CAPÍTULO TRECE
El sólido castillo

Estaba en la cama intentando borrar las palabras de Rosaleen, que no paraban de repetirse en mi cabeza. Había una historia que desconocía, eso estaba claro, pero en ese momento no podía hacer nada para tratar de averiguar cuál era y a qué se refería Rosaleen. El día anterior era un capítulo cerrado; el siguiente, sin embargo, era otra cosa. Releí el día siguiente una y otra vez, desbordada de entusiasmo. Había mucho que planear. Repasar en la cama todo lo que debía hacer durante el escaso tiempo que me ofrecía el día siguiente, a sabiendas de que Rosaleen y Arthur no volverían hasta la una en punto, no me ayudó mucho a relajarme. Era una húmeda noche de julio. O bien iba a estallar una tormenta nocturna o al día siguiente haría un calor abrasador. Abrí la ventana de mi habitación con la esperanza de que entrase algo de aire y retiré las mantas con los pies. Permanecí tumbada bajo la luz azul de la luna contemplando el aceitoso cielo cuajado de estrellas.

Mientras escuchaba el silencio, oí de pronto el ulular de los buhos, la llamada de atención esporádica de ovejas y vacas; los sonidos de la noche campestre a los que me había acostumbrado se colaron en mi cuarto. De vez en cuando soplaba una brisa leve y grata, y con ella yo oía el suave susurro de las hojas en los árboles, también ellas agradecían el aire fresco. Al final me entró algo de frío y, al alargar el brazo para cerrar la ventana, caí en la cuenta de que lo que yo creía gorjeos de pájaros en realidad eran voces lejanas. En el campo, a saber cuánta distancia podían recorrer esos sonidos, pero al aguzar el oído de nuevo percibí el claro subir y bajar de conversaciones y risas repentinas, tal vez música, y otra vez silencio cuando la brisa dejó de arrastrar los sonidos. Procedían del castillo.

Eran las 23.30. Me puse un chándal y unas zapatillas de deporte; el suelo crujía bajo mis pies mientras me movía por la habitación procurando hacer el menor ruido posible. Con cada crujido me quedaba paralizada, temiendo que el gigante dormido despertara de un momento a otro. Aparté la silla de la puerta del dormitorio y la abrí con cuidado. Sería toda una hazaña bajar y salir sin poner sobre aviso a la dueña de la casa. Oí toser a Rosaleen y me detuve, luego cerré la puerta de mi habitación. No la había oído toser ninguna otra noche, y lo interpreté como una advertencia.

Me subí a la cama para no caminar por el ruidoso suelo y llegué por ella hasta la ventana. El colchón, viejo y de muelles, hacía ruido, pero al menos el sonido estaba justificado, como si yo diera vueltas en la cama. Cogí la linterna de la mesilla y abrí más la ventana. Por tamaño podía salir por ella sin problema. Mi habitación estaba justo encima del porche. Aunque el tejado era puntiagudo, si me concentraba como era debido, podía aterrizar en él. Desde allí resultaría relativamente sencillo descolgarme hasta la barandilla de madera del porche y, de ahí, al suelo. Fácil.

De pronto la puerta del dormitorio de Rosaleen y Arthur se abrió y en el pasillo resonaron unos pasos rápidos. Me metí en la cama de prisa y corriendo y me eché el edredón hasta el cuello, asegurándome de que no se vieran el chándal, las zapatillas y la linterna. Apreté los ojos justo cuando se abrió la puerta de mi cuarto. La ventana estaba abierta de par en par y, a mis aguzados oídos, las lejanas voces parecían tan ruidosas que no me cupo la menor duda de que se me vería el plumero.

El corazón empezó a latirme con fuerza en el pecho cuando de pronto alguien entró en mi habitación. Las maderas del suelo crujieron, una por una, cuando la figura se acercó a mí. Era Rosaleen. Lo supe por su forma de contener la respiración, por su olor. El crujido cesó, lo que significaba que ella permanecía inmóvil. Observando. Observándome.

