CAPÍTULO DIEZ
Escalera al cielo
La mañana siguiente decidí desayunar con mi madre en su dormitorio, algo que pareció preocupar a Rosaleen, que anduvo rondando a nuestro alrededor más de la cuenta, moviendo muebles, instalando una mesa para las dos delante de la ventana, acomodando las cortinas, abriendo una ventana, cerrándola un tanto, abriéndola un poco más, preguntándome si entraba demasiado aire.
—Rosaleen, por favor —dije con suavidad.
—Sí, hija —contestó ella mientras seguía haciendo la cama, mullendo almohadas frenéticamente, remetiendo de tal modo las mantas que no me habría sorprendido que lamiera la sábana antes de volver el embozo para sellarla como un sobre.
—No hace falta que hagas eso. Yo me ocuparé después de desayunar —me ofrecí—. Ve con Arthur, estoy segura de que querrá verte antes de irse a trabajar.
—Tiene el almuerzo listo en la encimera, ya sabe dónde. —Continuó ahuecando, alisando y, si no estaba bien, volvía a empezar.
—Rosaleen —repetí con delicadeza.
Aunque sabía que ella no quería, me miró de reojo de prisa. Cuando nuestras miradas se cruzaron, ella supo que su juego había terminado, pero se limitó a clavar la vista en mí y me desafió con los ojos a que se lo dijera. No creía que yo fuese a hacerlo. Tragué saliva.
—Si no te importa, me gustaría estar un rato con mi madre. A solas, por favor.
Lo había dicho. Tamara La Adulta había hablado. Pero a mi petición siguió inevitablemente la mirada herida, la lenta caída de las almohadas en la cama y un susurrado: «Bien.»
No me sentí mal.
Al cabo salió de la habitación y yo permanecí callada. Como no había oído crujir el descansillo, sabía que Rosaleen seguía tras la puerta. Escuchando, vigilando, protegiendo o encerrándonos, no estaba segura. ¿De qué tenía tanto miedo?
En lugar de intentar darle conversación a mi madre como llevaba haciendo el último mes, decidí dejar de combatir su silencio y opté por sentarme con ella pacientemente en esa calma que parecía consolarla. De vez en cuando le ofrecía un pedazo de fruta, que ella cogía y mordisqueaba. Yo observaba su cara: parecía absolutamente encantada, como si mirase una gran pantalla que yo no podía ver, fuera, en el jardín trasero. Sus cejas subían y bajaban, como si ella reaccionase a algo que alguien decía, sus labios sonreían tímidamente como si recordara un secreto. Su rostro ocultaba un millón de secretos.
Cuando hube pasado suficiente tiempo con ella, le di un beso en la frente y salí de la habitación. El diario que antes había abrazado orgullosamente ahora se hallaba escondido bajo mi cama. Me daba la sensación de estar escapando a alguna parte para esconder un gran secreto. También me sentía un tanto avergonzada, he de admitirlo. Mis amigos y yo no escribíamos diarios. Ni siquiera nos escribíamos entre nosotros. Nos manteníamos en contacto a través de Twitter y Facebook, subíamos fotos nuestras en vacaciones, saliendo por la noche, poniéndonos vestidos en los probadores de grandes almacenes y pidiendo otra opinión. Nos enviábamos mensajes de móvil continuamente, nos escribíamos correos electrónicos con cotilleos y nos remitíamos e-mails divertidos, pero todo era superficial. Hablábamos de cosas que se pueden ver, que se pueden tocar, nada más profundo. Nada afectivo.
Este diario es la clase de cosa que haría Fiona, la chica de nuestra clase con la que no hablaba nadie salvo Sabrina, la otra mema, pero ésta pasaba más tiempo fuera del instituto que dentro debido a no sé qué problema de migrañas. En cualquier caso, esto es lo que solía hacer: buscarse un sitio tranquilo para irse sola, un rincón de una aula cuando el profesor no estaba o debajo de un árbol del jardín en la hora del almuerzo, y enfrascarse en un libro o garabatear algo como una loca en una libreta. Yo me reía de ella, pero está claro que el tiro me salió por la culata. A saber qué escribiría.
