21
Cuando llegué al piso, Louis había regresado. Intuí su presencia al subir la escalera. Sólo quedaban unas horas de la noche para ambos, pero me alegré tanto de verle que entré directamente en el saloncito delantero, en el que se encontraba a la ventana, contemplando la vista de la Rué Royale.
La habitación estaba llena de lámparas encendidas, y las pinturas de Matisse y Monet parecían cantar sobre las paredes.
Louis se había quitado sus ropas manchadas de sangre y llevaba una sencilla camisa negra de algodón con el cuello vuelto y un pantalón negro. Se había puesto unos zapatos viejos y rotos, que en otros tiempos habían llamado la atención por su elegancia.
Cuando entré en la habitación se volvió y me abrazó. Con él, yo podía dar rienda suelta al afecto que había reprimido enérgicamente con Merrick. Lo abracé con fuerza y le besé como los hombres besan a otros hombres cuando están solos. Le besé su pelo negro y sus ojos, y luego le besé en los labios.
Por primera vez desde que estábamos juntos, sentí un gran afecto hacia él, una profunda afinidad, pero algo le hizo tensarse de pronto, involuntariamente.
Era el dolor que le producía la herida en el pecho.
—Debí acompañarte —confesé—. No debí dejarte marchar solo, pero pensé que Merrick me necesitaba. Y me quedé con ella. Era mi obligación.
—Por supuesto —respondió Louis—, yo no te habría permitido abandonarla. Te necesitaba mucho más que yo. No te preocupes por la herida, ha empezado a cicatrizar. Llevo décadas deambulando por los caminos del diablo y sé que dentro de unas noches habrá cicatrizado por completo.
—No es cierto, y tú lo sabes —protesté—. Permite que te dé mi sangre, es mucho más potente que la tuya. No me rechaces, escúchame. Si no quieres beber mi sangre, deja que yo la derrame en tu herida.
Louis estaba trastornado. Se sentó en una butaca y apoyó los codos en las rodillas. Yo no podía ver su rostro. Me senté en una butaca junto a él y esperé.
—No tardará en cicatrizar, te lo aseguro —dijo suavemente.
Yo dejé correr el asunto. ¿Qué podía hacer? Pero vi que la herida le dolía mucho. Lo noté incluso en sus pequeños gestos, por la forma en que comenzaban con fluidez y se interrumpían bruscamente.
—¿Qué opinas del espíritu? —pregunté—. Prefiero oírlo de tus labios antes de contarte lo que piensa Merrick y lo que yo vi.
—Ya sé lo que pensáis ella y tú —contestó Louis.
Por fin alzó la vista y se sentó con cuidado en la butaca. Por primera vez observé en su camisa una mancha oscura. La herida seguía sangrando. Eso no me gustó. No me gustó verlo manchado de sangre, como tampoco me gustó ver a Merrick manchada de sangre. En aquellos momentos comprendí lo mucho que los amaba a ambos.
—Los dos pensáis que el espíritu se aprovechó de mis temores —dijo con calma—. Antes de que comenzáramos, ya supuse que dirías eso. Pero ten en cuenta que yo también la recuerdo con claridad. Conozco su acento francés, sus cadencias, su forma de expresarse. Era Claudia, que había surgido de las tinieblas tal como afirmó, de un lugar atroz en el que no ha hallado la paz.
—Ya conoces mis argumentos —repuse meneando la cabeza—. ¿Qué vas a hacer ahora? Sea cual sea tu plan, no puedes seguir adelante con él sin revelarme de qué se trata.
—Ya lo sé, mon ami, lo sé de sobra —respondió Louis—. Quiero que sepas que no permaneceré mucho tiempo junto a ti.
—Louis, te suplico…
—Estoy cansado, David, estoy dispuesto a cambiar un dolor por otro. Ella dijo algo que no puedo olvidar. Me preguntó si estaría dispuesto a renunciar a mis comodidades por ella, ¿lo recuerdas?
—No, mi viejo amigo, te equivocas. Ella te preguntó si estabas dispuesto a renunciar a tus comodidades a cambio de la muerte, pero no te prometió que estaría contigo. De eso se trata. Ella no estará contigo. He perdido la cuenta de los años que pasé estudiando en Talamasca la historia de apariciones y sus mensajes, los años que dediqué a estudiar los relatos en primera persona de aquellos que habían tenido tratos con fantasmas y habían anotado sus palabras. Piensa lo que quieras sobre el más allá. No tiene mayor importancia. Pero si eliges la muerte, Louis, no podrás volver a elegir la vida. Ahí terminan tus convicciones. No hagas esa elección, te lo imploro. Quédate por mí, si no quieres hacerlo por otra razón. Quédate por mí, porque te necesito, y quédate por Lestat, porque también él te necesita.
Por supuesto, mis palabras no le sorprendieron. Se llevó la mano izquierda al pecho y oprimió la herida ligeramente al tiempo que un rictus de dolor desfiguraba su rostro durante unos instantes. Luego meneó la cabeza
—Por ti y por Lestat, sí, he pensado en ello. Pero ¿y ella? ¿Y nuestra hermosa Merrick? ¿Qué necesita también de mí?
