Lección

A través del conocimiento de las técnicas para hablar en público, se logra la autoconfianza necesaria para saber que podemos desterrar el miedo al ridículo que suele sentir el expositor, y canalizar positivamente la tensión nerviosa para que nuestro mensaje resulte

atractivo e interesante, la gente guste de escucharnos, siga nuestras recomendaciones, recuerde nuestras palabras y se lleve el mensaje a su casa.


CAPÍTULO II

Presentación y posición


Juan se presentó puntual para la primera lección y el anciano Lidias, tomándolo del brazo, inició la marcha al tiempo que le decía:

—Los antiguos maestros griegos enseñaban caminando. Yo he seguido su método porque la marcha ha retardado mi senectud; además, el ejercicio leve relaja las tensiones del cuerpo y despierta el entendimiento para asimilar mejor los conocimientos.

—Yo disfruto mucho la caminata, maestro.

—Hoy iniciamos, Juan bar Zacarías, la primera de doce lecciones que podrán hacer de ti un hombre distinto, pero que no serán gratuitas; si bien yo no exigiré de ti oro ni monedas, deberás pagar el precio con aplicación y constancia, sin lo cual estaré derramando inútilmente mi agua del saber en la arena del desierto. El hombre recibe de la divinidad, gratuitamente, la vida y la muerte, todo lo que hay en medio tiene que ganárselo con esfuerzo y nadie puede realizar el trabajo por ti. La cosecha de tu viña depende de lo que sembraste en ella y del sudor con que la regaste.

—No te decepcionaré, maestro, he visto a muchos hombres vivir sin rumbo, como polvo barrido por el aire, por falta de un propósito que unifique sus esfuerzos. Sé que las oportunidades, como la que tengo ahora de recibir tus conocimientos, sólo tocan una vez a nuestra puerta

y no seré de los indolentes que las dejan ir por no molestarse en hospedarlas.

—Recuerda, Juan, son los cumplimientos, y no las promesas, los que acreditan a un hombre.

—Dame el tiempo para probarte mi determinación.

—La confianza mutua es el único lazo de unión permanente entre los seres humanos. Confío en ti Juan y por ello haré tuyos los conocimientos que recibí de mis maestros y a los que he agregado mis experiencias, para que tú seas más sabio que yo, pero menos que tus alumnos, y así pueda continuar el crecimiento del hombre.

Juan acarició la mano de su maestro, en mudo pero expresivo mensaje de agradecimiento.

—Entremos en materia —dijo Lidias—. Quien se coloca frente a un grupo de personas para dirigirles la palabra se convierte en el punto de convergencia de las miradas y todo él será escudriñado de pies a cabeza. El que habla, por su parte, desea que sus palabras penetren como flechas en los oídos de su público, que sean asimiladas, que reposen en el corazón de sus oyentes. Para que sus propósitos se realicen deberá, en primer término, concentrar la atención de su auditorio en las palabras, que son invisibles, venciendo el sentido de la vista, el más dinámico de nuestros medios de percepción. El ojo inquieto debe ser derrotado por el oído inmóvil.

—¿Cómo se logra esto, maestro?

—Inicialmente cuidando dos aspectos: la presentación del orador y su postura.

—¿Qué ropa se debe usar?

—La que sea discreta y pulcra. Si tu manto combina muchos colores, la vista ganará al oído, de igual manera que si adornas tu pecho con colgajos llamativos o tus dedos con sortijas relucientes. Pero ten presente, será necesario conocer la vestimenta predominante en la reunión para estar a tono con ella; no vestirás igual para asistir a una reunión del gran Sanedrín que a un encuentro en el barrio de artesanos.

—Las vestimentas finas son muy costosas, casi nadie puede tener un manto de lana egipcia.

—Nos vestimos con la finalidad primaria de cubrirnos de las inclemencias del tiempo, pero la ropa juega también un papel importante: satisface nuestro gusto personal y nos muestra ante los demás. Nuestro vestido pronuncia la primera palabra de presentación, provoca el primer juicio que se forman de nosotros. Por ello es preferible contar con un manto de lana cardada de buena calidad a varios corrientes, y esto es más cierto para el que menos tiene. Si tu patrimonio es reducido, mayor razón para tener poca ropa, pero de buena calidad; dura más y luces mejor.