Me costó lo mío no abrir los ojos. Traté de relajar los párpados, de impedir que los ojos se movieran mucho. Traté de respirar con normalidad, un tanto más fuerte de lo habitual para demostrar que estaba profundamente dormida. Noté que un cuerpo se cernía sobre mí y estuve a punto de levantarme de un salto para atacarlo, pero oí que la ventana se cerraba y comprendí que Rosaleen se había inclinado para llegar hasta ella. Me planteé abrir los ojos, pillarla, montarle un numerito. Pero ¿qué ganaba con eso?

—Rosaleen —oí silbar a alguien desde la puerta—, ¿qué estás haciendo?

—Sólo me aseguro de que está bien.

—Pues claro que está bien, ya no es una niña. Vuelve a la cama.

Sentí una mano en la mejilla y luego unos dedos que me metieron delicadamente el pelo tras la oreja, como solía hacer mi madre. Después me temí que apartara el edredón y quedara al descubierto mi traje de ronda nocturna, pero sólo percibí su aliento en mi rostro y el roce de sus labios en mi frente, besándome con dulzura, y a continuación se fue. La puerta se cerró.

«Ya no es una niña.»

Cuando se hubo ido, esperé a volver a oír los ronquidos de Arthur, me levanté de la cama, abrí la ventana y, sin pensarlo dos veces, salí por ella y aterricé sin hacer ruido en el arco de pizarra del porche. Sólo cuando me vi en la hierba y miré la casa, mi habitación, la ventana cerrada, comprendí lo que significaba el mensaje que me había dejado a mí misma de no cerrar la ventana.

Con la linterna encendida me dirigí hacia el castillo siguiendo las voces. Delante no veía gran cosa, el resto del mundo había sido engullido por el agujero negro de la noche. Los árboles parecían guardar más secretos si cabe de noche, y en la oscuridad los «chsss» que se susurraban me hacían pensar que había más cosas que no me decían. A medida que me fui acercando al castillo oí voces, olí a humo, oí música, percibí el tintineo de vasos o botellas. Vi luz procedente de la entrada y la habitación que seguía con las ventanas intactas a la derecha. A la izquierda y al fondo las demás habitaciones se hallaban a oscuras. Apagué la linterna y me encaminé hacia la parte posterior, pasando por dos estancias desde las que, estoy segura, se disfrutaba de unas vistas grandiosas del lago que había detrás y el centenar de escalones que bajaban hasta él. Llegué a la habitación de la ventana por la que había salido antes y agucé el oído.

Unas velitas con forma de estrella recorrían el viejo muro. Por la estancia bailoteaban estrellas amarillas y, creyendo que estaba desierta, me asomé a echar un vistazo, aunque las auténticas, que resultaban visibles por la ventana de enfrente, eran mucho más impresionantes. Pensaba que era la única que las contemplaba hasta que oí que alguien se estaba besando. Y acto seguido un grito.

Muchas carreras, muchos «chsss», muchas latas y botellas derribadas. Muchos susurros. Después sentí que una mano me tiraba del pelo y me cogía por el cogote y me arrastraba literalmente hasta el castillo.

—Eh, suéltame. —Pataleé—. Quítame las putas manos de encima.

Traté de zafarme de las manos que me agarraban la cintura, que sin duda eran de hombre, pues me llevaban medio en volandas, medio a rastras. Agradecí a Rosaleen la dieta rica en hidratos de carbono y los kilos que había engordado desde que llegué, pues de lo contrario quien fuera me habría llevado al hombro con facilidad. Una vez dentro y ya con los pies tocando el suelo, mi captor siguió rodeándome la cintura con el brazo y permaneció detrás de mí. Yo volví la cabeza unas cuantas veces y vi a un tío feo con pelusilla en el mentón. Seis personas me miraban con fijeza, unas sentadas en la escalera; otras, en cajas en el suelo. Me entraron ganas de gritarles que se fueran de mi casa.

—Nos estaba espiando —dijo la que había gritado, que llegó a la puerta jadeando, como si estuviese a punto de desmayarse por la odisea.

—No estaba espiando —revolví los ojos—. Vaya una chorrada.

—Es americana —afirmó un chico.

—No soy americana.

—Hablas como una americana —apuntó otro.

—Anda, si es Hannah Montana.

Carcajadas.

