CAPÍTULO VEINTIDÓS
El cuarto oscuro

No sabía de cuánto tiempo disponíamos antes de que volvieran Rosaleen y Arthur con mi madre, eso si es que volvían con ella, pero ya me daba lo mismo que me pillaran. Estaba harta de secretos, de caminar de puntillas y tratar de curiosear cuando nadie miraba. Weseley, que apoyaba plenamente mi próximo movimiento, me acompañó a la casa de enfrente. Ambos buscábamos respuestas, y yo nunca había conocido a nadie como él, dispuesto a echarse al agua para ayudarme de tal modo. Pensé en la hermana Ignatius y se me encogió el corazón: la había abandonado. También tenía que verla. Recordé que en uno de nuestros primeros encuentros me agarró del brazo y me aseguró que nunca me mentiría, que siempre me diría la verdad. Sabía algo. Prácticamente me había dicho entonces que sabía algo, ahora que lo pensaba, me había pedido con bastante claridad que le preguntara, y yo no me había dado cuenta hasta ahora.

Weseley enfiló el callejón. Las rodillas me temblaban al andar, y temía que me flaquearan y me hicieran caer como un castillo de naipes. La mañana se oscurecía, y se estaba levantando viento. Sólo eran las doce y el cielo ya se había ensombrecido, lo poblaban grandes nubarrones grises, como si sus ojos los taparan unas cejas tupidas y la preocupación arrugara su frente mientras me observaba.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Weseley cuando nos acercábamos al final del pasaje.

Nos detuvimos a aguzar el oído. Era un tintineo.

—El cristal —susurré yo—. Se mueve con el viento.

El sonido resultaba un tanto inquietante. A diferencia del tintineo de una campanilla, era como si el cristal se estuviera rompiendo, porque las pequeñas piezas, las redondeadas y las dentadas, se entrechocaban con el aire. Multiplicado por cientos, el sonido resultante era estremecedor.

—Iré a echar un vistazo —se ofreció él cuando nos vimos en el jardín trasero—. Tú tranquila, Tamara. Dile a la mujer que has venido a darle las gracias, a ver qué pasa. Puede que te cuente algo.

Me quedé mirando con nerviosismo cómo cruzaba el jardín, dejando atrás el cobertizo, y desaparecía en el campo de cristal.

Yo me volví hacia la casa y miré por las ventanas. En la cocina no había nadie. Llamé con suavidad a la puerta trasera y esperé. Nada. Con mano temblorosa —me regañé a mí misma por ser tan teatrera—, extendí el brazo y accioné la manija. La llave no estaba echada. Abrí un poco y asomé la cabeza: vi un pasillo estrecho que giraba bruscamente a la derecha. Del pasillo salían tres puertas, todas ellas cerradas, una a la derecha y dos a la izquierda. La primera de la izquierda conducía a la cocina, y yo ya sabía que allí no había nadie. Entré y dejé la puerta abierta para no sentirme tan atrapada y no dar la impresión de que estaba allanando la casa, pero un golpe de viento la cerró. Pegué un respingo y me dije de nuevo que me estaba comportando como una idiota: una anciana y la mujer que me había hecho un regalo difícilmente querrían causarme ningún daño. Llamé con delicadeza a la puerta de la derecha y, al no obtener respuesta, hice girar el pomo y abrí despacio. Era un dormitorio, sin duda de una anciana. Olía a humedad y a polvos de talco y a antiséptico. Había una cama vieja de madera oscura con un edredón de flores, unas zapatillas al lado y una moqueta de color azul verdoso que había conocido tiempos mejores; un armario que probablemente contuviese toda su ropa, y un pequeño tocador con un espejo deslustrado contra la pared de la puerta, un secador de pelo, un cepillo, medicamentos, un rosario y una biblia dispuestos ordenadamente encima. Frente a la cama estaba la ventana que daba al jardín trasero. Allí no había nadie.

