Ejercicio
En función de lo explicado en este capítulo, prepare un mensaje sobre un problema social, de cinco minutos de duración. Imagine diversos públicos y considere los cambios apropiados para cada uno de ellos.
El final y el contacto visual
«¡Da resultado!», se decía Juan entusiasmado al ver a numerosos viajeros reunidos a la salida del sol en la piscina de Siloé.
Días atrás, en el camino a Betania, había dirigido la palabra a un grupo numeroso de gente, que contemplaba los cadáveres de dos viajeros asesinados por asaltantes. Desde que un familiar lejano, Jacobo de Bet-El, sufriera igual suerte, nació en su interior un coraje intenso contra estos actos, y a raíz de su última entrevista con Lidias maduró sus ideas para proponer una solución.
Siguiendo la enseñanza, planteó el problema de la falta de seguridad en los caminos que concurren a Jerusalén, al destacar el hecho de que ni las huestes romanas habían podido eliminar a los asaltantes. Propuso una solución: dado que en la mayoría de los casos las víctimas eran personas que viajaban solas, y, por lo tanto, eran fácil presa de los malhechores, se podría atenuar el riesgo viajando acompañado y por ello convocó a quienes tuvieran que viajar a reunirse al despuntar el día, alrededor de la piscina de Siloé, a fin de formar grupos entre los que tuvieran destino común o al menos para un trecho del camino, conminando a su auditorio a que esparciera esta idea entre todos los habitantes de la ciudad.
Había llegado con anticipación a su encuentro con Lidias, no podía esperar más tiempo para comunicar a su maestro la buena nueva: a partir de su discurso, eran ya tres los días que los viajeros salían juntos.
—Es lógico tu éxito, Juan, este mundo se mueve con palabras y lo dirigen quienes saben expresar sus ideas en forma convincente.
—Estoy feliz, maestro, y ansío continuar con tu enseñanza porque me doy cuenta que si sigo tus consejos soy tomado en cuenta.
—Continuemos. Nos falta hablar sobre la última parte de la actuación del orador: el final del mensaje.
—Los grandes oradores se distinguen por sus grandes cierres, es como el clímax en las obras de teatro.
—Muy cierto, Juan, hay que tener en cuenta que lo último que decimos en la tribuna es lo que se conserva más fresco en la memoria, lo que el público tiene más a la mano para juzgar nuestra actuación. Al orador le acontece algo similar a lo que le sucede al lidiador de toros de la Iberia: pudo haber hecho una gran faena, pero si falla en la suerte última, si no mata al toro al primer intento, pierde los galardones.
—¿Un mal final puede deslucir toda la actuación del orador?
—Desde luego, Juan, imagina una obra de teatro interesante, conmovedora, llena de fuerza, que tenga un final apocado. La gente sale del teatro decepcionada, olvidándose de todo lo bueno que vio. El final del discurso debe dejar un grato recuerdo, un deseo de escuchar otra vez al orador, es como el dulce sabor de boca que nos deja el postre al final de la comida.
—¿Qué fórmulas recomiendas para cerrar el discurso, maestro Lidias?
—Muy similares a las utilizadas para el inicio, y nuevamente las posibilidades son tan variadas como tu capacidad imaginativa, por lo que sólo te citaré unas cuantas: la frase célebre, con la variante respecto al inicio, de que citarás primero al autor, para que tus últimas palabras sean justamente la frase escogida. Recuerda que nosotros podemos ser los autores de dicha frase, es más, cabe el recurso de terminar con la misma sentencia con que iniciaste y redondeas de esa manera tu presentación.
—Es decir, presentamos una idea inicial, la demostramos durante el cuerpo del mensaje y como corolario regresamos a la idea que ha quedado corroborada.
—Justamente. Otra manera de terminar es con una frase que resuma lo expuesto. Si utilizas este camino puedes construir tu mensaje a partir de esta frase, ya que enuncia la esencia de lo que se desea expresar.
—Sería el punto de partida para la preparación del mensaje.
—Así es. Cabe también, como cierre, una invitación al público para que se una a los criterios o acciones recomendadas en el mensaje. En este punto me gustaría hacer hincapié en la conveniencia de no usar frases desgastadas, como es el caso de: «yo los invito a…». En vez de algo tan oído, hacer la invitación sin enunciarla expresamente, es más elegante; resalta la calidad del orador.
