números. Los tenemos a montones, de cierto tipo; mis datos preferidos son los de persona a persona, pero estos otros los veo más de persona a cosa: un grupo u otro frente a las tasas de desempleo, los exámenes de admisión a la universidad, el sistema de justicia, el cáncer… Si bien este tipo de estudios nos han ayudado a señalar y (en ocasiones) a abordar la desigualdad, hay algo que les falta. Falta el ser humano que se encarga de llevar a cabo (o no llevar a cabo) la contratación, la enseñanza, el trabajo policial, el cuidado preventivo; falta la gente que generó los resultados que todos estos estudios afirman cuantificar. Así que acabas sacando conclusiones como esta: «Los imputados de raza negra tienen por lo menos un 30 por ciento más de probabilidades de ser encarcelados que los blancos por el mismo delito». La voz pasiva del titular lo dice todo. ¿Quién está cometiendo aquí el error judicial? Sintácticamente hablando, nadie. En la práctica, lo tengo bastante claro. Pero se trata de un singular estudio que mira más allá de las instituciones, a ese valor binario de «nosotros contra ellos» tan fundamental en las relaciones raciales.

Detrás de cada uno de los bits de mis datos hay dos personas, el que actúa y el que recibe la acción, y el hecho de que ahora los veamos a ambos como iguales en el proceso es algo nuevo. Si en todo esto de los datos hay verdaderamente algo de «-clismo», si el título de este libro no es algo más que un mero juego de palabras semigracioso o un accidente del alfabeto, es esto: nos permite ver de una vez la experiencia humana en su totalidad, no solo aquella parte a la que, por lo que sea, estamos prestando atención en un momento determinado.

Antes del advenimiento de esta nueva modalidad de datos, uno de los panoramas más cuantificados de la vida pública era el de los deportes. Disponemos de cifras en tiempo real sobre cualquier interacción imaginable, que podemos diseccionar y recombinar a placer. Tal vez sorprenda, entonces, que sea en los deportes donde el debate sobre la raza resulta menos analítico. La polémica sobre el «quarterback negro» que se prolongó durante la primera década de este milenio es el ejemplo perfecto. Durante años se produjo el mismo ciclo de noticias: un quarterback afroamericano salía escogido al principio del draft o lo habían puesto de titular en un partido importante y siempre salía alguno a decir que los negros no pueden triunfar en ese puesto en la NFL, la liga de fútbol americano. El motivo que solían aducir era que les faltaba inteligencia para ello. Se producían reacciones airadas, debates y muchas discusiones sobre que aquello no eran más que estereotipos miserables. Pero entre tanto comentario y tanta protesta, y tantas protestas sobre las protestas, en los 97 000 resultados que arroja Google sobre «quarterback negro» solo he encontrado un artículo en el que de verdad se han calculado las puntuaciones de quarterbacks blancos y negros, que resultan ser idénticas hasta en el segundo decimal: 81,55. En un ámbito tan obsesionado con las estadísticas en el que hordas de chalados de los números calculan la tasa de éxito del 54 por ciento que tiene Fulanito Pateabolas de marcar un gol de campo desde las 50 yardas en un partido como visitante que se decide por siete puntos o menos contra un rival de la AFC (federación americana de fútbol), uno podría pensar que lo de comparar estadísticamente a quarterbacks blancos y negros sería casi un instinto primario. Sin embargo, siempre hubo —y sigue habiendo en general— un sepulcral silencio numérico al respecto. En lugar de ello encontramos que se recurre a la retórica y a la anécdota. Pero lo único que se consigue con un debate de ese estilo es que todo el mundo siga creyendo tener la razón cuando, en realidad, pese a toda esa palabrería, con un simple número —81,55— se puede demostrar claramente que unos están equivocados. El artículo donde se daba ese cálculo tenía cero tuits y cero «Me gusta» en Facebook, por cierto, y no es que estuviese colgado en algún blog ignoto: aparecía publicado en The Big Lead, que es propiedad de USA Today. A veces tiene uno la sensación de que la gente no quiere saber.

