18. Barrer la otra nube

LINAY, esposa de Vemo Bigil, se empeñó en acoger a los exteriores en su casa. Si alguna amiga le insinuaba que no podría atender bien a tantos invitados, contestaba, más o menos, lo siguiente:

—Nadie los cuidará mejor que yo. Aralia es para mí como una hija, y los chicos no se separarán de ella. Yo me ocuparé de su bienestar.

Durante tres días les impuso un plan de vida sumamente cómodo: dormir, comer, ayudar en el huerto y pasear por Yedrina. Con gran sorpresa para los niños, la gente los miraba con cierta simpatía, sobre todo a Aralia. La aventura de la chica que salvó al Jefe de la Arista se extendió por toda la ciudad. Y cuando se supo que Aralia había cabalgado con varias costillas rotas, esa simpatía se convirtió en franca admiración.

—He recibido una nota del Gran Guardián agradeciendo lo que hice por él —dijo una tarde—. Escribe con una letra vacilante: aún debe de estar bastante enfermo.

Rispérim se había instalado en otra vivienda, junto al Gran Guardián y sus ayudantes. Cada atardecer iba a merendar con los chicos y les informaba de la progresiva mejoría de su Jefe. La tarde del cuarto día trajo una noticia destinada a Pirela.

—El Gran Guardián desea hablar contigo —le anunció—. Te recibirá mañana a las seis. Se trata de vuestro viaje me parece a mí.

La niña perdió un poco de color. ¡Una entrevista con el Gran Guardián! ¡Y ella sola! Si no se le trababa la lengua, ya se daría por satisfecha.

Sus amigos la acompañaron hasta la casa de Rispérim. Fue él quien abrió la puerta.

—Esperad aquí —les dijo—. Tú, sígueme, Pirela.

El Gran Guardián asomaba la cabeza y los brazos por entre las mantas, se había sentado en un sillón para recibir a la niña.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó Pirela.

—No demasiado mal —sonrió el hombre—. Toma asiento frente a mí, por favor. ¿Te doy miedo?

—Un poco —reconoció ella.

—Pues me extraña, porque eres una chica muy valiente. La noche del rayo me hablaste sin ningún temor. Lo recuerdas, ¿verdad? Yo también. He meditado mucho sobre lo que dijiste acerca de nuestros pueblos.

Hizo una pausa para recuperar fuerzas. Se sentía débil y cansado.

—Dijiste que el aislamiento de exteriores y aristanos desaparecería aunque yo me opusiera —prosiguió—, y te concedo la razón. Pero no creas que resultará fácil. Al contrario, costará tiempo y esfuerzo. Una de las Nubes pasó y fue olvidada, pero la otra Nube, la peor de las dos, persiste todavía.

—¿Otra Nube Negra? —se asombró Pirela—. ¿Acaso cayeron dos? No lo sabía…

El aristano se frotó los ojos con las manos. Parecía más viejo y fatigado que nunca.

—Sólo se habla de la Nube de polvo negro y de sus consecuencias materiales: sufrimientos, destrucción, terremotos… Pero hubo una consecuencia más grave y más duradera también, pues ha durado siete siglos: una Nube Negra hecha de miedo, desconfianza e indiferencia. Una Nube que ha envenenado por igual a exteriores y aristanos. Y no nos eches toda la culpa a nosotros. Somos poco hospitalarios, es cierto. Pero ¿y los rosados? Aparte de vosotros tres, ningún exterior ha entrado en la Arista desde aquel siglo fatídico.

Pirela intentó defender a los suyos:

—Mi gente cree que es imposible entrar. Los planos de los pasadizos fueron destruidos y…

—Pero vosotros los encontrasteis —objetó el hombre— lo cual indica que no era tan difícil. Si tu pueblo hubiera deseado venir, lo habría hecho. Reconócelo, Pirela. Los exteriores también nos temen.

Después de reflexionar, la muchacha asintió.

—Sí… Sí, tal vez. A pesar de todo, sigo pensando lo mismo: los rosados y los azules deben conocerse. Con el tiempo perderán el miedo y se harán amigos.

En aquel momento, el Guardián se incorporó y desprendió algo de su cuello. Un resplandor azul titiló en sus manos.

—Toma, Pirela. Te devuelvo la astrolita. Tú la hallaste y tú la llevarás.

Pirela se la puso con dedos temblorosos.

—Un trozo de corazón de estrella —murmuró.

—¿Conoces la leyenda? Sí, el corazón de una estrella aristana, que lucirá en el pecho de una muchacha exterior. Un buen signo, ¿no crees?

El hombre azul y la chica rosada se miraron, serios al principio. Luego, lentamente, sonrieron.

EL JEFE DE LA ARISTA realizó su primera salida seis días más tarde. Caminaba despacio, apoyándose en dos de sus hombres. Guiados por Rispérim, se dirigieron a casa de la familia Bigil.

—Ya llegamos —anunció el viejo Guardián—. Los chicos están trabajando en el Jardín con la esposa de Vemo.

Al verlos. Linay se alegró mucho.

—Pasad dentro —dijo—. El fresco de la tarde puede perjudicar a Irio.

—¿A quién? —preguntó Mela extrañada.

—A mí —contestó el Gran Guardián—. Mi nombre es Irio. ¿Te gusta?

