11. De nuevo en el árbol
FIMO había pasado tres días de aburrida espera. Durante ese tiempo se distrajo podando los árboles y cuidando el jardín. Trabajo no le había faltado; pero, a pesar del cansancio, las noches se le hacían muy largas. No podía dormir pensando en Aralia.
«Sí ha decidido volver a su país, no lograré impedírselo —se decía—. Además, comprendo sus razones para irse. Lo fastidioso es que ocurra ahora, cuando estoy a punto de emanciparme».
Al cumplir los veinte años, casi todos los jóvenes aristanos se construían una casa y empezaban a vivir solos, dependiendo de su propio trabajo. Fimo tenía ya veintitrés años. No se había emancipado antes porque Linay, su madre, le necesitaba, ya que Vemo Bigil viajaba mucho por razón de su cargo.
—Papá ha decidido dejar el cargo de Guardián para ocuparse de la tierra y estar con mamá. ¡Qué mala suerte! —se repetía Fimo—. Dentro de un mes seré libre y podré cuidar de Aralia, pero ella ya no estará aquí.
Llegó la tarde del tercer día. El aristano se echó en el suelo, cerca del roble. Sus amigos llegarían pronto y no convenía que el viejo Guardián le encontrara por allí.
«Tardan demasiado en regresar —pensó—. Si esta noche no han venido, iré a buscarlos».
Una lluvia de hojas le cubrió la cara. Las copas de las encinas se movían como si un viento misterioso las sacudiera. Eran los pájaros anunciando la presencia de Aralia.
El Guardián también observó las señales de las aves. Los jóvenes le seguían a bastante distancia, arrastrando los pies. Rispérim, que ignoraba su escapada nocturna, no se explicaba ese repentino cansancio.
—Espabilaos, chicos —les dijo—. Ya estáis en casa.
Pirela caminaba en silencio, recordando la fiesta. Su pareja de baile, un zerynés llamado Acebo, la había salvado de ser reconocida por el Cuestor.
—Cuando Pirreno se acercó a mí, Acebo se colocó entre los dos y me tapó —explicó a sus amigos después del baile—. Y eso no es todo: él sabía que soy una rosada. Nos vio por la mañana en casa del Cuestor y se fijó bien en mí…, o sea, en nosotros, pues me reconoció a pesar del maquillaje. Si no llega a ser por él…
—¿Y si es un chivato? —dijo Mela—. Irá a decírselo al Cuestor y nos separarán de Aralia.
Su hermana se enfadó.
—Cállate, mocosa. Acebo pudo descubrirme y no quiso, ¿entiendes?
No; no podía entenderlo porque Pirela no les contó el final de la historia. Después del concurso, el gentío se dispersó y arrastró a los ganadores, con cestas incluidas, fuera de la pista de baile. Mientras sus amigos la buscaban, Pirela habló con el zerynés.
—Bailas estupendamente —decía Acebo—. Tu estilo es muy especial; se nota que no eres de aquí.
La chica dio un respingo.
—¿Cómo lo sabes?
—Por tu acento. Debes de ser de Almendrugo, ¿me equivoco?
—¡Vaya! Pues has acertado a la primera…
—¿Es bonita tu ciudad?
—Sí… —contestó Pirela y, prudentemente, añadió—: ¿No has estado nunca allí?
—No.
Tranquilizada sobre ese punto, la exterior fue describiendo con todo detalle la ciudad de Almendrugo. Por suerte, Mela la vio y la llamó.
—Tengo que marcharme —dijo Pirela, aliviada—. Gracias por ayudarme a ganar la cesta. Me he divertido muchísimo.
Acebo se puso la mano izquierda sobre el corazón y la colocó un momento en la frente de Pirela, según la costumbre aristana.
—Hasta la vista. Encontrarte aquí ha sido una agradable sorpresa. Cuando te vi en el jardín del Cuestor, está mañana, pensé invitarte, pero no conseguí aproximarme a vosotros. Y, por cierto, tu color natural te sienta mejor —comentó antes de alejarse.
