17. Una noche de tormenta
MIENTRAS los ayudantes montaban las tiendas para resguardarse de la lluvia, Vemo Bigil y el Gran Guardián entraron en la de los niños.
Vemo se sentó junto a su hijo sin mirarle. Al enterarse de que Fimo había ayudado a los extranjeros, sintió una vergüenza insoportable y deseó abofetearle y echarle en cara su conducta. Pero al encontrar su mirada, bajo la lluvia, supo que sólo estaba enfadado consigo mismo.
«Me he comportado con demasiada severidad —pensó— y ahora pago las consecuencias».
La voz del Jefe le hizo volver a la realidad.
—… Y me vi obligado a hipnotizar a la niña —estaba diciendo—. Me sorprendió saber que marchabais hacia la Cresta, yo os suponía en las Grandes Montañas. Allí hay un pasadizo, ¿verdad?
Los chicos callaban obstinadamente.
—Hipnotizaré a Mela si no me dejáis otra salida —amenazó—. Mañana por la mañana me contaréis la verdad. Pensadlo durante la noche.
En cuanto los Guardianes salieron, Mela rompió a llorar.
—¡No quiero que me hip… bueno, eso! ¡Me da miedo!
—Cálmate —dijo su hermana—. Si hace falta se lo diremos todo.
—No podemos decirles dónde están los túneles —objetó Ustrum—. Los cerrarían y jamás podríamos regresar a nuestra tierra.
—El Gran Guardián lo averiguará, de un modo u otro —intervino Aralia—. Ya les has oído: hipnotizará a Mela si nos negamos a hablar.
Fimo habla permanecido mudo, reflexionando.
—Duerme tranquila, Mela —dijo con voz firme—. Nadie te hará daño. Yo no lo permitiré.
Sus palabras pusieron término a la discusión. Se arroparon en las mantas y se durmieron antes de lo que suponían.
A mitad de la noche se produjo un terrible alboroto. Aralia se despertó y llamó a Fimo, pero el sitio del aristano estaba vacío, Ustrum y Pirela también se despertaron.
—¿Dónde anda Fimo? —preguntó el niño—. ¿Se habrá escapado?
—No —contestó Aralia—. Él no nos abandonaría en una situación como ésta.
Salieron al bosque. El agua caía a chorros sobre las hayas. Del campamento de los guardianes venían gritos mezclados con el viento. Los chicos corrieron hacia allá. El padre de Fimo, totalmente empapado, abrazaba el tronco de un haya. Su mirada se dirigía hacia la copa del árbol donde se había encaramado Fimo.
—¡Hijo! —vociferaba el hombre—. ¡Baja de ahí!
—¡Lo haré cuando el Gran Guardián prometa dejarnos marchar! —fue la respuesta del joven.
Los ayudantes de Croca apuntaron sus linternas sobre él. Podía vérsele, desde abajo, agazapado en una de las ramas más altas.
—Se va a matar —murmuró Aralia aterrada.
El Gran Guardián se colocó a su lado.
—Ese truco no va a serviros de nada —dijo—. Yo no soy el padre del muchacho y no me dejaré conmover.
—¡Pero yo sí! —exclamó Vemo—. ¡Mi hijo tiene que bajar en seguida!
El Jefe no le oyó. Continuaba hablando con Aralia.
—Convéncele de que baje, muchacha. A ti te hará caso.
—¡Fimo, por favor! —chilló ella—. ¡Ven aquí antes de que la rama se rompa!
—¡Sólo si cumplen lo que pido! —repitió su amigo.
El Gran Guardián hizo un visible esfuerzo para conservar la calma.
—Esta comedia es ridícula. No va a pasaros nada malo: os doy mi palabra. Simplemente, me diréis dónde se halla el antiguo pasadizo. No exijo más.
Pirela se colocó frente a él. Aunque la lluvia empapaba su cara, el Guardián notó que estaba llorando.
