Ejercicio
Ante una festividad familiar o de trabajo, solicitar con anticipación la oportunidad de dirigir un mensaje breve y aprovechar todo lo aprendido hasta aquí preparando un discurso de cinco minutos.
El mensaje escrito y leído
—Maestro Lidias: ¿Por qué algunos oradores escriben su discurso y lo leen? ¿Debe hacerse así?
—Atendiendo a tu pregunta, Juan, dedicaremos esta lección al discurso escrito. Empezaré por decirte que el orador se ve más dueño de sí mismo, con mayor categoría, cuando dirige la palabra sin tener ningún pergamino frente a sí; el escrito no deja de ser un bastón de apoyo, pero existen ocasiones que hacen recomendable leer el mensaje.
—¿Cuáles son?
—Antes de contestar tu pregunta quiero hacerte una seria advertencia: no había mencionado antes el caso del discurso escrito porque es uno de los grandes retos que enfrenta el buen orador. Nunca caigas en la confianza de pensar que al tener el escrito frente a ti se facilitará tu actuación, más bien diría yo que se complica, como te explicaré.
—Yo pensaba, maestro, que después de los desafíos que he tenido en este curso, leer el mensaje sería pan comido…
—Nada de eso, Juan. Esta lección te demostrará por qué. Pero regresemos a las condiciones que nos llevan a escribir y leer el mensaje. Son básicamente dos: por precisión o por belleza.
—¿Por precisión…?
—Sí, considera el caso de un mensaje con muchas cifras, datos numéricos, citas de pergaminos; es preferible escribir el mensaje para proporcionar adecuadamente la información. Otra situación que nos obliga a ser precisos es un evento muy formal, en el que vamos a dirigir la palabra ante personas muy prominentes, como podría ser el mismo César, donde la importancia de la ocasión hace que no podamos correr el riesgo de equivocar una palabra y cambiar el significado de lo que deseamos decir.
—Debe ser emocionante dirigir un mensaje ante gente muy destacada…
—Desde luego, y tienes que ser muy preciso, por ello debes leer el mensaje. Otros casos son cuando representas a una agrupación, presides alguna cofradía y tienes que expresar, ante un auditorio, las normas o ideales de esa asociación; no hablas sólo por ti, sino a nombre de terceros, por lo que, nuevamente, la precisión te recomienda usar el mensaje escrito.
—Mencionaste, maestro, que la belleza es también una razón para llegar al mensaje escrito, ¿cómo se da esto?
—Imagina, Juan, que durante la preparación de tu mensaje tu mano se suelta y escribes el mensaje completo. Consideras que has creado una bella pieza literaria, la cual, si extractamos sus ideas básicas y la ensayamos con palabras diferentes, para no caer en la memorización, perderá la hermosura literaria del trabajo original al no ser interpretada tal como fue concebida. En este caso, es la belleza literaria la que te pide que leas el mensaje.
—Entiendo, sin embargo, no encuentro aún la complicación del mensaje leído.
—Vamos para allá, Juan. En la preparación del mensaje leído seguiremos los mismos pasos que hemos citado para una alocución sin pergamino enfrente, pero añadiremos algunos refinamientos en donde radican las dificultades adicionales. En primer lugar no es recomendable escribir el mensaje inmediatamente, es preferible manejarlo un tiempo, unos días en la mente para que nuestro intelecto lo asimile, le dé forma, ya que de esta manera nos será más fácil, posteriormente, sentarnos a escribirlo y lograr que nuestros pensamientos pasen al pergamino con fluidez.
—Tienes razón, maestro, para quienes no tenemos dones de escritor es necesario pensar con detenimiento antes de vaciar palabras en el pergamino para no desperdiciarlo.
—Vamos ahora a uno de los grandes retos del mensaje escrito: el vocabulario. En el mensaje sin lectura tenemos las ideas en la mente y las expresamos con las palabras que acuden a nuestra boca en el momento; en el mensaje escrito disponemos de tiempo para escoger cada palabra, para armar cada frase, haciendo todos los cambios pertinentes, lo que nos lleva a la obligación de utilizar el vocablo idóneo, aquel que estructura la idea con mayor precisión y belleza. Esto debe realizarse con cada una de las palabras que componen el mensaje. La presentación escrita debe tener un vocabulario amplio, refinado, colorido, en donde caben, incluso, palabras que no sean de nuestro manejo cotidiano, siempre y cuando sirvan para enriquecer la calidad
literaria; como estarán escritas, frente a nosotros, no tendremos por qué tropezarnos con ellas.
—Ya veo la dificultad…
—Es conveniente emplear frases cortas, párrafos pequeños. Transformar los puntos y seguido en puntos y aparte. Utilizar abundante puntuación: toda la necesaria.
—Siguiendo estas recomendaciones escribimos el mensaje, ¿es así, maestro?
—En efecto, tendrás listo el borrador del mensaje.
