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Proseguí con mi relato, retrocediendo de nuevo unos veinte años, al verano en que Merrick cumplió los catorce. Es evidente que a Talamasca no le fue difícil acoger a una huerfanita tan desvalida.

Durante los días siguientes al funeral de Gran Nananne, descubrimos que Merrick no tenía una identidad legal, salvo un pasaporte válido obtenido mediante el testimonio de Sandra la Fría afirmando que Merrick era hija suya. El apellido era falso.

Por más que lo intentarnos, no conseguimos averiguar si el nacimiento de Merrick había sido registrado en algún municipio. En ninguna iglesia parroquial de Nueva Orleáns constaba documento alguno que demostrara que había sido bautizada el año en que había nacido. Las cajas que había traído con nosotros contenían escasas fotografías de ella.

Por lo demás, tampoco existían documentos de Sandra la Fría ni de Honey Rayo de Sol, aparte de unos pasaportes con unos nombres falsos. Aunque calculamos el año en que habían muerto aquellas dos desgraciadas mujeres, no hallamos nada en los periódicos de Lafayette, Luisiana ni ningún otro lugar que indicara que habían sido hallados los cuerpos de las dos mujeres asesinadas.

En suma, Merrick Mayfair inició su andadura en Talamasca con una página en blanco, pero gracias a sus inmensos recursos la organización no tardó en crear para ella la documentación de su nacimiento y edad que el mundo moderno exige. En cuanto a su bautismo católico, Merrick insistió en que le habían administrado el sacramento al poco de nacer (Gran Nananne la había llevado en brazos a la iglesia), y pocos años antes de que yo abandonara la Orden, Merrick seguía explorando infructuosamente los registros de las iglesias en busca de esta prueba. Nunca llegué a entender la importancia que para Merrick tenía el hecho de haber sido bautizada, pero hay muchas cosas sobre ella que nunca he llegado a explicarme. Lo que sí puedo afirmar es que para Merrick la magia y el catolicismo estuvieron siempre íntimamente ligados.

Por lo que se refiere a aquel hombre inteligente y bondadoso llamado Matthew, no tuvimos mayores dificultades en averiguar datos sobre él. Matthew había sido un arqueólogo especializado en objetos olmecas, y cuando hicimos unas discretas indagaciones entre sus supervivientes en Boston, averiguamos que una mujer llamada Sandra Mayfair había conseguido que se trasladara a Nueva Orleáns hacía unos cinco años, por medio de una carta referente a un tesoro olmeca cuyo paradero la mujer aseguraba conocer gracias a un mapa trazado a mano. Sandra la Fría afirmaba que su hija Merrick le había pasado un artículo sobre las aventuras arqueológicas de Matthew, que había sido publicado en la revista Time.

Aunque por esa época la madre de Matthew estaba gravemente enferma, Matthew se había trasladado a Nueva Orleáns con su bendición, tras lo cual había emprendido una expedición privada que había comenzado en México. Ninguno de sus familiares le había vuelto a ver.

En cuanto a la expedición, Matthew había llevado un diario consistente en unas largas y apasionadas cartas dirigidas a su madre, las cuales habían sido echadas al correo todas juntas a su regreso a Estados Unidos. Después de la muerte de Matthew, pese a los repetidos intentos de la mujer, ningún experto en estudios sobre los olmecas se había mostrado interesado en lo que Matthew aseguraba haber visto o hallado.

La madre había muerto, dejando todos aquellos papeles a su hermana, que no sabiendo qué hacer con «esa responsabilidad» se había apresurado a vender todos los documentos de Matthew a cambio de una cuantiosa cantidad de dinero. Entre los documentos había una cajita que contenía unas fotografías en color que Matthew había enviado a su madre, en muchas de las cuales aparecían Sandra la Fría y Honey Rayo de Sol, ambas extraordinariamente hermosas, así como la niña de diez años, Merrick, que no se parecía a ellas.

Comoquiera que Merrick se había recuperado de la apatía en la que había permanecido sumida una semana y estaba enfrascada en sus estudios, y fascinada con su instrucción en materia de etiqueta, no me resultó agradable entregarle aquellas fotografías y cartas para que las añadiera a su colección privada.

Merrick no mostró ninguna emoción al contemplar las fotografías de su madre y su hermana. Y con su silencio habitual en lo tocante al tema de Honey Rayo de Sol, que en las fotos aparentaba unos dieciséis años, se apresuró a guardarlas.

Por lo que a mí respecta, dediqué un tiempo a examinar aquellas fotografías.

Sandra la Fría era alta, de piel tostada, con el pelo muy negro y los ojos claros. En cuanto a Honey Rayo de Sol, parecía colmar todas las expectativas engendradas por aquel nombre. En las fotos su piel parecía del color de la miel, tenía los ojos amarillos como su madre, y un cabello, rubio claro y muy rizado, que le caía sobre los hombros como si fuera espuma. Sus rasgos faciales eran enteramente anglosajones, como los de Sandra la Fría. En cuanto a Merrick, en las fotografías presentaba un aspecto muy parecido a cuando se había presentado en nuestra casa. A los diez años era ya una mujercita, y parecía tener un carácter más sosegado que las otras dos, que solían posar para la cámara sonriendo y abrazadas a Matthew. Merrick solía aparecer con expresión solemne, y por lo general sola.