Cerré sin hacer ruido y seguí por el pasillo. La alfombra estaba cubierta por un extraño plástico protector, como para evitar que se ensuciaran las baldosas, que sonaba al pisarlo, y me sorprendió que nadie me hubiera oído. A menos que la mujer se encontrara en el cobertizo, lo que significaba que vería a Weseley. Me quedé helada y estuve a punto de salir, pero había llegado hasta allí y no había vuelta atrás. Me acerqué hasta donde el pasillo torcía a la derecha. Desde allí vi que al fondo se abría otra puerta, la del salón, que ya había visto por la ventana. Por el volumen del televisor tan alto que oía el tictac del reloj de «Cifras y letras», me figuré que allí era donde debía de estar la madre de Rosaleen, pero a pesar de lo mucho que me había devanado los sesos con ella, ése no era momento para presentaciones; no era a ella a quien buscaba. Había una pequeña entrada ante la puerta principal y a mi izquierda otra puerta, tras la cual supuse que se hallaba el segundo dormitorio.

Llamé con tanta suavidad la primera vez que apenas lo oí yo misma. Mis nudillos rozaron la oscura madera como si fuesen una pluma. La segunda vez le di con más fuerza y esperé, pero no oí nada.

Hice girar el pomo. La puerta no estaba cerrada y se abrió.

Con mi imaginación calenturienta había hecho toda clase de conjeturas sobre los secretos de Rosaleen a lo largo de las últimas semanas, posiblemente años, pero lo cierto es que todos me habían desilusionado. Los hallazgos del garaje, por mucho que me intrigara y me doliera no haber sabido que Arthur y mi madre eran amigos de Rosaleen desde la infancia, no estaban a la altura de aquello con lo que mi mente había fantaseado; el misterio inicial que escondía la casa resultó ser la madre enferma de Rosaleen; los cuerpos del garaje habían terminado siendo los despojos del castillo. Aunque enigmático, todo resultaba un tanto decepcionante, ya que no respondía al nivel de tensión que a mi juicio rodeaba a Rosaleen; no encajaba con el grado de secretismo que la envolvía.

Sin embargo, en esa ocasión no me sentí decepcionada.

Deseé haber visto alfombras de los años setenta y madera oscura y deseé haber olido a humedad y verme frente a un dormitorio mal diseñado. Porque lo que vi me afectó de tal modo que me quedé allí petrificada, con la boca abierta, incapaz de respirar debidamente.

Cada una de las tres paredes, de suelo a techo, estaba llena de fotografías mías: yo de pequeña, yo el día de la Comunión, yo de visita a la casa del guarda cuando tenía tres años, cuatro, seis. Yo en las funciones del colegio, yo en mis fiestas de cumpleaños y otras celebraciones, de dama de honor en la boda de una amiga de mi madre, disfrazada de bruja en Halloween, un garabato que dibujé el primer año de colegio. Había una foto mía en la entrada de la casa del guarda de la semana anterior, sentada en la tapia, moviendo las piernas, mirando al sol. Otra de Marcus y yo, de la primera vez que vino a la casa, de otro día que subimos al autobús y nos fuimos por ahí. Había una instantánea de la mañana en que mi madre, Barbara y yo llegamos a la casa del guarda. Otra de cuando yo tenía unos ocho años, en mitad del camino que llevaba al castillo, junto a la casa, aburrida mientras mi madre hablaba con Arthur y Rosaleen tomando sándwiches de huevo y té fuerte. Otra de hacía tan sólo quince días en el cementerio, dejando flores en la tumba de Laurence Kilsaney. Una fotografía mía yendo hacia el castillo. Fotos mías con la hermana Ignatius, caminando, charlando, holgazaneando en la hierba; otra mía en el castillo, sentada en los escalones la mañana que leí por primera vez el diario, de cara al sol con los ojos cerrados. Sabía que alguien me vigilaba. Lo había escrito. Las fotos no acababan nunca, eran como la historia de mi vida, escenas que había olvidado hacía tiempo y otras que no sabía que habían sido plasmadas en celuloide.

