3. Las Grandes Montañas
EL segundo día fue mucho más duro, caminaron hasta el mediodía por la orilla del mar. La arena desaparecía y el suelo se iba cubriendo de piedras. Sólo se bañaron un par de veces, porque el agua estaba fría y las olas les daban miedo.
—No me extraña que nadie venga a bañarse aquí —comentó Pirela—. El ruido del viento se te mete en la cabeza y no te deja pensar.
Se sentaron a comer al lado de unas dunas. Mela sacó su cantimplora y empezó a beber, Ustrum se la quitó de las manos.
—Ten cuidado con el agua —le advirtió—. La estás gastando muy aprisa.
—¿Y qué? Yo necesito beber porque ando mucho. Menos mal que esta pobre criatura no come ni bebe —dijo Mela, cogiendo su muñeca—. ¡Huy, hija! Ya se te ha caído el ojo otra vez.
El ojo izquierdo de «Lula» era una bolita negra y brillante que colgaba de un hilo, su madre se lo colocó correctamente y le enseñó la cantimplora.
—¿Ves, «Lulita»? Se nos acaba el agua. Pasaremos sed en este horrible desierto.
—¡Qué exagerada eres! —dijo Ustrum riendo—. Dentro de dos días no tendremos ni una gota pero al pie de las montañas hay un manantial. Viene marcado en mi mapa. Claro que este mapa es de hace seis años. Ojalá haya agua todavía.
—De todos modos, encontraremos otros manantiales —dijo Pirela—. En las montañas siempre caen tormentas y abunda el agua. Lo he leído en el Porion.
Mela se escandalizó.
—¿Es ese libro viejísimo que llevas a todas partes? ¡Oh, qué horror! Fiarse de esa antigualla es como fiarse de un libro de cuentos. ¡Qué desdicha!
Ustrum la interrumpió:
—Cuando alcancemos las montañas sabremos si el Porion dice la verdad… Y aún nos queda un buen trozo. ¡Andando, charlatanas!
La noche cayó tan velozmente que apenas lo notaron.
Se detuvieron en un lugar ventoso y árido. Como a Mela le asustaba el bramido de las olas, procuraron alejarse de la costa; pero el sonido del aire al chocar contra las piedras casi les pareció peor.
En su improvisado campamento, los tres niños comían y comentaban sus planes Encendieron el hornillo. No es que hiciera frío, pues la noche era templada, pero el resplandor rojo de la estufita les traía recuerdos del hogar.
Al salir el sol dormían todavía. Ustrum fue el primero en despertarse. Unos cuantos bostezos, un restregón de ojos y se notó totalmente despabilado. Tenía el mar frente a él, un mar gris y apacible. Luego se volvió hacia el este. Una cadena de montañas cerraba el horizonte, pinchando las nubes con sus agudos picos.
—¡Las Grandes Montañas! —gritó mientras sacudía a sus amigas—. Anoche no las vimos, pero las teníamos delante de las narices.
—¿Podremos llegar hoy hasta allá? —preguntó Pirela.
—No sé. Depende de cuánto andemos. Mela está cansada…
—¡Yo ando tanto como tú! —protestó la pequeña—. Y eso que mis piernas son más cortas… Y también llevo a mi hija, que pesa lo suyo…
—¡Vale, vale! Perdona, Mela. No volveré a dudar de ti.
Desayunaron y echaron a andar rumbo a la cordillera.
Únicamente se pararon para comer, pues querían alcanzar la falda de los montes antes de la puesta del sol Llegaron rendidos, pero lo consiguieron. Caían las primeras sombras cuando se sentaron sobre una roca al pie de la cordillera. Estaban rodeados de altísimos picos coronados de nubes.
Aquel paisaje era grandioso, pero daba miedo. Mela se sentía inquieta.
—Ojalá me encontrara en casa, delante de una sopita de esas que prepara mamá —dijo—. NI siquiera me importaría ir al colegio.
Ustrum miraba fijamente al suelo, callado y pensativo. Pirela había abierto sobre su falda unos mapas y sonreía. Al cabo de un rato se levantó.
—¡Pero bueno! —exclamó—. ¿A qué vienen esas caras, chicos?
—Imagínatelo, —respondió Ustrum de mal humor—. Nos encontramos en mitad de un pedregal, con poca comida y prácticamente sin agua. La verdad, no me apetece dar saltos de alegría.
—Ya que eres tan lista —intervino Mela—, guíanos hasta tus dichosas fuentes, y luego hasta la entrada de la Arista.
Pirela recogió los bultos.
—Lo de la entrada no puedo prometéroslo —dijo—, pero esta misma noche daremos con un manantial. ¡Aprisa, que la luz se nos escapa!
Saltaban a duras penas por los riscos. Pirela se dirigía hacia una montaña que se diferenciaba de las otras por su forma redondeada.
—Se llama Pico del Huevo —explicó—. Debemos ir allí. Según el Porion, hay una fuente cerca de ese punto.
Alcanzaron el Pico al anochecer. Mela tomó asiento encima de su mochila y se quitó los zapatos.