Mientras que en situaciones como esta parecemos carecer de la voluntad de examinar la raza a través de una lente estadística, en muchos otros ámbitos lo que nos falta es sencillamente tener datos. Hay pocos aspectos de la vida que hayan sido tan obsesivamente cuantificados como el fútbol americano. Pero eso está cambiando a toda velocidad.

En OkCupid, una de las maneras más sencillas de comparar a una persona negra y a una blanca (o a dos personas de cualquier raza) es mirar su «porcentaje de coincidencia». Ese es el término que empleamos en la web para referirnos a la compatibilidad. A los usuarios se les hacen un puñado de preguntas, ellos responden y un algoritmo predice si se van a llevar bien, digamos, cuando se tomen una cerveza o durante una cena. A diferencia de otras funciones de OkCupid, el porcentaje de coincidencia no tiene componente visual alguno. El número correspondiente a dos personas solo refleja lo que podríamos llamar su yo interior, todo aquello sobre lo que opinan, lo que necesitan y desean, incluso lo que les parece gracioso, pero nada acerca de su apariencia física. Si los valoramos solo por esta medida de compatibilidad, los cuatro mayores grupos raciales que hay en OkCupid —asiáticos, negros, latinos y blancos— se llevan más o menos igual de bien[12]. De hecho, la raza afecta menos al porcentaje de coincidencia que la religión, la política o la educación. De los detalles que los usuarios consideran importantes, lo más comparable a la raza es el signo zodiacal, que tampoco es que afecte demasiado. Para un ordenador no entrenado a distinguir estas categorías, «asiático», «blanco» y «negro» podrían perfectamente ser «aries», «virgo» y «capricornio».

Pero esta neutralidad racial solo es teórica; la cosa cambia cuando entran en juego las opiniones de los usuarios y no solo los mecanismos de un algoritmo, que son insensibles al color. A partir del perfil completo, en el que la foto domina la página, así es como los usuarios de OkCupid se valoran unos a otros por su raza:

valoración media asignada por hombres a mujeres en OkCupid

  raza de la mujer
  asiática negra latina blanca
raza del hombre asiático 3,16 1,97 2,74 2,85
negro 3,40 3,31 3,43 3,23
latino 3,13 2,24 3,37 3,19
blanco 2,91 2,04 2,82 2,98

Aquí he puesto los datos en bruto, sin adornos, porque a estas alturas ya estarás familiarizado con el sistema de valoraciones de una a cinco estrellas de OkCupid. Pero para facilitar que se vean mejor las tendencias, voy a usar esa misma tabla y a «normalizar» cada hilera. En la tabla de abajo, las entradas son la diferencia de porcentaje (+/-) respecto a la media (lo «normal») de la hilera. Se trata de la misma información pero expresada de manera un poco distinta. Piensa en el número normalizado como la preferencia relativa de los hombres por las mujeres. Por ejemplo, como se puede ver, los hombres asiáticos piensan que las mujeres asiáticas son un 18 por ciento más guapas que la media, mientras que a los hombres negros les parece que están solo un 2 por ciento por encima. Y lo mismo con el resto:

valoración normalizada asignada por hombres a mujeres en OkCupid

  raza de la mujer
  asiática negra latina blanca
raza del hombre asiático +18 % -27 % +2 % +7 %
negro +2 % -1 % +3 % -4 %
latino +5 % -25 % +13 % +7 %
blanco +8 % -24 % +5 % +11 %

Enseguida veremos otras cosas más allá de OkCupid, y cuando presente tablas parecidas lo haré exponiendo directamente cifras normalizadas. Pero, de momento, los dos patrones básicos de la atracción entre hombres y mujeres están claros: a los hombres tienden a gustarles mujeres de su misma raza. Y, lo que es más, no les gustan las mujeres negras. Los datos obtenidos de los mensajes están muy correlacionados con estas valoraciones, de modo que también siguen este patrón[13].