—Soy de Dublín.

—No es verdad.

—Sí que lo es.

—Estás muy lejos de Dublín.

—Sólo he venido a pasar el verano.

—De vacaciones —dijo alguien, y todos se echaron a reír de nuevo.

Un chico apareció en la puerta, detrás de la que había chillado. Estuvo escuchando un rato mientras yo intentaba defenderme con una voz estridente y bochornosa que no parecía controlar, y me pregunté cómo demonios había acabado siendo la que no molaba en esa habitación llena de paletos.

—Gary, suéltala —ordenó finalmente el recién llegado.

Gary mentón-de-pelusilla me soltó en el acto. Y yo ya sabía quién era el líder.

Una vez libre, me dispuse a contraatacar.

—¿Alguna pregunta más en la sala? Tal vez usted, señor, el de la chaqueta de borreguillo y las Doc Martens. ¿Le gustaría preguntarme por los días en que Guns N’Roses eran guays?

Alguien se sonrió, recibió un codazo y a continuación lanzó un grito de dolor. Gary mentón-de-pelusilla, aún detrás de mí, me dio en la espalda. Me hizo daño.

—Es que os he oído desde mi habitación. Estaba en la cama. —Caí en la cuenta de que parecía una petarda de campeonato, como una niña que interrumpiera la cena que daban sus padres.

—¿Vives cerca?

—Está mintiendo.

—¿Ah, sí? Y ¿dónde coño crees que vivo? ¿Crees que he venido volando desde Los Angeles para dar un paseo a medianoche?

—¿Estás en la casa del guarda?

—La casa del guarda real —dijo otro, y todos rompieron a reír.

Vale, desde luego no estábamos hablando de Buckingham Palace, pero era mucho mejor que muchas de las otras casuchas que había visto cuando veníamos en coche. Miré a uno y a otro intentando decidir cuál sería mi respuesta. ¿Sería muy estúpido por mi parte decirles dónde estaba?

—Ah, no, vivo en una cuadra y duermo con cerdos, como vosotros —espeté—. No sé cuál es vuestro puto problema. Ése tampoco tiene pinta de ser de aquí.

Me refería al líder de la pandilla, el muchacho moreno que seguía en la puerta, mirándome. Si te toman de rehén, ve por el líder, machácalo. Lo cierto es que no fue la mejor idea del mundo.

Todos se miraron con los ojos muy abiertos, y yo oí que decían una y otra vez «racista».

—Eso no es racismo. —Revolví los ojos—. Va vestido de Dsquared. La última vez que fui a paletolandia, cero habitantes, no tenían Dsquared.

No estaba siendo muy lista, la verdad. He visto Defensa: sé lo que pueden obligarte a hacer, y ya los había acusado de dormir con cerdos, lo que no era precisamente un buen comienzo de lo que con toda probabilidad debería haber sido una disculpa. Vi brillar los dientes del líder, que esbozó una breve sonrisa y después se tapó la boca con la mano cuando el resto del grupo se pusieron como locos, enfrentándose conmigo mientras me señalaban con el dedo y me llamaban racista una y otra vez, aunque yo ya les había explicado con toda claridad por qué creía que el chico destacaba. El de la puerta los mandó callar y, después de tratar de razonar con la chillona y con un par de borrachos, me agarró, me sacó afuera, me hizo rodear el castillo y me llevó de vuelta al escenario del crimen: la ventana desde la que supuestamente espiaba.

—Ahora es cuando finges que me matas pero en realidad me dejas marchar, ¿no? —pregunté con cierto nerviosismo. Mucho nerviosismo. Vale, pensé que me iba a moler a palos.

Él sonrió.

—Eres Tamara, ¿no?

Me quedé con la boca abierta.

—¿Cómo has sabido…? —Entonces caí—. Tú eres Weseley.

Entonces fue él quien puso cara de sorpresa.

—¿Arthur te ha hablado de mí?

—¿Arthur? Eh…, sí, claro. No para de hablar de ti.

El muchacho parecía confuso.

—También me ha hablado de ti.

—¿Ah, sí?

No creía que Arthur fuese a hablar de mí. Ni siquiera era capaz de imaginar qué diría.