Sólo había un sitio al que podía ir yo para escribir el diario. Lo saqué de debajo de la cama y bajé corriendo la escalera y gritando: «Rosaleen, voy afuera…» Bajé chancleteando los ruidosos escalones y, cuando pegué un salto en el último y aterricé en el suelo con la elegancia de un elefante, Rosaleen se plantó delante de mí.
—¡Dios santo, Rosaleen! —Me llevé la mano al corazón.
Sus ojos me repasaron a toda velocidad, vieron el diario y subieron hasta mi rostro. Yo rodeé el diario con los brazos en ademán protector, asegurándome de que uno de los lados de la chaqueta lo tapara a medias.
—¿Adónde vas? —me preguntó en voz baja.
—Fuera…, por ahí.
Sus ojos volvieron a bajar al diario. Sencillamente fue algo inevitable.
—¿Te preparo algo de comer para que te lo lleves? Te entrará una hambre hambruna.
Hambre hambruna. Sol caliente. Largo adiós. Bien muerto.
—Hay pan integral recién hecho, pollo, ensalada de patatas, tomatitos…
—No, gracias. Aún estoy llena del desayuno. —Me dispuse a ir hacia la puerta.
—¿Algo de fruta troceada? —levantó un tanto la voz—. ¿Un sandwich de jamón y queso? Queda ensalada de repollo y zanahoria de…
—Rosaleen. No, gracias.
—Vale. —Más miradas heridas—. Ve con cuidado, ¿quieres? No te alejes demasiado. Quédate por aquí, en una zona donde veas la casa.
Que ella me pudiera ver a mí, más bien.
—No me voy a la guerra —reí—. Sólo… por ahí.
En el espacio cerrado de la casa todo el mundo sabía siempre dónde estaba el resto en todo momento, y yo quería unas horas a solas, a mi aire.
—De acuerdo —me respondió.
—No pongas esa cara de preocupación.
—Es que no estoy segura… —Bajó la vista al suelo y se soltó las manos para alisarse el vestidito—. ¿Te dejaría ir tu madre?
—¿Mamá? Mamá me dejaría ir a la luna si eso impidiera que me pasara el día quejándome.
No estoy segura de si fue alivio lo que se reflejó en el rostro de Rosaleen o más preocupación. De pronto, unas cuantas cosas empezaron a encajar, y me relajé un tanto. Rosaleen no tenía hijos pero de pronto, en su tranquila casa, con mi madre siempre durmiendo, tenía que ejercer de progenitura de las dos.
—Ya, lo entiendo —repliqué en voz queda, y alargué una mano y la toqué. Su cuerpo se tensó de tal modo que la retiré en el acto—. No te preocupes por mí. Mamá y papá me dejaban ir a donde quería casi siempre. Solía pasar el día entero en la ciudad con mis amigos. Un día incluso me fui a Londres con una amiga, fuimos y volvimos el mismo día. Su padre tiene un jet privado. Fue guay. Sólo había seis asientos y todo era sólo para Emily y para mí, Emily es la dueña del avión. Luego, cuando cumplió diecisiete años, sus padres nos dejaron ir a París a todos, aunque nos acompañó su hermana mayor para vigilarnos. Tenía diecinueve años, estaba en la universidad y eso.
Rosaleen escuchaba con atención: con demasiada impaciencia, con demasiado nerviosismo, con demasiada prisa, con demasiada desesperación.