Como es lógico, las fotografías revelaban muchos datos sobre el bosque tropical en el que habían penetrado. Entre las fotos había algunas hechas con flash de escasa calidad de unas singulares pinturas rupestres que no parecían olmecas ni mayas, aunque es posible que me equivocara. En cuando a la situación exacta de los lugares que habían visitado, Matthew se había negado a revelarla, utilizando términos como «Poblado Uno» y «Poblado Dos». Dada la falta de precisión por parte de Matthew y la mala calidad de las fotografías, no era de extrañar que los arqueólogos no se hubieran mostrado interesados en sus hallazgos.

Con autorización de Merrick, y en secreto, hicimos unas ampliaciones de todas las fotografías más interesantes, pero debido a la mala calidad de los originales el resultado dejaba mucho que desear. Por otra parte, carecíamos de datos concretos sobre cómo realizar de nuevo ese viaje. Con todo, de una cosa estaba seguro: puede que hubieran volado en primer lugar a México capital, pero la cueva no se hallaba en México.

Existía un mapa, sí, trazado con mano vacilante en tinta negra sobre un pergamino moderno y corriente, pero en él no figuraban los nombres de los lugares, sólo un diagrama referente a «la Ciudad» y al Poblado Uno y Poblado Dos citados más arriba.

Lo mandamos copiar para conservarlo en nuestros archivos, puesto que el pergamino estaba muy deteriorado, pero no constituía una pista fidedigna.

Era trágico leer las entusiastas cartas que Matthew había escrito a su madre.

Nunca olvidaré la primera de ellas, que había escrito a su madre a raíz del hallazgo del tesoro. Su madre estaba muy enferma y había averiguado hacía poco que estaba a punto de morir, una noticia que Matthew había recibido durante el viaje, aunque no sabíamos exactamente dónde, y Matthew le había rogado que aguardara a que él regresara a casa. Ése fue el motivo por el que decidió acortar el viaje, llevándose sólo una pequeña parte del tesoro y dejando el resto. «Ojalá estuvieras conmigo», había escrito, o algo por el estilo.

¿Me imaginas a mí, tu hijo torpe y larguirucho, zambulléndose en la impenetrable oscuridad de un templo en ruinas para hallar estos extraños murales, imposibles de catalogar? No son mayas, y menos aún olmecas. ¿Pero quién los realizó y para quién?

A todo esto, la linterna se me cae de las manos como si alguien me la hubiera arrebatado, y las pinturas más espléndidas e insólitas que jamás he contemplado quedaron ocultas por las tinieblas.

Pero no bien hubimos abandonado el templo, tuvimos que escalar unas rocas junto a la cascada. Sandra la Fría y Honey Rayo de Sol abrían el camino. Hallamos la cueva detrás de la cascada, aunque sospecho que podía tratarse de un túnel; no tenía pérdida puesto que las inmensas peñas volcánicas que la rodeaban habían sido talladas en forma de un rostro gigantesco con la boca abierta.

Por supuesto, no disponíamos de una linterna (la de Sandra la Fría estaba empapada) y al entrar en la cueva estuvimos a punto de desmayarnos debido al calor. Sandra la Fría y Honey Rayo de Sol temían que hubiera unos espíritus merodeando por allí y aseguraron que los «presentían». Merrick incluso llegó a culpar a los espíritus por haberse caído en las rocas.

No obstante, mañana volveremos a hacer el mismo trayecto. De momento, permite que te cuente de nuevo lo que vi a la luz del sol en el templo y en la cueva. Unas pinturas increíbles en ambos lugares, te lo aseguro, que es preciso estudiar de inmediato. En la cueva hallamos también centenares de espléndidos objetos de jade, esperando que alguien los rescatara.

No me explico cómo estos tesoros han sobrevivido a los expolios sistemáticos que se practican en estas tierras. Por supuesto, los nativos mayas niegan todo conocimiento de ese lugar, y yo no pienso facilitarles dato alguno. Con nosotros se portan amablemente, ofreciéndonos comida, bebida y alojamiento. Pero el chamán parece muy enojado con nosotros, aunque se niega a explicarnos el motivo. Estoy impaciente por regresar.

Matthew no regresó nunca. Durante la noche cayó en un estado febril y en su carta siguiente describía el pesar con que había partido de nuevo hacia la civilización, convencido de que su enfermedad tenía fácil remedio. Qué lástima que aquel hombre curioso y generoso hubiera caído enfermo.

La culpa la tenía la picadura de un insecto extraño, pero no lo averiguaron hasta que Matthew llegó a «la Ciudad», como la llamaba él, absteniéndose de ofrecer una descripción precisa o un nombre. Sus últimas cartas las escribió desde el hospital en Nueva Orleáns, pidiendo a las enfermeras que tas echaran al correo.