—¡Y entonces cerrarán la entrada! —gritó—. ¿Cree que somos tontos? Pues no lo logrará. Nuestros pueblos han vivido aislados durante siete siglos, pero eso ha acabado ya.
El bramido de un trueno ahogó sus palabras. De repente, la tormenta se cargó de electricidad. El cielo crujía como si se estuviera partiendo en mil pedazos. Un viento frío azotó las ramas de las hayas, que crujieron también.
—Permanecer aquí es una temeridad —gritó el Gran Guardián—. ¡Los rayos van a caer sobre los árboles!
Intentó alejar a los niños del peligro, pero ellos se resistieron a obedecer, Ustrum y Pirela echaron a correr perseguidos por los hombres del Gran Guardián. Vemo y Aralia se negaron a separarse de Fimo.
—¡Os habéis vuelto locos! —chilló el Jefe, enfadado—. Escuchadme…
Nunca supieron lo que el Gran Guardián se disponía a decir. Un resplandor llenó el cielo; al mismo tiempo resonó un espantoso chasquido y el bosque pareció temblar. Luego todo calló, excepto la lluvia.
El ruido fue tan estruendoso que Mela se despertó de un salto. Al comprobar que se encontraba sola se asustó y tanteó en las mantas buscando una linterna.
—¡Pirela! —llamó—. ¿Por qué me dejáis sola?
Un rayo había alcanzado un árbol enorme, a escasos metros del haya donde se encontraba Fimo. Mela, pasmada, intentaba comprender cómo había ido a parar allí ese montón de ramas rotas.
—Un árbol tirado por el suelo —se dijo—. Debo de estar enferma. Sí, estoy enferma y esto es una pesadilla.
Iba a saltar por encima de un tronco cuando algo atrajo su atención. Había un hombre tendido en la tierra, bajo el tronco. Un hilillo de sangre recorría su frente.
—¡Socorro! —gritó la niña—. ¡Ayudadme!
El viento se llevó sus palabras. Desesperada, Mela echó a correr pidiendo auxilio. Bajo el árbol yacían más hombres, pero no veía a los chicos.
—¡Eh, Mela! —contestó una voz.
Varias figuras se movían entre las ramas. Mela identificó a su hermana, a Ustrum y a dos rastreadores que parecían heridos.
—Gracias a Dios, hermanita —Pirela se adelantó y la abrazó—. ¿Te encuentras bien?
—Sí. ¿Y vosotros?
—Regular —respondió Ustrum—. El Gran Guardián está atrapado debajo de un tronco muy pesado y no podemos sacarle. Y Aralia y Fimo no aparecen.
—Aquí me tenéis —dijo una voz a sus espaldas.
Llegaba Aralia. Aparte de unas heridas en las piernas, había escapado de la catástrofe sin otros males.
—Ha sido horrible —continuó la chica—. La copa de ese árbol se nos echó encima en cuestión de segundos, Vemo Bigil recibió un golpe en la cabeza y perdió el sentido. Fimo bajó a ayudarnos, pero colocó mal los pies y cayó al suelo… Por suerte, no había demasiada altura. Miradle, ahí viene.
El aristano se acercaba con una sonrisa crispada. Sus ropas se habían desgarrado y tenía el cabello lleno de hojas secas.
—Mi padre sangra mucho por la sien —dijo—. Y hay varios hombres heridos bajo los troncos. Vamos a sacarlos, deprisa.
Mover aquellos pesados ramajes no era cosa fácil. Rescataron a dos de los jinetes y los depositaron con cuidado en las tiendas. Luego le tocó el turno al Gran Guardián. Su rostro estaba blanco como la cera.
—No recobra el conocimiento —se inquietó Aralia—. Y su herida tiene mal cariz. Necesita ayuda en seguida, o morirá.
Fimo y ella fueron por los caballos. Sólo quedaba uno: los restantes habían escapado.