—Yo pensaba que ya habíamos terminado…
—Recuerda que el mensaje escrito es mucho más exigente. A continuación debemos repasar nuestro borrador con un estricto sentido crítico; asegurarnos de que tenga la mejor calidad literaria que nos sea posible, de que hayamos puesto en juego todos nuestros conocimientos gramaticales; revisar que el mensaje sea fluido, armónico, bello. Después de las correcciones impuestas por esta revisión crítica dejaremos que sea el oído el juez final: leámoslo en voz alta, para escuchar «cómo suena» y luego hacerle los últimos ajustes.
—¡Vaya trabajito!
—Procederemos ahora a escribirlo en hojas cortas de pergamino, la mitad del tamaño usual, que sean lo suficientemente gruesas para poder sostener cada hoja con una sola mano sin que se doble. Utilicemos letras de molde del tamaño más grande que dispongamos. Poco material en cada hoja: dejando espacios amplios entre cada renglón. Escrito por una sola cara y con toda la puntuación anotada en el
pergamino.
—Ahora sí ya terminamos…
—Terminamos de escribir el mensaje, Juan, pero ten presente que te he mencionado que las teorías del curso siempre se suman, nunca se restan, de modo que lo aprendido seguirá vigente: recomiendo pergamino grueso para que puedan sostenerse las hojas con una sola mano, a fin de que el brazo desocupado sirva para los ademanes; periódicamente, conviene cambiar los pergaminos de mano, para tener ademanes con el otro brazo. No debemos sostener los pergaminos con las dos manos simultáneamente, porque aniquilamos los ademanes.
—Supongo que ahora falta ensayar el mensaje, como siempre…
—Cierto, pero no como siempre. El mensaje escrito debemos leerlo tantas veces que después prácticamente lo sepamos de memoria gracias a tantas repeticiones, lo que nos lleva a otro aspecto de la teoría que hemos estudiado: el contacto visual con el público. Si conocemos en detalle el mensaje, podremos iniciar la lectura de una oración, y sabiendo el resto de la misma, levantamos la mirada y la decimos sin tener que leerla. De esta manera, debemos tener más tiempo la vista con nuestro auditorio que en el pergamino. Para esto, es necesario ensayar sobre el escrito definitivo, a fin de lograr no sólo la memorización de gran parte del texto, sino la ubicación de los párrafos para poder regresar la mirada con facilidad y prontitud al punto de continuación. Se ve muy mal que, al retornar la vista al pergamino, el orador pierda el hilo del mensaje al buscar dónde se quedó.
—Tenías razón, maestro, el mensaje leído resulta más difícil.
—Y no he terminado. Un factor fundamental del mensaje escrito es la velocidad de la lectura: debe ser la mitad de la que utilizamos cuando leemos para nosotros mismos. Si descuidamos esta consideración todo nuestro esfuerzo habrá sido en vano porque el público perderá el significado y la belleza del mensaje al ser leído con ritmo acelerado.
—Lo tendré presente, maestro, la mitad de la velocidad con que leo para mí mismo.
—En tu escrito podrás colocar toda clase de marcas o señalamientos para indicar pausas, cambios de velocidad, de volumen, puntos que quieres recalcar o cualquier otro manejo del mensaje.
—Ya entiendo tu recomendación inicial de no confiarse con el mensaje leído; no tiene nada de fácil, requiere cuidados especiales y ser ensayado exhaustivamente.
—Cierto, Juan, y no olvides que tu escrito debe tener mucha calidad literaria, amplio y preciso vocabulario, ser un tema muy sentido, es decir, emotivo, porque el público será más exigente con el mensaje leído.
—¿Qué sucede, maestro, cuando la presentación es extensa y no queremos leerla, pero sí contar con una guía de los puntos a tratar para no confiar solo en la memoria?
—Es una buena pregunta porque es un caso frecuente. La recomendación es colocar en un solo pergamino, también grueso, las ideas principales del mensaje en letra de molde de tamaño grande, para leerlas con disimulo y rapidez, mediante palabras sueltas o frases cortas que sirvan para recordar los conceptos y su orden. Debes tener
en cuenta que el apunte nunca elimina la obligación de un ensayo amplio del mensaje.
La lección se vio interrumpida por la llegada de un sirviente de casa de Juan:
—Joven Juan —dijo el sirviente con los ojos llorosos—, vuestro padre… ha muerto.
Antes de rodar la piedra del sepulcro para sellar la entrada, Juan se adelantó y dijo:
—Querido padre que descansas bajo el manto del Señor, amables amigos que han venido a despedirse del rabí Zacarías: La muerte, esa hacha que derriba el árbol de la vida privándonos de su sombra, se ha presentado nuevamente en su implacable caminar entre nosotros.
»Has iniciado, padre, el viaje que todos tememos y tendremos que hacer. Si nos asusta lo desconocido, contando con referencias ajenas, cuánto más debe paralizarnos de miedo la falta de vida a quienes sólo conocemos la existencia palpitante. Pero es aquí donde la luz del Señor, como única respuesta, ilumina nuestro andar, y las tinieblas de la muerte se convierten en arco iris.