«No hay nada que hacer, madre. Nadie conoce con seguridad la naturaleza de este parásito que ha conseguido infiltrarse en mis órganos internos y ha demostrado ser refractario a todo tipo de medicamentos. A veces me pregunto si los mayas del lugar habrían podido ayudarme a sanar. Eran muy amables. Pero supongo que hace tiempo que los nativos son inmunes a esos percances».

Su última carta la escribió el día en que se disponía a regresar a casa de Gran Nananne. La letra era menos clara, puesto que Matthew padecía unos incesantes y violentos escalofríos, pero estaba decidido a escribir la carta. Sus noticias contenían la misma extraña mezcla de resignación y rechazo que con frecuencia aflige a los moribundos. «Sandra la Fría y Honey Rayo de Sol me demuestran una dulzura increíble. Como es lógico, hago cuanto puedo por aliviar su carga. Todos los objetos que hallamos en la expedición pertenecen a Sandra por derecho propio, y en cuanto llegue a la casa trataré de compilar un catálogo de los mismos. Confío en que los cuidados de Gran Nananne obren un milagro. Te escribiré en cuanto tenga buenas noticias que darte.

La única carta que me quedaba por leer era de Gran Nananne. Estaba escrita con una letra esmerada, típica de una escuela de monjas, con una pluma estilográfica. La anciana [afirmaba en la carta que Matthew había muerto «habiendo recibido los sacramentos», y que al final sus dolores habían remitido. Firmaba la carta Irene Laurent Mayfair.

Trágico. No se me ocurre una palabra más adecuada.

Ciertamente, parecía como si Merrick estuviera rodeada por un círculo de tragedias, habida cuenta de los asesinatos de Sandra la Fría y Honey; y comprendía perfectamente que los documentos de Matthew no la apartaran de sus estudios, ni de los frecuentes almuerzos y las compras en la ciudad.

La niña se mostraba asimismo indiferente a las obras de renovación de la vieja casa que había pertenecido a Gran Nananne y cuyo título de propiedad pasó a manos de Merrick en virtud de un testamento hológrafo, asunto del que se encargó un renombrado abogado de la localidad que se abstuvo de hacer preguntas.

La renovación fue históricamente correcta y muy extensa, dirigida por dos expertos contratistas en este campo. Merrick no manifestó deseo de visitar la casa. Que yo sepa, la casa sigue perteneciendo oficialmente a Merrick. A fines de aquel largo verano, Merrick disponía de un surtido guardarropa, que crecía de día en día. Le gustaban los vestidos bien hechos, con muchos bordados, y prefería los tejidos con una trama muy trabajada, como el piqué blanco que he descrito. Cuando empezó a venir a cenar luciendo unos zapatos de tacón, me sentí personal e íntimamente trastornado.

No soy un hombre que ame a las mujeres de todas las edades, pero el contemplar su pie, su empeine delicadamente arqueado debido a la altura del tacón, y su pierna, tensa debido a la presión, bastó para provocarme al instante unos pensamientos de lo más inoportunos y eróticos.

En cuanto a su Chanel 22, Merrick había empezado a utilizarlo a diario. Les gustaba incluso a los que aseguraban que el perfume les abrumaba y lo asociaban con su encantadora presencia, sus preguntas, su serena conversación y su avidez por conocer todo tipo de cosas.

Merrick tenía una maravillosa facilidad para captar los fundamentos de la gramática, lo cual le resultó muy útil a la hora de aprender a leer y a escribir en francés. Después enseguida aprendió latín. En cambio detestaba las matemáticas y recelaba de ellas (era incapaz de comprender la teoría), pero era lo suficientemente inteligente para asimilar lo esencial. Su entusiasmo por la literatura era impresionante. Devoraba las obras de Dickens y Dostoievski, comentando los personajes con gran facilidad e infinita fascinación, como si vivieran en la casa de al lado. En cuanto a las revistas, le encantaban las publicaciones sobre arte y arqueología, a las que estábamos suscritos, y devoraba las publicaciones dedicadas a la cultura pop, así como las revistas de opinión que siempre le habían fascinado. Durante toda su juventud, o sea los años en que yo permanecí a su lado, Merrick estuvo convencida de que la lectura constituía la clave de todo. Aseguraba comprender Inglaterra simplemente porque leía el Times de Londres todos los días. Por lo que se refiere a Mesó América, sentía un profundo amor por su historia, aunque nunca nos pidió ver la maleta en la que guardaba sus tesoros.

En materia de caligrafía hacía grandes progresos, y muy pronto desarrolló una letra un tanto anticuada. Consiguió escribir como lo había hecho Gran Nananne, lo cual le permitió llevar numerosos diarios sin mayores problemas. Quiero dejar claro que no era una superdotada sino una niña de notable inteligencia y talento, quien después de años de frustración y aburrimiento había aprovechado la oportunidad que se le presentaba. No presentaba ningún impedimento en ella para acceder a la cultura. No le molestaba la superioridad o supuesta superioridad de otros. Al contrario, asimilaba todas las influencias que podía.

Siendo como era la única niña que vivía allí, Oak Haven le encantaba. La gigantesca boa constrictor se convirtió en su mascota preferida.

