7. La chica del árbol
EL viejo sendero acababa en mitad del monte. A partir de ese punto, los chicos tenían que descender por una ladera revestida de matorrales. De todos modos, la bajada no ofrecía dificultad, pues había muy poca pendiente.
—¡Bueno! —exclamó Pirela—. Desde aquí nos las arreglaremos por nuestra cuenta. No queda más remedio que continuar campo a través.
—Esas plantas van a destrozarnos las rodillas —dijo Ustrum—, pero bajaremos deprisa. Cuando alcancemos los bosques podremos andar tranquilos. Los árboles nos ocultarán.
Los niños se habían puesto muy serios. Ahora ya sabían que en la Arista vivía un pueblo inteligente. La acción de los hombres había dejado su huella en el paisaje del Valle; aquellas manchas de color que se distinguían a lo lejos sólo podían ser campos de cultivo. De un momento a otro, los aristanos harían acto de presencia, y esta idea los asustaba.
—Propongo que nos escondamos hasta averiguar si los nativos son pacíficos —propuso Ustrum—. Seguramente lo son, pero con la prudencia no se pierde nada.
—¡Sí, estupendo! —aprobó Mela—. Quiero verles la cara antes de hablarles. Si se parecen a la estatua de ojos saltones, no me acercaré ni por la fuerza.
—Yo espero que se parezcan a las estatuas de la ciudad Azul —suspiró Pirela, romántica—. Representaban a personas tan guapas y agradables…
Tomaron muchas precauciones al descender, aunque no veían pueblos ni casas por los alrededores. Bajo el sol de mediodía, los chicos empezaron a sudar. También sentían sed. Pirela confiaba en que hubiera fuentes o manantiales, pero no aparecían por ninguna parte.
—¡Mirad! —señaló Ustrum—. Allá veo un bosquecillo de álamos. Y donde hay álamos y chopos suele haber agua.
—Ojalá —dijo Mela—. Sin agua ni comida moriremos sin remedio. Este Valle no tiene nada de encantador, se llame como se llame.
—¿Cómo que no? —dijo su hermana—. ¡Es un lugar maravilloso!
Ustrum, entretanto, había salido corriendo. Regresó al poco con la cantimplora llena de agua fresca.
—Bebed, criaturas indefensas —bromeó—. Ustrum os ha vuelto a salvar. Y ahora, vamos a buscar algo de comida por el bosque.
Guiadas por el niño, recogieron un montón de moras, fresas silvestres y grosellas maduras. No fue una verdadera comida, pero al menos entretuvo su apetito y les dio fuerzas para continuar.
—Ya no me importa el aspecto de los aristanos —dijo Mela—. En cuanto me tope con uno le pido comida, aunque me arriesgue a recibir un plato de hormigas fritas.
—Yo me las comería muy a gusto —añadió Ustrum con aire deprimido.
Hablando de su próximo encuentro con los habitantes del país, cayeron en la cuenta de lo sucios y maltrechos que estaban. Para no causar mala impresión, se cambiaron de ropa y se lavaron con esmero. Pirela acaparó el espejo durante un cuarto de hora. ¡Por nada del mundo dejaría que la sorprendieran despeinada y pringosa!
«Así está mejor —se dijo, complacida, después del aseo—. He vuelto a ser la Pirela de antes del viaje».
Cuando llegó la noche se habían alejado bastante de la falda de la montaña. Formaron un improvisado colchón de brezos y se tumbaron de cara al cielo. A los pocos minutos dormían profundamente.
Hacia las cuatro de la madrugada, Mela empezó a gritar.
—¿Qué ocurre? —preguntó Pirela aturdida. No lograba dar con la linterna, Ustrum encendió la suya y enfocó la cara desencajada de la pequeña.
—Vamos, tranquilízate —dijo, mientras Pirela daba de beber a su hermana.
—¡No me dejéis sola! —sollozó la niña—. He visto a un aristano. Se acercó a mí sin hacer ruido, pero yo me desperté y vi cómo me miraba… Tenía ojos de rana y la cara blanca, blanca…
Cuando se calmó, los mayores obtuvieron una versión más exacta de lo sucedido. Mela había escuchado un crujido: se despertó y vio un rostro pálido y desagradable, pero de apariencia humana. Fuese quien fuese, huyó en cuanto la niña se puso a chillar.