—¿Fumas?

Cogí un cigarro y él encendió una cerilla. Al hacerlo le vi bien la cara. Su tez era color chocolate con leche, no ébano, sino de un moreno precioso. Tenía los ojos grandes y marrones, y las pestañas tan largas que por un momento sentí celos, ya que en mi otra vida me gastaba un montón de la paga que me daban en pestañas falsas con purpurina. Sus labios eran grandes y jugosos, sus dientes absolutamente rectos y blancos, la mandíbula bonita, los pómulos perfectos. Era tan atractivo que me asaltó una especie de celos. Y más alto que yo, me sacaba una cabeza. La cerilla le quemó el dedo, y él la tiró. Entonces caí en la cuenta de que también debía de estar mirándome. Prendió otra para encender el cigarrillo y yo di una calada. Hacía mucho que no fumaba.

—Gracias.

—De nada.

—¿Qué coño estás haciendo, Wes? Ah, y ahora te fumas un cigarro con ella. Supongo que sabrás que es pariente de esa familia de raros. —La chillona rodeó la esquina, detrás iba otra chica, y se acercó a nosotros haciendo eses e inundando el aire del aroma de una cesta regalo de Body Shop.

—Tranquilízate, Kate —respondió él.

—No, no me da la puta gana de tranquilizarme… —Continuó con toda una retahíla de estupideces de borracho y después se puso a darle una y otra vez con el bolso. Su amiga la apartó—. Vale. —Se zafó de la amiga y acto seguido la agarró antes de caer, a punto de arrastrarla consigo—. De todas formas, me voy a casa.

—¡Ay! —Miré a Weseley.

—No ha sido nada.

—Un Louis Vuitton falso, ¿estás de broma? Sólo verlo me ha dolido.

—Eres una esnob —contestó él sonriendo.

—Y tú un mal novio.

—No es mi novia.

—Si tú lo dices.

—¿Quieres beber algo?

Asentí con excesivo entusiasmo, y él rompió a reír y salió de cabeza por la ventana, desapareciendo en el castillo. Yo lo seguí.

—Eh, Weseley, no irás a darle a Hannah Montana nuestras latas, ¿no?

Weseley desoyó a Gary y me tendió una lata.

—¿Qué es esto?

—Diamond White.

—Ni idea.

—¿Cómo explicártelo para que lo entiendas? —Se paró a reflexionar—. Piensa que es champán, pero hecho con manzanas.

Revolví los ojos.

—Si crees que bebo champán, es que no me conoces.

—Es que no te conozco. Es sidra. Los americanos la llaman de otra manera.

—No soy americana.

—No hablas como una irlandesa.

—Pues tú tampoco pareces irlandés. Puede que la idea que tiene el mundo de lo irlandés haya cambiado. —Proferí un grito ahogado que pretendía ser sarcástico—. Dios mío, ¿a quién se lo decimos?

—Mi madre es pelirroja y tiene pecas.

—Entonces será sueca.

Él se rió y después señaló una caja que tenía yo detrás y me senté. Él se sentó enfrente.

—¿De dónde es tu padre?

—De Madagascar.

—Mola, ¿como en la peli?

—Ajá, igualito que la peli de Disney —recalcó.

—¿Has estado allí?

—No.

—¿Cómo es que tu padre se vino aquí?

—Por.

—Ah. —Asentí para indicar que lo entendía—. Siempre es un buen motivo.

Ambos rompimos a reír.

En la habitación contigua alguien volvió a decir que yo era racista.

—Sólo me refería a tu ropa —aseguré en voz baja—. Vistes mejor que ese John Boy de ahí, y que Mary Ellen[2], la que se marchó con sus Uggs de pega y esa peste a zarzamora.

Él se rió de nuevo y echó una bocanada de humo al mismo tiempo; sus ojos estaban clavados en los míos.

—No es mi novia.

—Eso es lo que tú dices, pero no lo que me han dicho mis supergafas de espía.

—Ya, bueno, eso fue… —Aplastó el pitillo y a continuación metió la colilla en un bote, un gesto que agradecí: me sentía como el padre que vuelve a casa y descubre que los hijos se la han destrozado—. Hay autobuses, ¿sabes? —dijo—. Cosas con ruedas que llevan a la gente hasta la gran ciudad.