Aaron y Mary llevaban con frecuencia a Merrick a la ciudad para visitar el museo municipal de la localidad, y a menudo tomaban el avión que los trasladaba en poco tiempo a Houston para mostrarle los espléndidos museos y galerías de esa capital sureña.

Por lo que respecta a mí, tuve que regresar vanas veces a Inglaterra durante aquel memorable verano, cosa que me disgustó. Me sentía muy a gusto en la casa matriz de Nueva Orleans y buscaba cualquier pretexto para quedarme allí. Escribí largos informes a los Ancianos de Talamasca, reconociendo este fallo, pero explicándoles al mismo tiempo, mejor dicho, rogándoles, que me permitieran permanecer allí para familiarizarme con esta zona tan extraña de América que no parecía en absoluto americana.

Los Ancianos se mostraron comprensivos. Tuve ocasión de pasar mucho tiempo con Merrick. Sin embargo, recibí una carta de ellos advirtiéndome de que no debía encariñarme demasiado con «esa niña». Esto me dolió, pues lo interpreté erróneamente. Les juré que mis intenciones hacia ella eran puras. Los Ancianos me respondieron por carta: «No dudamos de tu pureza, David, pero los niños son inconstantes; lo que nos preocupa es tu corazón». Entre tanto, Aaron se ocupó de catalogar todos los objetos pertenecientes a Merrick y acondicionó una estancia en uno de los edificios anejos para que guardara en ella las estatuas que se había traído de sus altares. El legado del tío Vervain se componía no de uno sino de varios códices medievales. No sabíamos cómo había adquirido aquellos textos, pero todo indicaba que los había utilizado, y en algunos hallamos unas notas suyas escritas en lápiz, junto con ciertas fechas.

Una caja procedente del ático de la casa de Gran Nananne contenía un gran número de libros sobre magia, publicados en el siglo XIX, cuando lo «paranormal» causó sensación en Londres y en el resto de Europa y se impuso la moda de los médiums y las sesiones de espiritismo.

También encontramos un enorme álbum que se caía a pedazos, lleno de recortes de prensa viejos y amarillentos, todos ellos de Nueva Orleáns, sobre historias referentes al vudú atribuidas al «renombrado doctor local, Jerome Mayfair», que según nos explicó Merrick era el abuelo del tío Vervain, el Anciano. Todo Nueva Orleáns había oído hablar de él y circulaban numerosas y curiosas historias sobre sesiones de vudú que la policía local había disuelto, en las que muchas «señoras de raza blanca» habían sido arrestadas, junto con mujeres de color, y negros. El descubrimiento más trágico, y que tenía menos utilidad para nosotros en tanto que Orden de Detectives Clarividentes —suponiendo que esto es lo que seamos—, fue el diario del daguerrotipista de color, el cual ocupaba un lugar demasiado remoto en el linaje familiar para tener una relación directa con el relato de Merrick. Era un documento sencillo y simpático, redactado por un tal Laurence Mayfair, en el que mencionaba, entre otras cosas, el tiempo que hacía cada día en la ciudad, el número de clientes que acudían a su estudio y otros pequeños eventos locales.

A mi entender, describía una vida relajada y feliz. Lo copiamos con esmero y enviamos la copia a la universidad local, donde sin duda un documento tan valioso escrito por un hombre de color antes de la guerra civil hallaría el lugar que merecía.

Al cabo de un tiempo enviamos muchos otros documentos similares, además de copias de fotografías, a varias universidades sureñas, pero tomando siempre la precaución de proteger a Merrick.

No mencionábamos su nombre en las cartas que adjuntábamos a aquellos documentos. Ella no quería que nadie la relacionara con aquel material, porque no quería explicar las circunstancias de su familia a personas ajenas a la Orden. Creo que temía, quizá justificadamente, que su presencia entre nosotros pudiera suscitar recelos. — Comprendo que es importante que conozcan la existencia de mi familia —decía cuando nos sentábamos a comer—, pero no tienen por qué saber nada de mí.

Se sintió muy aliviada de que hubiéramos tomado esa iniciativa, pero al mismo tiempo se daba cuenta de que había penetrado en un mundo nuevo para ella. Nunca volvería a ser la trágica niña que nos había enseñado los daguerrotipos la primera noche que se había presentado allí.

Era Merrick, la alumna que pasaba horas enteras enfrascada en sus libros de texto, la apasionada comentarista sobre política, antes, durante y después de los informativos de televisión. Era Merrick, la propietaria de diecisiete pares de zapatos, que se cambiaba tres veces al día. Era Merrick, la católica, que insistía en ir a misa todos los domingos aunque cayera un diluvio de dimensiones bíblicas sobre la plantación y la iglesia cercana.

Como es natural, me complacía observar sus progresos, aunque sabía que en su interior yacían latentes muchos recuerdos que algún día sería preciso resolver.

