15. La huida

EN cuanto los enviados de Pirreno se hubieron marchado con los chicos, Fimo regresó a la cabaña. Rispérim le esperaba sentado a la puerta.

—Tú sabes qué ocurre, ¿no es cierto? —le preguntó—, ¿vas a decírmelo?

El joven no sabía qué partido tomar. Aunque no quería descubrir el secreto de sus amigos, deseaba confiarse al viejo Guardián. Al final decidió contárselo todo, y no se arrepintió de hacerlo, porque Rispérim se portó como un verdadero amigo.

—¿Los niños han venido a pie desde el Exterior? —preguntó asombrado—. No puedo creerlo…

Fimo pasó sus buenos apuros para convencerle. Temía que se enfadara al oír la verdad, pero el Guardián tuvo una reacción inesperada. Se echó a reír y dijo que los pequeños rosados eran muy listos.

—Me he portado como un viejo tonto. Sí, igual que un tonto —repitió—. Me han engañado a mí, pero no conseguirán engañar al Gran Guardián. Debemos prestarles ayuda, Fimo.

Salieron hacia la capital sin perder un instante. Rispérim conocía atajos que les ahorraron muchas horas de camino, se instalaron en las afueras de Croca, en un bosque, a fin de ocultarse de los demás Guardianes.

Fimo iba a la Casa del Parque cada mañana. Un día después del interrogatorio se atrevió a entrar en el jardín. Vio a sus amigos, que paseaban junto al lago con aire contento.

«Ojalá pudiera hablarles —pensó—. Pero no debo intentarlo aún. Rispérim me ha aconsejado actuar con prudencia».

Iba a alejarse cuando una mano se posó en su hombro. Fimo giró lentamente, imaginando que algún Guardián le habla atrapado.

Nada más lejos de la realidad. Aquella mano pertenecía a una criatura de larguísimos cabellos que no tendría más de ocho años.

—Otro espía —dijo la niña—. ¡Cuántos hay este mes!

Y tú, además, eres aristano. No conocía ningún espía aristano. Me encantan los espías rosados. ¿Y a ti?

Fimo se había quedado sin habla. Al comprender que la niña no le denunciaría, se sentó a su lado y habló con ella. Así averiguó que Vinca y Mela eran amigas y que se comunicaban por medio de señas.

—Yo también soy amigo de los rosados —dijo el joven—. Quiero hablarles, pero sin que los Guardianes se enteren. Tú no abrirás la boca, ¿verdad?

—Ni soñando. Guardo secretos divinamente. Me encantan los secretos, los espías y los injertos. ¿A ti también?

—Sí…, aunque, entre nosotros, quien más me gusta es la mayor, Aralia —confesó Fimo guiñando un ojo.

Al despedirse ya se habían hechos amigos, Vinca prometió no revelar a nadie la presencia de Fimo, ni siquiera a los rosados.

—Vendré todos los días hasta que encuentre oportunidad de hablarles —dijo él—. ¿Me ayudarás?

Vinca sacudió vigorosamente sus rizos.

—Ve tranquilo. Yo me ocupo de eso.

Transcurrieron tres días más. Fimo y Rispérim los dedicaron a preparar su próximo viaje a la Cresta. Al principio, el anciano se oponía a colaborar en un proyecto que él consideraba descabellado.

—¿Lo has meditado con calma, muchacho? —decía—. Si lográis pasar al otro lado, te despedirás para siempre de la tierra donde has nacido.

—No para siempre. Volveré cuando quiera.

—Suponiendo que te lo permita el Gran Guardián. Si descubre lo ocurrido, mandará cerrar los pasadizos.

Al oír eso, Fimo sonreía.

—Ni el Gran Guardián ni nadie puede luchar contra lo inevitable. Estamos comunicados con los exteriores, nos guste o no. Tienes que hacerte a la idea, Rispérim.

—Sí —suspiraba el viejo—. Qué remedio me queda.

Al cuarto día, Fimo acudió a la cita con Vinca. Su pañolón de colores ondeaba detrás de una fuente. El aristano se acercó sin ruido y se colocó a espaldas de Vinca, devolviéndole el susto de días atrás.

—Necesito ver a los exteriores —dijo Fimo—. Los esperaré a las ocho en el lago. Díselo, por favor.

—Les daré tu recado. A las ocho en el lago, a las ocho en el lago…

El relato de Fimo había acabado.