—¿De dónde salen? —Creo que mi reacción habría sido la misma si me hubiera desvelado el remedio contra el cáncer. Un modo de salir de allí…

—De Dunshaughlin. A menos de media hora en coche.

—Y ¿cómo llegas hasta allí?

—Me lleva mi padre.

Pues el mío ha muerto.

—Por cierto, ¿esto es tuyo? —Se puso a hurgar en una bolsa y me dio un lápiz, el que robé del escritorio de Arthur y perdí el día anterior.

«Me dio la impresión de que había alguien. Como si alguien me estuviera observando.»

—¿Estuviste aquí ayer?

—Eh… —Se paró a pensar.

—No tendrías que pararte a pensarlo —espeté.

—No lo sé. No. Sí. No, no lo sé. Me he encontrado el lápiz esta noche, si es a eso a lo que te refieres.

—¿No estuviste ayer aquí, cuando estaba yo?

—Vengo casi todos los días, con Arthur.

Así y todo, no contestó a la pregunta.

—¿Ah, sí?

—Bueno, tengo que hacerlo.

—¿Tienes que hacerlo?

—Trabajo con él.

—Ah.

—Creía que habías dicho que Arthur te lo había dicho.

—Ah…, sí. Y ¿sabe Rosaleen que trabajas con Arthur?

Él asintió.

—No creo que le haga mucha gracia que yo ande por aquí, pero desde que Arthur se fastidió la espalda, necesita que alguien le eche una mano.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando con él?

Se paró nuevamente a pensar y clavó la vista a lo lejos.

—A ver, llevo con él… unas tres semanas.

Me eché a reír.

—Nos mudamos aquí el mes pasado —explicó.

—¿De veras? —Me sentí aliviada: era de los míos—. ¿De dónde?

—De Dublín.

—¡Como yo! —Mi entusiasmo fue demasiado del estilo de Los cinco—. Lo siento. —Noté que me ruborizaba—. Es sólo que me pone un poco nerviosa conocer a un miembro de la misma especie. Y ¿cómo has conseguido ser el líder en tan poco tiempo? ¿Lanzaste un hechizo? ¿Les enseñaste a encender fuego?

—Creo que la educación ayuda mucho. Espiar, colarse en una fiesta e insultar no es lo mejor cuando se quiere encajar.

—Yo no quiero encajar —solté, malhumorada—. Quiero salir de este sitio.

Ambos guardamos silencio.

—¿Sabes algo de lo que pasó aquí? ¿En este castillo? —inquirí.

—¿Te refieres a lo de los normandos y demás?

—No, a eso no: a lo que fue de la familia que vivía aquí, no hace tanto.

—Hubo un incendio, o algo, y se fueron.

—Vaya, deberías escribir libros de historia.

—Hemos venido hace nada —sonrió—. ¿Por qué quieres saberlo?

—Por nada.

Me escrutó un rato.

—Podemos preguntarles, si quieres.

Se refería al grupito de al lado.

En la habitación contigua se oyeron carcajadas. Creo que estaban jugando a la botella.

—No, no importa.

—La hermana Ignatius lo sabrá. La conoces, ¿no?

—¿Cómo lo sabes?

—Ya te lo he dicho, trabajo aquí. No soy ciego.

—Pero no te he visto nunca.

Weseley se encogió de hombros.

—Me dijo que les preguntara a Rosaleen y a Arthur —repuse.

—Pues hazlo. ¿Sabes que Rosaleen vivió toda su vida en la casita que hay al otro lado de la carretera? Si alguien lo sabe, es ella. Probablemente pueda contarte todo lo que ha pasado aquí durante los últimos doscientos años.

No podía decirle que en el diario ponía que no debía preguntarle nada.

—No sé… No creo que quieran hablar de ello. Rosaleen es tan reservada… Seguro que conocían a la gente y, si alguien murió, en fin, no quiero que se me escape. Me refiero a que es probable que aún los conozcan. No creo que Arthur trabaje gratis. Ahora que lo pienso —chasqueé los dedos—, ¿quién te paga a ti?