Solo para que se vea que estas tendencias de votación no las está arrojando algún oscuro artilugio estadístico, he colocado las cifras en bruto de los votos por cabeza en lo que se llama un diagrama de cajas: te dice dónde está el grueso de un paquete de datos. Abajo puedes ver que el bloque central de mujeres negras se ha valorado casi íntegramente por debajo de los otros tres grupos étnicos y que el extremo superior de las mujeres negras está hacia la mitad de la altura que ocupan los otros tres colectivos:

img39.svg

Matemáticamente hablando, esto es un producto con precio de descuento: ser negra básicamente te cuesta unas tres cuartas partes de estrella de tu valoración, aunque estés en lo más alto de tu grupo. Además, si haces el análisis a la inversa y te fijas en la gente que emite los votos, verás un patrón de parecido componente mayorista. La mayor parte de los hombres que no son negros aplican esa reducción de tres cuartos a las mujeres negras. No es que haya un escuadrón de racistas que se dedique a bajar los promedios por su cuenta.

Por muy sorprendente que pueda parecernos esto, solo refleja una serie de datos, lo que piensa un grupo de personas. Así que este es un buen momento para hacer una pausa y responder a una pregunta que tal vez te hayas planteado antes, dado lo mucho que he hablado hasta ahora de los datos de OkCupid en estas páginas: ¿Quién es esta gente?

En términos sumamente superficiales, los miembros de OkCupid representan a la composición general de los usuarios de Internet, claro que con la particularidad de que (casi) todos los que están en la web son solteros. Los usuarios del sitio son más jóvenes que el promedio nacional (la edad media de OkCupid es de 21) y tienden a ser menos religiosos. La composición racial es la que cabría esperar. A continuación vemos nuestras cifras comparadas con las del «usuario estadounidense de Internet» genérico de Quantcast, la principal empresa de medición de audiencias de Internet, que es como la Nielsen de la Red.

  Usuarios de OkCupid Usuarios estadounidenses de Internet
asiáticos 6 % 4 %
negros 7 % 9 %
latinos 8 % 9 %
blancos 80 % 78 %

Si bajamos un nivel demográfico más, los usuarios de OkCupid son, en todo caso, bastante más urbanos, formados y progresistas que el resto del país. Los mayores mercados de la web son, con mucho, sitios como Nueva York, San Francisco, Los Ángeles, Boston y Seattle. El 85 por ciento de los usuarios ha asistido a la universidad. Los que se proclaman liberales superan a los que se describen como conservadores en una proporción de más de dos a uno. En toda la web existe una mentalidad abierta de forma generalizada. Y un total del 85 por ciento de los usuarios, que por hilarante que parezca no es intencionado, responde a esta pregunta:

¿Te plantearías salir con alguien que haya verbalizado un fuerte sesgo negativo hacia determinado grupo étnico?

con una negativa rotunda (escogen «No» por encima de «Sí» y de «Depende»). A la vista de los datos anteriores, eso significa que el 84 por ciento de los que están en OkCupid no se plantearía quedar con alguien de OkCupid.

Básicamente, cualquier cosa que en teoría hace que un grupo de personas sea «menos racista», eso es lo que son los usuarios de OkCupid. Esto es lo que le digo a la gente que, como yo, vive tranquilamente en ciudades grandes y plurales, que considera que sus opiniones y gustos son, si acaso, tolerantes, que se relaja por la noche con una copa de vino y una dosis o dos de rectitud progresista en Facebook: cuando muestro aquí que las mujeres negras y, luego, los hombres negros, reciben un trato de segunda y que añadir el color de piel blanco a la identidad de un usuario lo hace más atractivo, sea hombre o mujer, no estoy describiendo ninguna pesadilla digna de los catetos de lo más profundo de la América montañosa. Estoy describiendo nuestro mundo, el mío y el tuyo. Si estás leyendo este libro de divulgación sobre el fenómeno Big Data y todos sus portentos, ten por seguro que los datos que en él encuentras se corresponden contigo.