Por fin, a fines de otoño, no tuve más remedio que regresar a Londres para siempre. A Merrick le quedaban otros seis meses de estudios antes de trasladarse a Suiza, y nuestra despedida fue muy triste, para decirlo suavemente. Yo ya no era el señor Talbot, sino David, al igual que para muchos otros miembros, y cuando nos despedimos con la mano a la puerta del avión, vi a Merrick llorar de nuevo por primera vez desde aquella fatídica noche en que había expulsado de su cuerpo al espíritu de Honey Rayo de Sol y había prorrumpido en sollozos. Fue terrible. Yo anhelaba que el avión aterrizara para escribirle una carta.

Durante meses las frecuentes cartas de Merrick constituyeron el aspecto más interesante de mi vida. En febrero del año siguiente, acompañé a Merrick en avión a Ginebra. Aunque el tiempo la deprimía, estudió con ahínco en la escuela, soñando con los veranos que había pasado en Luisiana y las numerosas vacaciones que la habían llevado a los trópicos que tanto amaba.

Un año regresó a México, durante la peor época, para visitar las ruinas mayas, y durante ese verano me confió que debíamos visitar de nuevo la cueva.

—Aún no estoy preparada para emprender ese viaje —dijo—, pero ya llegará el momento de hacerlo. Sé que has conservado todo lo que escribió Matthew sobre el tema, y comprendo que quizás haya otros aparte de Matthew que me indican que debo realizar ese viaje. Pero no te preocupes. Aún es demasiado pronto para que vayamos. Al año siguiente visitó Perú, al otro Río de Janeiro, y en otoño siempre regresaba a la escuela. En Suiza le costaba hacer amistades. Aunque nosotros nos esforzábamos en imbuirle una sensación de normalidad, el carácter de la Orden de Talamasca es especial y misterioso y no creo que lográramos que Merrick se sintiera a gusto con sus compañeras en la escuela.

Al cumplir los dieciocho años, Merrick me informó por medio de una carta de que estaba convencida que deseaba dedicar su vida a Talamasca, por más que le aseguramos que aunque eligiera otra carrera correríamos con todos los gastos de sus estudios. Ingresó como postulante, que para nosotros representa un miembro muy joven, y fue a Oxford para iniciar sus estudios universitarios.

Me alegré mucho de que viniera a Inglaterra. Fui a recogerla al aeropuerto y me quedé atónito al contemplar a la mujer joven y elegante que se arrojó en mis brazos. Cada fin de semana se alojaba en la casa matriz. El tiempo frío la deprimía mucho, pero deseaba quedarse.

Los fines de semana solíamos visitar la catedral de Canterbury, Stonehenge o Glastonbury, según sus preferencias. Durante el trayecto manteníamos una conversación de lo más interesante. Merrick había perdido por completo su acento de Nueva Orleáns, lo llamo así porque no sé describirlo de otra forma, conocía a los clásicos mejor que yo, hablaba el griego a la perfección y conversaba en latín con otros miembros de la Orden, unas dotes raras en una joven de su época.

Se especializó en copto y tradujo unos volúmenes de textos mágicos escritos en ese idioma que pertenecían a Talamasca desde hacía siglos. Estaba muy interesada en la historia de la magia, y me aseguraba que las prácticas mágicas eran muy parecidas en todo el mundo y en todas las épocas, cosa que no representaba para mí ninguna novedad.

A menudo se quedaba dormida en la biblioteca de la casa matriz, con la cara apoyada en un libro sobre la mesa. La ropa ya no le interesaba tanto, excepto algunas prendas muy bonitas y super femeninas, y de vez en cuando compraba y lucía aquellos fatídicos zapatos de tacón alto.

En cuanto a su afición a Chanel 22, no tenía ningún inconveniente en echarse una gran cantidad de ese perfume sobre el cabello, la piel y la ropa. A la mayoría de nosotros nos parecía delicioso, y al margen de dónde me encontrara en aquel momento en la casa, siempre me daba cuenta, por el perfume que flotaba en el ambiente, del momento en que Merrick entraba por la puerta.

El día de su veintiún cumpleaños, le regalé un collar de tres vueltas de perlas blancas e idénticas. Me costó una fortuna, por supuesto, pero no me importó. Yo poseía una fortuna. Merrick se mostró conmovida por el regalo y lucía el collar en todas las funciones importantes de la Orden, bien ataviada con un vestido camisero de seda negro de excelente corte y con la falda de vuelo —su preferido para estas veladas—, o bien con un traje de chaqueta de lana oscuro, más discreto.

Merrick se había convertido en una célebre belleza, y todos los jóvenes miembros se quejaban de que ella rechazaba sus atenciones e incluso sus piropos. Merrick nunca hablaba del amor, ni de los hombres que mostraban interés por ella. Yo sospechaba que sus dotes de clarividente la hacían sentirse aislada y marginada, incluso dentro de nuestros propios muros.

Yo tampoco era inmune a sus encantos. A veces me resultaba muy difícil permanecer en su presencia, debido a su lozanía, su hermosura y su atractivo. Ofrecía un aspecto sensual incluso vestida con una ropa recatada, debajo de la cual se perfilaban sus pechos grandes y juveniles y sus largas piernas exquisitamente torneadas. Durante un viaje a Roma sentí tal deseo de poseerla que me amargó la estancia en aquella capital. Maldije que la edad no me librara de ese tormento, e hice cuanto pude para que ella no se diera cuenta. Pero creo que lo intuyó y, a su modo, se mostró despiadada.