—Juzgar a la gente por sus vestimentas es formar juicios temerarios, maestro.

—Cierto, Juan, pero los hombres ven más la envoltura que el contenido. Los costosos perfumes sirios se venden por sus botellas, aunque no tengan mejor aroma que las flores silvestres del Jordán. Es más, cuida todos los aspectos de tu indumentaria; una simple correa de la sandalia zafada atrapará la vista de tu público.

—¿En qué otra cosa repara la gente?

—Las palabras del orador emanan de su boca, es por lo tanto hacia ella, y en general a nuestra cabeza, hacia donde vuelven sus ojos los espectadores una vez que han examinado nuestra ropa. El siguiente cuidado debes, por lo tanto, dedicarlo a tu peinado, al adecuado recorte de tu barba y bigote o al afeite si no portas barba. Cualquier descuido será motivo de distracción; guarda en tu alforja un espejo de cobre y contempla tu imagen momentos antes de presentarte ante tu audiencia. En resumen: viste con la elegancia de la sencillez, acorde a la ocasión, y cuida que en tu presentación no haya nada fuera de sitio que capture la atención del auditorio y lo distraiga de tus palabras.

—Mencionaste la posición, maestro…

—Si puedes escoger entre hablar de pie o hacerlo sentado, escoge lo primero, porque el que está levantado ensalza a los sentados y recrea su vanidad; el sentado entre los sentados es un igual, y el sentado entre los parados muestra superioridad. Manifiesta siempre respeto y consideración por quienes te escuchan; ellos te pagarán con la moneda de su atención.

—Cuando he querido hablar ante un grupo me tiemblan las piernas.

Lidias esbozó una sonrisa comprensiva y continuó con sus recomendaciones:

—Debes mostrar gallardía en tu postura para hacerte respetar, pero ten la cara relajada, sonriente, para indicar el afecto que sientes por los que te escuchan; que tu rostro sea reflejo de tu espíritu: anida en tu corazón cariño por los que te rodean y ellos desearán oírte. Pero vamos

a resolver el problema del temblor de piernas…

—¡Qué bueno!, porque los nervios se enredan en mis piernas como serpientes —comentó Juan.

—Planta firme tus pies en el suelo, como el árbol que hunde profundas sus raíces en la tierra, y para que tus piernas sean ese tronco robusto que el aire no puede mover, haz un ejercicio muy sencillo: estando de pie, empuja ligeramente tus rodillas hacia atrás; logras con ello que las piernas adquieran la rigidez de una lanza de fierro y quedar anclado en la tribuna, ganando confianza.

—Cierto, maestro —dijo Juan entusiasmado al comprobar la veracidad de la recomendación de Lidias.

—Debes cargar el peso del cuerpo equitativamente en cada pierna. Pararse sobre un solo pie muestra desdén, desvía el cuerpo de la vertical y tu figura desmerece.

—¿Qué tan separados deben apoyarse los pies?

—No deben estar demasiado abiertos porque tu posición parecerá retadora, ni muy juntos porque puedes bambolearte; colócalos de manera que te sientas cómodo y bien apoyado.

—Me queda, maestro, el problema de las extremidades superiores: no cabe duda que el Señor ha puesto en nuestros brazos y manos las herramientas más nobles para el trabajo, pero veo en muchos, y en mi propia persona, que al hablar en público estas herramientas parecen estorbarnos, no sabemos qué hacer con ellas: cruzamos los brazos sobre el pecho, nos tomamos las manos por atrás, las escondemos bajo el manto o en el ceñidor.

—Los brazos y manos, Juan, son, después de la voz, los elementos más valiosos del orador; pero es preciso aprender primero a caminar para después correr, de modo que los ademanes, nuestros movimientos de las extremidades superiores, los aprenderemos a manejar en futuras lecciones. Por lo pronto dentro de tu gallarda postura de pie debes asumir la posición de firmes natural, sin rigidez militar, con los brazos y manos sueltos, caídos en forma desmayada a los lados del cuerpo. Mantén esta posición invariablemente en tus primeras prácticas; si dominas inicialmente esta disciplina, llegando el momento de hacer ademanes habrás aniquilado cualquier vicio anterior y ganarás una nueva destreza que te merecerá los elogios de todos.