Pero fíjate otra vez en la pregunta de arriba, que fue escrita por uno de los usuarios de OkCupid y se ha contestado cerca de un millón de veces: «verbalizar» es una palabra muy rara. Si te deshaces de ella, lo que queda sigue siendo, más o menos, «¿Saldrías con una persona racista?», que siempre pensé que era la verdadera intención de la pregunta. El que la escribió, no obstante, comprendió las sutilezas de los datos antes que yo. En una web de contactos uno puede actuar por instintos que en otros sitios mantendría ocultos. En cierta medida, los usuarios se dedican a juzgar y a ser juzgados por otros y todos ellos acceden a la web libres del contexto de su vida cotidiana. No hay nada que se publique en los muros de los amigos. El juego consiste en esto: la web te muestra a personas y a ti te gustan o no, hablas con ellas o no. Eso es todo lo que hay. En un mundo digital que, por otra parte, está obsesivamente conectado por redes, lo de los contactos y las citas tiene algo de solitario y de vieja escuela. Tu experiencia consiste en ti mismo y la gente con la que eliges estar; y lo que haces es secreto. Muchas veces, el propio hecho de que uno tenga una cuenta —por no hablar de lo que hace con ella— no lo saben ni sus amigos. De modo que la gente puede obrar con una actitud y unos deseos relativamente exentos de cualquier presión social.

En la mente del lego, Facebook, «la red social», es el sine qua non de las fuentes de datos online. Y no cuesta entender por qué: Facebook es enorme y omnipresente, y una muestra de sus usuarios es prácticamente una muestra de la población mundial que tiene acceso a Internet; dicho de otro modo, puedes extraer de allí un corpus representativo de lo que quieras. Y sus datos son muy sólidos y variados: saben con quién fuiste al instituto, qué canción acabas de escuchar en Spotify, dónde viven tus padres, etcétera.

Pero así como muchas veces esa riqueza es un valor, también puede ser una carga. Rara vez encuentras a un desconocido en Facebook. Es, por su propio diseño, un sitio de personas que ya conoces y acerca de quienes ya te has formado una opinión; son tus amigos, al fin y al cabo. Los datos de Facebook sobre la raza son la encarnación de ese solipsismo tan frecuente de «Pero si yo tengo amigos negros». El modo en que tratas a tus amigos es, por definición, la excepción a cómo tratas al resto de la humanidad. Y, para empezar, tanto tú como la relación con tus amigos os formasteis fuera de las redes.

Por añadidura, la gente se inhibe cuando sus amigos los están mirando. Este aspecto de escaparate nos explica por qué el primer paso de la mayoría de las aplicaciones de contactos y citas que hay en Facebook consiste en sacarte de Facebook: tu existencia allí está siempre bajo custodia. Hace mucho tiempo probamos a meter funciones «sociales» en OkCupid, pero fallaron estrepitosamente, igual que ocurrió con opciones parecidas cuando las probaron en Match.com. Por el motivo que sea, la gente no quiere tener a su red de contactos alrededor cuando liga por Internet. Ese deseo de soledad tiene el mismo origen, supongo, que la claustrofobia que nos atenazaría a la mayoría si, en una prometedora primera cita en un restaurante, se apostasen en la mesa de al lado dos amigos de toda la vida. Esto no es para desmerecer en absoluto el negocio ni la comunidad que ha creado Facebook, pero las relaciones de la «vida real» sobre las que se afianza Facebook y que predominan allí les confieren a sus datos un poder especial. Cuando quieres detenerte en algo como la raza, en lo que, al menos entre gente decente, existe cierta presión para comportarse de determinada manera en público, las webs de contactos te brindan una serie de datos excepcionales: todo el mundo es un desconocido, están todos solos y lo que hacen es decirte quién les gusta y quién no[14].

Así que vamos a confrontar los datos de OkCupid con los de otras webs de contactos y a ver qué sale del cóctel. Si miramos las cifras de otros usuarios que se mueven en otras interfaces nos haremos una idea general mucho mejor del verdadero patrón. Y eso es lo que vemos abajo: aquí tenemos datos de OkCupid, DateHookup y Match.com —sitios que, combinados, sumaron unos 20 millones de usuarios estadounidenses solo el año pasado— presentados unos junto a los otros. Las matrices varían un poco en los detalles —recordemos que estos valores reflejan acciones de personas distintas que emplean distinto software—, pero si obviamos esas diferencias el patrón general es el mismo. En términos de la «dirección» de las opiniones, de lo que gusta o no gusta, las tablas son prácticamente idénticas:

  raza de la mujer
  OkC asiática negra latina blanca
raza del
hombre
asiático +18 % -27 % +2 % +7 %
negro +2 % -1 % +3 % -4 %
latino +5 % -25 % +13 % +7 %
blanco +8 % -24 % +5 % +11 %
 