—Vaya, es estupendo —respondió alegremente, con sus ojos verdes ávidos de cada palabra que salía de mi boca. Yo veía cómo las engullía en cuanto yo las pronunciaba—. No queda mucho para tu cumpleaños. ¿Es ésa la clase de cosas que te regalarían? —Echó un vistazo a la entrada de la casa como si fuera a encontrar en alguna parte un avión—. Bueno, nosotros no podríamos permitirnos algo así…
—No, no, no me refería a eso. No te lo he contado por eso. Es sólo que…, da lo mismo, Rosaleen —me apresuré a decir—. Será mejor que me vaya. —La aparté para llegar a la puerta—. Gracias de todas formas —añadí.
Lo último que vi antes de cerrar fue su cara de preocupación, como si hubiese metido la pata. Le angustiaba lo que su vida podía y no podía ofrecerme. Y resulta que mi antigua vida me estaba ofreciendo más de lo que podía, en cualquier caso. Como un amante desesperado, me estaba ofreciendo la luna y las estrellas, cuando sabía que jamás podría dármelas. Yo lo creía como una boba. Antes pensaba que era mejor tener demasiado que demasiado poco, pero ahora creo que, si se suponía que ese demasiado nunca iba a ser de uno, sería mejor quedarse únicamente con lo que es de uno y devolver el resto. Un día de éstos me quedaré con la sencillez de Rosaleen y Arthur. De ese modo uno no ha de devolver las cosas que quiere.
Cuando bajaba por el sendero del jardín, vi que se acercaba el cartero. Entusiasmada al ver a otra persona, lo saludé con una sonrisa de oreja a oreja.
—Hola. —Me detuve y le impedí el paso.
—Hola, señorita. —Me saludó llevándose la mano a la gorra, algo que me pareció muy anticuado y amable.
—Soy Tamara —dije tendiéndole la mano.
—Encantado de conocerte, Tamara.
Creyó que extendía la mano para que me diera el correo, de manera que me entregó unos sobres.
A mis espaldas oí que la puerta se abría. Rosaleen salió a toda velocidad.
—Buenos días, Jack —saludó mientras enfilaba a un buen ritmo el caminito—. Ya los cojo yo. —Prácticamente me los quitó—. Gracias, Jack. —Lo miró con gravedad mientras se metía los sobres en el bolsillo del delantal como una madre canguro.
—Muy bien. —El hombre inclinó la cabeza como si acabaran de regañarlo—. Y éstos, para la casa de enfrente. —Le dio más sobres y, acto seguido, giró sobre sus talones, se subió a la bici y desapareció pedaleando.
—No me los iba a comer —le dije un tanto pasmada a Rosaleen, que me daba la espalda.
Ella se rió y entró en la casa. Aquello cada vez era más extraño.
Sólo había un sitio al que podía ir para escribir el diario. Notando el calor que desprendía la carretera bajo mis chanclas de goma, me dirigí al castillo. Sonreí cuando los árboles se apartaron como el telón que se abre antes del acto principal.
—Hola otra vez —saludé.
Recorrí las estancias con sumo respeto. No me podía creer que un incendio hubiera causado todo ese daño. No había nada, absolutamente nada, que indicase que alguien había vivido allí durante al menos un siglo. En los muros no había chimeneas ni baldosas ni papel pintado. Nada en absoluto salvo ladrillos, hierbajos y una escalera que conducía a una segunda planta inexistente, que subía hacia lo alto, como si dando un salto gigante se pudiera llegar a una nube. Una escalera al cielo.
Me acomodé en los escalones de abajo y apoyé el diario en el regazo. Hice girar en la mano el pesado lápiz que había robado del escritorio de Arthur y clavé la vista en el libro cerrado, tratando de pensar qué poner. Quería que las primeras palabras significaran algo, no quería cometer un error. Al final se me ocurrió un comienzo y abrí el libro.
Me quedé boquiabierta. En la primera página ya había algo escrito, cada una de las pulcras líneas… de mi puño y letra.