Me pareció que tenía mucho más que decir al respecto, pero de pronto calló, frunció el ceño y volvió la cabeza. Tenía un aspecto juvenil e increíblemente inocente.
—¿Lo has oído, David? —preguntó Louis con creciente nerviosismo—. ¡Escucha! Sólo oí los ruidos de la ciudad.
—¿Pero qué te pasa? —le pregunté.
—Escucha, David. Está a nuestro alrededor. —Se levantó sin dejar de oprimir con la mano izquierda la herida del pecho—. Es Claudia, la música, el clavicémbalo, David. La oigo en todas partes. Claudia me está llamando. Lo sé. Me levanté apresuradamente y le sujeté con fuerza.
—No vas a hacerlo, amigo mío, no puedes hacerlo sin despedirte de Merrick, sin despedirte de Lestat, y no quedan suficientes horas esta noche para que te despidas de ellos.
Louis tenía los ojos fijos en el infinito, como ausente y reconfortado a la vez, y su rostro reflejaba una expresión dulce y sumisa.
—Conozco esa sonata, la recuerdo. Sí, a ella le encantaba porque Mozart la compuso de niño. ¿No la oyes? Pero en cierta ocasión la oíste, ¿te acuerdas? Es preciosa, y con qué rapidez la toca mi Claudia.
Louis soltó una carcajada entrecortada. Las lágrimas anegaban sus ojos, nublados por la sangre.
—Oigo cantar a los pájaros. Escucha. Los oigo cantar en su jaula. Los otros, los de nuestra especie que han oído hablar de ella, la consideran cruel, pero no lo es. Sabía cosas que yo no llegué a aprender hasta al cabo de varias décadas después. Conocía secretos que uno sólo aprende con el sufrimiento…
No terminó la frase. Se liberó con delicadeza de mi abrazo, se encaminó hacia el centro de la habitación y se volvió, como si la música sonara realmente a su alrededor.
—¿No comprendes que me ha hecho un favor? —murmuró—. La música sigue sonando cada vez más rápida, David. Te escucho, Claudia. —Louis se detuvo y se volvió de nuevo, recorriéndolo todo con la vista pero sin ver nada—. No tardaré en reunirme contigo, Claudia.
—Está a punto de amanecer, Louis —dije—. Ven conmigo.
Louis permaneció inmóvil, cabizbajo, con las manos reposando a cada lado del cuerpo. Parecía infinitamente triste y derrotado.
—¿Ha cesado? —pregunté.
—Sí —respondió Louis. Alzó la vista lentamente, perdido durante unos momentos, pero enseguida recobró la compostura. Me miró—. Qué más da dos noches más o menos, ¿verdad? Así podré darle las gracias a Merrick. Podré darle la fotografía. Quizá la quieran los de Talamasca —agregó señalando la mesa, la mesa baja y ovalada colocada delante del sofá.
Vi sobre la mesa el daguerrotipo. La imagen de Claudia me sobresaltó al mirarla a los ojos. Sentí deseos de cerrar el pequeño estuche pero no lo hice. Comprendí que no podía consentir que la fotografía cayera en manos de los de Talamasca. No podía permitir que tuvieran contacto con aquélla, y menos que unos videntes tan poderosos como Merrick se apropiaran de un objeto tan potente. No podía permitir que quedara una prueba como ésa, que los de Talamasca investigaran lo que nosotros habíamos contemplado esa noche. Pero me abstuve de expresar lo que pensaba.
Louis seguía de pie, elegante con su atuendo de un negro desteñido, sumido en un ensueño. La sangre reseca en sus ojos le daba un aspecto terrorífico; desvió de nuevo la mirada, alejándose de mi apasionada compasión, rechazando el consuelo que yo pudiera ofrecerle.
—Reúnete mañana conmigo —dije. Louis asintió con la cabeza.
—Los pájaros han desaparecido —murmuró—. Ni siquiera percibo el sonido de la música en mi cabeza. —Parecía insoportablemente deprimido.
—En el lugar que ella describió todo es silencio —dije con cierta desesperación—. Piensa en ello, Louis, y reúnete conmigo mañana por la noche.
—Sí, amigo mío, ya te lo he prometido —contestó aturdido. Luego frunció el ceño, como tratando de recordar algo
—. Debo darle las gracias a Merrick, y a ti, por supuesto, mi viejo amigo, por hacer lo que te pedí. Salimos juntos del piso.
Louis se encaminó al lugar donde yace durante el día, cuya ubicación desconozco.
Yo disponía de más tiempo que él. Al igual que Lestat, mi poderoso creador, la primera insinuación del amanecer no me perseguía hasta la tumba. Hasta que el sol no asomaba por el horizonte, no experimentaba el sueño paralítico de un vampiro.