—Yo iré a Yedrina —resolvió Aralia—. Tú te has roto un brazo, no creas que no lo he notado. Y los demás hombres están peor todavía.
Montó de un salto y se abrió camino entre la tormenta. Cabalgaba con una linterna encendida, por si acaso se cruzaba con algún viajero. Pero esa posibilidad le parecía muy remota.
«¡Maldito lugar! —se dijo—. Nadie vive aquí, nadie viaja por aquí. No sé si encontraré el camino de Yedrina en medio de esta terrible oscuridad».
En un par de ocasiones estuvo a punto de caer del caballo. Su vestido ya no podía absorber más agua. Galopaba a ciegas, agachando la cabeza para evitar la bofetada de la lluvia y del viento.
«Tengo que llegar —pensó Aralia—. Si no lo logro, el Gran Guardián morirá esta misma noche».
Rispérim cabalgaba en dirección contraria. Su viejo caballo no corría tanto como los de la partida de Croca, y los había perdido hacía cosa de dos horas.
Repentinamente, una lucecita brilló a lo lejos. No, se había equivocado. Sí, ahora surgía de nuevo. Se acercaba rápidamente.
—¡Eh, tú! —gritó el viejo—. ¡Detente!
Aralia había pasado de largo sin verle. El Guardián la siguió hasta darte alcance.
—¡Rispérim! —exclamó la chica—. Llévame a Yedrina, rápido. Luego te explicaré.
El hombre no hizo preguntas.
—Sígueme, Aralia —le dijo—. Yo conozco un atajo.
LOS NIÑOS RECORDARÍAN aquella noche como la más confusa de su vida. Cuando casi habían perdido la esperanza, Rispérim apareció en el bosque con médicos, comida y caballos. En dos palabras les contó su encuentro con Aralia.
—Ella se empeñó en venir, pero se lo quité de la cabeza. Su viaje ha sido agotador.
No mencionó su propio cansancio. Envió a los pequeños a la cama y él corrió a ayudar a los heridos.
Durmieron en la tienda hasta muy entrada la mañana.
La lluvia había cesado y lucía un tímido sol. Bajo su luz, el árbol derribado no se veía tan siniestro.
—¡Hola! —los saludó Fimo—. Yo me he levantado hace rato. Me han escayolado el brazo izquierdo, como veis. Afortunadamente, el derecho sigue intacto.
—¿Y los heridos? —se interesó Pirela.
—Hay buenas noticias. Mi padre mejora, y los demás también…, aunque el Gran Guardián se ha salvado por los pelos. Los médicos llegaron justo a tiempo.
Rispérim asomó la cabeza por la tienda de lona que servía de hospital.
—¡Hola, chicos! Necesito hablar con vosotros, pero ahora no dispongo de tiempo. A la hora de la cena iré a vuestra tienda. ¡Ah!, otra cosa: los médicos quieren examinaros.
—A mí no me cayó el árbol encima —protestó Mela—. Estoy muy sana.
—Entonces, puedes quedarte conmigo; pero los demás han de pasar la revisión.
Tanto Ustrum como Pirela habían recibido impactos de ramas, aunque no muy fuertes. Cuando Rispérim acudió a su cita, al anochecer, los encontró llenos de vendas y esparadrapos.
—¿No os lo dije? —sonrió el viejo—. Tenéis contusiones por todo el cuerpo.
Mientras cenaban, los chicos relataron lo sucedido, y el Guardián contó también su parte.
—Ahora, vuestro viaje depende de lo que decida el Gran Guardián —dijo al final. Mañana lo trasladan a Yedrina, si su mejoría no se detiene. Nosotros le acompañaremos.
Pirela agachó la cabeza.
—¡Yedrina! Eso nos retrasará aún más y ya no falta mucho para que sople el Viento del Este.
Como no deseaba que los niños se entristecieran, Rispérim cambió de tema.
—Contadme algo sobre Astrópolis. ¿De verdad la habéis encontrado?