  Match asiática negra latina blanca
  asiático +50 % -68 % -14 % +31 %
negro +9 % -13 % +8 % -3 %
latino +4 % -67 % +33 % +29 %
blanco +13 % -68 % +8 % +47 %
 
  DH asiática negra latina blanca
  asiático +11 % -24 % +9 % +4 %
negro +7 % -9 % +9 % -7 %
latino +12 % -27 % +10 % +6 %
blanco +18 % -30 % +6 % +5 %

Probablemente conozcas Match.com. Lleva casi dos décadas siendo la web de contactos más popular de Estados Unidos. Emiten toneladas de publicidad en la televisión nacional y, a resultas de ello, cuentan exactamente con los datos demográficos de los «americanos típicos» que cabría esperar. DateHookup es una web gratuita con varios millones de miembros y muy popular entre los que buscan citas esporádicas; su base de usuarios consiste en algo menos del 20 por ciento de negros y el 13 por ciento de latinos. Es el más diversificado de los tres sitios que estudiamos aquí. Yo lo veo como un Atlanta o un Houston en comparación con el Portland que sería OkCupid y el Dallas que sería Match. Pero como puedes ver, en lo que se refiere a hombres que valoran a mujeres, en los tres sitios web encontramos el mismo patrón.

Los votos en la otra dirección, mujeres que valoran a hombres, no son tan uniformes en los tres sitios, pero son bastante parecidos:

  raza de la hombre
  OkC asiático negro latino blanco
raza
de la
mujer
asiática +19 % -38 % -15 % +35 %
negra -34 % +52 % -17 % -1 %
latina -35 % -20 % +19 % +37 %
blanca -26 % -19 % -1 % +46 %
 
  Match asiático negro latino blanco
  asiática +3 % -7 % -5 % +9 %
negra -9 % +10 % -1 % +0 %
latina -8 % -6 % +6 % +8 %
blanca -7 % -5 % -0 % +12 %
 
  DH asiático negro latino blanco
  asiática - -34 % +14 % +20 %
negra +9 % +25 % -12 % -22 %
latina -18 % -14 % +21 % +10 %
blanca -12 % -25 % +7 % +31 %

Estas matrices muestran dos tendencias negativas y dos positivas. Los negros vuelven a estar infravalorados por los usuarios no negros, pero los hombres asiáticos se les han unido en los números grises. Por el lado positivo, las mujeres prefieren claramente a hombres de su misma raza —son más «leales a su raza» que los hombres—, pero también manifiestan una clara preferencia secundaria por los hombres blancos.

En OkCupid se nos abre otro camino que nos permite adentrarnos en las jerarquías raciales y que refuerza esta «preferencia blanca». Dado que los usuarios pueden escoger más de un grupo étnico en su perfil, podemos estudiar las mezclas raciales casi como si lo hiciésemos en un laboratorio. Por ejemplo, tenemos a hombres que seleccionan «asiático» como identidad étnica. También tenemos a hombres que escogen «asiático» y «blanco». Si comparamos los dos grupos nos haremos una idea de lo que una persona consigue al añadir esa «blancura». Y resulta que consigue bastante. Cuando añades el color blanco las valoraciones suben, y eso ocurre de manera generalizada. A continuación he volcado todos los datos. Es una tabla grande y liosa, pero que vale la pena explorar.

En la columna de la derecha se ven las mejoras en las valoraciones generadas al añadir el blanco al componente racial de la persona. El mensaje principal es que el descuento racial que hemos visto aplicado a hombres y mujeres negros y a hombres asiáticos en las tablas anteriores queda anulado. Es lo opuesto a la vieja «regla de una gota».