En un rincón del cuarto había una cama individual deshecha, revuelta. Junto a ella, una mesilla llena de píldoras. Antes de dar media vuelta para marcharme reparé en una fotografía que me resultó familiar. Me acerqué a la pared del fondo y saqué la foto que llevaba en el bolsillo, ahora arrugada. La sostuve en alto y eran casi idénticas, aunque la de la pared resultaba mucho más nítida y no tenía el dedo en el objetivo, de manera que se veía el rostro del sacerdote, mi madre a su lado conmigo en brazos. En mi cabeza rosada descansaba la mano del anillo. La foto de la pared era mucho más grande que la que había encontrado yo. Estaba ampliada y habían enfocado con el zoom, de forma que el anillo se veía perfectamente, con toda claridad, y era evidente a quién pertenecía.

A la hermana Ignatius.

Bajo la fotografía del bautizo estaba mi madre sujetándome sobre la pila y el sacerdote echándome agua en la cabeza. Reconocí la pila bautismal: ahora estaba llena de arañas y polvo en la capilla de la propiedad. Al lado se veía el rostro enrojecido de mi madre, que estaba en la cama, con el cabello pegado a la húmeda frente, yo en sus brazos, envuelta en una manta, recién nacida. Otra fotografía de la hermana Ignatius sosteniéndome. Recién nacida.

«Soy algo más que una monja. También soy comadrona», me había dicho hacía escasos días.

—Oh, Dios mío. —Temblaba, las rodillas me flojeaban.

Extendí el brazo en busca de sustento, pero en la pared no había nada a lo que agarrarme salvo fotografías de mí misma. Mis dedos se aferraron a ellas y las arrastraron cuando caí al suelo. No perdí el conocimiento, pero no era capaz de sostenerme en pie. Quería salir de allí. Puse la cabeza entre las rodillas y comencé a respirar despacio.

—Hoy has tenido suerte —dijo una voz a mis espaldas, y yo me puse firme—. Esta puerta suele estar cerrada. Ni siquiera yo había entrado aquí nunca. Ha estado ocupado.

Rosaleen se hallaba en la puerta, apoyada en el quicio con los brazos a la espalda. Tan tranquila.

—Rosaleen —dije con voz ronca—, ¿qué está pasando?

Ella soltó una risita.

—Vamos, hija, sabes perfectamente lo que está pasando. No irás a hacerme creer que no has estado fisgando. —Me miró con frialdad.

Me encogí de hombros con nerviosismo, dándome cuenta inmediatamente de que parecía culpable.

Ella me tiró algo que fue a parar al suelo.

Los sobres que había cogido por la mañana y dejado en la cocina cuando encontré las píldoras en el bolsillo del delantal de Rosaleen. Luego arrojó otra cosa, más pesada, que hizo un ruido sordo al golpear la moqueta. Supe lo que era en el acto. Alargué la mano para coger el diario. Toqueteé torpemente el candado para abrirlo y ver si habían desaparecido las hojas quemadas: tal vez ya hubiese cambiado el curso de los acontecimientos. Sin embargo, mis preguntas fueron respondidas antes de que tuviera tiempo de averiguarlo por mí misma.

—Me has aguado la fiesta quemando esas hojas. —Hizo una mueca—. Arthur y tu madre están en la casa. Tal vez no debería haberlos dejado… —Miró hacia la casa mientras se mordía la boca por dentro. Parecía tan vulnerable, la tía dulce que intentaba cargar con el peso del mundo, que estuve a punto de tenderle la mano, pero cuando volvió a mirarme la frialdad había regresado a sus ojos—. Pero tenía que dejarlos. Sabía que estarías aquí. Esta misma tarde iré a ver al agente Murphy. Supongo que no sabrás para qué.

Tragué saliva y negué con la cabeza.

—Mientes muy mal —dijo ella en voz baja—, igual que tu madre.

—No te atrevas a hablar así de mi madre —espeté con voz trémula.

—Yo sólo intentaba ayudarla, Tamara —adujo Rosaleen—. Ella no dormía, se estaba torturando: reviviendo el pasado una y otra vez, empezando a hacer preguntas cada vez que le llevaba la comida… —Ahora hablaba para sí, casi como si intentara convencerse—. Lo hice por ella, no por mí. Y casi no comía, así que no creo que tomara mucho. Lo hice por ella.