—¿Alguna otra forma de terminar, maestro?
—Te he citado unas cuantas de las que puedes valerte, lo
fundamental, no lo olvides, es poner toda tu emotividad, toda la entrega posible en el cierre, ya que cualquier público, por más benévolo que sea, es un juez severo de tu final.
—¿Por qué, maestro?
—Debido a que un buen final arranca el aplauso con la última letra de la última palabra pronunciada. Si hay un silencio entre la terminación de tu discurso y el aplauso, tu final no fue bueno, y entre más prolongado sea este silencio, tanto mayor será la reprobación al final pronunciado. Pero hay un truco muy importante: debes avisar al público que llegas al final, y no mediante el burdo y desgastado anuncio de que era todo lo que tenías que decirles, sino al separar el texto de tu mensaje de la frase de cierre, haciendo un pequeño silenció entre la terminación de tu exposición y el final; mediante esta pequeña pausa, el público comprende que se ha terminado la presentación y entenderá que la frase siguiente es la culminación de tu actuación.
—Maestro, he oído a muchos oradores terminar y dar las gracias.
—Es un recurso pobre. El orador se ha preparado, viene a dar lo mejor de sí mismo en servicio de su auditorio; es el público el que agradece la dedicación del orador y lo hace por medio del aplauso; no es el orador el que debe dar las gracias. Ahora bien, dicen que toda regla tiene su excepción: si hablas de algo que no conoces bien, si no te has preparado debidamente y pronuncias tu mensaje con desinterés, entonces sí es procedente que des las gracias a los pocos que han permanecido despiertos después de tu intervención.
—Pero algunos oradores huyen del aplauso; es más, yo soy de ellos,
no hablo por las palmas.
—Cuídate, Juan, de no hacer cosas buenas que parezcan malas. Huir precipitadamente de la tribuna puede hacer que el público se sienta desairado. Tú te retiras por humildad, consideras que tu actuación no merece tanto reconocimiento, pero el auditorio puede interpretarlo como una descortesía, por ello debes permanecer en la tribuna hasta que notes que amaina el aplauso; tampoco debes quedarte hasta que cesen las palmas, porque también es elegante retirarte cuando aún quedan en el aire los últimos aplausos.
—De modo que el principio y el final son dos frases de suma importancia que hay que preparar con esmero.
—¡Bien dicho! Pasemos ahora a una consideración básica para todo orador.
—¿De qué se trata, maestro?
—Debes tener presente que el orador no se preparó para dirigirse a las paredes del salón ni ante una masa amorfa. Le hablamos a un público que es un conjunto de individualidades y los seres humanos, en todo lugar y circunstancia, queremos, pedimos, incluso exigimos, ser considerados, ser tomados en cuenta. El orador que quiere agradar a su público, debe atender individualmente a todos sus escuchas, debe particularizar su mensaje.
—¿Cómo se hace esto, maestro?
—Muy fácil, sigue la rutina que empleas todos los días al conversar: cuando hablas con una persona lo ves a los ojos. El orador debe ver a los ojos a todos y cada uno de los integrantes de su público, y para que
no se le olvide nadie debe seguir un orden. Supón que tienes un público sentado en hileras: colocarás inicialmente tu mirada en el extremo de la primera fila, y lenta, pausadamente, deteniéndote con cada quien unos instantes, recorrerás con la vista a todos los integrantes de esta fila; al terminar, en ese punto, levantarás tu vista a la segunda fila, la que recorrerás, de igual manera, en sentido contrario; al término de la segunda fila trasladas tu vista a la tercera hilera y continúas con este procedimiento hasta ver a todo el auditorio; si te sobra tiempo, inicias nuevamente el recorrido. Cuando tu público es muy numeroso, cientos o miles de personas, como no podrás verlos persona por persona, seguirás el procedimiento anterior por grupos: considera a las dos o tres primeras filas como un bloque y recorre al auditorio por grupos. La distancia a la que estás de un público numeroso hará que los integrantes de tus grupos sientan que están siendo vistos en forma individual, que el orador los toma en cuenta.
—En verdad que a todos nos gusta que nos den nuestro lugar o el que creemos merecer.
—Pero hay más: el ver a los ojos lo asociamos con la sinceridad. Si al conversar con una persona nos desvía la mirada, recelamos de lo que nos está diciendo. El orador que ve a su público le está diciendo: ésta es mi verdad, soy sincero y honesto con ustedes; lo que todo auditorio agradece.