Me levanté, alerta, rígida, y el diario se me cayó del regazo y fue bajando los peldaños de hormigón hasta llegar al suelo. Eché una ojeada de prisa, con el corazón desbocado, intentando descubrir si ésa era la idea que alguien tenía de una broma cruel. Los derruidos muros me devolvieron la mirada, y de pronto a mi alrededor había movimientos y ruidos en los que antes no había reparado. Arbustos y malas hierbas que susurraban, piedras que se movían. Oí pasos a mis espaldas y en el interior de las paredes, pero nada salía a la superficie o se dejaba ver. Eran imaginaciones mías. Tal vez también lo fuesen las páginas escritas del diario.
Respiré profundamente unas cuantas veces y recogí el diario del suelo. En la piel, arañada por las piedras y las rocas, había polvo, que limpié en mis pantalones cortos. La primera página se había arrancado al caer, pero en lo tocante a la escritura no había visto visiones. Seguía allí —la primera página, la segunda página—, y a medida que iba pasando hojas como una loca, veía mi letra en ellas.
Imposible. Comparé la fecha que figuraba en la parte superior con la que indicaba mi reloj. El día era el siguiente, sábado. El actual era viernes. El reloj debía de estar mal. Pensé en el acto en Rosaleen, en su forma de mirar el diario esa mañana. ¿Lo habría escrito ella? No podía ser. El diario se hallaba a salvo bajo mi cama. Con sensación de vértigo me senté en la escalera de nuevo a leer lo que ponía. Mis ojos devoraban las palabras como posesos, hube de volver atrás varias veces y empezar de nuevo.
Sábado, 4 de julio
Querido diario:
¿Es esto lo que se supone que debo escribir? Es la primera vez que llevo un diario, y me siento como una auténtica mema, no tengo palabras. Veamos, querido diario: odio mi vida. Dicho en pocas palabras. Mi padre se ha suicidado nos hemos quedado sin casa y sin nada. Me he quedado sin vida, mamá ha perdido la razón y ahora estamos viviendo en un pueblo de mala muerte con dos inadaptados sociales. Hace unos días pasé la tarde con un chico supermono llamado Marcus, que es vicepresidente de Ridiculandia, una biblioteca ambulante. Hace dos días conocí a una monja que tiene abejas y rompe candados, y ayer pasé la mayor parte de la mañana sentada en unas ruinas
Las palabras «unas ruinas» estaban tachadas, y al lado ponía:
un castillo, en una escalera al cielo que quería subir para saltar hasta una nube que me llevara lejos de aquí. Ahora es de noche y estoy en mi habitación, escribiendo este estúpido diario, algo de lo que me convenció la hermana Ignatius. Y sí, es una monja, no un travestí, como pensé yo.
Exhalé un suspiro y alcé la vista de la página. ¿Cómo era posible? Miré en derredor en busca de respuestas. Me planteé volver a la casa a contárselo a mi madre, a contárselo a Rosaleen, a llamar a Zoey y a Laura. Pero ¿quién coño me iba a creer? Y aunque me creyeran, ¿qué podían hacer para ayudarme?
En el castillo reinaba una calma tal que daba la impresión de que las nubes, de una redondez y una blancura perfectas, como querubines, se movían a ciento cincuenta kilómetros por hora. De vez en cuando se oía algo bajo una hierba, semillas de diente de león vagaban a la deriva por el aire, provocándome para que las atrapase, acercándose para salir disparadas de súbito cuando la brisa se las llevaba. Respiré profundamente y levanté la cara hacia un sol caliente —sol caliente; bien muerto—, cerré los ojos y expulsé el aire despacio. Lo cierto es que me encantaba pasar tiempo en el castillo. Abrí los ojos y seguí leyendo mientras el vello de la nuca se me erizaba.
Me encanta pasar tiempo en el castillo. Debería ser un lugar feo, pero no lo es. Igual que Jessie Stevens, con su nariz rota y sus orejas deformadas de jugar al rugby, debería ser feo, pero no lo es. Tendría que haber hecho esto antes, lo de escribir. En casa de Zoey, cuando ella y Laura no pararon de hablar de lo de no llevar bragas, no pude despotricar. En fin.