Fruncí el ceño, no sabía si cortarla o dejar que siguiera hablando consigo misma. Mientras estaba sumida en sus pensamientos, cogí los sobres y miré el nombre del destinatario de uno de ellos.

Arthur Kilsaney

Casa del guarda,

Kilsaney Demesne,

Kilsaney,

Meath

El siguiente sobre tenía la misma dirección, pero iba dirigido a Arthur y a Rosaleen.

—Pero… —miré un sobre y luego el otro—. Pero… no…

—Pero, pero, pero —me imitó Rosaleen, y un escalofrío me recorrió la espalda.

—Arthur se apellida Byrne, como mi madre —dije con voz chillona.

Rosaleen abrió mucho los ojos y sonrió.

—Vaya, vaya, vaya. Así que la niña no era tan curiosa como yo pensaba.

Intenté reunir la energía suficiente para levantarme y, cuando lo conseguí, Rosaleen pareció disponerse a hacer algo, con un brazo aún a la espalda.

Volví a mirar los sobres tratando de averiguar qué pasaba.

—Mi madre no se apellida Kilsaney, sino Byrne.

—En efecto. No es una Kilsaney, nunca lo fue, pero siempre quiso serlo. —Sus ojos eran fríos—. Sólo quería el apellido. Siempre ha querido lo que no era suyo, esa zorrita ladrona —escupió—. Era un poco como tú, siempre aparecía en el momento más inoportuno.

Me quedé boquiabierta.

—Rosaleen —logré decir—, ¿qué…, qué te pasa?

—¿Que qué me pasa? A mí no me pasa nada. Sólo he estado las últimas semanas cocinando y limpiando, haciéndolo todo, cuidando de todo el mundo, ocupándome de todo, como de costumbre, para dos ingratas… —Entonces puso unos ojos como platos y abrió mucho la boca y gritó con tal ira que tuve que taparme los oídos—. ¡MENTIROSAS!

—¡Rosaleen! —exclamé—. ¡Basta! ¿Qué está pasando? —Ahora lloraba—. ¡No sé lo que está pasando!

—Sí que lo sabes, hija —silbó ella.

—¡No soy tu hija, no soy tu hija, no soy tu hija! —solté por fin, las palabras que había estado repitiendo una y otra vez mentalmente saliendo a voz en grito.

—Sí que lo eres. ¡Tú tendrías que haber sido MI HIJA! —chilló—. ¡Ella se te llevó! Tú tendrías que haber sido mía. Como él. Él era mío. ¡Y ella me lo quitó! —A continuación, como si todo aquello la hubiese desgastado, pareció venirse abajo.

Yo guardaba silencio mientras me devanaba los sesos. No podía estar hablando de Laurence Kilsaney, de eso hacía años, yo ni siquiera había nacido, así que debía de estar hablando de…

—Mi padre —musité—. Estabas enamorada de mi padre.

Entonces ella me miró, y tenía en el rostro tanto dolor que casi me dio pena.

—Por eso mi padre no venía nunca con mamá. Por eso siempre se quedaba en Dublín. Hace años pasó algo entre todos vosotros.

Al llegar a ese punto Rosaleen se ablandó y rompió a reír; al principio sólo era una risita sofocada, pero después echó atrás la cabeza y prorrumpió en carcajadas.

—¿George Goodwin? ¿Estás de broma? George Goodwin siempre fue un perdedor, desde que vino aquí en ese coche enano y pretencioso con su pretencioso padre, ofreciéndose a comprar esto. «Lo convertiré en un hotel magnífico, con un spa de primera» —lo remedó, y yo lo imaginé diciéndolo, lo imaginé enfundado en su traje de raya diplomática con el abuelo Timothy, a punto de pulsar el botón rojo para que viniera un bulldozer a derribar el castillo. Debió de ser el demonio para esas gentes, que querían proteger el castillo y la propiedad—. Tenía que tenerlo todo, incluida a tu madre, aunque ella ya tuviese una hija. Lo mejor que hizo fue llevaros a tu madre y a ti de aquí. ¡No! A decir verdad, lo mejor que hizo en su vida fue quitarse la vida para que esos pleitos no pudieran quitarnos también estas tierras. Eso es lo mejor y lo único que hizo George Goodwin en su vida. Y él también lo sabía. Apuesto a que lo supo todo el tiempo, hasta que dio ese primer sorbo de whisk…

—¡CALLA! —chillé—. ¡CALLA!