—De manera que la posición del orador es muy importante…

—Mucho, Juan. El orador debe mostrarse dueño de la situación en todo momento, iniciando por una posición firme, porque esto demuestra autoridad y se gana el respeto del público. Una posición insegura en la tribuna hace pensar al auditorio que el orador no tiene suficientes conocimientos y se desanima para escucharle.

—Muy interesante, continúa, maestro.

—El buen vino se toma a sorbos, Juan, no de un trago como si fuera agua. Por hoy es suficiente, ahora debes poner en práctica los consejos que te he dado.

—Pero…, ¿cómo?, ¿en dónde? Sería mejor que me dieras primero mayor instrucción, maestro; hacerme poseedor de toda la riqueza de tu sabiduría y entonces pensar en iniciar la práctica.

—Se aprende para actuar, Juan, y así como la escalera se sube paso a

paso, el aprendizaje de la elocuencia se da practicando los sencillos consejos de cada lección. Las grandes tareas, que inicialmente se nos muestran como un imposible, se alcanzan si las cortamos en pequeños trozos y atacamos sólo uno a la vez. Tú debes ahora enfrentar a un público, cuidando únicamente de dominar el aspecto de tu apariencia y una posición firme, gallarda, animosa, que muestre tu deseo de comunicarte con los demás; por lo pronto no te aflijas demasiado por la calidad de tu mensaje, sobre esto trabajaremos más adelante.

—Pero, maestro, la gente se reirá de mí…, no estoy aún preparado.

—Este mundo es de los audaces, Juan, ten presente que la acción mata al miedo y la gente no se ríe de los valientes.

—¿Cuándo será la ocasión propicia?

—Las ocasiones las fabricamos nosotros, quien espera de la vida sus regalos encanece en el olvido. Si tú buscas las oportunidades de hablar en público y aplicas poco a poco los consejos que te iré dando, pronto adquirirás la soltura, la seguridad y lo que más te agradará: el reconocimiento de los otros; a partir de entonces ya no serás tú el que tiene que buscar la ocasión, serán tus amigos, la familia, los conocidos, quienes te suplicarán que les hables. El éxito lo alcanza el que se lanza en su búsqueda.

—¿Debo acudir a la escalinata del templo e iniciar una prédica?

—Empieza por los que te conocen para que después los desconocidos te busquen. Sé que se prepara, en estos días, una fiesta para tu padre porque serán más de ochenta las primaveras que sus ojos han visto. He ahí la ocasión.

—Entiendo, maestro, hablaré delante de mi familia en alabanza y festejo a mi padre, que mucho lo merece.

—Cuida un detalle importante: busca ser presentado por uno de tus parientes. Es más, para hacerle patente al auditorio tu valentía, haz que quien te presente invite primero a los asistentes a tomar la palabra: verás que pocos, o ninguno, se atreven; entonces, al ser presentado, tu audacia será reconocida.

—Buen truco, maestro.

—El ser presentado por otra persona para tomar la palabra más que un truco es darle categoría al orador; cuando se te solicita que dirijas la palabra, como cuando se te pide tu opinión, tus palabras tendrán más peso en quien las escucha que cuando tú solicitas, motu proprio, la palabra.

Aquella noche el sueño huyó de Juan. Contempló el caminar de la luna en el firmamento hasta perderse en el horizonte montañoso, cuando la claridad anunciaba el nuevo día.

—¿Por qué será esto tan difícil? —se preguntaba—, si el Señor quisiera podría convertirme en orador de la noche a la mañana, sin tener que pasar estos apuros. Me siento como si tuviera que salir a combatir a una legión romana, armado únicamente con una navaja de barbero.

Juan imaginaba lo que sucedería aquella tarde: su casa pletórica de familiares y amigos que acudían a presentar sus parabienes a su padre, y él, en medio del patio, subido en los escalones de la fuente central dirigiendo la palabra ante la burla y las risas de todos. Sobre su cabeza

había caído el turbante del olvido y las palabras no salían de su boca, balbuceaba…, la risa crecía; las piernas le temblaban y de sus manos goteaba sudor frío. No podía más y huía, corriendo a esconderse en la huerta, a llorar su fracaso al pie del sicomoro. «No… no puede ser así

—se decía—, no lo haré tan mal.»