—¿Estás segura, Mela? —le preguntó Ustrum—. A veces yo tengo pesadillas de ese estilo, sobre todo cuando he cenado poco.
—¿Crees que soy tonta? ¡No era un sueño! ¡No lo era!
Pirela se apresuró a calmarla.
—Bien, bien… Nos has convencido, hermana.
Hizo girar la linterna enfocando las mochilas y las mantas. Una de las mochilas estaba abierta.
—Ustrum, mira esto: alguien ha estado curioseando por aquí.
—¡Os lo dije! —gritó Mela triunfante.
—No se han llevado nada —dijo Ustrum—. Pero vámonos a dormir a otra parte. Caminaremos hasta que se haga de día y luego decidiremos lo que sea necesario.
Echaron a andar en la oscuridad, sin atreverse a encender las linternas. Avanzaban a trompicones, pinchándose con las ramas de los zarzales. Dos horas más tarde, la claridad del día surgió detrás de la cordillera y se desbordó por la cima de los montes. Mela cayó dormida sobre una manta.
—Ayúdame a cargar a tu hermana —dijo Ustrum a Pirela—. Allá, a la derecha, hay un bosque de encinas donde podremos dormir tranquilos.
Cuando entraron en el bosque estaban al límite de sus fuerzas El sol había saltado la barrera de los montes y brillaba sobre las encinas más frondosas que Ustrum hubiera soñado jamás.
—¡Hasta luego, guapas! —las saludó el niño—. Ahora no tengo tiempo, pero ya os echaré un vistazo cuando pueda.
Una exclamación de Pirela le hizo volver a la realidad.
—¡Mira!
Señalaba un claro del bosque donde crecía, solitario, un roble de anchísimo tronco. Hortensias, margaritas dalias y rosas lo rodeaban formando un anillo multicolor.
—¡La casa de un hada! —murmuró Mela, despertando de su sueño.
En aquel mismo instante, una figura femenina salió del árbol y sacudió al sol sus largos cabellos negros.
¿Era una mujer o un espíritu del bosque?
Ante los maravillados ojos de los niños, la aparición se peinó y regresó al interior del roble. Sus movimientos eran silenciosos como el vuelo de una golondrina.
—¿Qué hacemos? —susurró Pirela—. No sé si fiarme de ella. No sabemos nada de estos extranjeros…
—Los extranjeros somos nosotros —corrigió Ustrum—. Recuérdalo bien, Pirela. Yo voy a llamar a esa chica. Parece simpática y es muy guapa.
—Opino como Ustrum —intervino Mela—. Quiero hablar con el hada que vive en ese árbol tan preciosísimo.
Repentinamente, una voz sonó a sus espaldas.
—Lamento no ser un hada, pero mi árbol está a vuestra disposición —dijo la dueña del roble. Al notar que los chicos tenían miedo, añadió—: ¡No os asustéis! Os vi al salir de casa, pero he disimulado para acercarme antes de que escaparais corriendo. Venís del Valle Azul, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes? —se extrañó Pirela—. ¿Conocéis la existencia de nuestro pueblo?
—Por supuesto. Pero vamos a dejarnos de preguntas; tenéis cara de hambre y de sueño a partes Iguales. Os daré comida y luego dormiréis.
Mela sonrió.
—Sí no eres un hada, te pareces mucho a ellas —dijo—. En los cuentos siempre ayudan a los pobres niños perdidos entraron en el roble levantando una cortina de tela, sólo había una pequeña habitación con una mesa, tres taburetes y una cama. La joven de cabellos oscuros sacó de un armarlo tazones y platos y los llenó de leche, pan, manteca y miel.
—Sentaos en los taburetes —dijo—. Yo lo haré sobre la cama. El equipaje tendrá que quedarse fuera, porque mi casa es demasiado pequeña, como veis. Por cierto —añadió, mirando las mochilas—, ¿dónde habéis dejado los trajes de viento?
—No los hemos necesitado —contestó Ustrum—, como hemos venido a pie…
La chica se puso seria de pronto.
—¿A pie? ¡No es posible!
—Claro que lo es —aseguró Mela con la boca llena de pan—; nosotros lo hemos hecho.