Pirela le siguió con la mirada. ¡Él conocía la verdad y, sin embargo, no la había delatado! Entonces, Fimo no era el único aristano comprensivo y amistoso, sino que había otros como él…
—¡Eh, Pirela! —Ustrum arrojó una piedrecita que hizo diana en la nariz de su amiga—. Vamos a empezar a cenar.
Habían sacado la mesa al jardín para estar más cómodos. Fimo, escondido entre la maleza, los contemplaba con cierta irritación.
«Ojalá se vaya pronto el Guardián —pensaba—. Si al menos pudiera oír su conversación».
De haber escuchado lo que Mela decía en aquel justo momento, se hubiera enfadado aún más.
—¿Por qué no te quedas a dormir, Rispérim? Es tarde y puedes perderte en la oscuridad.
El viejo soltó una risotada.
—¿Perderme yo por estos parajes? No, hija. Llevo más de cincuenta años como Guardián de las Montañas y jamás me he extraviado, ni cuando me instalé aquí, siendo mozuelo. Es fácil orientarse en los montes cuando uno los ama. Cada árbol, roca o matorral es diferente de los otros, igual que cada persona es distinta de las demás.
—Pues a mí los aristanos me parecen iguales —declaró Mela—, con sus caras azules y sus ropas largas…
—Eso dicen los aristanos de nosotros —intervino Aralia—. ¿Verdad, Rispérim?
—Sí, pero es una tontería. Yo os distingo perfectamente desde que os eché el ojo encima.
Ustrum empezó a reír.
—A la primera a la que le echó el ojo, como usted dice fue a Mela. La pobre se asustó mucho: le tomó por un monstruo y quiso pegarle con un palo.
El Guardián se sobresaltó.
—¿De veras, pequeña?
—Eso ocurrió antes de conocerte —se disculpó la niña. Al ver que el viejo recogía sus cosas, gritó—: ¡No te marches! ¿Te has enfadado conmigo?
—¿Yo, enfadarme? Qué va, Mela. Me voy porque tengo trabajo en mi cabaña. Aralia sabe dónde vivo. Podríais visitarme antes de que Pirreno envíe a buscaros.
—Buena idea —aceptó Aralia—. Tal vez vayamos.
El Guardián, escarcela al hombro, desapareció rumbo al oeste. Fimo salió de su escondite y ocupó la silla vacía.
—Hola, amigos. He pasado muy malos ratos preguntándome si os habrían descubierto. Por lo que veo, todo ha ido bien.
Mientras cenaban, los chicos fueron relatando sus aventuras; al llegar al baile, Fimo rió de buena gana.
—Así que engañasteis al propio Cuestor, ¿eh, mocosos? ¿Y de quién fue la idea de pintaros la cara?
—Mía —contestó Aralia—, pero luego me arrepentí de ponerla en práctica. Pirela hizo conquistas entre los lugareños y faltó una pizca para que Pirreno la reconociera.
—No me lo recuerdes, por favor —pidió la muchacha, ruborizada.
La noche había caído y ya refrescaba. Fimo los mandó a dormir y se fue a su rincón, al lado del huerto.
—Buenas noches. ¡Ah!, y no les permitas charlar demasiado, Aralia, o mañana tendré que prender fuego al roble para ponerlos en pie.
No le hicieron el menor caso. La misma Aralia sacó el tema de su próximo viaje.
—Nos iremos pronto —dijo—: antes de que os envíen con gente de la Arista.
—Me gustaría visitar la Arista antes de irme —dijo Ustrum—. Por lo menos, esta parte del país. También querría descansar un poco; las niñas y yo necesitamos recuperar las fuerzas.
—Sí, tienes razón. Podemos ir a casa del Guardián, sin prisas, de excursión… Pero es muy tarde ya. Hablaremos mañana, chicos.
