CAPÍTULO SEIS
El autobús de los libros
La cocina estaba limpia y recogida, fregada hasta el último centímetro, y lo único que no se encontraba en un estante era yo.
Nunca había visto a una mujer limpiar con semejante energía, con semejante determinación, como si su vida dependiera de ello. Rosaleen se remangó, mostrando unos bíceps y unos tríceps asombrosamente bien formados, y sudaba mientras retiraba todo rastro de vida que hubiera existido allí. Así que me quedé mirándola fascinada, y admito que compadeciéndome un tanto con aire condescendiente, pues tanta intensidad en la limpieza se me antojaba un acto innecesario.
Salió de la casa con un pedazo de pan integral recién horneado que olía tan bien que mis papilas gustativas y mi estómago lleno se activaron. Desde la ventana del salón, que daba a la parte de delante, la vi cruzar la carretera con brío, sin un ápice de feminidad, hasta la casita de enfrente. Yo esperé junto a la ventana, intrigada por ver quién abriría, pero ella me chafó la diversión dirigiéndose a la parte de atrás.
Aproveché la oportunidad para recorrer la casa sin tener a Rosaleen pegada contándome la historia de todo aquello en lo que se posaban mis ojos, como había hecho la mañana entera.
—Ésa es la alacena. De roble. Un árbol cayó con fuerza un invierno, rayos y truenos, estuvimos días sin electricidad. Arthur no pudo hacer nada, con el árbol, no con la electricidad, la electricidad volvió. —Risita nerviosa—. Hizo la alacena con él. Va muy bien para guardar cosas.
—Arthur podría montar un buen negocio.
—Ah, no. —Rosaleen me miró como si acabara de soltar una blasfemia—. Es un pasatiempo, no un plan para ganar dinero.
—No es un plan, es un negocio. No hay nada malo en ello —razoné.
Ella chasqueó la lengua en señal de desaprobación.
Al oírme, sonaba como mi padre, y aunque eso era algo que yo siempre había odiado en él —su deseo de convertirlo todo en un negocio—, me hizo sentir bien. De pequeña, si llevaba a casa algún dibujo que había hecho en el colegio, él pensaba que podría ser artista, pero sólo de las que podían exigir millones por sus obras. Si defendía algo con vehemencia, de repente era abogada, pero sólo de las que pedían cientos de euros por hora. Tenía buena voz y de pronto iba a grabar un disco en el estudio de su amigo y ser el próximo bombazo. Y no lo hacía sólo conmigo, sino con todo lo que lo rodeaba. Para él la vida estaba llena de oportunidades, y no creo que eso fuese necesariamente malo, pero creo que él quería aprovecharlas por motivos equivocados. No le apasionaba el arte, le traía sin cuidado que los abogados ayudaran a la gente, ni siquiera le importaba mi voz. Todo iba dirigido a ganar más dinero, así que supongo que es lógico que fuese la pérdida de todo su dinero lo que acabó matándolo. Las pastillas y el whisky sólo fueron los clavos del ataúd.
—¿Estás mirando esa foto? —continuó Rosaleen mientras mis ojos vagaban por la habitación—. La tomó cuando fuimos a la Calzada de los Gigantes. Estuvo lloviendo todo el día, y cuando subíamos se nos pinchó una rueda.
Y así siguió.
—Ya veo que miras las cortinas. Hay que lavarlas. Mañana las bajo y les doy una agua. Le compré la tela a una mujer que vendía a domicilio. No suelo hacerlo, pero era una extranjera que no hablaba bien nuestro idioma ni tenía mucho dinero, sólo esa tela. Me gusta la flor, creo que pega con ese cojín de ahí, ¿tú qué crees? Detrás, en el garaje, aún hay un montón de metros.
Entonces miré detrás, hacia el garaje, y ella dijo:
—Lo construyó Arthur con sus propias manos. No estaba ahí cuando me mudé.
La forma de decirlo me pareció rara. «Cuando me mudé.»