—Muy cierto, maestro, cuando pienso que un niño me miente, le digo: «Dime eso mismo, pero viéndome a los ojos» y así descubro la verdad.
—Y todavía hay más, Juan. Ya no es el orador dando cátedra y el público sin participar, sino que se establece el diálogo, porque los ojos hablan sin palabras, y el orador podrá recoger en la mirada de sus escuchas el efecto que produce su mensaje: sabrá si es agradable o aburrido, si gustan o disgustan sus opiniones, si el público está en favor o en contra de lo que dice, y de esta manera puede adecuar sus palabras a las circunstancias; por cierto, si encuentra muchos párpados cerrados, más le vale cambiar el tono de su mensaje para que encuentre alguna persona despierta que le aplauda al final.
—En verdad, los ojos son expresivos.
—El establecer contacto visual tiene también la gran ventaja de comprometer al público a escucharte. Uno, como miembro de la audiencia, cuando el orador se nos queda viendo sentimos que, cuando menos en ese momento, debemos prestarle atención. Si paseamos ordenadamente la mirada en todos los presentes vamos comprando en cada uno el compromiso y lograremos ganar la atención generalizada.
—Es un resultado estupendo, maestro.
—Otro aspecto: el temor mayor en la tribuna suele ser el hecho de tener que hablar ante mucha gente, pero la realidad es que el buen orador, aunque lo que dice es para todo el público, al hacer contacto visual con su auditorio, se dirige a una sola persona a la vez, simplemente mudando de una gente a otra, pero siempre hablando individualmente en cada momento. Esta consideración puede darnos tranquilidad emocional.
—Maestro, pero ver a los ojos al público puede intimidar.
—No lo es cuando platicas con una persona. Concéntrate para recoger el gran regalo de comunicar desde la tribuna, y para ello es indispensable abrir el diálogo por medio del contacto visual individualizado.
—¡Que la verdad haga justicia! Yo, Juan bar Zacarías, defiendo ante este tribunal la causa de Ismael bar Jacobo, porque fui testigo del hecho que aclara esta disputa. Ante mí, Jacobo, el herrero, entregó a su hijo menor, Ismael, el pectoral egipcio de oro que su hermano Josué reclama como parte de la herencia de su padre.
Juan hizo una pausa y continuó:
—Al hacer entrega del pectoral a Ismael, Jacobo, el herrero, le dijo: Esta joya ha permanecido en nuestra familia por muchas generaciones y quiero que sea tuya, ya que tú, hijo mío, has sido de entre todos tus hermanos el que más te has ocupado de tu anciano padre, justo es que recibas este pectoral con el que reconozco tu fidelidad.
Tomando aire, Juan expresó enfático:
—Lo que se regala en vida no forma parte de la herencia que se deja al fallecer. Ciertamente, esta entrega tuvo lugar unos cuantos días antes del fallecimiento de Jacobo, y tal vez por ello no hubo la oportunidad de comunicar esta decisión a toda la familia, lo que ha provocado la reclamación de Josué, quien, como primogénito, exige la transferencia de los bienes de su padre, pero el pectoral, como he mencionado, pertenecía a Ismael al morir su padre.
Juan hizo una pausa antes de dar a conocer su conclusión:
—Más claro no puede estar este caso. Por ello: ¡Que la verdad haga justicia!
—¿A qué atribuyes, maestro Lidias, que, a pesar de este discurso, haya perdido la causa de Ismael?
—Tu mensaje fue bueno, pero apelaste más a la razón que al sentimiento. Ten presente que las razones convencen, pero es la emotividad lo que empuja a la acción. Tu oponente, según me relatas, movió los hilos de la trama sentimental del respeto a la tradición del mayorazgo, y atacó tus palabras diciendo que fueron provocadas más por tu amistad a Ismael que por una precisa interpretación de los hechos.
—Total, fracasé.
—Vas por buen camino, Juan. Acepta los fracasos como una escuela de superación que te presenta la vida, no te quedes con los lamentos, sino con la enseñanza; que no te inmovilice la depresión, sino que te impulse la esperanza de que has descubierto una de tus fallas, y que por ello te acercas al éxito, al reducir las causas del fracaso.