Por desgracia, no hay suficiente gente que marque «negro» y «latino» o «asiático» y «negro» para engrosar plenamente esta alquimia, pero constituye un intrigante vistazo a cómo está el espectro étnico:

  raza de la mujer  
  hombres valorando
a las mujeres
latina latina + blanca % de cambio
raza del
hombre
asiático 2,7 2,8 +4
negro 3,4 3,4 -2
latino 3,4 3,4 +1
blanco 2,8 3,0 +7
     
  negra negra + blanca  
asiático 2,0 2,3 +19
negro 3,3 3,5 +5
latino 2,2 2,9 +28
blanco 2,0 2,5 +24
     
  asiática asiática + blanca  
asiático 3,2 3,0 -5
negro 3,4 3,6 +5
latino 3,1 3,3 +5
blanco 2,9 3,0 +2
  raza del hombre  
  mujeres valorando
a los hombres
latino latino + blanco % de cambio
raza de
la mujer
asiática 1,7 1,8 +7
negra 2,0 2,4 +18
latina 2,1 2,2 +8
blanca 1,8 2,1 +15
     
  negro negro + blanco  
asiática 1,5 1,6 +6
negra 2,7 2,6 -4
latina 1,7 1,9 +17
blanca 1,6 2,0 +26
     
  asiático asiático + blanco  
asiática 2,0 2,1 +4
negra 1,8 2,7 +48
latina 1,5 2,2 +44
blanca 1,5 2,0 +32

Ahora bien, todo esto está extraído de las valoraciones de una web de contactos. Pero los datos de ese tipo son básicamente datos de la primera impresión, del primer flechazo —los usuarios tienen que llegar a conocerse mutuamente, al menos un poco, antes de querer besarse—, y ese es el mismo espíritu básico que se da cuando cualquier par de personas se encuentran: «Vale, ¿qué es lo que estoy mirando? ¿A quién veo?». Los datos miden el escalofrío de conocer a alguien nuevo: ese estallido de juicio, instinto y química que determina si te gusta o no una persona y que se produce antes incluso de que sepas prácticamente nada de ella. He aquí a unos cuantos usuarios de OkCupid que lo explican con sus propias palabras:

Y entonces, un día, creo que estaba mirando mis coincidencias diarias, y allí estaba él. Hice clic en su perfil al instante… Había algo en él que me hizo sonreír.

Bella, acerca de Patrick

Bueno, todo empezó cuando un día estaba consultando mis coincidencias y vi a esa chica que me pareció atractiva a primera vista.

Dan, acerca de Jenn

Pero si existe el amor a primera vista, existe también el desagrado a primera vista, ¿verdad? ¿Y no es ese mismo escalofrío de la atracción, pero al contrario, cuando alguien se arruga, aunque sea de manera inconsciente, al ver a un desconocido? También, en palabras de alguien:

Hay muy pocos hombres afroamericanos que no hayan pasado por la experiencia de ir paseando por la calle y oír cómo se van cerrando los seguros de los coches a su paso. Eso me pasa a mí… Hay muy pocos afroamericanos que no hayan pasado por la experiencia de meterse en un ascensor y que una mujer se aferre con nerviosismo a su bolso y contenga la respiración hasta que por fin llega a su piso. Eso pasa mucho.

Barack Obama, 19 de julio de 2013

Estos destellos de intuición que hay en el corazón de los datos —extrapolaciones de las cantidades más diminutas de información— no atañen solo a lo sentimental, sino a quién escoges para alquilarle tu piso, a la hora de decidir si dar el visto bueno a un préstamo o no y, con certeza, al trabajo policial, en el que muchas veces no hay tiempo más que para un destello. Hasta en las situaciones más pausadas, la primera impresión es la que cuenta. En un artículo se preguntaba: «¿Son Emily y Greg más contratables que Lakisha y Jamal?» y obtuvo un rotundo «Sí» como respuesta por parte de los profesionales de recursos humanos del país. Los científicos enviaron currículos idénticos, algunos de ellos encabezados por nombres que «sonaban a negro» y otros con nombres que «sonaban a blanco», y se percataron de que los segundos recibían un 50 por ciento más de respuestas, independientemente del cargo o del sector. Y las empresas que dicen contratar según «igualdad de oportunidades» discriminan lo mismo que todos los demás.