Eché a correr hacia ella para pegarle, abofetearla, hacer lo que fuera necesario para impedir que dijera todas esas mentiras, esas mentiras asquerosas y malintencionadas, pero ella se me adelantó. Esos brazos robustos, tonificados de amasar, preparar tartas de manzana todo el día, cuidar del huerto orgánico, subir y bajar bandejas cada mañana, eran fuertes. Con un brazo extendido me dio tal empujón que me dejó sin aliento en el acto, como si me hubieran aplastado el pecho. Salí volando hacia atrás y me golpeé la cabeza contra la esquina de la mesilla. Caí al suelo respirando con dificultad. Luego me eché a llorar. Veía borroso y la boca me sabía a sangre, pero no sabía cómo, ya que lo que me había golpeado era la cabeza. Estaba desorientada, no podía levantarme, no podía encontrar la puerta.

Al cabo de un rato, no sé cuánto, por fin vi a Rosaleen en la puerta, su imagen desdibujada. Me incorporé, mareada. Me toqué la cabeza y descubrí sangre en los temblorosos dedos.

—Vamos, vamos —dijo ella con amabilidad—, ¿por qué has hecho eso, hija? ¿Por qué me has obligado a hacer eso? Tenemos que pensar lo que vamos a decir —observó—. No puedes volver así, después de haber visto todo esto. No. No, tengo que pensar. Tengo que pensar de prisa.

Farfullé algo tan incoherente que ni sé qué intentaba decir. No paraba de darle vueltas a que ella había dicho que mi padre nos había llevado a mi madre y a mí de allí, que mi madre ya me tenía. Era imposible. Nada tenía sentido. Mis padres se habían conocido en un banquete, una cena elegante con montones de gente, y nada más ver a mi madre, mi padre supo que tenía que ser suya. Él mismo lo dijo, siempre lo estaba diciendo. Fue un flechazo en toda regla. Luego me tuvieron a mí. Ésa era la historia, eso era lo que mi padre me había contado. Puede que yo no hubiera oído bien, puede que lo de Rosaleen fuera una invención suya. Pero me dolía tanto la cabeza y me sentía tan cansada, los párpados me pesaban de tal forma, que los ojos se me cerraban. Entonces caí en la cuenta de que Rosaleen estaba hablando, pero no conmigo. Abrí los ojos. Miraba al pasillo y parecía un tanto temerosa.

—Uy —decía con un hilo de voz de nuevo—. No te he oído entrar. Creía que estabas en el cobertizo.

La mujer que hacía el cristal. Si gritaba, podría recibir ayuda, pero oí una voz de hombre y eso me puso nerviosa. No era la de Arthur. Ni la de Weseley; ay, ¿dónde estaba? ¿Le habrían hecho daño? Había ido al campo de cristal, todo ese cristal. Un cristal con el que yo había tenido pesadillas. Moviéndose con el viento, arañaba y raspaba, cortaba y rajaba mientras yo recorría el campo arriba y abajo, intentando salir, y la mujer me vigilaba. ¿Dónde estaba ahora esa mujer?

—¿Por qué no vas a la cocina? Te prepararé una taza de té, ¿quieres? ¿Cómo? ¿Cuánto hace que estás ahí? Pero ha sido ella la que se ha abalanzado sobre mí. Yo sólo intentaba defenderme. La llevaré a la casa ahora mismo, en cuanto le diga cuatro cosas.

Él dijo algo y yo oí el plástico del suelo. Un paso seguido de un arrastrar, un paso de nuevo y un arrastrar.

Conseguí sentarme y a continuación me agarré a la cama para tratar de levantarme. Rosaleen estaba tan ocupada hablando con el hombre que no se dio cuenta de que me ponía en pie. No pude oír lo que decía él, pero después la voz de ella se tornó más dura. Perdió su tono dulce y nervioso y volvió a ser la Rosaleen de hacía unos instantes: poseída.