En cierta ocasión, después de una suntuosa cena en el hotel Hassler, dejó caer que el único hombre interesante en su vida era yo.

—Mala suerte, ¿no crees, David? —me preguntó con un tono cargado de intención. El regreso a la mesa de dos camaradas de Talamasca, mayores que yo, interrumpió nuestra conversación. Me sentí halagado y a la vez profundamente consternado. No podía poseerla, eso era de todo punto imposible, y me sorprendió constatar lo mucho que la deseaba.

Posteriormente, después de ese viaje a Roma, Merrick pasó un tiempo en Luisiana para redactar la crónica de su familia, esto es, todo lo que sabía sobre sus parientes, aparte de sus poderes ocultos, y, junto con unas excelentes copias de sus daguerrotipos y sus fotografías, la ofreció a varias universidades que se mostraron interesadas en ese documento. En la actualidad, la historia de la familia, sin el nombre de Merrick y sin varios nombres claves, forma parte de varias importantes colecciones dedicadas a «les gens de couleur libres», o la historia de las familias negras en el sur.

Aaron me contó que el proyecto había dejado a Merrick agotada emocionalmente, pero que ella le había dicho que les mystéres la atormentaban y se había visto obligada a hacerlo. Lucy Nancy Marie Mayfair se lo había pedido, al igual que Gran Nananne. Y también el tío Julien Mayfair que residía en la parte alta de la ciudad. Pero cuando Aarón le preguntó si se sentía realmente atormentada por los espíritus, o si éstos se mostraban simplemente respetuosos con ella, Merrick no respondió y se limitó a decir que había llegado el momento de regresar a Europa para reemprender su trabajo.

En cuanto a su sangre afroamericana, Merrick nunca trataba de ocultarla y a veces sorprendía a todo el mundo sacando ella misma el tema. Pero casi sin excepción, en todo tipo de situaciones, pasaba por blanca. Merrick estuvo dos años en Egipto estudiando. Nada fue capaz de obligarla a abandonar El Cairo, hasta que emprendió una apasionada investigación de documentos egipcios y coptos a través de multitud de museos y bibliotecas en todo el globo. Recuerdo haber recorrido el sombrío y sucio museo de El Cairo con ella, fascinado por su inevitable atracción por los misterios egipcios, un viaje que concluyó con una cena durante la cual Merrick se emborrachó y desvaneció en mis brazos. Por fortuna, yo estaba casi tan borracho como ella. Al despertar, estábamos acostados juntos en su cama, completamente vestidos.

Lo cierto es que aunque bebía ocasionalmente, las borracheras de Merrick eran célebres. En más de una ocasión me había abrazado y besado de una forma que me infundía renovado vigor, pero me dejaba sumido en la desesperación. Yo rechazaba sus aparentes insinuaciones. Me decía, sin duda acertadamente, que en parte imaginaba que ella me deseaba. Por lo demás, era un hombre de avanzada edad, y una cosa es que una joven crea que te desea cuando eres viejo, y otra muy distinta que decida acostarse contigo. ¿Qué podía yo ofrecerle salvo un montón de debilidades físicas? En esa época yo no soñaba con Ladrones de Cuerpos que me ofrecieran la forma de un hombre joven. Confieso que años más tarde, cuando me apoderé de este cuerpo que había pertenecido a un joven, pensé en Merrick. Sí, pensé en Merrick. Pero en aquel entonces yo estaba enamorado de un ser sobrenatural, nuestro inimitable Lestat, que incluso me hizo olvidar los encantos de Merrick

Pero no quiero seguir abundando en el tema. Sí, yo la deseaba, pero mi deber es regresar a la historia de la mujer que conozco hoy. Sí, Merrick, la valerosa y brillante miembro de Talamasca, ésa es la historia que deseo contar: Mucho antes de que el ordenador se convirtiera en un instrumento corriente, Merrick había aprendido a dominarlo para escribir sus trabajos. En ocasiones permanecía sentada ante el ordenador, tecleando a una velocidad pasmosa, hasta bien entrada la noche. Publicó centenares de traducciones y artículos para nuestros miembros, y muchos, bajo un seudónimo, para el mundo de fuera de Talamasca.

Como es lógico, nos mostramos cautelosos a la hora de compartir nuestros conocimientos con otras personas. Nuestro propósito no es llamar la atención; pero existen ciertas cosas que creemos que no debemos ocultar al mundo. Nosotros no insistimos en que utilizara un seudónimo, pero Merrick se mostró tan reacia a revelar su identidad como cuando era niña.

Por lo que se refiere a los «elegantes Mayfair» de Nueva Orleáns, Merrick no mostraba ningún interés personal, y accedió de mala gana a ojear unos artículos sobre ellos que nosotros le recomendamos que leyera. Nunca se sintió emparentada con ellos, al margen de lo que opinara sobre el hecho de que el «tío Juhen» hubiera aparecido en el sueño de Gran Nananne. Prescindiendo de lo que uno observe sobre los «poderes» de esos Mayfair, en este siglo no han demostrado ningún interés en la «magia ritual», que era el campo en el que Merrick había decidido especializarse.