Este tipo de ironías nos llevan a ver que los grandes estudios son importantes pero las pequeñas mediciones a nivel de persona a persona resultan esenciales: cuando lees cosas como el ejemplo antes mencionado y ves que Jamal no consigue el trabajo, es fácil que menees la cabeza con desaprobación ante esos pocos encargados de contratación racistas que han inclinado la balanza en su contra. Pero los datos que vemos en este capítulo demuestran que el racismo no es un problema de extremos atípicos. Está por todas partes. Hemos visto los mismos patrones repetidos en tres sitios web con distintos usuarios y experiencias diferentes: hombres, mujeres, gratuitos, solo por suscripción, informales, serios, de demografía más «urbana» y más «convencionales». En definitiva, los sujetos de la investigación representan una buena porción de los adultos jóvenes de este país y los datos demuestran que los no negros infravaloran los perfiles de los afroamericanos. No se trata de un problema ocasionado por un pequeño grupo de usuarios negros «feos» ni por un pequeño colectivo de racistas impenitentes que desbaratan un patrón por otra parte regular.

Ser abiertamente racista ya no es algo socialmente aceptado. En respuesta a esa presión, parte de la población se ha salido por la tangente: si ya no puedo meterme a gritos con unos cuantos chavales en edad escolar, pues vale, le gritaré a la tele. No es ese el típico estadounidense. La mayoría de nosotros —casi todos, en realidad— reconocemos que el racismo es malo. Pero todavía está implícito en muchas de las decisiones que tomamos[15]. Los psicólogos le dan un nombre a la estructura interior de nuestro pensamiento que nos ayuda a organizar la información al toparnos con ella: esquema. Y nuestro esquema está todavía fuera de sincronía con cómo creemos la mayoría que debería ser el mundo. Por medio de centenares de pequeños actos diarios, ninguno de ellos llevados a cabo con intenciones o sentimientos racistas, reflejamos una cultura que es, de hecho, racista. Como hemos visto, ese patrón está tan arraigado en nuestro tejido que adiciones recientes a nuestra sociedad, como los asiáticos y los latinos, también lo han adoptado.

En lo que se refiere a estos patrones, los individuos están en cierto modo libres de culpa. Que la gente negra obtenga tres cuartas partes del afecto que reciben los blancos en webs de contactos es prácticamente un accidente. No se puede culpar a nadie por no querer salir con otra persona. En esa decisión rara vez interviene la malevolencia. Juicios como votar a alguien se hacen en un instante, y son actos pequeños y aparentemente carentes de significado. Navegas por la web y tal vez una de cada doce caras es negra. Y al ver a esa persona, tu acción en ese momento podría ir en cualquier dirección, igual que si estuvieses mirando a una persona blanca; te dejas llevar. ¿Y qué pasa si no te gusta una persona concreta en un momento determinado? Todo el mundo tiene derecho a pensar lo que quiera de cualquier individuo; de hecho, considerar en primer lugar a cada persona como un individuo, y no como una categoría, es dar un enorme paso en la dirección adecuada. Lo único que pasa es que si nos fijamos en el conjunto de patrones, estos nos indican que, en general, los dados siguen estando trucados. En realidad, podemos usar una metáfora de la misma categoría general algo más adecuada: nos indican que la casa se sigue llevando lo suyo; no es el crupier, no es la mano, no es ni siquiera la partida, son las reglas del juego lo que hace que determinados grupos de personas ganen y que otros pierdan.

El profesor de sociología Osagie K. Obasogie emprendió hace poco una curiosa investigación: entrevistó a personas ciegas de nacimiento y descubrió que tenían las mismas actitudes acerca de la raza que las que se dan en el mundo de los videntes. Su muestra era relativamente pequeña —solo 106 individuos—, pero lo que descubrió fueron mis datos de OkCupid hechos carne y hueso. Cita numerosos ejemplos de jóvenes ciegos que están contentos con su acompañante en una cita hasta que alguna «pista» —normalmente el tacto de su cabello, pero también a veces el susurro de un desconocido— les revela que la otra persona es negra. Se acabó la cita.

Obasogie afirma que la actitud de la gente ciega sobre la raza es fruto de toda una vida de absorción cultural, a falta de cualquier realidad visual. A partir de estos datos parece imposible argumentar otra cosa. Además, observó que el sexo es el punto clave de la discordia más acentuada entre lo que estamos mirando y lo que nuestra cultura nos dice que estamos viendo. Como dijo en el Boston Globe, le dejó atónito la vigilancia con la que, incluso entre sus sujetos de estudio invidentes, «se patrullan las fronteras raciales, fundamentalmente en el ámbito de las citas románticas». Para llevar esta metáfora un paso más allá, una patrulla protege el interior, y allí las citas son solo la frontera de una ingente masa cultural que nos costará décadas reorganizar.