—¿Quién vivía aquí antes?
Rosaleen me miró con esos ojos curiosos muy abiertos con los que me había observado antes, cuando comía. No dijo nada. Es algo que hace mucho, aleatoriamente. Entrar y salir de las conversaciones con miradas y pausas, como si le patinaran las neuronas. Me dio tanto yuyu que aparté la vista, centrándola, al parecer, en la alfombra que alguien le dio por algo, no sé…
Sin embargo esa mañana, a solas y sin que su cotorreo nervioso interfiriera en mis pensamientos, pude echar un vistazo a gusto.
El salón era acogedor, supongo, por no decir algo viejo. Bueno, muy viejo, no como mi casa, que es —era— moderna y limpia, de líneas puras y con todo simétrico. En esa estancia había cosas por todas partes: arte que no pegaba con los sofás, adornos raros, mesas y sillas con patas largas y finas y garras de animal, dos sofás con la tapicería completamente distinta —una de flores en tonos azul y marfil, la otra como si un gato le hubiera vomitado encima— y una mesa de centro que hacía las veces de tablero de ajedrez. El suelo daba la sensación de ser desigual, inclinado desde la chimenea hasta la estantería, lo que me mareaba un tanto. La zona más concurrida parecía centrarse en torno a la chimenea, un hogar abierto que me ponía los pelos de punta con sus artilugios, como salidos de una cámara de tortura medieval: atizadores de hierro forjado con cabeza de animales, palas para el carbón de distintos tamaños, un fuelle antiguo, una pantalla de hierro fundido con un animal en la parte delantera. Le di la espalda a la chimenea y me centré en la estantería de suelo a techo, con su escalera, que recorría una de las paredes. Estaba llena de libros, fotos, latas, cajitas con recuerdos, baratijas inútiles, esa clase de cosas. La mayoría de los libros eran de jardinería y cocina, muy específicos, nada de mi gusto. Eran viejos y estaban sobados, algunos rotos, otros sin tapa, las páginas amarillentas, otros parecían haber sido dañados por el agua, pero no se veía una mota de polvo. Había un libro enorme, encuadernado en rojo, que parecía tan antiguo que las páginas eran negras con churretones de rojo. Se trataba del Registro de embarcaciones Lloyd’s 1919-1920 volumen 2, una publicación con centenares de páginas con los nombres de navíos, ordenados alfabéticamente, que indicaban el peso muerto y la capacidad de las bodegas y de los tanques permanentes. Lo devolví a su sitio y me limpié las manos en la ropa, no quería que las bacterias de 1919 me infestaran. Otro era de religiones del mundo, en la tapa había un emblema dorado de una cruz clavada en el suelo con una serpiente enroscada. Al lado vi un volumen de cocina griega, aunque dudaba mucho que el souvlaki tuviera cabida en la cocina de Rosaleen. El siguiente libro era La guía completa del caballo, una completa guía sobre caballos, aunque no debía de ser tan completa, porque había otros doce volúmenes sobre el tema.
Sólo había leído el primer capítulo del libro que me dio Fiona en el funeral de mi padre, y eso era todo lo que había leído en un año, así que los libros que se amontonaban en las estanterías no me interesaban especialmente. Lo que sí despertó mi interés fue un álbum de fotos que había en medio. Se encontraba en la sección de libros grandes, junto a los diccionarios, enciclopedias, atlas del mundo y esas cosas. Era un álbum anticuado, parecido a un libro impreso, al menos el lomo. La tapa era de terciopelo rojo con un reborde dorado en relieve. Lo saqué y pasé el dedo por la tapa, dejando una marca oscurecida en el terciopelo. Me hice un ovillo en el sillón de piel con remaches, deseosa de perderme en los recuerdos de otros. Nada más abrirlo por la primera hoja sonó el timbre, prolongado y estridente. Rompió el silencio y me sobresaltó.