Por supuesto, nunca vendimos ninguna de las pertenencias de Merrick. No había motivo para venderlas. Habría sido absurdo.

Talamasca es tan rica que los gastos que pueda ocasionar una persona, como en el caso de Merrick, son insignificantes, y Merrick, aunque era muy joven, estaba entregada a los proyectos de la Orden y trabajaba por propia voluntad en los archivos para actualizar los expedientes, hacer traducciones e identificar y catalogar unos artículos muy parecidos a los tesoros olmecas que le pertenecían.

Ningún otro miembro de la Orden se ganó el sustento con tantos méritos como Merrick, hasta el extremo de dejarnos a los demás en ridículo. Por tanto, si Merrick decidía ir de tiendas en Nueva York o París, nadie iba a prohibírselo. Y cuando elegía un Rolls Royce negro sedán como su coche personal (adquirió una pequeña colección de esos vehículos que tenía repartida por el mundo), a nadie se le ocurrió que fuera una mala idea.

Merrick tenía unos veinticuatro años cuando comunicó a Aarón su deseo de hacerse cargo de la colección de objetos relacionados con lo oculto que había traído a la Orden hacía diez años. Lo recuerdo porque recuerdo la carta de Aarón. «Nunca había demostrado el menor interés», escribió éste:

Y sabes que eso me tenía muy preocupado. Incluso cuando escribió la historia de su familia y la envió a varios eruditos, se abstuvo de mencionar las dotes ocultas de los Mayfair. Pero esta tarde me ha confiado que ha tenido vanos sueños «importantes» sobre su infancia, y que debe regresar a casa de Gran Nananne. Nuestro chófer nos trasladó en coche al viejo barrio donde ésta había residido, un viaje francamente deprimente.

El barrio se ha degradado hasta extremos increíbles, más de lo que ella había imaginado, y tengo la impresión de que las ruinas del «bar de la esquina» y de la «tienda de la esquina» le han causado una penosa impresión. En cuanto a la casa, ha estado magníficamente conservada por el guarda, que se aloja en la finca. Por expreso deseo, Merrick pasó casi una hora a solas, en el jardín trasero.

El guarda ha creado allí un patio, y el cobertizo está prácticamente vacío. Del templo no queda nada, naturalmente, salvo el pintoresco pilar central.

Más tarde Merrick no dijo una palabra, negándose a comentar los sueños que había tenido.

Expresó su infinita gratitud por habernos ocupado de conservar la casa durante la época de «abandono» por su parte, que confío en que haya concluido.

Pero durante la cena me quedé asombrado al enterarme de que ha decidido mudarse de nuevo a la casa y pasar parte del tiempo allí. Me pidió que le entregara todos los muebles antiguos, y añadió que ella misma se ocuparía de organizar el traslado.

«Pero ¿y el vecindario?», le pregunté tímidamente, a lo que ella respondió sonriendo: «Los vecinos nunca me han infundido miedo. Enseguida comprobarás, Aarón, que son ellos quienes me temen a mí». Sin dejarme cohibir por su ingeniosa respuesta, pregunté: «¿Y si un extraño trata de asesinarte, Merrick?». Ella se apresuró a contestar: «Que Dios se apiade del hombre o de la mujer que lo intente».

Merrick cumplió su propósito y se mudó al «viejo barrio», pero antes mandó construir unas dependencias para el guarda.

Las dos viviendas en estado ruinoso que flanqueaban la casa fueron compradas y demolidas; Merrick mandó construir una tapia de ladrillo alrededor de tres lados de la inmensa parcela y la parte delantera, que se unía a la elevada verja de hierro forjado que se alzaba frente a la fachada. Siempre había un hombre que cuidaba de la propiedad; instalaron un sistema de alarma; plantaron flores. Colocaron de nuevo unos comederos para los colibrís. Todo parecía perfecto y natural, pero habiendo visto la casa, se me ponían los pelos de punta al enterarme de la frecuencia con que Merrick iba y venía de la vieja mansión.

La casa matriz seguía siendo su hogar, pero muchas tardes, según me contaba Aarón, Merrick se iba a Nueva Orleáns y tardaba varios días en regresar.

«La casa tiene ahora un aspecto elegantemente espectacular —me escribió Aarón—. Todos los muebles fueron reparados y pulidos, naturalmente, y Merrick se ha apropiado del gigantesco lecho de columnas de Gran Nananne para su uso personal. Los suelos de madera de pino han sido maravillosamente restaurados, y dan a la casa un resplandor ambarino. No obstante, me preocupa mucho que Merrick permanezca allí aislada durante varios días». Como es lógico escribí a Merrick, aludiendo al tema de los sueños que habían motivado su regreso a la casa. «Quiero explicarte todo lo referente a ellos, pero es demasiado pronto», contestó Merrick a vuelta de correo. Permíteme que sólo te diga que en esos sueños es el tío abuelo Vervain quien me habla. A veces me veo de nuevo como la niña que era el día en que murió. En otras ocasiones, los dos somos adultos. Al parecer, aunque no lo recuerdo todo con la misma claridad, en un sueño los dos aparecemos jóvenes.