«Posesiva. —Hacía unas semanas la hermana Ignatius se había parado a reflexionar sobre lo que yo pensaba de Rosaleen—. Interesante elección.»

—¿Por eso no me dejabas entrar nunca en ese cuarto? ¿Así es como querías que lo averiguara? No está bien, ¿sabes?

La voz masculina de nuevo, seguida de una pisada y un arrastrar.

—Y ¿esto qué es?

Por fin Rosaleen sacó el brazo de detrás de la espalda y exhibió el móvil de cristal que me habían regalado. Me entraron ganas de gritar que era mío, pero en el pasillo había mucho jaleo.

—Esto no es lo que acordamos y lo sabes, Laurie. No me importó que jugaras con el cristal, ya que tan emperrado estabas, pensé que el fuego y el cristal te harían bien después de…, bueno, después de todo, pero has ido demasiado lejos. Lo has estropeado todo, todo. Y ahora las cosas han de cambiar. Han de cambiar, de eso no cabe duda.

«Laurie. Laurence Kilsaney. RIP.»

Me quedé helada. Eran imaginaciones de Rosaleen. O estaba viendo un fantasma. No, no podía ser: yo también lo oía.

Se oyeron algunas palabras airadas y, acto seguido, Rosaleen echó atrás el brazo y lanzó el móvil de cristal al pasillo. Oí un grito. Luego ella se abalanzó hacia él y vi que un bastón salía volando y le daba a Rosaleen, que fue a parar contra la pared con un ruido sordo. Ella miró al hombre atemorizada y yo me refugié en un rincón y enterré la cabeza en las piernas con fuerza; lo único que quería era salir de allí, estar en cualquier otra parte, pero no podía moverme.

—¿Rose? —oí decir.

—Sí, mami —repuso ella al tiempo que se ponía de pie con dificultad, tenía la voz trémula—. Ya voy, mami.

Miró al hombre por última vez y echó a correr por el pasillo hacia el salón.

Acto seguido el hombre apareció en la puerta y yo me puse en guardia, pero al verlo pegué un chillido. Bajo un cabello largo y ralo me miraba un rostro deforme. Era como si un lado se hubiera derretido y, al estirarlo, la piel no hubiese vuelto a su debido sitio. Él se llevó de prisa una mano al pelo e intentó taparse la cara. Llevaba una prenda de manga larga, pero al levantar la mano al rostro quedó a la vista un muñón. Tenía la parte izquierda completamente quemada, el hombro caído, como si le resbalara cera por todo el lado izquierdo del cuerpo. Sus ojos eran grandes y azules, uno perfectamente enmarcado en una piel tersa y lisa, el otro tan descolgado que parecía salírsele de la cuenca, dejando al descubierto el blanco y todo cuanto había debajo. Echó a andar hacia mí y yo rompí a llorar.

Entonces oí que se abría la puerta de atrás y entraba el viento. Oí pasos en el plástico, y el hombre al que Rosaleen había llamado Laurie dio media vuelta, atemorizado.

—¡Déjala en paz! —exclamó Weseley, y Laurie alzó las manos con cara de horror, entristecido, impresionado. Entonces Weseley entró y me vio. Debía de estar hecha un Cristo, porque la cara le cambió, la ira se impuso, y empujó a Laurie contra la pared y le apretó el cuello con una mano—. ¿Qué le has hecho? —le chilló.

—Déjalo —me oí decir, pero no conseguí que de mi boca saliera sonido alguno.

—Tamara, sal de aquí —ordenó Weseley con el rostro enrojecido y las venas del cuello abultadas por lo que le estaba costando retenerlo.

Sin saber cómo, finalmente logré ponerme de pie, cogí el diario y eché a andar. Conseguí tocar a Weseley para detenerlo. Él soltó a Laurie, me cogió a mí y me sacó de la habitación. Después empujó dentro a Laurie, cerró la puerta y echó la llave, que sacó y se guardó en el bolsillo, mientras yo oía chillar al hombre que lo dejaran salir.