Esperé, casi supuse que Rosaleen cruzaría la carretera a toda velocidad con el vestidito por los muslos, dejando a la vista unas corvas con unas cuerdas tan tensas que Jimmy Hendrix podría tocar con ellas. Pero no fue así. Sólo reinaba el silencio. Mi madre no se asomó a mirar desde arriba. El timbre volvió a sonar, así que dejé el álbum de fotos en la mesa y me dirigí hacia la puerta, y de repente, mientras lo hacía, la casa me pareció un hogar.
A través de la oscura vidriera vi a un tío. Cuando abrí, vi que era un tío bueno. Le eché unos veinte años, el pelo castaño oscuro levantado con gomina en la parte delantera, como el cuello del polo que llevaba. Podría haber sido perfectamente un jugador de rugby. Me miró de arriba abajo y sonrió.
—Hola —saludó, y al sonreír dejó al descubierto una hilera de dientes blancos perfectos. Tenía barba de tres días en el mentón, y sus ojos eran de un azul vivo. En la mano llevaba una tablilla sujetapapeles con una lista.
—Hola —respondí, y arqueé la espalda al apoyarme en la puerta.
—¿Sir Ignatius? —inquirió él.
Sonreí.
—No soy yo.
—¿Está un tal sir Ignatius Power?
—En este momento, no. Ha salido a practicar la caza del zorro con lord Casper.
Los ojos del chico se amusgaron con recelo.
—¿Cuándo va a volver?
—Cuando haya cazado el zorro, supongo.
—Ajá… —asintió despacio y echó un vistazo—. ¿Son rápidos los zorros por aquí?
—Está claro que no eres de por aquí. Aquí todo el mundo sabe cómo son los zorros.
—Ajá. Pues no lo soy, no.
Me mordí el labio y procuré no sonreír.
—Así que podría tardar, ¿no? —sonrió él, intuyendo que mi interés decaía.
—Podría tardar mucho.
—Ya.
Se apoyó en la columna del porche y me miró fijamente.
—¿Qué? —espeté yo a la defensiva sintiendo que su mirada me derretía.
—En serio.
—¿En serio qué?
—¿Vive por aquí?
—Desde luego, aquí no.
—Entonces, ¿tú quién eres?
—Una Goodwin.
—Eso seguro, pero ¿cómo te apellidas?
Intenté no echarme a reír, pero no pude evitarlo.
—Es malísimo, lo sé, lo siento —se disculpó amablemente y después pareció confuso al consultar la lista y se rascó la cabeza, alborotándose el pelo.
Miré al frente y vi un autobús blanco en cuyo costado se leía: «Biblioteca ambulante.»
El muchacho finalmente levantó la cabeza de la tablilla.
—Vale, ahora sí que estoy perdido. En esta lista no hay ningún Goodwin.
—No figurará con ese apellido.
El apellido de soltera de mi madre era Byrne, al igual que el de mi tío Arthur, y la casa debía de estar a ese nombre. Arthur y Rosaleen Byrne. Jennifer Byrne: no sonaba bien. Daba la sensación de que mi madre tendría que haber sido siempre Goodwin.
—Así que ésta debe de ser la residencia Kilsaney, ¿no? —dijo él, esperanzado, levantando la vista de la lista.
—Ah, los Kilsaney —caí yo, y el chico pareció aliviado—. Es la siguiente casa a mano izquierda, atravesando los árboles. —Esbocé una sonrisa.
—Muy bien, gracias. Es la primera vez que vengo. Llego una hora tarde. ¿Cómo son, los Kilsaney? —Arrugó la nariz—. ¿Me echarán la bronca?
Me encogí de hombros.
—No hablan mucho. Pero no te preocupes, les encantan los libros.
—Bien. ¿Quieres que me pase por aquí cuando termine para que puedas echarles un vistazo a los libros?
—Claro.
Cerré la puerta y rompí a reír. Esperé impaciente a que volviera, con mariposas en el estómago, como si fuese un niño que jugara al escondite. Hacía por lo menos un mes que no me sentía así. Algo había renacido en mi interior. En menos de un minuto oí que volvía el autobús. Paró a la puerta de la casa, y fui a abrir. Él se estaba bajando del bus, con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando alzó la mirada, me vio y sacudió la cabeza.