—Arthur. En efectivo.

—Ah.

—Y ¿cómo es que estás aquí?

—Ya te lo he dicho, os he oído desde mi habitación.

—No, me refiero a aquí, en Kilsaney.

—Ah.

Silencio. Me puse a pensar de prisa. Cualquier cosa menos la verdad. No quería que me compadeciera.

—Creía que Arthur te había hablado de mí.

—Tendrían que concederme un premio si fuera capaz de sonsacarle algo más. Sólo dijo que tu madre y tú estáis viviendo con ellos.

—Es que, ya sabes, hemos tenido que mudarnos. Durante un tiempo. Probablemente sólo durante el verano. Vendimos nuestra casa, y estamos esperando para comprar otra.

—Y ¿tu padre no está?

—No, no, mi padre, esto…, dejó a mi madre, por otra.

—Uy, lo siento mucho.

—Ya, bueno…, es una modelo de veinte años. Famosa. Siempre está en las revistas. Me lleva de fiesta con ella.

Él frunció el ceño y yo me sentí idiota.

—¿Lo sigues viendo?

—No. Ya no.

Seguía las reglas del diario: «No debería haberle contado a Weseley lo de papá.» Pero no me sentía mejor. Ya le estaba mintiendo a Marcus, algo que en cierto modo resultaba justificable, puesto que todo lo relacionado con Marcus era una gran mentira, pero no me apetecía mentirle a Weseley. Además, acabaría enterándose por Arthur, dentro de unos diez años.

—Weseley, lo siento, eso es mentira. —Me restregué la cara—. Mi padre… ha muerto.

Él se irguió.

—¿Qué? ¿Cómo?

«Debería haber dicho otra cosa, como que había muerto en la guerra o, no sé, sencillamente otra cosa, una muerte más normal.»

—De cáncer. —Quería que dejáramos de hablar de eso en el acto. No podía entrar ahí. Sencillamente no podía. Quería que él dejara de hacerme preguntas—. De testículos.

—Ah.

Así fue como lo conseguí.

Después me marché. Le di las gracias y salí por la ventana. A medio camino de la casa, paré, di media vuelta y volví corriendo.

—Weseley —musité, un tanto jadeante, junto a la ventana. Él estaba recogiendo todas las latas y las colillas de la habitación de las ventanas.

—¿Te has dejado algo?

—Esto…, sí —repuse entre susurros.

—¿Por qué susurras? —preguntó, risueño, y se acercó a la ventana y se acodó.

—Porque, bueno… No quiero decir esto en voz alta.

—Vale. —Su sonrisa se esfumó.

—Pensarás que soy rara…

—Ya pienso que eres rara.

—Ah. Vale. Es que… mi padre no murió de cáncer.

—¿No?

—No. Sólo lo he dicho porque era más fácil. Aunque lo de los testículos no lo ha sido. Ha sido raro.

Él esbozó una sonrisa dulce.

—¿Cómo murió?

—Se suicidó. Se tragó un frasco de pastillas con whisky. A propósito. Y yo lo encontré. —Tragué saliva.

Ahí estaba: el cambio de cara del que había escrito. Aquella mirada de compasión, la mirada agradable que uno le dedicaría a alguien horrible. Weseley guardaba silencio.

—Es que no quería mentir. —Hice ademán de marcharme.

—Vale. Gracias por contármelo.

—No se lo había contado a nadie.

—No se lo contaré a nadie.

—Vale, gracias. Ahora tengo que irme.

Menuda vergüenza.

—Buenas noches.

Él se asomó un poco más a la ventana y alzó la voz.

—Nos vemos, Tamara.

—Sí, claro.

Sólo quería marcharme de allí.

El grupo, en la entrada, se puso a silbar y a reír, y yo corrí a esfumarme en la oscuridad.

Esa noche aprendí algo importante: no hay que tratar de impedir que pase todo. A veces se supone que hay que sentirse incómodo. A veces se supone que hay que ser vulnerable ante los demás. A veces es necesario, ya que gracias a ello se descubre una parte distinta de uno mismo, al día siguiente. El diario no siempre tenía razón.