A Juan le encantaban las fiestas, se alegraba de ver a sus primos y a sus parientes; disfrutaba particularmente del trato que le dispensaban muchos amigos de su padre, quienes le querían y le saludaban como a un igual, sin relegarlo por su juventud. Cierto que su estatura lo hacía parecer mayor que los jóvenes de su edad, pues flaco y huesudo sobrepasaba en altura a muchos mayores que él. Agrada particularmente a los amigos de su padre la aguda inteligencia de Juan, quien tenía una capacidad innata para llegar a la esencia de los conceptos. Sobresalía también en el conocimiento del Tora, lo que siempre se respetaba y admiraba, más aún tratándose de un joven.

Sin embargo aquel día su entusiasmo por la fiesta se había esfumado. El compromiso contraído consigo mismo de dirigir la palabra en público nublaba la festividad.

El reloj de arena, impasible, traspasaba su contenido, y a la hora undécima, cuando la casa de Zacarías, padre de Juan, se hallaba repleta de invitados, hizo su aparición solemne y teatral el sumo sacerdote Anás. Zacarías lo esperaba en la puerta, atendiendo la solicitud de los criados del patriarca, quien acostumbraba hacerse anunciar con anticipación para garantizarse una recepción con todas las deferencias que consideraba merecer.

Anás, tomado del brazo de Zacarías, entró al patio central de la casa y provocó, a su paso, el silencio generalizado y los saludos con respetuosas inclinaciones de cabeza.

Anás tomó la palabra:

—Estamos aquí para agradecer al Señor, bendito sea su nombre, el haber regalado a nuestro hermano Zacarías una larga vida y para pedir a Yavé que siga derramando su gracia sobre esta familia. Regocijémonos con nuestro hermano Zacarías.

—¡Alabado sea el Señor! —fue la respuesta generalizada.

La atención captada por el sumo sacerdote hacía el momento propicio, de modo que Juan, quien se hallaba al lado de su primo, parado sobre los escalones de la fuente del patio, lo codeó para que iniciara la actuación que tenían planeada.

El primo alzó la voz y dijo a los congregados:

—Hermanos, después de haber escuchado a nuestro preceptor, el rabí Anás, seguramente muchos de ustedes querrán tomar la palabra para expresar sus parabienes a Zacarías. Los invito a pasar aquí, al frente, para que todos los escuchemos.

El silencio fue sepulcral, los concurrentes, nerviosos, volvían la vista hacia el piso, se acomodaban la ropa, jugaban con las sortijas; todo menos ver al primo de Juan para evitar una invitación particular.

El plan resultaba, Juan guiñó a su primo, y éste continuó diciendo:

—Ya que nadie quiere hacerlo, pidamos entonces a Juan, hijo de Zacarías, que dirija a su padre unas palabras:

—Querido padre —dijo Juan con voz entrecortada—, muchas han

sido las lecciones que he recibido de ti a lo largo de mi existencia, pero ninguna tan instructiva como el ejemplo de fidelidad al Señor que me has enseñado con tu vida misma. Estoy cierto que el Señor ha premiado tu entrega a su servicio con esta larga vida…

Anás contemplaba la escena con el cejo adusto y la mirada torva. No le pasó desapercibido el hecho de que los dos jóvenes hablaban desde el segundo escalón que ascendía a la fuente del patio: ¡atreverse a dirigir la palabra a mayor altura que el sumo sacerdote! —pensaba encolerizado— además, le habían robado la atención de la concurrencia.

Haciendo valer su investidura, Anás dirigió la palabra a Zacarías, en voz suficientemente alta para hacer oír sus palabras a los que lo rodeaban, con el obvio deseo de interrumpir el mensaje de Juan:

—Se nota que tu hijo tiene anhelos de predicador —y dirigiéndose a toda la concurrencia, en voz más alta, agregó—: Demos un aplauso a este joven para premiar su esfuerzo.

Nadie se atrevió a contradecir al sumo sacerdote y el aplauso irrumpió entre la concurrencia, lo que obligó a Juan a dar por terminada, abruptamente, su intervención en la tribuna.