—¿Los Kilsaney no estaban en casa? —inquirí.
Él se rió mientras se acercaba, por suerte no enfadado, sino divertido.
—Han decidido que no querían ningún libro porque, al parecer, además de la segunda planta y gran parte de las paredes y hasta el tejado, les ha desaparecido el estante.
Solté una risita.
—Muy graciosa, señorita Goodwin.
—Señora, gracias.
—Soy Marcus. —Tendió la mano y yo se la estreché.
—Tamara.
—Bonito nombre —dijo amablemente. Se apoyó en la columna de madera del porche—. Ahora en serio, ¿sabes dónde vive el tal sir Ignatius Power de las Hermanas de la Caridad?
—Espera, déjame ver eso. —Le cogí la tablilla—. No es «sir», es «Sr.». La abreviatura de «sister», hermana —dije despacio—. Bobo. —Le di en la cabeza con ella—. Es una monja. —Así que no era un travestí.
—Ah. —Rompió a reír y yo agarré el extremo de la tabla y lo sujeté con firmeza. Él tiró con más fuerza y me sacó al porche. Así de cerca era más mono aún—. Entonces, ¿eres tú, hermana? —quiso saber—. ¿Has sentido la llamada?
—Para lo único que me llaman es para comer.
Él se echó a reír.
—Entonces, ¿quién es esa mujer?
Me encogí de hombros.
—Te has propuesto hacer que me pierda, ¿no?
—La verdad es que llegué ayer, así que ando tan perdida como tú.
No sonreí al decirlo, y él tampoco lo hizo. Lo pilló.
—Pues espero por tu bien que no sea cierto. —Miró la casa—. ¿Vives aquí?
Me encogí de hombros.
—¿Ni siquiera sabes dónde vives?
—Eres un desconocido que va en un autobús lleno de libros. ¿De veras crees que voy a decirte dónde vivo? He oído hablar de vosotros —añadí mientras me apartaba de la casa y me dirigía al autobús.
—¿Ah, sí? —Me siguió.
—Había un tío como tú que tentaba con chupa-chups a los niños para que se subieran al bus y cuando estaban dentro los encerraba y se iba.
—Ya, he oído hablar de él —contestó, y los ojos se le iluminaron—. Pelo negro, largo y grasiento, nariz grande, piel blanca, iba bailoteando por ahí con unos pantalones ceñidos y cantaba mucho. ¿Le gustaban las cajas de juguetes?
—Es ése. ¿Es amigo tuyo?
—Toma —buscó en el bolsillo superior y se sacó la identificación—. Tienes razón, debería habértela enseñado antes. Es una biblioteca pública, con permiso y demás. Todo oficial. Así que te prometo que no te encerraré dentro.
A menos que yo se lo pidiera. Miré la identificación.
—Marcus Sandhurst.
—Ése soy yo. ¿Quieres echarle un vistazo a los libros? —Alargó el brazo hacia el autobús—. La cuadriga te espera.
Eché una ojeada y no había nadie cerca, incluida mi madre. La casita de enfrente también parecía desierta. Como no tenía nada que perder, me subí al autobús y, al hacerlo, Marcus canturreó «Niños» con la voz del Atrapaniños, y soltó una carcajada. Yo también me reí.
Dentro ambas paredes estaban llenas de cientos de libros. Divididos en distintas categorías, fui pasando un dedo por ellos sin leer realmente los títulos, un tanto alerta por encontrarme en el autobús con un desconocido. Creo que Marcus se dio cuenta, porque se apartó un tanto de mí, dejándome espacio, y se situó junto a la puerta, que estaba abierta.
—Y ¿cuál es tu libro preferido? —le pregunté.
—Pues… Scarface.
—Eso es una película.
—Basada en un libro —adujo él.