Mamá todavía no ha salido de su habitación. Aunque de lo que tenía ganas era de acurrucarme y morirme —me he resfriado después del chaparrón que me cayó ayer—, esta mañana decidí desayunar en el jardín trasero, junto al árbol, ya que sabía que ella me estaría viendo. Extendí la manta de cachemir azul de mi cuarto y puse algo de fruta partida. Era como cartón y sabía a cartón. No tenía hambre, todas mis energías estaban concentradas en intentar hacer salir a mamá. Procuré parecer alegre, me apoyé en los codos, crucé las piernas y miré a mi alrededor como si no tuviera una sola preocupación. Fue mi intento para tentarla, pero mi madre no vino. Yo sólo pensaba que, si le daba el aire, si le echaba un vistazo al lugar, se acercaba al castillo, tal vez viese lo que veía yo, saliera del trance en el que está sumida. Seguro que no quiere que la vida continúe mientras ella está sentada en esa habitación. Pero hay que salir para darse cuenta de que la vida sigue, que hay que dejarse llevar.
No sé por qué Rosaleen y Arthur no hacen más para ayudarla. Darle de desayunar, comer y cenar como para alimentar a un elefante no va a curarla. Y el silencio tampoco. Debería volver a sacarle el tema a Rosaleen. Y puede que se lo mencione a Arthur. A fin de cuentas, es su hermano, debería ayudarla. Que yo sepa, aparte del extraño saludo que se dedicaron cuando llegamos —ese apoyar las frentes—, él no le ha dicho ni palabra. ¿Acaso no es raro? Después del chaparrón que me cayó ayer…
Vale, ahí es cuando supe que aquello era ridículo, porque ese día hacía un día precioso, caluroso. Ni rastro de lluvia. Seguí leyendo con una ceja arqueada, sabedora de que me estaban tomando el pelo o algo, y esperé a que Zoey y Ashton Kutcher salieran de detrás de las ruinosas columnas.
… me he resfriado. Rosaleen prácticamente me tuvo entre algodones, me plantó delante de la chimenea y me obligó a tomar caldo de pollo. Perdí medio día sudando profusamente junto a ese espantoso fuego y tratando de convencerla de que no me estaba muriendo. Ella me hizo tapar la cabeza con una toalla y colocar la cara sobre un recipiente con agua hirviendo lleno de Vicks VapoRub para que se me descongestionara la nariz, y mientras estaba allí moqueando, estoy casi segura de que oí el timbre. Ella me aseguró que no era así. Debería haber aceptado el ofrecimiento de la hermana Ignatius de entrar a secarme en su casa. ¿Cuán espeluznante puede ser la casa de unas monjas?
Mañana tengo pensado evitar que me dé otro ataque al corazón y encontrar un lugar tranquilo para escribir esto. Probablemente me ponga a tomar el sol en biquini. Así les daré a los faisanes algo que mirar. Puede que no esté mal. Cuando uno cierra los ojos, puede estar donde quiera. Puedo tumbarme a orillas del lago e imaginar que estoy junto a la piscina en Marbella, que las salpicaduras de los cisnes cuando se sacuden las plumas son de mamá. Ella siempre se tumbaba, pero no en una hamaca, como los demás, sino en el borde de la piscina, cerca de los filtros. Bajaba la mano y rozaba el agua. Era como si hubiera un niño pequeño descalzo correteando por allí. Lo hacía o bien para refrescarse o bien porque le gustaba el sonido. A mí me gustaba escucharlo. Aunque, por algún motivo, siempre le pedía que se callara. Algo que decir en medio del silencio, algo que le hiciera abrir los ojos y mirarme.
¿Quién podía saber todo eso? Sólo mi madre.
Puede que tome el sol en la hierba, justo delante del cortacésped de Arthur, con la esperanza de que me pase por encima. Si no me mata, al menos podría ahorrarme una depilación con cera de cuerpo entero.