Cuatro pares de ojos se cerraron para volver a abrirse inmediatamente. Las emociones del último día los habían desvelado.
—¿Sabes contar historias, Aralia? —preguntó la vocecilla de Mela—. No tengo sueño todavía.
—He olvidado los cuentos de nuestra tierra, pero conozco leyendas del Valle Encantado. ¿Duermen los mayores?
—No. Te escuchamos.
Mela acomodó a «Lula», la arropó hasta el cuello y estiró con cuidado las pequeñas orejas de fieltro.
—Pues bien —empezó Aralia—, la leyenda que voy a contar trata de los primeros pobladores de la Arista: un pueblo primitivo y numeroso, cuya piel era tan rosada como la nuestra. Su característica más acusada consistía en la crueldad; perseguían los más bellos animales hasta darles muerte, por pura diversión o acaso para que sus mujeres lucieran pieles en sus vestidos. Tampoco el mundo vegetal se libraba de su ferocidad. Bosques enteros fueron talados y hasta quemados, mientras los restantes se llenaban de desperdicios.
»El hombre actuaba como si deseara destruir la naturaleza y, poco a poco, la Arista fue perdiendo su hermosura hasta convertirse en una especie de basurero.
»Al cabo de los años sucedió lo inevitable. Cuando los hombres destrozan su medio natural, cuando emplean la violencia contra otros seres vivos, acaban por volcar esa agresividad sobre sí mismos. Se iniciaron luchas entre los propios humanos hasta que, de repente, la Arista se libró de su presencia. No se sabe cómo ni por qué desaparecieron los pueblos de rosados…, pero así ocurrió, y, gracias a ello, crecieron de nuevo los árboles, las praderas se llenaron de ciervos y en los ríos saltaron, como antaño, enormes truchas plateadas.
»En el Valle Encantado nada recordaba la dañina presencia de los hombres. Nadie los echaba en falta. Sin embargo, el Espíritu encargado de velar por la Arista notó su ausencia y convocó a los seres vivientes para informarse de lo sucedido.
»—El hombre debe vivir en este Valle, pues así lo ha dispuesto el Creador —dijo—, y regresará de nuevo a estas tierras No obstante, he de conocer vuestra opinión: no sería justo imponeros un dueño que no deseáis.
»El primero que tomó la palabra fue un viejo ciprés, representante del mundo vegetal. Era el más anciano de los árboles y se había salvado de la tala porque los hombres no apreciaban su madera.
»—¡El hombre! ¡El hombre! —repitió con desdén—. ¿Qué han hecho los humanos para merecer tantos privilegios, si puede saberse? Nosotros —vegetales grandes y pequeños— sólo hemos recibido malos tratos a cambio de los servicios inapreciables que prestamos a esos ingratos… ¿No saben, acaso, que sin nosotros no podrían existir? Pues ellos, en vez de respetamos y cuidarnos, nos quemaron, pisotearon y cortaron con la mayor insolencia, incluso rajaron nuestros pobres troncos para grabar sus nombres en ellos, como si a alguien le interesara que el imbécil de B. L. o de Z. O. hubiera pasado por allí… ¡Vean, vean mi tronco!
»El ciprés mostró varias incisiones. "Lilo ama a Bromelia", decía la mayor de todas, enmarcada en un corazón.
»—Estas cicatrices, muestra de la obtusa mente humana, las lucen mis hermanos como recuerdo de aquel pueblo salvaje —prosiguió—. En cuanto a las demás especies, no lo han pasado mejor. Las crías del hombre acostumbraban a aplastar la hierba y a cortar fas flores sin ton ni son, tirándolas a los pocos pasos. Y de las basuras… bueno, de las basuras prefiero no hablar. Me pongo enfermo cuando lo recuerdo. Me es imposible continuar…
»El árbol calló. Le tocaba el turno al reino animal. Hablarían el caballo y el perro, por ser los más próximos al hombre.