—Psss… Un poco raro sí es…, pero no suena mal. Irio se sentó con ellos y les mostró un pequeño libro sin tapas.

—Mirad, chicos —dijo—: éste es el libro más completo que se ha escrito sobre el éxodo de los rosados. Pertenece a la Casa del Parque y sólo tienen acceso a él los Grandes Guardianes. Ayer envié a Croca a uno de mis jinetes y le di instrucciones para hacerse con este tomo. Hace unos años lo leí y, si mi memoria no me falla, creo que os interesará uno de sus capítulos.

Su dedo índice fue recorriendo varias líneas de una escritura anticuada y borrosa. A mitad de la página el dedo se detuvo.

—Aquí está. Dice lo siguiente: «Cinco grupos de exteriores penetraron a través del túnel de la Cresta. Los Guardianes del sector este los recibieron en la entrada de las cuatro cuevas y allí se cobijaron los rosados hasta la llegada de los últimos supervivientes».

Irio dejó de leer.

—Hay un único dato orientador: las cuatro cuevas donde se alojaron los rosados. En la Cresta debe de haber una agrupación de cuatro cavernas próximas entre sí. Yo iré con vosotros a explorar la cordillera en cuanto esté mejor.

Pirela intervino para decir que no les era posible retrasar el viaje.

—¿Y cuándo pensáis partir?

Aralia y los chicos discutieron brevemente.

—Ahora, si es posible —pidió la chica.

—¿Tan pronto?

—Sí, por favor, —insistieron todos.

—La juventud no reflexiona: actúa —sentenció Rispérim—. Yo, representante de la madurez y el sentido común, los acompañaré hasta la Cresta.

Mientras preparaban las provisiones, el Gran Guardián pidió papel y pluma y escribió una carta.

—Toma, Pirela —dijo, tendiéndosela—. Contiene un mensaje de amistad para el pueblo del Exterior. Vuestra llegada fue el primer paso en el camino de la reconciliación. Esta carta será el segundo paso, y confío en que daremos muchos más.

—Barreremos la Nube Negra —contestó la niña—. Desaparecerá como la primera.

Ustrum entró a informarlos de que todo estaba listo para la marcha. Y escuchó la frase de su amiga con el mayor asombro.

—¡Barrer la Nube! —pensó escamado—. Ya me explicará luego Pirela todo eso, si no se trata de una broma de las suyas.

Linay los besó tantas veces que la despedida se eternizaba. Vemo Bigil la apartó suavemente y se acercó a su hijo. Una larga cicatriz se destacaba, blanquecina, sobre su frente.

—No siempre nos hemos entendido, hijo —murmuró—, pero…

—Pero nunca hemos dejado de querernos —completó Fimo.

Se abrazaron apretadamente. Cuando el joven hubo montado en su caballo, Vemo le dijo:

—Vas a representar a la Arista en el país de los exteriores. Pórtate como corresponde.

—Así lo haré, padre.

Sacudieron las manos en un último adiós. Yedrina quedó atrás y pronto fue sólo una mancha rojiza en el paisaje.

Los caballos corrían velozmente. Tres horas después tocaban las estribaciones de la Cresta. Se apearon de los animales y comenzaron la búsqueda.

—Allí veo una cueva —señaló Ustrum—. Allí en lo alto.

Rispérim escudriñó el punto indicado.

—No nos sirve. Una cueva solitaria no nos sirve.

Caminaron hacia el norte siguiendo la cadena montañosa. Fimo y Ustrum subieron y bajaron por las rocas durante el resto de la tarde. En una ocasión divisaron una serie de grutas de buen tamaño, pero no lograron alcanzarlas.

—¿Y si es la entrada? —preguntó Aralia.

—Imposible —declaró Rispérim—. Nuestros antepasados, que yo sepa, no tenían alas para desplazarse de acá para allá, vamos, chicos. No os desaniméis todavía. Si en esta zona hay un pasadizo, lo descubriré o dejaré de llamarme Guardián de las Montañas.

Fue él quien las vio: cuatro cuevas en forma de arco, casi idénticas, colocadas una al lado de la otra. Los antiguos aristanos habían modificado su curvatura natural para hacerlas más simétricas. Incluso excavaron unos peldaños para facilitar su acceso.

—Subid con precaución —dijo el Guardián—. La escalera es más vieja que yo y ya se ve poco.

Al encontrarse ante las cuatro cavidades, sintió un pellizco en el estómago, se resistía a dar la espalda a los chicos.

—Regresa ya, Rispérim —le dijo Fimo—. Está cayendo la noche.

El viejo se asomó a la boca de una caverna, más negra que una noche sin estrellas, y se estremeció.

—Recorreré con vosotros unos kilómetros de túnel y luego me daré la vuelta —propuso.

Mela le abrazó. Sabía que su amigo estaba preocupado, sobre todo por ella.

—Adiós, Ris —le dijo—. Yo no tengo miedo, palabra, y volveré prontísimo a verte.

El Guardián apoyó su pesada mano sobre el hombro de Fimo.

—Cuídalos —le recomendó.

Giró sobre sus talones y se alejó escaleras abajo. Antes de desaparecer en las sombras agitó un pañuelo blanco y su barba, movida por el aire, fue como otro pañuelo diciendo adiós.