—No es verdad. ¿Cuál es tu libro preferido?
—Coldplay —contestó—. La pizza…, no sé.
—Vale —reí—. Así que no lees.
—No. —Se sentó a una mesa—. Pero espero que esta experiencia suponga un cambio a mejor y me acabe gustando leer. —Lo dijo con lentitud, con la voz tan apagada y poco convincente que fue como si repitiera algo que había estado diciéndose.
Lo escruté.
—Entonces, ¿qué pasó?, ¿que papi le pidió a su amigo que te diese un empleo?
Su mandíbula se endureció y él guardó silencio un rato. Yo me sentí fatal, me arrepentí de haber hecho ese comentario. Ni siquiera sé por qué lo dije. Ni siquiera sé cómo se me ocurrió. Sólo me dio la extraña sensación de que no iba muy descaminada. Creo que tal vez una parte de mí se viera reflejada en él.
—Lo siento, no ha tenido ninguna gracia —me disculpé—. Dime, ¿cómo va esto? —inquirí para romper la tensión—. ¿Vas por las casas repartiendo libros?
—Funciona igual que una biblioteca —respondió Marcus, aún un tanto frío conmigo—. Vienes y te haces el carnet de socio para poder sacar libros. Voy a las poblaciones donde no hay bibliotecas.
—Ni seres vivos —apunté, y él se rió.
—Esto se te hace duro, ¿eh, urbanita?
Pasé por alto la observación y seguí escudriñando los libros.
—¿Sabes lo que de verdad le gustaría a la gente de aquí en lugar de libros?
Me dedicó una sonrisa insinuante.
—Eso no —me reí—. Podrías ganarte un dinero con esto si te deshicieras de los libros.
—Bueno, no es que sea una idea muy educativa —me respondió.
—Es que por aquí no hay autobuses. Por lo visto hay un pueblo a quince minutos en coche. ¿Cómo se supone que se llega hasta allí?
—Esto…, la respuesta estaría en la pregunta.
—Ya, pero no conduzco, porque… —me interrumpí, y él sonrió—. Porque no sé conducir —terminé.
—¿Qué? ¿Me estás diciendo que tu padre aún no te ha comprado un Mini Cooper? Eso no mola nada —me imitó.
—Tocada.
—Bueno. —Se levantó de la mesa, rebosante de energía—. Ahora tengo que ir a ese sitio. ¿Y si vamos a ese maravilloso pueblo mágico al que no se puede llegar andando?
Solté una risita.
—Vale.
—¿No tienes que avisar a nadie? No quiero que me acusen de secuestro.
—Puede que no conduzca, pero no soy una niña —contesté sin perder de vista la casa de enfrente. Rosaleen se había ido hacía un buen rato.
—¿Estás segura? —inquirió él al tiempo que echaba un vistazo a su alrededor—. Díselo a alguien, por favor.
Parecía nervioso, y por eso cogí el teléfono y llamé a mi madre al móvil, que sabía llevaba un mes sin tocar. Le dejé un mensaje.
—Hola, mamá, soy yo. Estoy a la puerta de la casa, en un autobús lleno de libros con un chico guapo que va a llevarme al pueblo. Volveré dentro de unas horas. Por si no vuelvo, se llama Marcus Sandhurst, mide uno setenta y cinco, tiene el pelo negro, los ojos azules… ¿Algún tatuaje? —le pregunté a él.
Se levantó la camiseta. ¡Menuda chocolatina!
—Tiene una cruz celta en el bajo vientre y una sonrisa bobalicona y no tiene vello en el pecho. Le gustan Scarface, Coldplay y la pizza, y espera aficionarse a los libros en breve. Hasta luego.
Colgué, y Marcus se echó a reír.
—Me conoces mejor que la mayoría de la gente.
—Vamonos de aquí —propuse.
—¿Siempre te portas tan mal? —preguntó.
—Siempre —repliqué, y me subí al asiento del acompañante, dispuesta a salir de Kilsaney Demesne y vivir una aventura.