Disponía de una hora o más, aunque los pájaros matutinos se habían puesto a cantar en los pocos árboles que quedaban en el Barrio Francés. Cuando llegué a la parte alta de la ciudad, el cielo había pasado de un azul intenso a un suave violeta crepuscular, y me detuve unos momentos para admirarlo antes de entrar en el polvoriento edificio y subir la escalera.
No se oía nada en el antiguo convento. Hasta las ratas lo habían abandonado. Sus gruesos muros de ladrillo estaban fríos, aunque era primavera. Mis pasos resonaron, como de costumbre; no traté de sofocarlos. Era una señal de respeto hacia Lestat dejar que sonaran para anunciarle mi llegada antes de penetrar en sus vastos y austeros dominios. El amplio patio estaba desierto. Los pájaros cantaban ruidosamente en los frondosos árboles de la Avenue Napoleón. Me detuve y contemplé una de las ventanas superiores. Me entraron deseos de dormir de día en las elevadas ramas del cercano roble. Qué idea tan disparatada, aunque quizás existiera a lo lejos, lejos de todo el dolor que habíamos experimentado aquí, un impenetrable bosque deshabitado en el que yo pudiera construir un nido oscuro y recio para ocultarme entre las ramas, como un insecto malévolo que permanece en estado aletargado antes de despertarse para matar a su presa.
Pensé en Merrick. No podía adivinar lo que este día le deparaba. Temía por ella. Me despreciaba. Y quería a Merrick con desesperación. Quería a Louis. Quería que fueran mis compañeros, por puro egoísmo, pero me parecía que una criatura no podía vivir sin esa simple compañía que yo ansiaba.
Por fin penetré en la inmensa capilla con los muros encalados de blanco. Todas las vidrieras seguían cubiertas con unos paños de sarga negros, tal como era preciso hacer ahora, pues cada vez resultaba más difícil mover a Lestat para colocarlo en un lugar protegido de la luz del sol.
No ardían ningunas velas delante de aquellos majestuosos santos elegidos al azar.
Encontré a Lestat como de costumbre, tendido sobre el costado izquierdo, un hombre reposando, con sus ojos de color violeta abiertos, la maravillosa música de piano emanando del aparato negro dispuesto para que el pequeño disco sonara incesantemente una y otra vez.
Sobre el pelo y los hombros de Lestat se había depositado la habitual capa de polvo. Me horrorizó ver polvo incluso sobre su cara. ¿Pero me atrevería a turbar su sueño para limpiarlo? No lo sabía, y sentí un profundo y terrible pesar. Me senté junto a él.
Me senté donde pudiera verme. Entonces apagué la música bruscamente, y con voz acelerada, una voz más agitada de lo que jamás habría imaginado, le conté toda la historia.
Se lo conté todo, mi amor por Merrick y sus poderes. Le hablé de la petición que me había hecho Louis.
Le hablé del fantasma que había aparecido ante nosotros. Le dije que Louis había escuchado la música de Claudia. Le hablé de la decisión de Louis de abandonarnos dentro de unas pocas noches.
—No sé si existe algo capaz de impedírselo —dije—. Se niega a esperar a que te despiertes, mi querido amigo. Va a marcharse. Y en realidad no puedo hacer nada para disuadirlo. Puedo insistirle en que espere a que te hayas recuperado, pero no creo que esté dispuesto a perder de nuevo el valor para seguir adelante con su plan. Esto es lo que importa, ¿comprendes? Ahora tiene el valor para hacerlo, un valor que durante mucho tiempo no tenía. Le expliqué todos los detalles. Describí a Louis mientras él escuchaba la música que yo no podía oír. Describí de nuevo la sesión de espiritismo. Quizá le conté algunas cosas que antes había omitido.
—¿Se trataba realmente de Claudia? —pregunté—. ¿Quién puede asegurarnos si era ella? Entonces me incliné y besé a Lestat, al tiempo que le decía:
—En estos momentos te necesito mucho. Te necesito, aunque sólo sea para que te despidas de él.
Me incorporé y observé aquel cuerpo dormido. No pude detectar ningún gesto de comprensión ni de postura.
—En una ocasión te despertaste —dije—. Te despertaste cuando tocó su música para ti, pero luego regresaste a tu sueño egoísta llevando esa música contigo. Eso es lo que eres, Lestat, un egoísta, porque has dejado abandonados a los seres que tú creaste, a Louis y a mí. Nos has abandonado, y es injusto. Tienes que despertar de ese letargo, amado maestro, debes hacerlo por Louis y por mí.
No se produjo el menor cambio de expresión en su rostro. Sus grandes ojos color violeta estaban demasiado abiertos para tratarse de un muerto. Pero su cuerpo no daba ninguna otra señal de vida.
Me incliné y oprimí la oreja sobre su fría mejilla. Aunque no podía leer su mente como uno de sus jóvenes pupilos, confiaba en poder adivinar al menos una parte de lo que encerraba su alma.
Pero no conseguí nada. Volví a conectar el tocadiscos. Le besé y le dejé allí tendido. Regresé a mi guarida más dispuesto que nunca a sumirme en el olvido.