—Esto es todo —dijo a los chicos—. El equipaje está listo y nos iremos mañana. He oído decir que los Guardianes planean algo para desenmascarar a los espías, y eso me preocupa.

Indicó a los niños el emplazamiento de su campamento y se despidió hasta el día siguiente.

Se durmieron bastante temprano. Sobre las diez y media, Aralia se despertó con un sobresalto. Se calzó en silencio las botas y bajó al jardín. La noche era fría y clara. Una luna color de leche planeaba sobre el parque.

La chica se sentó en un banco pegado a la casa. Todavía le latía muy fuerte el corazón.

«Habré tenido un mal sueño —pensó—, pero no recuerdo nada, por suerte».

El sonido de unas voces llegó a sus oídos. Detrás de ella había una ventana abierta. Alguien acababa de entrar en la habitación.

—¿Cuándo harás la prueba? —dijo una voz.

—Mañana —esta voz pertenecía al Gran Guardián, sin duda—. La pequeña nos servirá. La hipnotizaré y nos contará la verdad acerca de la astrolita.

El hombre emitió una risilla desagradable. Gracias a ella le reconoció Aralia: era Pirreno Zyr.

—Una idea magnífica, jefe. A los niños los cogerá de sorpresa.

Aralia no escuchó más. Subió al dormitorio y despertó a los chicos.

—¿Nos vamos de aquí para siempre? —preguntó Mela, muerta de sueño.

—Sí. Luego os lo explicaré.

La pequeña recordó de pronto que Vinca aún conservaba a «Lula» en su poder. Debía ir a recogerla; de paso, se despediría de su amiga.

—Imposible —denegó Aralia—. Si nos oyera su padre estaríamos perdidos. Ella cuidará a «Lula», no te preocupes.

Mela comenzó a llorar.

—Al menos, déjame escribirle una nota de despedida.

La colocaré en su ventana sin hacer ruido.

—De acuerdo, pero ten mucho cuidado.

Mientras la niña depositaba la nota, los otros arreglaron las mochilas y salieron a la calle. Mela se les unió y atravesaron cautelosamente las avenidas de Croca. Tomaron un sendero que ascendía hacia unos bosques de pinos; luego torcieron a la derecha y se detuvieron ante una fuentecita de piedra.

—¡Fimo! —dijo Aralia.

El aristano surgió de entre la maleza con el cabello revuelto. Tras él apareció el Guardián, más asombrado todavía. Mela se refugió en sus brazos, llorando de nuevo.

—«Lula» se ha quedado en Croca… Jamás la recuperaré…

Aralia solicitó un poco de silencio y contó lo que habla oído en el jardín. Rispérim se rascó una oreja pensativo.

—Sí. Ahora que lo dices, el Gran Guardián sabe hipnotizar a las personas. Menos mal que habéis escapado a tiempo.

Se interrumpió bruscamente. Había escuchado un sospechoso crujir de hojas secas.

—¡Sal, cobarde, o iré por ti! —gritó.

Una figura encogida avanzó hacia ellos.

—No chilles de esa forma —suplicó la sombra—. Soy Vinca.

Envuelta en una capa de su padre, la pequeña ofrecía un aspecto bastante extravagante, con una mano sostenía la carta de Mela y con la otra asía a «Lula».

—Esta niña —señaló a Mela— fue a mi ventana y puso un papel. Yo la vi. Estaba despierta, comiendo piña. Se leer. Leí su mensaje y corrí detrás de los espías He traído «Lula» a su pobre madre.

Con gesto dramático tendió la muñeca a su legítima dueña, que le dio las gracias unas veinte veces.

—¿Qué vamos a hacer con esta niña? —preguntó Rispérim—. Tendré que devolverla a su casa.

Vinca se fijó en él con mayor atención.

—¡Vaya! ¿Quién eres tú, abuelito? ¿Otro espía?

El Guardián le dirigió una mirada cargada de irritación.

—¿Cómo me has llamado, mocosa insolente?

Fimo intervino apaciguador.

—No te ofendas. A ella le gustan los espías, ¿verdad, Vinca?

—Muchísimo. ¿Vais a regresar con vuestros papás?

—Eso queremos hacer —contestó Mela—. Esta noche salimos para la Cresta.

Rispérim se escandalizó.

—¡Mela! ¿Por qué le revelas nuestros planes?