»Hondo ha calado en nuestro sentir el frío puñal de la muerte, pero la mano esperanzadora de las promesas del Señor restañará la herida, y las lágrimas en los ojos nos harán ver reflejos multicolores, anunciando que la gloria de Dios se abre para los justos.
»Cuántas cosas, padre, te dije en vida sin haberlas querido decir;
cuántas otras quise decirte y no te dije. De pequeño me rebelaba a tus regaños, sin saber que a ti te dolían más que a mí; de mayor fui parco en decirte lo mucho que te admiraba.
»Sabemos que la vida lleva comprada la muerte, pero nunca nos parece suficiente la cuota de años asignada.
»Debemos ser hombres de luz para que cuando llegue nuestra noche perenne, quedemos en el firmamento brillando como estrellas. Algunos hombres construyen su muerte en vida, viven como quien traza una estela en el agua, sin esforzarse por arar el campo de la amistad, de la entrega, de la donación de capacidades al servicio de los demás. Tú, en cambio, padre, dibujaste tu vida con los pinceles del amor, la paciencia y la comprensión, camino de escasa retribución en oro, pero imborrable en la mente de los hombres y la memoria generosa del Señor.
»Tu recuerdo, rabí Zacarías, iluminará nuestra vida por siempre. Nos dejas la herencia intangible de una educación, transmitida con el ejemplo, centrada en el amor a Dios y a los semejantes, sin juicio entre buenos y malos al reconocer nuestras propias imperfecciones, dispuestos a dar sin buscar retribución, reconociendo que la vida es un continuo escoger entre amar y dejar de hacerlo y que nuestra felicidad se construye aceptando el camino del amor, aunque a veces sea el sendero más agreste.
»Me pregunto, ¿cuándo dejamos de existir?: la mayoría en cuanto cesamos de respirar; algunos logran sobrevivir mientras sus familiares y amigos los recuerdan; pero pocos, muy pocos, no se mueren nunca.
»Cuántos años se han ahogado en la historia y sigue viva en la mente del pueblo la imagen magnífica del rey Salomón; en cambio, ¿quién recuerda a los súbditos de tan gran monarca?, ¿no se contaban por millares?
»Siempre me he preguntado, ¿a dónde van a parar los anhelos, los sueños, las ilusiones de los seres humanos?, y vislumbro como respuesta que la mayoría enterramos en el panteón toda nuestra vida, y la diferencia con los pocos que nunca son sepultados en el olvido radica en que estos últimos no guardaron los sueños, no los atesoraron para sí, los realizaron; con perseverancia, decisión y sudor materializaron sus ideas, las compartieron, las entregaron al servicio de los demás, y con ello cincelaron su nombre muy por encima de las tumbas del panteón, a la vista de todos, donde la muerte se desvanece y deja de tener efecto.
»¿Pero…, podría ser que la distribución de dones fuera injusta, y que de aquí partiera la diferencia entre los hombres vivos en la historia y los que nadie recuerda?, ¿o es la mano invisible del destino la que da a unos las oportunidades que a otros les quita?
»Partiendo de la creencia, hondamente arraigada en mí, de la justicia divina por medio de la cual todos los hombres hemos sido dotados de dones, no puedo achacar la inmortalidad al sino o a las circunstancias.
»Ciertamente, el hijo del rico mercader, aleccionado por maestros destacados, lleva ventaja al hijo del campesino pobre, pero la diferencia estará en la cuota de trabajo adicional que debe aportar el pobre, porque es mas fácil llegar a la cima de la vida si nacemos a la
mitad de la escalera, pero quien empieza de abajo, cuando alcanza a los demás, ya los superó, porque es dueño de la experiencia del ascenso, no se la heredaron. El pastor que se convierte en rey nos enseña el camino.
»Cuando, como ahora, la muerte de un ser querido nos confronta con la vida, con nuestro propio camino a la muerte, surge en mí la necesidad de la inmortalidad, no como una actitud presuntuosa, fatua, sino como un reflejo de responsabilidad, una cuota a cubrir en pago de los dones con que el Señor me favoreció.
»Ante mí se abren dos senderos, el de los hombres y el de Dios, caminos que no son incompatibles porque corren paralelos, que puedo recorrer simultáneamente con un pie en cada uno. Por un lado está la permanencia en la historia de los hombres, por haber entregado, honradamente, todas mis capacidades al servicio de mis hermanos. Por el otro, mucho más importante, la vida en el reino de Dios, de la cual ya somos partícipes desde ahora y que estamos obligados a comprar con la única moneda que el Señor acepta: el amor; el amor irrestricto a nuestro creador; el amor filial a los hombres y el amor a nosotros mismos como criaturas hechas a imagen y semejanza de nuestro Padre Dios.
»Has terminado tu peregrinación, padre, y nos dejas con la congoja de tu ausencia, pero de tus enseñanzas sacaremos la fortaleza, al saberte ¡compartiendo la mesa del Señor!