1. El proyecto

PIRELA, Mela y Ustrum, del Grupo de Ni, jugaban en la playa. Los días pasaban rápidos en el Valle Azul. Mientras permanecían allí no tenían clases, y podían dedicarse a bañarse y tomar el sol.

Lástima que sólo quedaran tres días para la llegada del viento del Este…

—Pronto nos iremos del Valle —declaró Mela—. Cuando lo pienso me pongo de mal humor.

—Pues no lo pienses —dijo su hermana Pirela con aire distraído.

Ustrum la miró. Su amiga llevaba unos días muy rara. Una noche había comentado con su madre el cambio que notaba en la muchacha.

Su madre sonrió:

—Será la edad —dijo—. Tu amiga ya tiene catorce años y sus gustos son diferentes de los tuyos, hijo.

«Debe de ser eso —pensó el niño—. ¡Vaya lata! Mela es una niña pequeña. Aparte de los poetas del año catapún, no le interesa nada».

Mela acababa de cumplir diez años. Agachada cerca de la orilla, con los pies dentro del agua, pensaba algo parecido, aunque ella lo expresaría de otra forma. Menos moderada, diría: «Pirela se está volviendo una tonta, sí, y una presumida».

—¿Sabéis lo que se me ha ocurrido? —dijo la mayor, levantándose—. Tengo un plan estupendo para librarnos de ir al Valle Amarillo. Para empezar, nos quedaríamos aquí unos cuantos días más.

Ustrum la miró sorprendido.

—¿Lo dices en serio?

—¡Claro!

—Pues no cuentes conmigo. Lo de perder clases está muy bien, pero luego tendríamos que recuperarlas. Además, los del grupo de Ba nos encontrarían y nos harían estudiar.

—Y estaríamos sin papá y sin mamá —intervino Mela, la mimada de su casa.

Pirela se echó a reír.

—No me habéis entendido. No quiero que nos quedemos en el Valle Azul: vamos a atravesar las Grandes Montañas.

Al oiría, Ustrum se llevó las manos a la cabeza.

—¿Atravesar la Arista? Sí, claro. ¡Facilísimo! —se burló—. Y saldríamos en la historia del futuro…

—¡Podemos hacerlo! —insistió Pirela—. Antes de la Gran vergüenza los hombres iban y venían por los desfiladeros. ¿No lo has leído? Pues has de saber que entre las montañas se extiende un país misterioso, lleno de árboles, ¡de árboles, Us!, y flores y animales de muchas clases.

El niño suspiró.

—Me gustaría creerlo, pero sé que sólo son leyendas.

Había estudiado esa parte de la historia durante el curso y la recordaba perfectamente. Siete siglos antes, los lumbanicenses habían alcanzado un alto grado de civilización. El progreso del planeta se aceleró con el descubrimiento de la roacita, mineral que quemaban para obtener energía. Los hornos de roacita se multiplicaron por los Valles. Algunos sabios advirtieron que el abuso del nuevo combustible podría resultar peligroso, pero nadie les hizo caso.

Desgraciadamente, empezó a surgir en los lumbanicenses un deseo insensato de adquirir cosas. Todos querían poseer objetos inútiles, y para conseguirlos consumían más y más roacita, que era tan barata como abundante.

Entretanto, los gases desprendidos de la combustión iban amontonándose en la atmósfera. A los cinco años, una enorme nube de ceniza comenzó a descender hacia la tierra. Cundió el pánico: los lumbanicenses de los cuatro Valles huyeron a las Aristas, pero muchos no lograron llegar a tiempo.

Los supervivientes pasaron varios meses en las zonas del Interior. Gracias a la protección de las montañas, la Nube Negra no los había alcanzado. En este tema las crónicas eran muy confusas. El libro más serio, las famosas «Crónicas del Éxodo» de Porion, relata los hechos más importantes de aquel período. No obstante, faltan en él datos fundamentales. Los capítulos dedicados a la Arista donde Porion se refugió —el Valle Encantado— habían sido arrancados. Faltaba también el plano de las entradas. El último capítulo cuenta el regreso a los lugares arrasados por la Nube. Al leerlo, Pirela había comprendido el dolor de sus antepasados cuando encontraron su hermoso mundo sepultado bajo una espesa capa de polvo negro.

¡Cuántos años, cuánto esfuerzo costó la reconstrucción! Pero, al menos, sirvió de lección a los supervivientes. Poco a poco, dirigidos por una Junta de Responsables, fueron levantando edificios, limpiando las tierras, plantando nuevos huertos. Los sabios descubrieron una fuente de energía basada en las algas marinas: el treptano, un gas no contaminante. Sin embargo, las cosas no volvieron a ser como antes. Los accesos a las Aristas se cerraron y los Valles quedaron aislados para siempre.

Nadie supo cómo habían podido obstruirse las entradas, aunque hubo teorías para todos los gustos. Se habló de terremotos, inundaciones y otros desastres. Pero, según la fantasía popular, la causa era muy distinta: en los pasadizos vivía una raza gigante que temía la luz del sol. Esta leyenda, por absurda que parezca, estaba muy extendida entre los habitantes de los Valles.

Pasó el tiempo, y los lumbanicenses olvidaron. Hacia el año 2500, cuatro siglos después del desastre, la Junta de Responsables decretó la separación. En la actualidad los sabios investigaban sobre la aplicación del treptano a la navegación aérea. Pero, entretanto, las Comunidades seguían separadas.

Estos hechos eran bien conocidos por Pirela y Ustrum. A la muchacha le interesaba, sobre todo, la civilización que pudiera perdurar en las Aristas, Ustrum añoraba aquellas especies extinguidas que aparecían en los libros de Ciencias Naturales. La mayoría de los árboles habían desaparecido después de la Nube Negra, y también muchos animales.

—Si logramos entrar en la Arista, es posible que encontremos encinas y sauces. ¡Y hasta caballos! —dijo el niño—. Bueno, Pirela. Voy contigo.

Mela suspiró. Le atemorizaba la idea de emprender un viaje tan peligroso. Su hermana y Ustrum debían haberse vuelto locos. ¿Cómo se les habría ocurrido algo tan estúpido?

«¡Ay, mamá! —pensó—. No sé qué pasa, pero al final siempre hago lo que ellos quieren». ¡Pobre Mela!

Se consoló recordando el poema «El llanto de la niña perdida». A Mela le gustaba ponerse en lugar de ciertos personajes literarios; cuanto más lacrimógenos, mejor. Ahora, cuando su vida tomaba un camino dramático, le sería fácil identificarse con sus heroínas favoritas.

«Después de todo —se dijo—, creo que me lo pasaré bien».