La verdad es que Arthur no está tan mal. No habla mucho. Ni siquiera tiene muchas reacciones, pero me cae bien. La mayor parte del tiempo. Rosaleen tampoco está tan mal. Sólo tengo que intentar entenderla. Hoy, en la cena —pastel de carne, qué rico—, reaccionó de una forma muy rara cuando le conté que había estado con la hermana Ignatius. Dijo que la hermana se había pasado a verla por la mañana y no había mencionado que me había visto. Debió de ser cuando yo estaba en la ducha. Me encantaría haber estado presente en esa conversación. Luego estuvo interrogándome sobre las cosas de las que habíamos hablado la hermana y yo. Se puso muy pesada, y hasta Arthur parecía incómodo. Es decir, ¿creía que le estaba mintiendo? En serio, fue extraño. Ojalá no le hubiese contado lo que averigüé del castillo. Ahora sé que, sea cual sea la información que necesito, sin duda no saldrá de ella. Supongo que Rosaleen y Arthur simplemente son distintos. O quizá lo sea yo. Nunca me había parado a pensarlo. Quizá sólo sea yo.
En caso de que muera de deshidratación y alguien encuentre este diario, debería hacer constar que lloro todas las noches. Aguanto el día entero, a excepción de las crisis nerviosas del moscardón y el castillo en ruinas, con toda la entereza de que soy capaz, y en cuanto me meto en la cama y me veo sumida en la oscuridad y el silencio, sólo entonces me da la impresión de que el mundo da vueltas. Y lloro. A veces tanto que empapo la almohada. Simplemente dejo rodar las lágrimas por las comisuras de los ojos, por detrás de las orejas y escurriéndome por el cuello, a veces hasta la camiseta. Estoy tan acostumbrada a llorar que a veces ni me doy cuenta. ¿Tiene sentido? Antes si lloraba era porque me había caído y me había hecho daño o porque me había peleado con papá o porque estaba como una cuba y la cosa más nimia me disgustaba. Pero ahora es, en fin…, estoy triste, así que lloro. A veces empiezo y paro cuando me convenzo de que todo saldrá bien. A veces no me lo creo y empiezo de nuevo.
Sueño mucho con mi padre. Rara vez es papá, en realidad, sino una mezcla de distintos rostros. Al principio es él, luego se convierte en un profesor del instituto, luego Zac Efron y después una persona cualquiera a la que vi una vez en mi vida, como el párroco o algo por el estilo. He oído decir a gente que cuando sueña con un ser querido que ha muerto tiene la sensación de que es real, de que la persona está allí, enviándole un mensaje, dándole un abrazo. Que de algún modo los sueños constituyen una línea borrosa entre esto y aquello, como los locutorios de una cárcel: ambas personas se encuentran en la misma habitación, pero en distintos lados y, en realidad, en distintos mundos. Yo antes pensaba que los que hablaban así eran cuáqueros o fundamentalistas religiosos, pero ahora sé que no es más que una de las muchas cosas en las que me equivocaba. No tiene nada que ver con la religión, no tiene nada que ver con la estabilidad mental, y sí tiene todo que ver con el instinto natural del cerebro humano de albergar esperanza aunque no la haya, a menos que uno sea un capullo cínico. Tiene que ver con el amor, con perder a alguien a quien se quiere, con que una parte de ti te ha sido arrebatada y harías o creerías casi cualquier cosa por que te fuese devuelta. Es la esperanza de que algún día volverás a verlo, de que aún lo sientes cerca de ti. Esa esperanza, como yo creía antes, no te convierte en alguien débil. Lo que te debilita es la desesperanza. La esperanza te hace más fuerte, ya que proporciona un motivo. No un motivo que explique cómo o por qué te fue arrebatado, sino un motivo para que sigas viviendo. Porque es un quizá. Un quizá-algún-día-las-cosas-dejen-de-ser-una-mierda. Y ese quizá hace que la mierda mejore en el acto.