—Sí —aseguró Ustrum—. Dormimos tres noches allí.
—¿Cómo es?
—Una ciudad de cristal luminoso —murmuró Pirela, soñadora—. La ciudad más hermosa que existe.
El viejo entornó los ojos.
—¿Sabéis? Una vez mi padre me contó una leyenda sobre el origen de Astrópolis. Todavía la conservo en mi memoria.
—Cuéntala —pidió Mela—. Me chiflan las historias.
—Pues… Había en el firmamento una estrella enana de color azul. Su maravilloso resplandor pasaba inadvertido entre el brillo vulgar de los grandes soles, y la pobre pequeña sufría por ello. Nadie la conocía, nadie la admiraba… y, para colmo de males, nadie le había puesto un nombre.
»Para la estrella azul, el nombre se convirtió en una obsesión que la atormentaba.
»—Necesito llamarme de alguna manera —se dijo—. Sólo entonces sabré que existo de verdad.
»Así pues, flotó por el universo en busca de seres con alma que pudieran inventar un nombre para ella. Se colocó frente a todos los planetas habitados que halló en su camino y esperó, esperó, esperó. Si hay algo que saben hacer las estrellas es esperar.
»En la mayoría de esos planetas vivían seres sumamente atareados y bulliciosos, como estaban tan ocupados en mirar al suelo para buscar alimento, nunca elevaban la mirada a lo alto. De día, el sol los cegaba. Por la noche, cuando la estrella se esforzaba en lucir sus mejores rayos, esos seres cerraban los ojos y no los abrían hasta el día siguiente.
»—¿Tendrán alma? —se preguntaba la estrella sin nombre—. Pues no se les nota, la verdad.
»Cambió de lugar y se puso a la vista de un extraño planeta redondo. Allí vivía una gente tan inquieta como la de los mundos anteriores. Sin embargo, no todos dormían de noche. Había un cierto número de hombres consagrados a estudiar los astros. Los miraban a través de unos tubos largos y negros; seguían sus movimientos y tomaban nota detallada.
»—¡Por fin! —exclamó la estrella diminuta—. Estos seres sí son inteligentes. Me han visto y van a ponerme nombre.
»Estiró sus rayos al máximo para leer la palabra que esos hombres escribían en el mapa astral, y deletreó: Astro 3 966/V. N.-tip.gt.
ȃse era su nombre.
»Dicen que las estrellas no tienen alma. Pero sí poseen un corazón. Y a la estrella de la historia le dolió el suyo durante largo tiempo.
»—Seré una estrella anónima —decidió, desengañada—. Los seres con alma sólo saben inventar nombres sin alma.
»Vagando al azar se plantó frente a Lumbánico. Los aristanos la vieron y le tomaron cariño. En las negras noches de verano la contemplaban diciendo: «Cuánto brilla nuestra estrella», o bien: «Nuestra estrella es de raza aristana, porque tiene nuestro mismo color».
»—¡Nuestra! —exclamó la estrellita—. ¡Me llaman Nuestra! Nunca soñé con un nombre tan bonito.
»Quería tanto a los aristanos que resolvió irse a vivir con ellos para siempre, se aproximó a la Arista y se dejó caer blandamente sobre las Grandes Montañas. Mis antepasados la encontraron incrustada en la roca; su corazón de cristal ya se había enfriado.
»Con él se construyó Astrópolis. Y cada tarde, al ponerse el sol, la estrella azul resplandece como en los viejos tiempos. Por eso la ciudad se llamó Astrópolis, que significa «la ciudad-estrella».
A los chicos les gustó mucho la vieja leyenda.
—Cuenta otra, Ris —suplicó Mela—. Cuentas estupendamente bien.
El Guardián consultó su reloj.
—Se nos ha hecho tardísimo. Necesitáis dormir… mejor dicho —corrigió—, necesitamos dormir. Hasta mañana. Recordad que saldremos temprano para Yedrina.
—Buenas noches —contestaron ellos.