—¿Os ha visto alguien? —preguntó la joven, nerviosa. Mela recordó su aventura nocturna y pensó que debía contarla.
—Lo más probable es que se trate del Guardián de las Montañas —dijo la muchacha, pensativa—. A estas horas estará siguiendo vuestras huellas.
Se asomó afuera y regresó más tranquila.
—Aún tengo tiempo para despistarle. Lo importante es que confiéis en mí y hagáis cuanto os diga. ¿De acuerdo?
Pirela se sentía disgustada ante tanto misterio.
—Pero ¿qué ocurre aquí? —preguntó—. Nosotros no hemos hecho nada malo, aristana.
—Ya lo sé. Sin embargo, si averiguan cómo habéis entrado en la Arista, os impedirán volver con vuestra gente.
—¿No podremos regresar al exterior? —preguntó Ustrum asombrado.
—Nunca. Por eso debéis hacerme caso: cuando os pregunten, diréis que caísteis del cielo hace unos días, sobre las montañas. Habéis dejado allí los trajes de viento y habéis andado al azar.
Tras este discurso, la joven recobró su amable sonrisa.
—¡Vaya! Olvidé presentarme. Me llamo Aralia.
—Él es Ustrum; la pequeña es Mela, mi hermana, y yo me llamo Pirela. Somos exteriores, del grupo de Ni. Claro que tú no sabrás nada de nuestros grupos…
—Más de lo que te figuras. Pero sigue, por favor.
—Decidimos hacer este viaje por tierra para conocer si las leyendas decían la verdad. Y todo era cierto ¡Ah!, también pasamos por la ciudad de Piedra Azul. ¿La has visto tú?
Aralia estaba preparando las camas en el suelo.
—Pues no; no sé de qué ciudad hablas. Aquí no sabemos que existe una salida al exterior. Al veros en el bosque, os tomé por tres chicos accidentados. A veces caen algunos exteriores durante los días del Viento del Este.
Después de poner todo en orden, Aralia los ayudó a acostarse y se despidió cerrando la puerta tras de sí.
—Mientras dormís, yo vigilaré por si entran extraños. De todos modos, me será fácil saberlo; los pájaros me lo indican con sus trinos. Ellos me avisaron de vuestra llegada.
Al quedarse solos, los chicos se incorporaron e iniciaron un cuchicheo.
—¿Qué pensáis de las historias de esta aristana? —susurró Pirela—. Yo no confío del todo en ella.
—Pues a mí me gusta —declaró Mela.
Ustrum opinaba igual. ¿Acaso podía ser mentirosa una persona amante de la naturaleza? Él estaba seguro de que no.
—Ha prometido contárnoslo todo cuando nos despertemos, y yo la creo.
Pirela fue la última en cerrar los ojos. En realidad, no encontraba motivos para desconfiar de la encantadora jardinera aristana, pero presentía un peligro.
Lo primero que notó al despertar fue un fuerte aroma a pan recién horneado. Aralia entró y descorrió la cortina de la puerta.
—¡Buenos días! Levantaos y lavaos en el rio, niños. Al volver os habré preparado un desayuno como para ocho personas.
Pirela se sorprendió.
—¿Desayuno? ¡Pero si ya hemos desayunado!
—Eso fue ayer. Habéis dormido muchas horas.
Los chicos se precipitaron a la puerta. El sol se asomaba sobre las encinas, hacia el este.
—¡Anda, pues es verdad! ¡Hemos dormido como lirones!
Cuando regresaron del río vieron que Aralia había cumplido su promesa. Había Incluso un pastel de pasas que resultó delicioso. Después de probarlo, Pirela se sintió mejor predispuesta hacia la cocinera, pero superó ese momento de debilidad.
—Esperamos que nos expliques el secreto del Valle, si lo hay —dijo—. Ayer no comprendimos nada.
—Por supuesto, pero no lo haré hasta que terminéis vuestro desayuno.
Pirela tuvo que contener su curiosidad mientras Ustrum saciaba su apetito, operación que le llevó sus buenos veinte minutos. Por fin, Aralia salió y se sentó al lado de los arbustos de hortensias.
—Bien, amigos, sentaos y sed pacientes. Os advierto que mi historia es larga.
Entonces, con un extraño acento aristano, Aralia empezó a hablar.