»—El ciprés ha hablado con sabiduría —dijo el caballo—. Los humanos nos utilizaron durante años. Debimos haber sido buenos compañeros, pero el amor del hombre es engañoso. Decían querernos, sí, y nos cuidaban y alimentaban. Sin embargo, sólo lo hacían para que estuviéramos en condiciones de servirles. Cuando sus caballos envejecían o se rompían una pata los dejaban morir. Por todo ello, mi veredicto es un "no" a los humanos. Pido que no regresen jamás.
»El perro fue el último en intervenir.
»—Reconozco que mis compañeros han dicho la ver dad. El hombre se portó mal con la naturaleza, es cierto…, pero yo me pronunciaré a favor de él, demostrando que si obró mal lo hizo por ignorancia, no por crueldad.
»Mientras el perro hablaba, el silencio más absoluto reinó en el Valle.
»—Los humanos son sordos a nuestra voz —continuó—. Aunque nos oyen, no nos entienden: únicamente comprenden su propio lenguaje, tan complicado y mentiroso. Si ven una flor hermosa, la cortan. Si les gusta la brillante piel de la nutria, la matan para conseguirla; y así actúan con todo lo viviente, porque no comprenden que estamos tan vivos como ellos. Nosotros, los perros, tenemos más experiencia en humanos que ningún otro animal. Ya sé que son unos seres muy extraños: al crecer empeoran, se van haciendo más torpes y presuntuosos. Pero no son malos. Fuimos amigos y deseamos que regresen.
»El Espíritu Guardián meditó cuidadosamente su decisión.
»—El hombre ha de habitar el Valle Encantado —declaró—. Pero no lo hará en calidad de dueño, sino de administrador. Se comprometerá a respetar toda forma de vida, desde la más perfecta a la más insignificante.
»Un murmullo desconfiado salió de la multitud.
»—¿Cómo sabremos que el hombre ha cambiado? —preguntó una escéptica rana verde.
»—Habrá una señal —anunció el Espíritu—: la piel del nuevo hombre no será rosada, sino azul. Azul como el agua de los lagos, como el cielo de junio.
»Así, según la leyenda, aparecieron los primeros azules. Desde entonces, humanos, plantas y animales viven en armonía…, y esta historia llega a su fin.
—Me ha gustado mucho —dijo Pirela—, aunque nos toque hacer de malos.
—A mí también —añadió Ustrum—. Es una leyenda poco científica, pero interesante.
Mela no había dicho nada. Cuando los mayores estaban a punto de dormirse, se oyó su voz que preguntaba:
—Pss, Aralia, dime: ¿es verdad que los hombres esos, los de la historia, se pelearon y por eso desaparecieron?
—Pues… no creo, Mela. He leído que hace muchos siglos los humanos luchaban entre sí. Me parece que esas peleas se llamaban «guerra» o algo parecido. Pero nadie cree que llegaran a matarse. En este planeta nunca ha ocurrido algo tan horrible.
—Y en otros planetas, ¿los hombres se pelean unos contra otros?
Aralia rió de buena gana.
—Yo no sé si hay vida en otros planetas. Pero, si la hay, la gente de esos mundos debe ser como nosotros… ¡Tendrían que estar locos para hacerse daño voluntariamente!
—Si, llevas razón —dijo Mela sonriendo—. ¡Qué tonterías se me ocurren!
Se echó junto a «Lula» y cerró los ojos. Esa noche soñó con bailes, narelinas y genios zambos, bastante parecidos a cierto personaje aristano. Querían quitarle la piedra azul a su hermana, pero Pirela les sacaba la lengua y se alejaba volando hacía unas montañas de color morado. Aralia y Ustrum también echaron a volar. Luego, cuando los genios iban a atrapar a Mela, apareció Rispérim y, de un empujón, la envió con los demás. Ya en el aire. Mela le dijo adiós con la mano y voló, voló ligera como una hoja de álamo.