Yo creía que se suponía que nos volvíamos más cínicos a medida que nos hacíamos mayores. ¿Yo? Nací mirando con recelo la habitación del hospital, escrutando rostro por rostro, y dándome cuenta inmediatamente de que ese nuevo escenario era una mierda y estaría mucho mejor dentro. Y así seguí por la vida. Todos los sitios donde estaba eran una mierda y cualquier otro sitio, dando marcha atrás, era mejor. Sólo ahora que la realidad de la vida me ha golpeado —bien muerto, la muerte—, empiezo a mirar hacia afuera. Los científicos piensan que miran hacia afuera, pero no es así. Piensan que las personas emotivas sólo miran hacia adentro, pero no es así. Creo que los mejores científicos son quienes miran hacia ambos sitios.
A pesar de todo cuanto he dicho, sé que papá no está en mis sueños. No hay mensaje secreto ni abrazo secreto. No lo siento conmigo aquí, en Kilsaney. Los míos no son más que sueños sombríos carentes de significado o consejos. Reflejos de segmentos del día dispersos como si fuesen un puzle y lanzados al aire para quedar suspendidos sobre mi cabeza sin orden ni sentido. La otra noche soñé con mi padre, que se convirtió en mi profesor de inglés, y luego el profesor de inglés era una mujer y nos dieron la hora libre y yo tenía que cantar delante de todo el mundo, pero al abrir la boca no me salió nada y después el instituto acabó en América, pero nadie hablaba inglés y yo no entendía nada, y a continuación me vi viviendo en un barco. Raro. Desperté cuando a Rosaleen se le cayó una cazuela o algo abajo, en la cocina.
Tal vez la hermana Ignatius tuviese razón. Tal vez el diario me ayude. La hermana Ignatius es una mujer peculiar. No he dejado de pensar en ella desde que la conocí, hace dos días.
Ayer. La conocí ayer.
Me cae bien. Lo primero que me gusta de estar aquí —bueno, lo segundo, después del castillo— es ella. Ayer empezó a diluviar cuando estaba en el castillo, y vi que Rosaleen enfilaba la carretera hacia mí con un impermeable en la mano, así que me siento mal, pero no pude por menos de echar a correr en la dirección contraria. No quería que supiera que pasaba tiempo allí; no quería que pensara que sus conjeturas eran certeras. No quería que supiera nada de mí. No sabía hacia dónde iba corriendo. Llovía con ganas: no caían unas gotas, sino chuzos de punta, y no tardé en estar completamente empapada, pero era como si hubiera puesto el piloto automático. Mi cuerpo se desconectó sin más y yo corría, y sin que fuera mi intención acabé en el jardín tapiado. La hermana Ignatius se encontraba en el invernadero, esperando a que dejara de llover. Me tenía preparado un traje de apicultor. Dijo que le daba la sensación de que yo volvería.
Como el día anterior la había interrumpido, la hermana no había podido volver a comprobar las colmenas, tenía otras cosas que hacer. Rezar y demás. Así que ayer me mostró el interior de las colmenas. Espoleó a la abeja reina con un rotulador para que yo pudiese ver cuál era, me señaló a los zánganos y a las obreras y después me enseñó a usar el ahumador. Mirarlo me mareó. Me ocurrió algo curioso; ella no se dio cuenta. Tuve que extender el brazo y apoyarme en la pared para no desplomarme. Mientras me sentía así, la hermana me invitó a que volviera la semana siguiente para ayudarla a sacar la miel, que después mete en tarros y lleva al mercado. Yo estaba tan ocupada intentando respirar que dije que no sin más. Sólo quería alejarme de allí. Ojalá le hubiese dicho que no me encontraba bien. Ella pareció llevarse una desilusión y ahora yo me siento fatal. Además, tengo que ir al mercado para ver a más gente. Aquí me estoy volviendo loca, viendo las mismas caras a diario. Y quiero saber si todo el mundo se pondrá a mirar a Rosaleen y a Arthur como el otro día a la puerta del pub. Deben de haber hecho algo en el pueblo para que los miren así. Organizar intercambios de parejas o algo por el estilo. Qué asco.