—Huy, qué genio tan malísimo —comentó Vinca—. Se parece a papi.

Aralia calmó al anciano asegurándole que su amiga era muy discreta. Por otra parte, el tiempo apremiaba. Era preciso alejarse de Croca.

Fimo explicó la primera fase de su plan. Caminarían hasta Yedrina, donde Linay, su madre, les proporcionaría caballos. Después se dirigirían a la cresta siguiendo un mapa que Rispérim había dibujado.

—Daos prisa —aconsejó el viejo—. Yo voy a llevar a esta criatura a la ciudad antes de que su padre note su ausencia.

—¡No iré! —chilló Vinca—. ¡Quiero ir con Mela!

Su amiga intentó disuadirla.

—Haz caso al Guardián, por favor. No puedes acompañarnos. Tu padre estaría muy triste sin ti.

—Tranquilo, pero triste —bromeó Ustrum.

Mela tuvo que prometerle muchas cosas: una muñeca rosada, un viaje al Exterior y, sobre todo, que volvería pronto a Croca. Al fin, Vinca siguió dócilmente a Rispérim.

—Cuidaos mucho —les recomendó el hombre—. Adiós mi pequeña Mela. Me acordaré de ti y de los demás. ¡Volved cuanto antes!

—¡Adiós espías! —gritó la hija del jardinero.

Rispérim la cogió de la mano y tomaron ambos el camino de la ciudad, sobre la medianoche llegaron a la puerta del parque.

—Corre a la cama —le dijo el bueno de Rispérim—. Yo no puedo perder más tiempo con descaradas como tú.

—Los Guardianes son tontos, pero tú no —respondió ella—. Ven a verme, ¿eh?

—Lo haré si prometes no enseñarme tu famoso injerto. Buenas noches, Vinca.

Salió de la ciudad a grandes zancadas. Debía dejar huellas falsas para despistar a los rastreadores que el Gran Guardián enviaría tras los niños al descubrir su fuga.

Fimo y los demás caminaron toda la noche. Durmieron durante unas horas y siguieron andando hasta divisar Yedrina.

La ciudad de Fimo se asentaba sobre una montaña. Casi todas las viviendas eran de dos pisos y sus muros estaban tapizados con hiedra trepadora, que empezaba a enrojecer por la proximidad del otoño.

El sol se ponía. De pronto, cientos de luces de colores se encendieron a lo largo y ancho de la ciudad.

—¡La fiesta del otoño! —exclamó Fimo—. Espero que mi madre no haya salido de casa todavía.

Afortunadamente, la vivienda de los Bigil se hallaba en las afueras. Ninguna luz salía de las ventanas. Fimo se adelantó y fue a abrir la puerta, pero alguien abrió desde dentro. Linay, vestida de fiesta, contempló a su hijo con sorpresa.

—¡Fimo, hijo! ¡Qué alegría! Ya comenzaba a temer por ti. Pirreno vino…

Aralia y los tres exteriores entraron tímidamente en el jardín.

—¡Aralia! —exclamó la mujer—. ¡Qué contenta estoy de verte! Pasad, aprisa. Tenéis que contarme lo que ha ocurrido.

Sentados en el salón, los chicos se turnaron para comer y contar sus aventuras. Linay no daba crédito a sus oídos. De toda aquella increíble historia sólo comprendía una cosa: su hijo iba a marcharse de nuevo.

—Necesitamos tres caballos, mamá —dijo Fimo.

—Solamente dispongo de dos: el tuyo y el mío. Mañana intentaré conseguir el tercero.

—No, madre. Salimos esta misma noche.

La mujer le miró aturdida.

—¿Sin descansar siquiera? En fin, veré qué puedo hacer. Primero me cambiaré de traje… Pero no: debo ir a entregar los premios del concurso de jardines. A la vuelta traeré un caballo…

Fimo la interrumpió.

—Déjalo, mamá. Vamos a estropearte la fiesta. Nos bastan dos animales.

Fueron a la cuadra. El aristano montó con Pirela y los tres restantes subieron al caballo de Linay.

—Cuando lleguemos a la Cresta te mandaré de vuelta los caballos —dijo Fimo a su madre—. Y no sufras: nos las arreglaremos bien.

Los jinetes se alejaron por la salida del huerto. Linay se secó las lágrimas y, lentamente, tomó el camino del pueblo.