—Se me han metido montones de chinitas en los zapatos —dijo, suspirando—. No puedo dar un paso. Traednos agua a «Lula» y a mí, por favor. Sed compasivos.
—Yo también estoy agotada, pero cumpliré lo que prometí —dijo su hermana—, ¿vienes conmigo Ustrum? Mela se quedará sola, pero es muy valiente.
—Sí, lo soy —aseguró la niña—. Pero no tardéis demasiado.
Las sombras de los peñascos se fundían poco a poco en la sombra gigante de la noche. Los mayores se habían marchado hacía un buen rato. Mela miraba continuamente el reloj. Ya eran más de las once. ¿Por qué no regresaban esos estúpidos?
—No te asustes, «Lula» —dijo a su muñeca—. Nos han dejado solas, pero aquí no hay bichos malos.
Recordó de pronto las cabras que habían visto aquella tarde, acompañadas a veces por un macho de enorme cornamenta. No era un recuerdo tranquilizador, ni muchos menos. La niña decidió acostarse y pensar en otras cosas.
—Lo malo es que no queda agua, «Lula», hija. Falleceremos lejos del hogar, en tierras extrañas.
El tema, aunque no alegre, le pareció poético. Escribiría una composición dramática relatando sus desventuras. Y lo estaba acabando cuando oyó voces, una columna de luz se movía entre los cerros.
—¡Pirela, Ustrum! —gritó.
Poco después se reunían los tres bajo la severa mirada de la pequeña.
—¿No os da vergüenza? «Lula» ha pasado una hora malísima.
—¿«Lula» solamente? —se burló Pirela—. Te noto muy pálida, hermanita.
—No te rías, Pirela —dijo Ustrum—. Nosotros dos también lo hemos pasado mal. Primero en el manantial, y después nos hemos perdido. Si no llega a oírnos Mela…
—Si, es verdad —reconoció la mayor—. Cuando por fin descubrimos el manantial, escuchamos un ruido muy raro, como de alguien corriendo, casi se nos paró el corazón.
Mela abrió mucho los ojos.
—¿Quién hizo el ruido?
—Cabras, pájaros y bichos por el estilo. Luego vimos sus huellas en el barro. Estaban bebiendo y los espantaron nuestras voces. Y tú, Mela, ¿cómo estás todavía despierta, con lo tarde que es?
—Pues… No tenía ganas de dormir. Además, he escrito un poema, se titula «En la oscuridad de las montañas». Una, dos y tres. Empiezo:
Nunca vi unas montañas parecidas,
yo que he visto tantas cosas raras:
el mar de los Valles y suaves colinas,
tormentas y dunas y otras muchas varias.
Y ahora estoy aquí, cansada y perdida
en la oscuridad de Grandes Montañas,
donde sólo viven saltarinas cabras,
donde no se ve una luz encendida.
—Muy bonita, —bostezó Pirela.
—Encantadora, —añadió Ustrum.
La poetisa suspiró profundamente.
«¡Cuán escaso talento para apreciar el arte! —pensó—. Mi obra es terrorífica, dramática… No tiene nada de "bonita" ni de "encantadora". ¡Qué ignorancia me rodea!».
A pesar de todo, no se desanimó. Propuso recitar un viejo poema sobre las Grandes Montañas, pero los demás se resistieron.
—No, Mela. Nos morimos de sueño y no podríamos apreciar su belleza. Mañana hablaremos.
Antes de dormirse dirigieron sus pensamientos al Creador de Todas las Cosas. Cada uno tenía sus propias peticiones que hacer.
«Quisiera hallar la entrada al Valle Encantado —pensaba Pirela—. El corazón me dice que allí vive gente normal, y no monstruos como aseguran las leyendas. Gente de carne y hueso, que siente y piensa igual que nosotros. Quisiera comunicarme con ellos y explicarles nuestro problema. Les diré que vivimos separados y nos comprenderán. Pero es preciso encontrar el pasadizo y, desde que llegué, he empezado a perder la esperanza. ¡Ayúdanos, Dios mío!».
«Sería maravilloso descubrir la Arista —pedía Ustrum—, y coger muestras de las especies extinguidas en nuestros Valles, para volver a plantarlas en los terrenos áridos del planeta. Se aclimatarían y crecerían allí. Todo volvería a ser como hace siete u ocho siglos, cuando aún existían bosques de alcornoques y de encinas. Viviríamos unidos todos los lumbanicenses, Incluidos los aristanos, si es que los hay. Podríamos viajar de una Cara a otra cuando nos apeteciera. Y también podríamos tener una casa fija, un huerto, un jardín para cuidarlo siempre. Así, Lumbánico mejoraría mucho. Los Valles estarían verdes y llenos de animales, como Tú los hiciste para nosotros».
«Llévanos junto a nuestros padres —suplicaba Mela—. Haz que el viaje sea rápido y tranquilo, y que no pasemos hambre, ni sed, ni frío, ni calor… Bueno, un poco de calor no importa, pero frío no, por favor. Cuida de nosotros y de nuestras familias, por favor, por favor».
No había luna ni estrellas. El cielo y la tierra estaban oscuros, pero los niños dormían apaciblemente.
Confiando en Dios, nadie puede tener malos sueños.