Estoy sentada contra la puerta de mi habitación mientras escribo esto porque no quiero que Rosaleen entre. Cuanto menos sepa de este diario, mejor. Ya está intentando colarse en mi cabeza; no podría correr el riesgo de que se entere de que mis pensamientos más íntimos andan tirados por mi cuarto. Tendré que esconderlo. Junto a la silla del rincón hay una tabla suelta que tiene buena pinta, tal vez investigue esta noche.
Para variar, mamá se quedó frita nada más terminar de cenar. Los últimos dos días ha estado durmiendo una barbaridad, pero esta vez se durmió en la silla. Yo quería despertarla y llevarla a la cama, pero Rosaleen no me dejó. Escribiré esto hasta que oiga roncar a Arthur, entonces sabré que puedo ir a verla.
Ahora que me encuentro en la casa y me siento segura, quiero decir que ayer por la mañana tuve una extraña sensación cuando estaba en el castillo. Me dio la impresión de que había alguien. Como si alguien me estuviera observando. La mañana era soleada hasta que esa nube anormal se plantó justo encima de mi cabeza, yo estaba sentada en el escalón, con el diario en el regazo, y no se me ocurría qué escribir ni cómo empezar la primera página, así que decidí tomar el sol. No sé cuánto estuve con los ojos cerrados, pero ojalá los hubiese mantenido abiertos. Estoy completamente segura de que allí había alguien.
Volveré a escribir mañana.
Terminé de leer y eché un vistazo, con el corazón latiendo de manera tan ruidosa que respiraba aceleradamente y con fuerza. Eso era ahora. Había estado escribiendo cosas de mí ahora.
De repente noté que un millar de ojos se clavaban en mí. Cuando me levanté y bajé corriendo la escalera, tropecé en el último escalón y me estampé contra la pared. Me arañé las manos y el hombro derecho, y el libro se me volvió a caer. Lo busqué a tientas en el suelo y, al cogerlo, rocé algo peludo y blando. Pegué un grito y un respingo y me metí en la habitación contigua, que carecía de puertas; los cuatro muros estaban intactos. Me cayeron encima unas gotas de lluvia, y no tardó en arreciar. Me acerqué hasta una abertura en la pared que antes ocupaba una ventana y me encaramé a ella con la idea de salir por allí. Ya en la repisa, vi que Rosaleen subía por la carretera a toda velocidad con lo que parecía un chubasquero en las manos. Avanzaba con brío, el rostro demudado, la mano sobre la cabeza como si eso por sí solo pudiera impedir que se mojara.
Corrí hasta la otra ventana, que daba a la parte trasera del castillo, y salí por ella, raspándome las rodillas con la pared al impulsarme para llegar al alféizar. Aterricé en un suelo de hormigón, y una oleada de dolor me recorrió las piernas, ya que las chanclas no amortiguaron el salto. Vi que Rosaleen estaba más cerca del castillo. Di media vuelta y eché a correr.
No sabía adónde me dirigía. Era como si llevara puesto el piloto automático. Sólo cuando llegué al jardín tapiado, calada hasta los huesos, me acordé del diario y me estremecí. Tenía la carne de gallina de la cabeza a los pies.
Cuando estaba junto a la entrada, paralizada de miedo y tiritando, me llamó la atención una sombra blanca al otro lado del cristal esmerilado del invernadero. Luego la puerta se abrió y apareció la hermana Ignatius con un traje de apicultor en la mano.
—Sabía que volverías —afirmó, y sus ojos azules brillaron traviesos en aquella tez blanca.