Sea como sea, soy muy consciente de la larga y vergonzosa historia de la «ciencia» llevada a cabo por investigadores blancos para «demostrar» la creencia del científico de que las personas blancas son mejores. Y soy igualmente consciente de que nos encontraremos con datos que muestren, por ejemplo, que «las mujeres encuentran atractivos a los hombres blancos». No pretendo decir con eso que los hombres blancos sean inusualmente guapos. Ni tampoco que los datos «demuestren» que las personas negras no son atractivas. De hecho, esos patrones de OkCupid cambian en países que no son Estados Unidos. En el Reino Unido, los usuarios negros del sitio obtienen un 98,9 por ciento de los mensajes que reciben los blancos. En Japón, un 97,8 por ciento. En Canadá, un 90 por ciento. Muchos de los usuarios negros de estos últimos dos países, sobre todo los de Japón, son estadounidenses expatriados.

El sexo a veces no tiene nada que ver con la estructura ósea, los músculos y la carne, cuyos defectos y virtudes comparten todas las razas en igual cantidad. También está la cultura, y las expectativas, y los condicionantes. Eso es lo que muestran mis datos, y puesto que son de persona a persona y se han recopilado hasta en el más mínimo detalle, pueden mostrarlo de un modo imposible de conseguir mediante ninguna otra investigación.

Cuando iba al instituto estuve un verano como estudiante de intercambio en Japón y los funcionarios de la agencia de mi ciudad de acogida, Utsunomiya, nos recogían de vez en cuando a mí y a otros estadounidenses para ir de visita a un colegio o una fábrica cercanos. El objetivo era tanto que viésemos el país como que el país nos viese a nosotros. Era a principios de los noventa, en la era preinternet, y Japón, y no China, era nuestro gran rival económico. Había tensión: los japoneses habían comprado el Rockefeller Center unos años antes y el yen amenazaba al dólar. El nombre de mi programa de intercambio resumía el tono de la visita en cuatro palabras: «Jóvenes para el entendimiento».

A pesar de aquel nombre, su cultura me desconcertó. Hasta recuerdo que los nombres del Street Fighter II estaban todos mal: Vega se llamaba Balrog, y Balrog era M. Bison… Aquello era de locos. Pero tenían televisión americana; Los vigilantes de la playa se convirtió enseguida en la serie número uno del país. En un colegio al que nos mandaron tuvimos que ponernos en pie y decir unas palabras ante toda la asamblea de estudiantes. Yo me levanté del suelo y subí al estrado, dije cualquier tontería y volví a bajar. La siguiente a la que le tocaba era la única rubia que había en nuestro grupo y, cuando se levantó, nunca lo olvidaré, se oyó a la sala contener la respiración. La persona que estaba allí de pie era una chica normal —teníamos 16 años, así que todos éramos feos y desgarbados— pero un estremecimiento recorrió la multitud como si tuviesen allí delante a Pamela Anderson en carne y hueso.

Mucha gente ha experimentado ese estremecimiento. Y, durante décadas, frenólogos, racistas y charlatanes han hecho malabarismos para darle a esa reacción esencialmente cultural (y por tanto inmutable) un fundamento biológico. El libro The History of White People, de Nell Irvin Painter, hace un excelente repaso de la «ciencia racial» y en sus páginas la autora nos proporciona una cita de un texto de la Ilustración sobre las maravillas de la raza «caucásica», escrito, por supuesto, por un hombre blanco:

La sangre de Georgia es la mejor del Este, y tal vez del mundo entero. No he observado ni un solo rostro feo en ese país, de ningún sexo, pero los he visto angelicales. La naturaleza se ha prodigado allí en las bellezas femeninas, que no se encuentran en ninguna otra parte… Sería imposible hallar rostros más cautivadores ni figuras más bellas que las de los georgianos.

Johann Blumenbach escribió esto. Desarrolló sus teorías raciales mediante la recolección y la comparación de cráneos humanos. Parece que la erudición ha avanzado algo. En cuanto al subconsciente, eso ya es otro cantar.