De momento, no tienes por qué preocuparte. Comprende que era inevitable que regresara a la casa de mi infancia. Tengo una edad en que las personas sienten curiosidad por el pasado, sobre todo cuando has logrado sellarlo y alejarlo de ti como yo había hecho.

Quede claro que no siento remordimientos por haber abandonado la casa en la que me crié. Pero mis sueños me dicen que debo regresar. También me dicen otras cosas.

Estas cartas me preocupaban, pero Merrick sólo daba unas respuestas escuetas a mis preguntas.

Aarón también se sentía preocupado. Merrick pasaba cada vez menos tiempo en Oak Haven. A menudo Aarón se desplazaba en coche a Nueva Orleáns para visitarla en su vieja casa, hasta que Merrick le pidió que la dejara tranquila.

Esa forma de vivir no es infrecuente entre los miembros de Talamasca, que a menudo reparten su tiempo entre la casa matriz y un hogar familiar particular. Yo tenía y aún tengo una casa en Cotswolds, Inglaterra. Pero no es una buena señal cuando un miembro se ausenta de la Orden durante largos períodos de tiempo. En el caso de Merrick resultaba aún más alarmante debido a sus frecuentes y crípticas alusiones a sus sueños. Durante el otoño de aquel año memorable, en el que Merrick cumplió veinticinco, me escribió sobre sus deseos de emprender una expedición a la cueva.

Permítanme que continúe con mi reconstrucción de sus palabras:

«David, no pasa una noche en que no sueñe con el tío abuelo Vervain. Pero cada vez me resulta más difícil recordar los detalles de esos sueños. Sólo sé que él desea que regrese a la cueva que visité en Centroamérica de niña. Debo hacerlo, David. Nada puede impedírmelo. Esos sueños se han convertido en una especie de obsesión, y te ruego que no me fustigues con reparos lógicos a algo que tú sabes que debo hacer». Merrick proseguía hablando de sus tesoros.

He examinado todos los presuntos tesoros olmecas y me consta que no son olmecas. Es más, no consigo identificarlos, aunque poseo todos los libros y catálogos que se han publicado sobre antigüedades procedentes de esa parte del mundo. En cuanto al destino en sí, tengo lo que recuerdo, algunos artículos escritos por mi tío Vervain y los papeles de Matthew Kemp, mi querido padrastro que murió hace unos años.

Quiero que realicemos ese viaje juntos, aunque está claro que no podemos ir solos. Te ruego que me contestes cuanto antes sobre este particular. Si no estás dispuesto a acompañarme, organizaré un grupo con el que emprender el viaje. Ahora bien, cuando recibí esta carta yo tenía casi setenta años y sus palabras representaban un reto para mí, un reto que me turbó. Aunque ansiaba penetrar en aquellas selvas, vivir aquella experiencia, me preocupaba el que mis condiciones físicas no me permitieran realizar aquel viaje.

A continuación Merrick me explicaba que había dedicado muchas horas a examinar los objetos que había rescatado durante la expedición que había realizado en su infancia.

«Son más antiguos que los objetos que los arqueólogos llaman olmecas —escribió—, aunque sin duda algunos comparten muchos rasgos comunes con esa civilización y debido a su estilo podrían denominarse olmecoides. En estos restos proliferan algunos elementos que podríamos considerar asiáticos o chinos; aparte está el tema de las extrañas pinturas rupestres que Matthew fotografió como pudo. Debo investigar esas cosas personalmente. Debo tratar de llegar a alguna conclusión sobre la relación que tuvo mi tío Vervain con esa parte del mundo». Aquella noche la llamé por teléfono a Londres.

—Escucha, soy demasiado viejo para emprender un viaje a esa selva —dije—, suponiendo que siga allí. Como sabrás, están talando los árboles tropicales. Quizá lo hayan convertido en tierras de labranza. Además, al margen de esto, yo sería un lastre para ti.

—Quiero que me acompañes —repuso Merrick con tono persuasivo—. Te ruego que accedas, David. Nos adaptaremos a tu ritmo, y cuando llegue el momento de trepar por esa cascada, lo haré sola.

»Hace años visitaste las selvas del Amazonas, David. No sería una experiencia nueva para ti. Imagina las facilidades de que dispondremos con todo tipo de artilugios dotados de un microchip: cámaras, linternas, material de camping. Dispondremos de toda clase de lujos. Ven conmigo, David. Si lo deseas puedes quedarte en el poblado. Yo iré sola a la cascada. Con un todo terreno moderno, será pan comido. No fue pan comido.

Una semana más tarde aterricé en Nueva Orleáns, decidido a disuadirla de emprender la expedición. El chófer me condujo directamente a la casa matriz. Confieso que me molestó que no hubiera acudido Aarón o Merrick a recogerme al aeropuerto.